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Biografía de Tiberio Claudio Druso por Suetonio 1ª parte
En El libro Los Doce Césares de Suetonio
Siglo II DC
XXV. Dispuso el ascenso militar de los caballeros, dando después de la cohorte, el escuadrón, y después del escuadrón, el tribunal de legión. Creó asimismo una especie de servicio ficticio, retribuido por los ausentes, que solo tenían títulos sin cargos, dándoles el nombre de supernumerarios. Hizo prohibir a los soldados, por medio de un senadoconsulto, la entrada en las casas de los senadores para saludarlos. Confiscó los bienes a los libertos que se hacían pasar por caballeros romanos. Redujo de nuevo a esclavitud a todos los convictos de ingratitud, o que daban a sus dueños motivos de queja, amenazando a sus abogados con no hacerles justicia a ellos mismos, en iguales circunstancias, contra sus libertos. Como algunos dueños abandonasen en la isla de Esculapio a sus esclavos enfermos, para librarse del cargo de cuidarlos, el emperador declaro que todos los así abandonados quedaban libres, y que en caso de curación no pertenecerían más a sus antiguos dueños; añadía aún que al que diere muerte a su esclavo por no abandonarle, se le perseguiría como homicida. Por un edicto expreso, prohibió a los viajeros atravesar las ciudades de Italia de otra manera que a pie, en silla de manos o en litera. Estableció en Puzzola y en Ostia una cohorte para los casos de incendio. Prohibió a los extranjeros que tomasen nombres de familias romanas, e hizo ejecutar con hacha en el campo Esquilino a los que habían usurpado el título de ciudadano romano. Hizo devolver al Senado las provincias de Ocaya y Macedonia, que Tiberio había tomado bajo su administración. Despojó a los licios de la libertad en castigo de sus querellas intestinas, devolviéndola, en cambio, a los de Rodas, como recompensa a su arrepentimiento por sus faltas pasadas. Declaró a los troyanos exentos a perpetuidad de todo tributo, como fundadores de la raza romana, con este motivo, leyó una antigua misiva griega del Senado y del pueblo al rey Seleuco, en la cual los romanos le prometían alianzas y amistad a condición de que eximiría de todo impuesto a sus hermanos los troyanos. Hizo expulsar de Roma a los judíos, que, excitados por un tal Cresto (118), provocaban turbulencias. Autorizó a los diputados de los germanos a sentarse en la orquesta, placiéndole mucho la sencillez y confianza con que aquellos extranjeros, a quienes había colocado en medio del pueblo, fueron espontáneamente a sentarse junto a los embajadores de los partos y armenios, sentados entre los senadores, diciendo que no les eran inferiores en calidad ni en valor. Suprimió completamente en las Galias la cruel y atroz religión de los druidas que Augusto se había limitado a prohibir a los ciudadanos. En cambio, intentó hacer pasar del Atica a Roma los misterios de Eleusis y propuso reconstruir en Sicilia, por cuenta del Tesoro público, el templo de Venus Ericina, que se había derrumbado de viejo. Contrajo alianza con los reyes en el Foro, inmolando una cerda y haciendo leer por los feriales la antigua fórmula de los juramentos. No debe olvidarse, sin embargo, que estos actos, como en general todos los de su gobierno, expresaban más bien la voluntad de sus mujeres y libertos que la suya, y no tenían otra regla que el interés o el capricho de éstos.
