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Biografía de Nerón Claudio por Suetonio 2ª parte
En el libro Los Doce Césares
Escrito en el siglo II DC

XXXIV. No tardó en pesarle su madre, la cual, observando sus actos y palabras le reprendía a veces amargamente. Al principio, para hacerla odiosa, fingió que iba a abdicar el Imperio y a retirarse a Rodas; le quitó luego todos los honores y el poder, retiró los soldados de su guardia germánica, alejándola de su lado y de su palacio; después no hubo vejación que no la hiciese sufrir por medio de sus agentes; cuando estaba en Roma éstos le suscitaban multitud de litigios, y cuando se retiraba al campo, pasaban frente a su casa, en carruaje o por mar, abrumándola de injurias y burlas. Asustado, al fin, por sus amenazas y por su violencia, decidió darle muerte. Tres veces ensayó el veneno y vio que ella se había provisto de antídotos. Pensó entonces ocultar en su cámara y sobre su lecho maderos, que por medio de un oculto mecanismo habrían de hacer caer sobre ella cuando estuviese durmiendo; la indiscreción de sus cómplices hizo, sin embargo, abortar este proyecto. Ideó, por último, una nave sumergible, construida de manera que Agripina pereciese ahogada o aplastada en su cámara; fingió, entonces, reconciliarse con ella; la invitó en una carta muy tierna a acudir a Baias para celebrar con él las fiestas de Minerva (141); cuidó de prolongar el festín a fin de que los capitanes de las naves tuviesen tiempo de destruir, según las órdenes recibidas y como por choque fortuito, la galera liburnesa que había traído Agripina, y cuando ésta quiso retirarse a Baulos, le ofreció en vez de su nave destruida la que había construido para su pérdida. La acompañó alegremente hasta la nave, la besó en los pechos al separarse y veló una parte de la noche esperando con ansiedad el resultado de su maquinación. Cuando se enteró de lo ocurrido, y de que Agripina había conseguido salvarse a nado, no supo ya qué hacer; pero poco después llegó L. Agerino, liberto de su madre, presentándose regocijado a decirle que Agripina se había salvado. Nerón echó un puñal a su lado, sin que el liberto lo observase, y le hizo prender y agarrotar como asesino enviado por aquélla; mando en seguida matar a su madre y dijo que se había suicidado al ver descubierto su crimen. Añádense a esto circunstancias atroces y se citan testigos; se sabe que acudió a ver el cadáver, que lo tocó por todas partes alabó algunas de sus formas y criticó otras, y que sintiendo sed durante el examen, hizo que le sirviesen de beber A pesar de las felicitaciones del ejército, del Senado y del pueblo (142), no pudo, sin embargo, librarse de su conciencia: el suplicio que empezó con aquel acto no terminó ya para él jamás; a menudo confesó que le perseguía por todas partes la imagen de su madre y que las Furias agitaban delante de él látigos vengadores y antorchas encendidas, por lo que trató de aplacar sus males con un sacrificio mágico. En su viaje a Grecia no se atrevió a hacerse iniciar en los misterios de Eleusis, aterrado por la voz del heraldo que prohibía el acceso a los criminales y a los impíos. A este parricidio añadió aún el asesinato de su tía, la cual estaba entonces enferma de una irritación de vientre; acudió a verla y con la familiaridad ordinaria de las personas de edad madura, le acarició la barba con la mano, y le dijo: Cuando haya visto caer esta barba, habré vivido suficiente. Entonces, él dijo, como en broma, a los que estaban presentes, que iba a hacérsela quitar en el acto, y ordenó a los médicos que administrasen a la enferma una purga violenta; apoderase de sus bienes apenas expiro, Y para no perder nada, mandó destruir su testamento.

