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LOS AQUEOS

En el libro Historia de los Griegos de Indro Montanelli

Si hemos de escuchar a los historiadores griegos que, hasta cuando hubieron alcanzado la edad de razón (y nadie la tuvo jamás más clara y límpida que ellos), siguieron creyendo en las leyendas, la historia de los aqueos comienza directamente por un dios llamado Zeus, que les dio su primer rey en la persona de su hijo Tántalo. Éste era un gran pillastre que, tras haberse aprovechado de su parentesco con los dioses para divulgar sus secretos y robar el néctar y la ambrosía en sus despensas, creyó aplacarles ofre-dándoles en sacrificio su propio vastago, Pélope, tras haberle cortado a lonjas y hervido. Zeus, afectado en su sentimiento de abuelo, juntó de nuevo a su nietecito y precipitó en el infierno al hijo parricida, condenándole a babear de hambre y de sed ante inapresables fuentes de mantequilla y copas de vino. Pélope, que heredó de su desnaturalizado padre el trono de Frigia, no tuvo suerte en política porque sus súbditos le depusieron y le exiliaron a Élida, en aquella parte de Grecia que después, por él, se llamó Peloponeso. Allí reinaba Enómaos, gran aficionado a las carreras de caballos, en las que era imbatible. Solía desafiar a todos los cortejadores de su hija Hipodamia prometiendo al vencedor la mano de la muchacha y al perdedor la muerte. Y ya muchos «buenos partidos» habían dejado la piel en ellas. Pélope, que en algunas cosas debía parecerse un poco a papá Tántalo, se puso de acuerdo con el caballerizo del rey, Mirtilo, proponiéndole repartirse con él el trono si hallaba el modo de hacerle vencer. Mirtilo apretó el cubo de rueda del carro de Enómaos, quien se cayó y se rompió la cabeza en el incidente. Pélope, habiendo desposado a Hipodamia, le sucedió en el trono, pero, en vez de compartirlo con Mirtilo como había prometido, arrojó al mar a éste, quien, antes de desaparecer en los remolinos de agua, lanzó una maldición contra su asesino y todos sus descendientes. Entre éstos hubo Atreo, del cual después la dinastía tomó el nombre definitivo; átrida. Sus hijos, Agamenón y Menelao, casaron respectivamente con Clitemnestra y Helena, hijas únicas del rey de Esparta, Tíndaro. Pareció un gran matrimonio. Y efectivamente, cuando Atreo y Tíndaro murieron, los dos hermanos, Agamenón como rey de Micenas y Menelao como rey de Esparta, fueron los dueños de todo el Peloponeso. Ellos no recordaban, o tal vez ignoraban, la maldición de Mirtilo. Y, sin embargo, la tenían en casa, personificada en las respectivas esposas. En efecto, algún tiempo después, Paris, hijo de Príamo, rey de Troya, pasando por aquellos parajes, se enamoró de Helena. Y aquí no se sabe ya con precisión cómo ocurrieron las cosas. Hay quien dice que Helena le correspondió y siguió a su cortejador. Hay quien dice que él la raptó, y ésta fue la versión que de todos modos dio el pobre Menelao para salvar ya la reputación de la esposa, ya la propia. Y todos los aqueos exigieron al unísono el castigo del culpable.

El resto de la historia la contó Homero, a quien no nos proponemos hacer la competencia. Todos los griegos útiles se agruparon en torno de sus señores aqueos, y en mil naves arribaron a Troya, la asediaron durante diez años y al final la expugnaron, saqueándola. Menelao recuperó la esposa, pero más bien avejentada, y nadie le quitó ya de encima la fama de cornudo. Agamenón, vuelto en casa, halló su sitio junto a Clitemnestra ocupado por el emboscado Egisto, quien, junto con ella le envenenó. Su hijo Orestes vengó más tarde al padre matando a los dos adúlteros, se volvió loco, pero como consecuencia pudo reunir bajo su cetro los reinos de Esparta y de Argos. Ulises se dio a la buena vida, completamente olvidado de Ítaca y de Penélope. En suma, la guerra de Troya señaló a la vez el apogeo del poderío aqueo y el comienzo de su declive. Agamenón, que lo personificaba, era un, poco un rey de mentirijillas. Para expugnar la ciudad enemiga había perdido buena parte de sus tropas, con muchos de sus más hábiles capitanes. En el camino de regreso, una tempestad sorprendió a la flota, destruyendo buena parte de ella y arrojando a la tripulación náufraga en las islas del Egeo y las costas de Asia Menor. Los aqueos ya no se recobraron de estos golpes. Y cuando un siglo después un nuevo invasor vino del Norte, no tuvieron fuerza para resistirle.