XXVI. Siendo todavía muy joven tuvo dos esposas: Emilia Lépida, bisnieta de Augusto, y Livia Medulina, perteneciente a la antigua familia del dictador Camilo, y que había conservado el nombre de Camila. Repudió a la primera, virgen aún, porque sus padres habían caído en desgracia ante Augusto; la otra falleció de enfermedad el mismo día en que iba a celebrarse la boda. Casó más adelante con Plaucia Urgulanila, de familia triunfal, y luego con Elisa Petina, hija de un consular. De estas dos esposas se separó por divorcio; de Petina, por faltas ligeras; de Urgulanila se separó por sus innobles desórdenes, a los que se añadían aún sospechas de homicidio. Contrajo después matrimonio con Valeria Mesalina, hija de su primo Barbato Masala; pero cuando supo que, además de sus excesos y crímenes, se había atrevido a casarse con C. Silio y a consignar una dote en manos de los augures mandó darle muerte, jurando ante los pretorianos reunidos permanecer célibe, puesto que el matrimonio le resultaba tan mal, y dejarse matar por ellos si violaba su juramento. A pesar de ello, trató en breve de nueva unión con la misma Petina a quien había repudiado, y con Solia Paulina, que había estado casada con C. Cesar. Pero las seducciones de su sobrina Agripina hija de Germánico, ayudadas por el derecho de abrazarle y el frecuente trato, le inspiraron más profundo amor; sobornó entonces a los senadores, que en la primera reunión propusieron obligarle a casarse con ella, con el pretexto de que aquella unión era de importancia esencial para el Estado, y de dar así facultades a los demás ciudadanos para contraer iguales matrimonios, considerados hasta entonces incestuosos. Se casó con ella a la mañana siguiente, pero no encontró a nadie que quisiere seguir su ejemplo, exceptuando un liberto y un centurión primipilario, a cuyas bodas asistió Agripina.
XXVII. Tuvo hijos de tres esposas: de Urgulanila, a Druso y Claudia; de Petina, a Antonia; de Mesalina, a Octavia y un hijo, al que primeramente dio el nombre de Germánico y de Británico después. Druso murió en Pompeya, siendo todavía niño, ahogado por una pera que lanzaba al aire y recibía en la boca. Pocos días antes de su muerte le habían desposado con una hija de Seyano, razón por la cual me asombra que se haya escrito que fue Seyano autor de su muerte. Claudio hizo echar y exponer desnuda a Claudia en la puerta de la casa de su madre, como fruto de comercio criminal con su liberto Boter, aunque ella había nacido cinco meses después del divorcio del emperador y había comenzado éste a cuidar de ella. Casó a Antonia primero con Cn. Pompeyo, llamado el Grande, y luego con Fausto Sila, jóvenes nobilísimos. Dio Octavio a su yerno Nerón, a pesar de haberla desposado con Silano. Por lo que toca a Británico, que nació el día veintinueve de su reinado, durante su segundo consulado, no cesaba de recomendarle públicamente a los soldados, enseñábale muy niño aún en sus manos al pueblo, le tenía sobre sus rodillas o delante de él en el teatro y hacía tiernos votos por aquel niño, uniéndolos a las aclamaciones de la multitud. Adoptó a su yerno Nerón, y no contento con repudiar a los otros dos, Silano y Pompeyo, hizo darles muerte.
XXVIII. A los que más afecto mostró entre sus libertos, fueron el eunuco Posides, al que se atrevió a honrar con una lanza sin hierro (119) en presencia de soldados valerosos, en su triunfo sobre la Bretaña: Félix, a quien dio cohortes, escuadrones y el gobierno de la Judea, y que fue esposo de tres reinas; Arpocras, al que concedió el derecho de hacerse llevar en litera por la ciudad y de dar espectáculos al pueblo; y más aún que a éstos, a Polibio, su lector, a quien con frecuencia se le veía marchar entre los dos cónsules. A los que más quiso fue, sin embargo, a su secretario Narciso y a Palas, su intendente, a quienes el Senado, con beneplácito del emperador, otorgó magnificas recompensas y hasta los ornamentos de la cuestura y pretura; las exacciones y rapiñas de éstos fueron tales, que quejándose Claudio un día de no tener nada en su tesoro, le contestaron sarcásticamente que sus cajas desbordarían si sus dos libertos quisiesen asociarse con él.