XXXV. Después de Octavia tuvo Nerón por esposas a Popea Sabina, casada antes con un caballero romano, y cuyo padre había sido cuestor, y a Statilia Mesalina, bisnieta de Tauro, que había obtenido dos veces el consulado y el triunfo; para apropiarse de ésta hizo matar a su marido, Atico Vestino, cónsul a la sazón. Disgustado de Octavia, dijo a sus amigos, que le reconvenían por haberse apartado de ella tan presto, que debían bastarle los ornamentos matrimoniales. Diversas veces quiso estrangularla, y la repudió por estéril; censurando, sin embargo, el pueblo este divorcio y prorrumpiendo en denuestos contra el emperador la desterró, haciéndola matar, al fin, como culpable de adulterio; la acusación era tan impudente y falsa, que habiendo protestado de su inocencia todos aquellos a quienes sometió a la tortura, sobornó a su pedagogo Aniceto para que declarase que había gozado de ella por astucia. Doce días después de haber repudiado a Octavia, casó con Popea, a la que amó apasionadamente; su amor no impidió, sin embargo, que la matase de un puntapié, porque, enferma y encinta, le reconvino con viveza viéndole retirarse algo tarde de una carrera de carros. Tuvo una hija llamada Claudia Augusta, que murió muy joven. Sus crímenes no se detuvieron ni ante los lazos más íntimos; acusó, por ejemplo, de conspiración a Antonia, hija de Claudio, que repugnaba casarse con él después de la muerte de Popea, y la hizo matar. Trató de la misma manera a todos aquellos con quienes les unía parentesco o relaciones íntimas, entre ellos, al joven Aulo Plaucio, a quien violó antes de mandarle al suplicio, diciendo después: Que mi madre bese ahora a mi sucesor, porque pretendía que amaba a este joven y le había prometido el Imperio. Popea había tenido antes de casarse con él un hijo llamado Rufio Crispino; supo él que este niño, en sus juegos, se erigía en jefe y emperador de los demás y dispuso que sus propios esclavos lo arrojasen al mar cuando fuese a pescar. Desterró a Tusco, su hermano de leche, porque siendo gobernador de Egipto se había bañado en los baños construidos para la llegada del emperador. Obligó a su preceptor Séneca a darse la muerte; éste le había pedido muchas veces permiso para retirarse y hasta le había brindado todos sus bienes; pero Nerón le juró por todos los dioses que sus temores eran infundados y que preferiría morir a hacerle deño. A Burro, prefecto del pretorio, que padecía de la garganta, le dijo que le daría un remedio, y le envió un veneno. En cuanto a los libertos que le hicieron adoptar por Claudio y que habían sido sus consejeros y le habían sostenido en el poder, deshízose de ellos cuando fueron ancianos y ricos, por medio de venenos que les puso en las comidas o en las bebidas.

XXXVI. No desplegó menos crueldad con los extranjeros. Presentóse durante muchas noches consecutivas una estrella con cabellera (143) que, según la opinión del vulgo, anuncia un cercano fin a los señores de la tierra. Asustado por el fenómeno, consultó al astrólogo Babilo, quien le dijo que los reyes acostumbraban prevenir los efectos de estos funestos presagios por medio de la muerte expiatoria de algunas víctimas ilustres desviando así sus amenazas sobre las cabezas de los grandes; en esto desplegó Nerón tanta más energía, cuanto que el oportuno descubrimiento de dos conjuraciones le suministraba legitimo pretexto: la primera y más importante, la de Pisón, se urdía en Roma; la segunda, la de Vinicio, se tramó y fue descubierta en Benevento. Los conjurados aparecieron ante el tribunal atados con triples cadenas; algunos confesaron espontáneamente la conjura; otros llegaron incluso a alabarse de ello, diciendo que la muerte era el mejor servicio que podían prestar a un hombre manchado con tantos crímenes. Expulsaron de Roma a los hijos de los sentenciados, muriendo todos de hambre o envenenados. Sábese también que algunos perecieron con sus preceptores y esclavos en una misma comida, y a otros se les privó de todo alimento.

XXXVII. La vida de Nerón no fue, a partir de entonces, más que una serie de crímenes; nadie estaba libre de sus golpes, y todo pretexto le era bueno. Entre gran número de ejemplos, citaré sólo los siguientes. A Salvidieno Orfito le imputó como un crimen que hubiese alquilando a los diputados de algunos ciudades lares habitaciones bajas de su casa, cerca del Foro, para celebrar audiencias en ellas; al jurisconsulto Casio Longino, que era ciego, el haber conservado entre antiguos retratos de familia el de C. Casio, uno de los asesinos de César; a Pete Trasea, el tener frente severa de pedagogo. A los condenados, para morir, les concedía sólo una hora, y con objeto de evitar toda causa de dilación, tenía médicos encargados, como él decía, de ayudar a los rezagados, es decir, de cortarles las venas. A un egipcio que comía carne cruda y cuanto le presentaban, quiso, según se asegura, ofrecerle hombres para que los desgarrase y devorase vivos. Jactándose de haberlo intentado todo impunemente, sostenía que ningún príncipe había sabido aún cuánto podía hacerse desde el trono. Sobre este asunto mantuvo conversaciones muy significativas; dijo que no perdonaría al resto de los senadores; que llegaría un día en que suprimiría por completo este orden; que daría a los caballeros romanos y a sus libertos el mando de las provincias y de los ejércitos. Nunca, ni a la entrada ni a la salida del Senado, se digno dar el beso de costumbre o devolver el saludo a ningún senador; en la Ceremonia de inauguración de los trabajos del istmo, pidió a los dioses, delante de la multitud y en voz alta, que la empresa redundase en gloria suba y del pueblo romano, sin mencionar para nada al Senado.

XXXVIII. No respetó tampoco al pueblo romano ni los muros de su patria. Habiendo un familiar suyo citado en la conversación este verso griego:

que todo se abrase y perezca después de mí.