¿Quiénes eran aquellos aqueos que, durante tres o cuatro siglos fueron sinónimo de griegos, porque dominaron completamente el país?
Hasta todo el siglo pasado, historiadores, etnólogos y arqueólogos convinieron que fueron tan sólo una de las tantas tribus locales, de raza pelásgica como las otras, que en un momento determinado tomaron el poder y desde su cuna, Tesalia, cayeron sobre el Peloponeso constituyendo en todas partes una clase dirigente y patronal. Según esta tesis habrían sido los continuadores de la civilización micénica, desarrollándose sobre el modelo de la minoica de Creta, de la cual tan sólo representaron un estadio más avanzado. Fue otro arqueólogo, esta vez inglés, quien derribó los castillos construidos sobre esta hipótesis. El señor William Ridgeway descubrió que entre la civilización micénica y la aquea había diferencias sustanciales. La primera no había conocido el hierro y la segunda sí. La primera enterraba a los muertos y la segunda los incineraba. La primera rezaba mirando a lo alto porque creía que los dioses moraban en la cumbre del Olimpo, o entre las nubes. De lo cual Ridgeway deduce que los aqueos no eran en absoluto una población pelásgica como las otras de Grecia, sino una tribu céltica de Europa central, que cayó sobre el Peloponeso no «desde» Tesalia, sino «a través» de ésta, sometió a los indígenas y, entre los siglos XIV y XIII antes de Jesucristo, se fusionó con ellos creando una nueva civilización y una nueva lengua, la griega, pero siguiendo como clase dirigente.

Es muy probable que esta hipótesis sea cierta o al menos contenga varias verdades. Sin duda los aqueos, a diferencia de los pelasgos, fueron gente de tierra; lo cierto es que hasta la guerra de Troya no intentaron empresas por mar, y que cada vez que lo encontraban se detenían. Ni siquiera intentaron poner pie en las islas más cercanas del continente, y todas sus capitales y ciudadelas se levantaban en el interior. Bajo su dominio, Grecia se limitaba al Peloponeso, Ática y Beoda; mientras que para las poblaciones pelásgicas de la civilización micénica, que eran marineras, aquélla englobaba también todos los archipiélagos del Egeo.

En cuanto a las gestas que Hornero atribuye a los aqueos, hasta hace un siglo eran consideradas pura leyenda, incluida la guerra de Troya, de la que incluso se negaba hubiera tenido lugar. En cambio Troya existía, como hemos visto, y significaba una rival peligrosa para las ciudades griegas, porque dominaba los Dardanelos, a través de los cuales había que pasar para alcanzar las ricas tierras del Helesponto. Los aqueos habían inventado una leyenda para estimular a sus súbditos contra Troya: la de los argonautas, o sea la de los navegantes que a bordo del Argos y bajo el mando de Jasón, habían partido a la reconquista del Vellocino de Oro en Cólquida. Formaban parte de la expedición Teseo —el del Minotauro—, Orfeo, Peleas, padre de Hércules, y el propio Hércules, quien, cuando Troya intentó detener la nave en la entrada del estrecho, desembarcó, saqueó la ciudad él ] solo y mató al rey Laomedonte con todos sus hijos, excepto Príamo. La expedición se llevó a cabo gracias a Medea. Y en la mente del pueblo llano quedó el Vellocino de Oro como símbolo de las riquezas del Helesponto y del mar Negro. Mas para llegar allí había que destruir Troya, que controlaba el paso obligado y seguía enriqueciéndose por el comercio que allí se desarrollaba, imponiendo probablemente tributos a los transeúntes.

No se sabe quiénes fueron con exactitud los troyanos. Les llamaban también dárdanos. Pero la hipótesis más atendible es que se tratase de cretenses emigrados a aquel territorio del Asia Menor, en parte para fundar una colonia, en parte tal vez para sustraerse a las catástrofes, fueran las que fuesen, que habían azotado la isla y destruido la civilización minoicá. Según Homero, hablaban la misma lengua de los griegos y, como éstos, veneraban el monte Ida, «de las muchas fuentes». Es probable que cretense sólo lo fuera la población ciudadana, mientras que el campo era asiático. Lo cierto es que era un gran emporio comercial del oro, la plata y la madera. Llegaba incluso el jade de China.

Los griegos, tras haberla metódicamente destruido, fueron muy caballerosos al juzgar a sus habitantes. En su Ilíada, Príamo es más simpático que Agamenón, y Héctor resultó un perfecto caballero en comparación con aquel canallita que era Ulises. Hasta París, aunque voluble, es amable. Y si un pueblo puede ser juzgado según la Casa real, hay que decir que la de Príamo era más digna, más limpia y más humana que la de Micenas.

Como he dicho, hasta hace un siglo la guerra de Troya, sus protagonistas y la misma existencia de la ciudad eran considerados como puramente imaginarios, fruto de la fantasía de Homero y de Eurípides. Schliemann fue quien les dio consistencia histórica. Ahora puede decirse que lo de Troya fue el primer episodio de una guerra destinada a perpetuarse en milenios y no resuelta aún: la guerra del Oriente asiático contra el Occidente europeo.
Por medio de la Grecia de los aqueos el Occidente europeo ganó el primer round.
 





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