XXIX, Gobernado, como he dicho ya, por sus libertos y esposas, antes vivió como esclavo que como emperador. Dignidades, mandos, impunidad, suplicios, todo lo prodigó según el interés de estos afectos y caprichos, y las más veces ignorándolo. No quiero entrar ahora en minuciosidades y no detallaré sus liberalidades revocadas, sus sentencias anuladas, sus nombramientos para los cargos, o ignominiosamente supuestos o públicamente cambiados; citaré hechos más graves. Hizo morir a Apio Silano, padre de su yerno, y a las dos Julias, la hija de Druso y la de Germánico, por vaga acusación y sin querer escucharlas. Trató de igual manera a Cn. Pompeyo, casado con su hija mayor, y a L. Silano, esposado con la menor. Pompeyo fue degollado en los brazos de un joven a quien amaba; Silano recibió orden de despojarse de la pretura, cuatro días antes de las calendas de enero, y suicidóse al empezar el año, el mismo día en que se celebraban las bodas de Claudio y Agripina. Firmó también la sentencia de muerte de treinta y cinco senadores y de mas de trescientos caballeros romanos; hizo esto con tanta ligereza, que a un centurión, encargado de matar a un consular, que se le había presentado para decir que estaban cumplidas sus órdenes, le contestó que no había dado ninguna. Sin embargo, no dejó de aprobar aquellas muertes, asegurado por sus libertos de que los soldados habían cumplido su deber, tomando a su cargo el cuidado de vengar al emperador. Pero lo que mas cuesta creer es que le hicieron firmar el contrato de matrimonio de Mesalina y Silio, su amante, haciéndole creer que era una farsa, para echar sobre otro un peligro con el cual le amenazaban ciertos prodigios.
XXX. Ostentaba Claudio en su persona cierto aspecto de grandeza y dignidad, ora estuviese en pie, ora sentado, pero principalmente en actitud de reposo. Era alto y esbelto, su rostro era bello y hermosos sus blancos cabellos, y tenía el cuello robusto; pero cuando marchaba, sus inseguras piernas se doblaban frecuentemente; en sus juegos, así como en los actos más graves de su vida, mostraba varios defectos naturales: risa completamente estúpida; cólera más innoble aún, que le hacía echar espumarajos; boca abierta y narices húmedas; insoportable balbuceo y continuo temblor de cabeza que crecía al ocuparse en cualquier negocio por insignificantes que fuese.
XXXI. Tan débil como fue su salud hasta su advenimiento al Imperio, así tornase buena después, exceptuando, sin embargo, algunos dolores de estómago, tan agudos, que más de una vez pensó, a lo que se dice, en darse muerte.
XXXII. Con frecuencia organizó espléndidos festines en parajes inmensos, y de ordinario tenía hasta seiscientos convidados. Cierto día hizo servir, junto al canal de desagüe del lago Fucino, uno de estos festines, viéndose en peligro de perecer bajo las aguas, que habían irrumpido inesperadamente. Sus hijos asistían a todas sus comidas, y con ellos, los nobles jóvenes en ambos sexos, según antigua costumbre, comían sentados al pie de los lechos. Recayendo sospechas en un convidado de haber robado una copa de oro, Claudio le invitó otra vez al día siguiente y le hizo servir en un vaso de barro. Se afirma que ideaba un edicto para permitir eructar y ventosear en su mesa (latum crepitumque ventris inconvivio emittendi), porque supo que un convidado estuvo a punto de morir por haberse contenido en su presencia.
XXXIII. Estaba siempre dispuesto a comer y beber a cualquier hora y en cualquier lugar que fuese. Cierto día que estaba juzgando en el Foro de Augusto, llegó hasta él el olor de un festín que cerca del lugar estaban preparando para los sacerdotes Salianos en el templo de Marte. Claudio abandonó en el acto el tribunal, marchó a casa de los sacerdotes y sentase a la mesa con ellos. Nunca abandonó la mesa sino henchido de manjares y bebidas; en seguida se acostaba de espaldas con la boca abierta, y mientras dormía, le introducían una pluma para aligerarle el estómago. Dormía tan poco tiempo —despertaba casi siempre antes de medianoche—, que a menudo se dormía de día y hasta en el tribunal, costando trabajo a los abogados despertarle aun alzando mucho la voz. Amó con pasión a las mujeres, pero no tuvo nunca comercio con los hombres. Fue muy aficionado al juego, escribiendo incluso un libro sobre este arte; jugaba hasta en viaje, pues había hecho construir los carruajes y mesas de manera que el movimiento no pudiese interrumpir el juego.