No, le contestó, más bien viviendo yo, y cumplió su amenaza. Desagradándole, según decía, el mal gusto de los edificios antiguos, la estrechez e irregularidad de las calles, hizo poner fuego a la ciudad; lo hizo con tal desfachatez, que algunos consulares, sorprendiendo en sus casas esclavos de su camara, con estopas y antorchas en las manos, no se atrevieron a detenerlos. Los graneros contiguos a la Casa de Oro, cuyos terrenos deseaba, fueron incendiados y derribados con máquina de guerra, pues estaban construidos con piedras de sillería. Duraron tales estragos seis días y siete noches, y el pueblo no tuvo durante ellos otro refugio que los monumentos y las sepulturas. Además de gran número de casas particulares, el fuego consumió las moradas de los antiguos generales, adornadas todavía con los despojos del enemigo, los templos consagrados a los dioses por los reyes de Roma o levantados durante las Guerras Púnicas y las de la Galia; todo, en fin, lo que la antigüedad había dejado de curioso y digno de memoria. Nerón estuvo contemplando el incendio desde lo alto de la torre de Mecenas, encantado, según dijo, de la hermosura de la llama, y vestido en traje de teatro cantó al mismo tiempo la toma de Troya. Tampoco dejó escapar esta ocasión de pillaje y robo: se había comprometido a hacer retirar gratuitamente los cadáveres y escombros y a nadie permitió que se acercase a aquellos restos que había hecho suyos. Recibió y hasta exigió contribuciones por las reparaciones de Roma, hasta el punto de haber casi arruinado por este medio a los particulares y a las provincias.

XXXIX. A los ultrajes y males que procedían del príncipe, añadió el hado otros desastres; por esos días se declaró, en efecto, una peste, que en un solo otoño hizo inscribir treinta mil funerales en los registros de Libitina; el ejército sufrió una sangrienta derrota en Bretaña, seguida del saqueo de dos importantes fortalezas y de la matanza de gran número de ciudadanos y aliados; en Oriente se produjeron asimismo vergonzosos fracasos, varias legiones pasaron bajo el yugo en Armenia; y la Siria apenas se mantenía ya bajo la dominación romana. Lo que puede sorprender y es digno de notarse, es que nada soportó con tanta paciencia como las sátiras e injurias, y que con nadie mostró menos rigor que contra aquellos que, por medio de versos o discursos le dirigían sus ataques. Contra él publicaron muchos epigramas en griego y latín, como los siguientes:

Sobrepasando los delitos de Alomeón y Oreste,
Nerón al parricidio añadió todavía el incesto.
Como Eneas llevó en otro tiempo a su padre
Nerón, su descendiente, acaba de llevar a su madre (144)

El Parto tiende el arco, Nerón empuña la lira.
Cuando tengamos que marchar a la defensa del Imperio
Éste será Apolo cantor, aquél Apolo arquero (145).
Roma será muy pronto un solo hombre; Quirites, huid a Veios
si es que él no lo ocupa también.

No buscó en absoluto a los autores, y hasta se opuso a que se castigase con severidad a los que fuesen denunciados al Senado. Isidoro el Cínico, apostrofóle en público, censurándole en alta voz que cantase tan bien los males de Nauplio y que tan mal usase de sus bienes. Dato, actor de Atellanos, comenzando una canción con estas palabras: Salud a mi padre, salud a mi madre, hizo sucesivamente ademán de comer y de beber, aludiendo a la muerte de Claudio y de Agripina; y al decir, al final de la pieza: Pronto iréis al Orco, señaló con el dedo al Senado. Nerón contentóse con desterrar de Roma y de Italia al filósofo y al cómico, ya fuese que no se creyese injuriado, ya porque temiese atraerse mayores ultrajes mostrándose ofendido.

XL. Después de haber soportado cerca de catorce años a tal príncipe, el mundo le hizo al fin justicia; la señal de la sublevación fue dada en la Galia, donde mandaba como propretor Julio Vindex. Algunos astrólogos habían predicho tiempo antes a Nerón que algún día se vería destituido; él pronunció al oírlo esta frase célebre: El artista vive en todas partes, para justificar su entusiasmo por el estudio de un arte en el que el príncipe debía encontrar una distracción y el particular un recurso. Otros adivinos le habían prometido, sin embargo, que después de su deposición obtendría el imperio de Oriente; otros aun el reino de Jerusalén, y los hubo, en fin, que le anunciaron que recobraría todo su poder. Ésta era la esperanza que más le halagaba, y, cuando hubo perdido y recobrado la Bretaña y la Armenia, creyó que había realizado la parte infausta de su destino; pero habiendo consultado en Delfos el oráculo de Apolo, se le dijo que desconfiase del año 73. Convencido entonces de que alcanzaría aquella edad, y muy lejos de pensar en la edad de Galba, se creyó seguro de gozar de larga vejez y de constante felicidad; llegó en esto a tal extremo, que habiendo perdido un día en un naufragio objetos de extraordinario valor, osó decir a su comitiva que los peces se los devolverían (146). En Nápoles le llegó la noticia de la sublevación de las Galias, en el aniversario del día en que mató a su madre; recibió la noticia con tal indiferencia y tranquilidad, que llegó a sospecharse que se alegraba de tener ocasión para despojar, por derecho de guerra, las provincias más ricas del Imperio. En seguida se dirigió al Gimnasio, presenció luchas de atletas y demostró gran interés por sus ejercicios. Durante la cena le trajeron cartas más inquietantes, y sólo entonces prorrumpió en imprecaciones y amenazas contra los sublevados. Durante ocho días no contestó ninguna carta, no dio orden alguna, ni instrucción, ni habló de aquel acontecimiento como si lo hubiese olvidado.