XXXIV. Dio pruebas de carácter feroz y sanguinario, así en las cosas pequeñas como en las grandes. Hacia aplicar el tormento y ejecutar sin dilación a los parricidas, presenciando siempre las ejecuciones (120). En Tibur deseaba ver un suplicio a la manera antigua y ya estaban atados al poste los culpables, pero encontrándose ausente el verdugo, Claudio tuvo la paciencia de esperar hasta la tarde a que llegase de Roma. En los espectáculos de gladiadores dados por él a por otros, hacía degollar a todos los que caían, aunque fuese casualmente, y en especial, a los reciarios, cuya semblante moribundo le gustaba contemplar. Habiéndose atravesado simultáneamente dos combatientes, se hizo construir en seguida pequeños cuchillos con sus espadas. Gozaba tanto viendo a los gladiadores llamados bestiarios y a los meridianos (121), que iba a sentarse en el anfiteatro al amanecer y permanecía allí hasta durante el mediodía cuando el pueblo se retiraba a comer. Además de los gladiadores de profesión, obligaba a bajar a la arena con el pretexto más ligero e imprevisto a los obreros y gentes de servicio que se encontraban allí. Un día llegó incluso a obligar a uno de sus nomenclatores a combatir como se encontraba, es decir, vestido con la toga.
XXXV. Pero el rasgo más saliente de su carácter era la desconfianza y el miedo. En los primeros días de su reinado, aunque fingía, como dijimos, mucha afabilidad, no se atrevía a sentarse a ninguna mesa de festín sin tener a su lado una guardia armada con lanzas, y en vez de esclavos, soldados para servirle. No iba a ver a ningún enfermo sin haber hecho reconocer antes la habitación, registrar los colchones y sacudir las colchas. En su palacio tuvo siempre junto a él criados encargados de registrar a los que iban a saludarle; nadie se escapaba a esta medida, que se practicaba con el mayor rigor. Sólo hacia el fin de su reinado, y no sin disgusto, dispensó de él a las mujeres, los niños y las jóvenes, y cesó de hacer quitar a los esclavos y escribientes la caja de estilos que llevaban detrás de sus dueños. Durante una sedición, persuadido Camilo de que era muy fácil asustar a Claudio sin recurrir a actos de hostilidad, le escribió una carta llena de amenazas e injurias, en la que le mandaba que renunciase el Imperio y se entregase a la vida ociosa del particular. Claudio deliberó en presencia de los principales ciudadanos si obedecería.
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XXXVI. Tanto fue su terror por algunas conjuraciones que le denunciaron sin fundamento, que resolvió renunciar al mando. Habiendo cogido cerca de él, como dije ya, a un hombre armado con un puñal, Claudio convocó en el acto al Senado por medio de los pregoneros, lloró, lanzó gritos, lamentóse de su mala suerte que le exponía a continuos peligros y durante mucho tiempo no quiso presentarse en público. Su amor a Mesalina, por ardiente que fuese, no cedió tanto al resentimiento de sus ultrajes como al temor de sus maquinaciones, pues le atribuía el designio de hacer pasar el Imperio al adúltero Silio. Fue por este tiempo cuando, dominado por un terror vergonzoso, huyó al campamento de los pretorianos preguntando a cuantos encontraba en su camino si era todavía emperador.
XXXVII. No había sospecha, por ligera que fuese, ni denuncia, por falsa, antes las cuales el temor no le indujese a precauciones excesivas y a la venganza. Un litigante que había ido a saludarle, le dijo secretamente que había visto en sueños asesinarle un desconocido; pocos momentos después, viendo entrar a su adversario con un escrito, fingió reconocer en él al asesino que había visto en su sueño y lo mostró al emperador. Claudio mandó en el acto que le llevaran al suplicio como a un criminal. Se dice que también obraron así para perder a Apio Silano; Mesalina y Narciso, que habían urdido la trama, se repartieron los papeles. Narciso entró antes de amanecer, con aspecto agitado, en la cámara del emperador y le dijo que acababa de ver en sueños a Apio atentar contra su vida; Mesalina. fingiéndose sorprendida, dijo que también por su parte hacía muchas noches soñaba lo mismo. Un momento después llegaba Apio, que la víspera había recibido orden terminante de presentarse a aquella hora, y Claudio, persuadido de que iba a realizar el ensueño, hízole prender y darle muerte en el acto. A la mañana siguiente hizo al Senado una relación de todo lo ocurrido y dio gracias a su liberto porque, hasta durmiendo, velaba por su vida.