XLI. Turbado al fin por las continuas e injuriosas proclamas de Vindex, escribió al Senado para exhortarle a vengar al emperador y a la República, excusándose con una enfermedad de garganta de no acudir personalmente. Lo que más, sin embargo, le ofendió en aquellas proclamas fue que le tratasen de mal cantor y que, en vez de Nerón, le llamasen Enobarbo; a causa de esto, declaró que iba a renunciar a su nombre de adopción y a tomar otra vez el de familia, con el que pretendían ofenderle. Por lo que toca a las otras imputaciones que le hacían, nada, según él, demostraba mejor su falsedad que el decirle que ignoraba un arte que con tanto afán y tan buen éxito había cultivado, y salía preguntando a todos si conocían un artista más grande que él. Entre tanto llegaba correo tras correo, hasta que, asustado, al fin. se dirigió a Roma. Un presagio frívolo ocurrido durante el camino reanimó su valor; consistió el presagio en haber visto en un bajo relieve un soldado galo, al que un jinete romano arrastraba por los cabellos después de haberle vencido, escultura que le regocijó hasta el extremo de hacerle dar gracias a los dioses. No obstante, no reunió al Senado ni al pueblo; celebró apresuradamente consejo con algunos ciudadanos ilustres, y pasó el resto del día ensayando ante ellos nuevos instrumentos de música hidráulicos, haciéndoles observar todas las piezas, el mecanismo y el trabajo, y declarando que haría llevarlos al teatro si Vindex se lo permitía.

XLII. Pero cuando supo que Galba y las Españas se habían también sublevado, perdió por completo el valor; dejase caer y permaneció largo tiempo sin voz y como muerta. Cuando recobró el sentido, rasgó sus vestidos, se golpeó la cabeza y exclamó que todo había concluido para él. Su nodriza le nombraba, para consolarle, otros príncipes a quienes habían ocurrido desgracias semejantes, contestando él que las suyas eran inauditas, sin ejemplo, puesto que perdía el Imperio antes de perder la veda. Nada cambió, a pesar de todo, sus costumbres de lujo y de molicie; por el contrario, habiendo recibido de provincias noticias favorables, dio un espléndido festín y compuso contra los jefes de la sublevación versos satíricos, que empezó a cantar con grandes gestos, procurando divulgarlos entre el público. Se hizo llevar después secretamente al teatro, y mando decir a un actor cuya voz era muy celebrada, que era gran fortuna para él que el emperador tuviese otras ocupaciones.

XLIII. Se asegura que al primer rumor de la sublevación concibió gran número de proyectos atroces, totalmente de acuerdo con su carácter. Quería, por ejemplo, llamar y hacer degollar a los gobernadores de las provincias y a los jefes de los ejércitos, como si todos estuviesen complicados en la sublevación de Vindex o participasen en sus intenciones; quería, asimismo, dar muerte a todos los desterrados, dondequiera que estuviesen, y a todos los galos que se encontraban en Roma; a los primeros para que no se reuniesen a los conjurados, a los segundos como cómplices o auxiliares de sus conciudadanos; quería abandonar a los ejércitos el pillaje de las Galias; envenenar a todo el Senado en un festín, incendiar a Roma y soltar al mismo tiempo las fieras contra el pueblo, para impedir que se defendiese de las llamas. Abandonó estos proyectos, menos por arrepentimiento de haberlos concebido que por la imposibilidad de ejecutarlos. Pareciéndole al fin ser necesaria una expedición, destituyo a los cónsules y asumió él solo la autoridad de los dos, con el pretexto de que era destino de las Galias el que nadie las sometiese sino él, con tal que estuviese revestido del consulado. Hizo, pues, que le trajesen las fasces, se levantó de la mesa apoyado en los hombros de sus amigos y diciendo que al llegar a la Galia se presentaría sin armas ante las legiones rebeldes; que se limitaría a llorar delante de ellas; que su inmediato arrepentimiento le atraería a los sediciosos y que al día siguiente, en medio de la general alegría, entonaría un canto de victoria que iba a componer al momento.


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XLIV. Lo primero que hizo al preparar esta expedición fue elegir carros para el transporte de sus instrumentos de música y hacer cortar el cabello, como a los hombres, a todas sus concubinas, que se proponía llevar, a las que armó con hachas y escudos de amazonas. Llamó luego a las armas a las tribus urbanas, pero no habiendo respondido al llamamiento ninguno de los que se encontraban en estado de empuñarlas, exigió a todos los amos determinado número de esclavos, tomando de cada casa los mejores, sin exceptuar siquiera a los intendentes y secretarios. Obligó a todos los órdenes a que le entregasen una parte de su fortuna; a los locatarios de casas contiguas o separadas los obligó también a llevar al fisco en el acto un año de alquiler, y exigió con sumo cuidado que las monedas fuesen nuevas, la plata pura y el oro contrastado. La mayor parte de los contribuyentes disgustados con tales exigencias, se negaron resueltamente a dar nada y se pusieron de acuerdo para decir: Que mejor sería recogiese de los delatores las recompensas que por sus delaciones habían recibido.

XLV. La carestía de granos hizo crecer aún más el odio que se había atraído con sus rapiñas; ocurrió entonces que precisamente en los días de mayor escasez llegó una nave de Alejandría cargada de arena para las luchas de la corte; la indignación que el hecho produjo fue tan general, que no hubo ya ultraje que no se prodigara al emperador. Sobre la cabeza de una estatua suya colocaron un moño de mujer con esta inscripción griega: Llegó, finalmente, la hora del combate; y esta otra: Que lo libre, pues; al cuello de esta estatua suya ataron un saco y escribieron en él estas palabras: yo nada he hecho, en cambio tú mereces el saco (147). En las columnas escribían que sus cantos habían despertado a los galos, y durante la noche gran número de ciudadanos, fingiendo reñir con esclavos, pedían a grandes voces un vengador (Vindex).

XLVI. Manifiestos presagios antiguos y modernos, sacados de los sueños, hacían más vivos sus temores. De ordinario dormía tranquilamente, pero después de la muerte de su madre soñó que le arrancaban de las manos el timón de una nave y que su esposa Octavia le arrastraba a espesas tinieblas. Creyó otra vez, en sueños, que se encontraba cubierto de multitud de hormigas aladas. 0 bien veía las estatuas de las diversas naciones de la tierra, situadas a la entrada del teatro de Pompeya, que le rodeaban, cerrándole el paso.
Parecióle que un caballo de Asturias, al que quería mucho, se trocaba en mono, excepto la cabeza, de la que salían lastimeros relinchos. Las puertas del Mausoleo se abrieron por sí mismas, y salió una voz que llamaba a Nerón. Los dioses lares, adornados solemnemente para las calendas de enero, cayeron de su pedestal, en medio de los preparativos del sacrificio. Cuando iba a tomar los auspicios, Sporo le ofreció como regalo de año nuevo un anillo, cuya piedra representaba el rapto de Proserpina. Cuando quiso pronunciar los votos solemnes ante todos los órdenes del Estado reunidos, costó gran trabajo hallar las llaves del Capitolio; al ser leído en el Senado este pasaje del discurso compuesto por él contra Vindex: Que los culpables serían castigados y darían ejemplo en suplicio digno de sus crímenes, todos exclamaron: Tú lo darás, Augusto. Se observó asimismo que en Edipo desterrado, el último papel que representó en público, salió de la escena pronunciando este verso griego:

Madre, esposa, parientes, todo quiere que yo perezca.

XLVII. Se difundió, entre tanto, el rumor de haberse sublevado también los demás ejércitos, y enfurecido rasgó las cartas que le trajeron durante la comida, derribó la mesa, rompió contra el suelo dos vasos, que llamaba homéricos por estar esculpidos en ellos asuntos tomados de los poemas épicos de Homero y a los que tenía en gran estima; acto seguido hizo que Locusta le diese veneno, lo encerró en una caja de oro y marchó a los jardines de Servilio. Una vez allí, mientras sus libertos más fieles iban a Ostia para disponer naves, trató de conseguir que los tribunos y centuriones del Pretorio le acompañasen en su fuga; unos se excusaron y otros se negaron abiertamente, llegando uno a decirle:

¿Tanta desgracia es morir?

Concibió entonces diferentes proyectos; pensó en huir al territorio de los partos, ir a arrojarse a las plantas de Galba, pensó también en presentarse públicamente en la tribuna de las arengas con traje de luto y pedir allí, con el acento más lastimero posible, que le perdonasen el pasado, o sí los corazones permanecían insensibles, que le concediesen al menos la prefectura de Egipto (148). Entre sus papeles se encontró después el discurso que había compuesto para este objeto, y se asegura que el único motivo que le impidió pronunciarlo fue el temor de que lo despedazasen antes de llegar al Foro. Aplazó entonces para la mañana siguiente el tomar una decisión, pero habiendo despertado a medianoche se enteró de que le habían abandonado sus guardias. Salto del lecho y envió aviso a casa de todos sus amigos; no recibió contestación, y fue entonces con reducido séquito a pedir refugio a algunos de ellos. Todas las puertas permanecieron cerradas y nadie le contestó. Regresó entonces a su cámara: los centinelas habían huido, llevándose hasta las ropas de su lecho y la caja de oro en que tenía guardado el veneno. Pidió en seguida que le llevasen al gladiador Spículo u otro cualquiera para que le diesen muerte, y no encontrando a nadie que quisiese matarle, exclamó: ¿Acaso no tengo amigos ni enemigos?. Y corrió a precipitarse al Tíber.