XXXVIII. Viéndose sujeto a la ira y al rencor, publicó un edicto, excusándose y distinguiendo entre estos dos defectos, decía: que la primera sería breve e inofensiva, y el segundo jamás sería injusto. Habíase encolerizado contra los habitantes de Ostia, porque no acudieron en barcas a recibirle cierto día en que remontaba el Tíber; habíalos censurado con acritud porque le trataban como a un hombre cualquiera; pero arrepentido en seguida, se excusó en cierto modo y los disculpó. Se le vio rechazar a veces con la mano a muchos ciudadanos que intempestivamente se le acercaron en público. Desterró a pesar de su inocencia y sin querer escucharlos al secretario de un cuestor y a un senador que había sido honrado con la pretura; al uno por haber litigado contra él con excesivo ardor cuando no era aún emperador; al otro por haber impuesto una multa, siendo edil, a algunos arrendatarios suyos que vendían viandas cocidas, a pesar de los reglamentos, y además por haber hecho azotar a su intendente que intervino en la causa. Por el mismo motivo quitó también a los ediles la vigilancia de las tabernas. En cuanto a su estupidez, era tanta, que llegó incluso a querer hablar de ella, asegurando en algunos discursos lamentables que había sido una astucia imaginada por él en tiempos de Calígula para librarse de aquél y conseguir sus fines. Pero no logró convencer a nadie y poco después apareció un libro en griego, titulado La curación de los imbéciles, en el que se demostraba que nadie era capaz de fingir la imbecilidad.
XXXIX. Asombraba sobre todo por sus inconsecuencias y distracciones, o diciéndolo como los griegos, por sus olvidos y equivocaciones. Poco tiempo después de la ejecución de Mesalina, preguntó, al sentarse a la mesa, por qué no venía la emperatriz. Ordenaba a menudo convidar a comer o a jugar a los dados con él a ciudadanos que había mandado matar el día anterior, y cansado de esperar, enviaba mensajeros a reprenderlos por su tardanza. Iba a contraer con Agripina un matrimonio reprobado por las leyes, y no dejaba de llamarle en todos sus discursos su hija, su pupila, nacida en sus brazos, criada sobre sus rodillas. Se disponía a adoptar el hijo de su esposa cuando el suyo era ya un adulto.
XL. Era a menudo tan inconsiderado en sus palabras y acciones que mostraba no saber quién era, con quién estaba, ni en qué tiempo, ni en qué lugar. Cierto día, en el Senado, mientras se trataba de carniceros y taberneros, exclamó: ¿Quién de nosotros, decidme, puede vivir sin sopa? y se deshizo en alabanzas de la abundancia que reinaba en otro tiempo en las tabernas, a las que acudía él mismo en busca de vino. Concedió su voto a un candidato para la cuestura, entre otras razones, porque su padre le había dado muñe oportunamente agua fresca en cierta enfermedad. Llamada una mujer como testigo ante el Senado: Esta mujer —dijo—, ha sido liberta y peinadora de mi madre, pero siempre me ha considerado como un sueño. En su mismo tribunal se enfureció contra los habitantes de Ostia, que le dirigían un ruego, empezando a gritar con toda su fuerza que no tenia ningún motivo para favorecerlos y que era tan libre como cualquier otro. Todos los días, a cualquier hora y en cualquier momento repetía: ¿Me tomáis acaso por el atleta Teogonio?, y añadía en griego, hablad, pero no me toquéis. Decía, en fin, otras mil cosas, que habrían parecido inconveniencias hasta en un simple particular, cuanto más en un príncipe que no carecía de cultura ni de saber y que mostraba gran afición al estudio.