XLVIII. A pesar de todo, se detuvo y buscó un refugio para meditar lo que podía hacer. Su liberto Faón le ofreció su casa de campo, situada entre la vía Salaria y la Nomentana, a cuatro millas de Roma. Vestido con la túnica y los pies desnudos como se encontraba, montó a caballo; iba envuelto en un manto viejo y desteñido; llevaba la cabeza cubierta y un pañuelo delante del rostro; acompañábanle cuatro personas, entre ellas Sporo. En cierto momento, sintió temblar la tierra, rasgó un relámpago la tiniebla y le invadió el terror; al pasar cerca del campamento de los pretorianos, oyó los gritos de los soldados que le lanzaban imprecaciones y hacían votos por Galba. Un viajero, al ver el pequeño grupo, dijo: Estos persiguen a Nerón. Otro preguntó: ¿Qué hay de nuevo en Roma, con respecto a Nerón? El hedor de un cadáver abandonado en el camino hizo retroceder a su caballo; le cayó el pañuelo con que se ocultaba el rostro, y un veterano pretoriano le reconoció y le saludo por su nombre; llegado a un camino de traviesa, despidió los caballos, penetró entre abrojos y espinas, en un sendero cubierto de zarzas en el que no podía avanzar más que haciendo tender ropas bajos sus pies, y llegó así con gran trabajo a las tapias de la casa de campo en una cantera de la que habían sacado arena, pero él replicó que no quería enterrarse vivo, y habiéndose detenido para esperar que abriesen la entrada secreta de la casa, cogió en la mano agua de una charca, y dijo antes de beberla: He aquí los refrescos de Nerón. Comenzó después a arrancar las zarzas que se habían enredado en su manto, y hecho esto, por un agujero abierto debajo de la tapia, fue arrastrándose sobre las manos, hasta la habitación más próxima, en la que se acostó sobre un jergón cubierto con una vieja manta. Atormentábale de cuando en cuando el hambre y la sed, y le ofrecieron pan de mala calidad, que rehusó, y agua templada, de la que bebió una poca.

XLIX Instábanle cuantos le acompañaban a que se substrajese sin tardanza a los ultrajes que le amenazaban. y pidió que abriesen un foso delante de él, a la medida de su cuerpo, que lo rodeasen con algunos pedazos de mármol, si se encontraban, y que llevasen agua y leña para tributar los últimos honores a su cadáver; a cada orden que daba se ponía a llorar, y repetía sin cesar: ¡Qué muerte para tan grande artista! En medio de estos preparativos, llegó un correo a entregarle una carta de Faón; la cogió y leyó en ella que el Senado le había declarado enemigo de la patria, y le hacía buscar para castigarle de acuerdo con las leves antiguas. Preguntó en qué consistía este suplicio, y le contestaron que en desnudar al criminal, sujetarle el cuello en una horqueta y azotarlo con varas hasta hacerle morir. Aterrado, cogió entonces dos puñales que había llevado consigo, probó la punta y volvió a envainarlos, diciendo que no había llegado aún la hora fatal. Unas veces exhortaba a Sporo a lamentarse y llorar con él; otras pedía que alguno se matase, para, con su ejemplo, darle valor para morir. También a veces se censuraba su cobardía, diciéndose: Arrastro una vida vergonzosa y miserable, y añadía en griego: Esto no es propio de Nerón; esto no le es propio; en tales momentos es necesario decidirse; vamos, despierta. Acercábanse ya los jinetes que tenían orden de cogerle vivo, y cuando los oyó, recitó temblando este verso griego:

Oigo el paso veloz de animosos corceles.

y se clavó en seguida el hierro en la garganta, ayudado por su secretario Epafrodio. Respiraba aún cuando entró el centurión; quiso vendarle la herida, fingiendo que llegaba para socorrerle, y Nerón le dijo: Es tarde; y añadió: ¡cuánta fidelidad! Al pronunciar estas palabras expiró con los ojos abiertos y fijos, despertando espanto y horror en todos los que le contemplaban. Había recomendado con vivas instancias a sus compañeros de fuga que no abandonasen su cabeza a nadie, y que fuese como fuese, le quemasen entero. Icelo, liberto de Galba, que acababa de salir del encierro donde le arrojaron al comenzar la insurrección, concedió la autorización para hacerlo.