XLI. Trató en su juventud de escribir la historia, exhortándole Tito Livio y ayudándole Sulpicio Flavo; comenzó ante aun nutrido auditorio la lectura de su trabajo, pero él mismo hizo perder el interés, y fue del siguiente modo. Cuando empezó a recitar, un espectador muy grueso rompió el banco en que se sentaba, estallando en risas toda la asamblea. Se procuró en vano restablecer el silencio; pero ni el propio Claudio podía contener la risa, que le asaltaba a cada instante por el recuerdo, y de esta manera se generalizaba la hilaridad. Escribió mucho durante su reinado, e hizo siempre que sus obras las recitasen en público sus lectores. Su historia principia después de la muerte del dictador César; pero en seguida pasó a época más reciente, es decir, al término de las guerras civiles, pues las continuas quejas de su madre y abuela le impidieron escribir libremente y con verdad acerca de los tiempos anteriores. Dejó dos libros de la primera de estas historias y cuarenta y uno de la segunda; compuso asimismo ocho libros de memoria sobre su vida, en los que se advierte menos ingenio que elegancia. Escribió además una apología bastante erudita de Cicerón, para contestar a los libros de Asinio Galo. Inventó tres letras que creía de gran necesidad y las cuales quiso añadir al alfabeto. Ya antes de ser emperador había publicado un libro sobre este asunto; cuando lo fue, no tropezó con grandes dificultades para que se adoptase el uso de tales letras que se encuentran en la mayor parte de los libros, actas públicas e inscripciones de aquella época.
XLII. Tuvo también gran afición a los estudios griegos, y en todas las oportunidades mostró la importancia que daba a este hermoso idioma. A un bárbaro, que hablaba delante de él en griego y en latín: Veo con satisfacción —le dijo—, que posees nuestras dos lenguas. Recomendando la Acaya a los senadores, les dijo: Estoy unido a esta provincia por los lazos de los mismos estudios. En el Senado respondió casi siempre en griego a los discursos de los embajadores; y en su tribunal citaba muchas veces versos de Homero. Cuando se deshacía de un enemigo o de un conjurado y el tribuno de guardia le pedía la contraseña, le decía ésta:
Vengarme en el acto del primero que me ofenda (122).
Escribió, en fin, en esta lengua veinte libros de la historia de los tirrenianos y ocho de la de los cartagineses. Con motivo de estas obras, al antiguo museo de Alejandría se añadió otro con el nombre mismo del emperador, acordándose que todos los años, en determinados días, los miembros de los dos museos darían por turno lectura pública, en el uno de la historia de los cartagineses, y en el otro de la de los tirrenianos.
XLIII. Hacia el fin de su vida dio Claudio evidentes muestras de arrepentimiento por haberse casado con Agripina y por haber adoptado a Nerón. Un día en que sus libertos celebraban en presencia suya la equidad de una sentencia pronunciada por él, la víspera, contra una mujer adúltera, les dijo que la suerte le había dado también esposas impúdicas, pero que también ellas habían sido castigadas, y un momento después, encontrando a Británico, lo abrazó tiernamente y le dijo: Acaba de crecer y te daré cuenta de todos mis actos, y añadió en griego: El que ha hecho la herida la curará, y aunque Británico era muy joven aún, quería adelantar la edad, ya que su estatura lo permitía y hacerle vestir antes de tiempo la toga viril, exclamando que el pueblo romana tendría al fin un verdadero cesar.
XLIV. Poco tiempo después redactó su testamento que firmaron todos los magistrados. No hay duda que hubiese realizado todos sus proyectos, pero Agripina, que atormentaba su conciencia y a la que muchos delatores comenzaban a acusar, se le adelantó. Convienen todos en que murió envenenado, pero no se sabe con certeza dónde ni por quién. Algunos dicen que fue en el Capitolio, en un festín con los pontífices y por el eunuco Holato, su gustador; afirman otros que fue en una comida familiar y por la misma Agripina, que con este objeto había envenenado una seta, uno de sus manjares predilectos. Tampoco se está de acuerdo en cuanto a lo que sucedió después. Según la mayoría, perdió en el acto la voz y murió al amanecer, después de haber padecido horriblemente toda la noche; según otros, tras haberse aletargado algunos momentos, vomitó todo lo que había comido y entonces le hicieron tomar otra dosis de veneno, ya sea en una sopa como para devolver fuerzas a su estomago extenuado, o bien en una enema como para aliviarle, por medio de evacuaciones, una digestión difícil.