L. Los funerales de Nerón costaron doscientos mil sestercios; emplearon en ellos tapices blancos bordados de oro, de que se había servido el día de las calendas de enero. Sus nodrizas Eclogea y Alejandra, con su concubina Actea, depositaron sus restos en la tumba de Domicio, que se ve en el campo de Marte, sobre la colina de los jardines. El monumento es de pórfido, y está coronado por un altar de mármol de Luna y lo circunda una balaustrada de mármol de Paros.

LI. Era de mediana estatura; tenía el cuerpo cubierto de manchas, y hedía; los cabellos eran rubios, la faz más bella que agradable; los ojos azules, y la vista débil; robusto el cuello, el vientre abultado, las piernas sumamente delgadas y el temperamento vigoroso. A pesar de sus desenfrenados excesos, sólo se encontró indispuesto tres veces en el espacio de catorce años, y en ellas ni siquiera tuvo que abstenerse del vino, ni que variar nada de sus costumbres. No cuidaba del traje ni apostura, y durante su permanencia en Acaya, se le vio dejar caer por detrás el cabello, que llevaba siempre rizado en bucles simétricos; se presentó muchas veces en público con trajes de festín, un pañuelo en torno al cuello, sin cinturón y descalzo.

LII. Ensayó en su infancia todas las artes liberales, pero su madre le disuadió del estudio de la filosofía, que, en su opinión, no podía menos de perjudicar a un príncipe destinado a reinar; su preceptor Séneca le prohibió que leyese a los autores antiguos, con objeto de que su discípulo fijara sólo en él su admiración. Se aficionó a la poesía, y compuso sin dificultad ni trabajo algunas obras en verso. No es cierto, como se ha pretendido; que diese por suyos los de otro. He tenido en las manos tablillas con versos suyos, fáciles de reconocer y enteramente de su puño. Veíase claramente que no eran copiados ni escritos al dictado de otro, sino que eran laborioso fruto de su pensamiento, tantas correcciones y raspaduras tenían. Mostró asimismo gran afición a la pintura, y especialmente a la escultura.

LIII. Ansioso de popularidad, se hacía al punto rival de todo el que, por cualquier medio, se atraía el favor de la multitud. Era creencia común que, no contento con sus triunfos en el teatro, había de descender en el próximo lustro a la arena olímpica con los atletas. Ejercitábase, en efecto, asiduamente en la lucha, y en todas las ciudades de Grecia en las que asistió a los juegos gímnicos, lo hizo a la manera de los jueces, sentándose en el suelo en el estadio, y viendo alejarse del centro una pareja de luchadores, corrió a cogerlos y a traerlos a su puesto. Como le comparaban con Apolo por el canto, y con el Sol por su destreza en conducir carros, quiso imitar también las hazañas de Hércules; y se dice que le habían domesticado un león, con el que debía luchar en el Anfiteatro y matarle con la maza o ahogarle entre los brazos ante el pueblo.

LIV. Al término de su vida hizo voto solemne, si triunfaba de sus enemigos, de tocar el órgano hidráulico, la flauta y la gaita durante los juegos que se habrían de celebrar por la victoria; prometió también figurar como histrión el último día de ellas y bailar el Turnus de Virgilio. Y no falta quien dice que hizo perecer al cómico Paris como adversario demasiado temible.

LV. Deplorable mama era en él el deseo de perpetuar su memoria, la cual le llevó a cambiar el nombre a muchas cosas y muchas ciudades para substituirlos con el suyo, llamó Neronniano al mes de abril, y quería que Roma se llamase Nerópolis.

LVI. Mostraba un profundo desprecio por todos los cultos, exceptuando el de la diosa de Siria; pero terminó por burlarse de él también, hasta el punto de orinar sobre su estatua cuando se entregó a otra superstición que fue la única en que persistió. Consistía ésta en venerar una muñeca, que le había regalado un hombre del pueblo, a quien no conocía, como amuleto contra las celadas de sus enemigos. Fue descubierta poco después una conspiración, y con este motivo hizo de aquella muñeca su divinidad suprema, la honró con tres sacrificios por día y quiso que se creyese que le presagiaba el porvenir. Pocos meses antes de su muerte empezó a observar las entrañas de las victimas, sin obtener jamás ningún augurio feliz.

LVII. Murió a los treinta y dos años de edad, en el mismo día en que en otro tiempo había hecho perecer a Octavia. El regocijo público fue tal, que la mayoría de los hombres del pueblo corrían por toda Roma cubiertos con el gorro de los libertos. A pesar de todo, hubo ciudadanos que, mucho tiempo después de su muerte, adornaron su tumba con flores de primavera y verano, que llevaron a la tribuna retratos de Nerón representado con la toga pretexta, y que leyeron en ella edictos en los que hablaba como si viviese aún y hubiera de llegar sin tardanza para vengarse de sus enemigos. Vologeso, rey de los partos, que envió embajadores al Senado para renovar su alianza, pidió sobre todo que se honrase la memoria de Nerón. Veinte años después, durante mi juventud, un aventurero, que se hacía pasar por Nerón, crease entre los partos, a favor de este nombre, que tan querido les era, un poderoso partido, y sólo con gran esfuerzo se pudo conseguir que entregaran al impostor.