XLV. Mantuvieron secreta su muerte hasta que todo estuvo dispuesto para asegurar el Imperio a su sucesor. Continuóse, con este fin, haciendo votos por su curación y se llamaron incluso a palacio algunos cómicos, pedidos por él, según decían, para distraerse. Murió el 3 de los idus de octubre (123), bajo el consulado de Asinio Marcelo y de Acilio Aviola, a los sesenta y cuatro años de edad y catorce de reinado. Sus funerales fueron celebrados con toda la solemnidad que a su jerarquía convenía y le colocaron en el número de los dioses. Este honor, del que a poco le privó la envidia de Nerón, le fue restituido por Vespasiano.
XLVI. Los principales presagios con que se anunció su muerte fueron: la aparición en el cielo de una de esas estrellas con cabellera que se llaman cometas, el haber caído un rayo en la tumba de su padre Druso y la muerte de casi todos los magistrados de aquel año. Dícese que él mismo previó su próximo fin y no lo ocultó;; teniendo, en efecto, que designar cónsules, no designó ninguno para esta época más avanzada del mes en que murió; la última vez que fue al Senado, se le oyó repetidas veces exhortar a sus hijos a la concordia y recomendar con voz suplicante su juventud a los senadores, y, por último, en la postrera audiencia que dio como juez, dijo que había llegado al fin de su vida, e insistió en ello, a pesar de que los presentes rechazaron aquel presagio.
(106) Según Quintiliano, sólo una enfermedad podía excusar el uso de cubrirse la cabeza, las piernas o las orejas.
(107) A las fiestas de las Saturnales, que duraban muchos días, y en las cuales se hacían recíprocos regalos, se añadieron otras dos, que llamaron sigillaria (a sigilis), del nombre de unas figuritas en relieve que se regalaban a los niños. La contestación de Tiberio a Claudio es, por lo tanto, mucho más ofensiva.
(108) Por Calígula para su propia divinidad.
(109) El objeto de la ley Papia Popea, al eximir de los deberes judiciales a los que tenían cierto numero de hijos, era alentar a los caballeros al matrimonio.
(110) La ley Cornelia, De falsis, privaba de fuego y agua a los falsificadores. Los emperadores añadieron a éstas nuevas penas.
(111) Se llamaba así un barrio de Roma, en el que habitaban los comerciantes de sigilla, sellos, figuritas que se regalaban en las fiestas de las Sigilarias. En este barrio habitaban también muchos libreros.
(112) Construido en 699 bajo el consulado de Pompeyo fue varias veces pasto de las llamas especialmente bajo Tiberio que empezó a reedificarlo; Calígula lo terminó y Claudio lo consagró en 794.
(113) Debe tenerse presente aquí que se trata aquí únicamente de los espectáculos dados en el Circo; en el teatro y en los juegos escénicos los senadores tenían en efecto, desde muy antiguo sitios especiales, lo mismo que los caballeros, sitios que venían designados por las leyes Roscia y Julia. Nerón hizo por los caballeros lo que Claudio por los senadores.
(114) Significa palomo volador.
(114 bis) Gladiador que combatía en un carro.
(115) Las vacaciones de primavera y otoño interrumpían el curso de los negocios. Claudio no las suprimió: limitóse sólo a dar mas continuidad al trabajo, estableciendo una sola vacación en vez de varias.
(116) Este articulo de la ley Papia prohibió en efecto, el matrimonio a los sexagenarios. Claudio, ya de bastante edad, se indigno viéndose legalmente proclamado incapaz de tener hijos; derogó esta disposición, haciéndolo al parecer antes de su matrimonio con Agripina, matrimonio que sin ello no hubiese podido contraer.
(117) Esta custodia les había sido quitada por Augusto.
(118) Antiguamente se aplicaban fácilmente al Cristo las palabras impulsore Chresto. Aquí se trata, sin embargo, de un griego que se había hecho judío y excitaba disturbios en Roma; ya que los romanos ignoraron durante mucho tiempo la diferencia que existía entre Judíos y cristianos.
(119) Recompensa militar.
(120) Séneca en su tratado “De la clemencia” dice a Nerón: “Tu padre en cinco años hizo coser en el saco a mas parricidas que se habían cosido en todos los siglos precedentes.”
(121) Llamábanse bestiarios los que combatían con las fieras en los espectáculos matutinos y meridianos los que combatían después de los anteriores.
(122) Odisea, XVI, 72.
(123) 13 de octubre.
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