NOTAS

(125) Al parecer, Suetonio confunde aquí el padre con el hijo fue, en efecto, el padre quien triunfó de los alóbroges, y el hijo, tribuno del pueblo en 750, fue quien hizo la ley a que se refiere.
(126) Tiberio murió en el mes de marzo del año 790; Nerón nació en el mes de diciembre del mismo año.
(127) Ordinariamente se daba nombre a los niños el noveno día de su nacimiento (a las niñas el octavo); llamaban a este día lustricus dies, o día de la purificación, y el hecho se llevaba a cabo observando ciertas ceremonias religiosas.
(128) Se decidió entonces (en 805) que Nerón estaba capacitado para tomar parte en los negocios públicos, y se convino que sería cónsul a los veinte años. Se le nombro Príncipe de la juventud, confiriéndosele la autoridad preconsular fuera de la ciudad,
(129) Finalmente se abrieron de pronto las puertas del palacio. Nerón sale con Burro y se adelanta hacia la cohorte que estaba de guardia. Recibiéronle los soldados con aclamación, y él, a una señal del prefecto montó en litera. Se asegura que algunos soldados vacilaron, que miraron repetidamente a la espalda, preguntando con insistencia dónde estaba Británico; pero no viéndose apoyados no tardaron en seguir él impulso general. Llegado Nerón al campamento, se le proclamo emperador.
(130) Los pretorianos que mandaban en estas colonias carecían de domicilio, las palabras per domicilii translationem, se refieren únicamente a los primipilarios como ciudadanos de Roma.
(131) Chifilino cita a Elia Catula, que pertenecía a una de las familias principales de Roma y a la que se vio bailar en los juegos de la Juventud cuando tensa ya más de ochenta años.
(132) Según Plinio, Nerón hizo cubrir de oro el teatro de Pompeya, para mostrarlo a Tirídates.
(133) Se acusaba a los cristianos del incendio de Roma. A su suplicio, dice Tácito, se añadía la irrisión; se los envolvía en pieles de bestias para que los perros los devorasen, se los ataba en cruz o se les embadurnaba el cuerpo con resina, encendiendolos por la noche como antorchas para alumbrarse. Nerón había cedido para este espectáculo, sus propios jardines. Orosio añade que iguales horrores fueron ejecutados en las provincias.
(134) La ley Cincia, llamada también Muneralis, dada a propuesta del tribuno Cincio en 549, prohibía recibir dinero o presentes por la defensa de una causa: Augusto la había confirmado en 737. Pedido a Claudio por el Senado que la renovase, limitóse este a poner freno a la avidez de los abogados, fijando como máximum de honorarios diez mil sestercios, y amenazando con las penas de la contusión al que exigiese más. Al comienzo del reinado de Nerón, el Senado dio todo su vigor a la ley Cincia; pero mas adelante, Nerón proporcionó honorarios según la importancia de las causas.
(135) Dio la señal.
(136) Los Augustiani eran un cuerpo de cinco mil hombres adiestrados en las diferentes maneras de aplaudir. A muchos ciudadanos distinguidos se les hacia entrar en el de buena o mala voluntad.
(137) “Montano, romano del orden senatorial —dice Tácito— llegó a las manos con Nerón en medio de la obscuridad. Como al principio rechazo con energía sus ataques y cuando le reconoció le pidió perdón, el emperador creyó que le censuraba y le obligo a que se diese muerte.”
(138) Chifilino dice de modo terminante que la propia Agripina trato de corromper a su hijo para asegurar su poder.
(139) En otro sentido: “De cometer extravagancias entre los hombres”.
(140) Ley dictada por Sila contra los asesinos y envenenadores y renovada luego por César.
(141) Establecidas en honor de Minerva, estas fiestas se celebraban el 19 de marzo y duraban cinco días, y de aquí el nombre de quinquatrus.
(142) Por este parricidio decretáronse rogativas a los dioses; se establecieron juegos anuales en las fiestas de Minerva y el día del nacimiento de Agripina fue colocado entre los nefastos.
(143) Dos cometas aparecieron durante el reinado de Nerón uno en 814 y otro en 818.
(144) La palabra latina Sustulit significa a la vez llenar y hacer desaparecer, matar.
(145) El epigrama juega con la doble cualidad de Apolo de músico y arquero.
(146) Aludía Nerón a un rasgo de la vida, siempre venturosa de Policrates tirano de Samos, referido por Valerio Máximo: “Policrates, dice aquel autor, arrojo voluntariamente al mar, para no vivir siempre en la ignorancia del pensar, una sortija que tenía en gran estima y la recobró poco después cogiendo el pez que la había tragado.”
(147) Suplicio de los parricidas.
(148) La de Egipto era la victima prefectura en el orden de las distribuciones; la pretensión de Nerón podía, por lo tanto, parecer modesta.
 





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