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Biografía de Cayo Calígula por Suetonio
En el libro Los Doce Césares
Siglo II AC
XXIX. La ferocidad de sus palabras hacía todavía más odiosa la crueldad de sus acciones. Nada encontraba tan laudable y hermoso en su carácter que lo que llamaba en griego su insensibilidad. Reconvenido por su abuela Antonia, no se limitó a no atenderla, sino que le dijo: Recuerda que todo me está permitido y contra todos. Cuando dio la orden para matar a su primo, de quien suponía se había prevenido contra el veneno, exclamó: ¡Un antídoto contra César!. Cuando desterró a sus hermanas, les dijo en tono amenazador que no tenía solamente islas, sino también espadas, A un anciano pretor, retirado a Anticira (96), por motivos de salud y que le pidió prórroga de licencia, ordenó matarle, diciendo que necesitaba una sangría, va que no le bastaba el eléboro por tanto tiempo usado. Cada diez días formaba la lista de los prisioneros que quería hacer ejecutar, y a esto llamaba ajustar sus cuentas. Habiendo intercalado un día en la misma lista galos y griegos, dijo con regocijo que acababa de subyugar la Galogrecia.
XXX. Hacía herir siempre a las victimas a golpes leves y repetidos, y jamás dejaba de recomendar a los verdugos, que le conocían bien, que hiriesen de modo que se sintieran morir. Habiendo mandado al suplicio un hombre por otro, a causa de un error de nombre, dijo: gaste lo ha merecido también. Incesantemente tenía en la boca estas palabras de una tragedia: Que me odien con tal que me teman. Injurió con frecuencia a todos los senadores a la vez, llamándoles o bien hechuras de Seyano, o bien delatores de su madre y de sus hermanos, y mostrando los documentos que había fingido arrojar al fuego, justificaba la crueldad de Tiberio, porque aquellas acusaciones decía, la hicieron necesaria. Hablaba mal continuamente del orden ecuestre, a causa de su pasaron por los juegos y espectáculos. Enfurecido, viendo a la multitud favorecer en el Circo a un partido al que era él contrario, exclamó: ¡Lástima que no tenga el pueblo romano una sola cabeza!. En ocasión en que reclamaban para la arena a un criminal llamado Tetrinio, dijo: que los que lo pedían eran también Tetrinios. Cinco reciarios, de los que visten túnica y combaten en grupo, habían sido derribados sin oponer resistencia por otros tantos gladiadores completamente armados; cuando se pronunciaba ya la sentencia de su muerte, uno de los vencidos, empuñando de nuevo el tridente, mató a todos los vencedores. Calígula deploró en un edicto aquella inesperada y espantosa matanza y execró a los que habían consentido en presenciarla.
XXXI. Se le oyó lamentar en más de una ocasión de que no hubiese ocurrido en su reinado ninguna calamidad pública, mientras que el de Agusto se distinguía por la derrota de Varo y el de Tiberio por la caída del anfiteatro de Fidena. Al suyo, decía, le amenazaba e; olvido por demasiado feliz, y deseaba a menudo sangrientas derrotas, hambres, pestes, vastos incendios y terremotos.
XXXII. Su ferocidad se manifestaba incluso en medio de sus placeres, juegos y festines. Muchas veces daban tormento en presencia suya mientras comía o se entregaba a orgías con sus amigos; un soldado experto en cortar cabezas ejercía delante de él su habilidad con todos los prisioneros que le presentaban. Cuando dedicó el puente de Puzzola, del que ya hemos hablado, invitó a los que estaban en la orilla a reunirse con él, e inesperadamente mandó arrojarlos a todos abajo. Algunos se agarraron a los barcos y los hizo echar al mar a golpes de garfios y remos. Durante una comida pública, en Roma, un esclavo arrancó de un lecho una hoja de plata; Calígula mandó en el acto al verdugo que le cortase las manos, se las colgase al cuello y lo pasease así por todas las mesas con un cartel que explicase la causa del castigo. En ocasión en que se ejercitaba en la esgrima con un gladiador mirmillón armado como él con una varilla, éste cayó al suelo involuntariamente; Calígula le atravesó de una puñalada y corrió por todas partes con una palma en la mano, como los vencedores del anfiteatro. Durante un sacrificio y en el momento en que iba a ser inmolada la víctima, se ciñó como los sacrificadores, y cogiendo el mazo, dio muerte al que presentaba el cuchillo sagrado. En medio de un espléndido festín comenzó de pronto a reír a carcajadas; dos cónsules sentados a su lado, le preguntaron con acento adulador de qué reía: ales que pienso, contestó, que puedo con una señal haceros estrangular a los dos.
XXXIII. Cierto día se colocó por burla al lado de la estatua de Júpiter y preguntó al trágico Apeles cuál de los dos le parecía más grande, y como vacilase en contestar, le hizo azotar acto seguido, haciéndole notar entonces que tenía la voz agradable y hermosa en las súplicas y hasta en los gemidos. Cuantas veces besaba el cuello de su esposa o de su amante, decía: Esta hermosa cabeza caerá en cuanto yo quiera; y muchas veces repetía que mandaría dar tormento a su querida Cesonia, a fin de saber de ella misma por qué la amaba tanto.
XXXIV. Su envidiosa malignidad, su crueldad y su orgullo se extendían a todo el género humano y a todos los siglos. Derribó las estatuas de los grandes hombres, que Augusto había trasladado del Capitolio, donde había poco espacio, al vasto recinto del campo de Marte: y dispersó de tal manera los restos, que cuando quisieron restaurarlas no pudieron encontrarse completas las inscripciones con que estaban adornadas. Prohibió que en adelante se pudiese labrar sin orden o autorización suya la estatua de ningún hombre vivo. Quiso asimismo destruir los poemas de Homero, y preguntaba: ¿Por qué no había de poder hacer yo lo que hizo Platón; que lo desterró de su República? Poco faltó para que hiciese desaparecer de todas las bibliotecas las obras y efigies de Virgilio y Tito Livio, diciendo, que el uno carecía de ingenio y de saber, y el otro era historiador locuaz e inexacto. Más de una vez vanaglorióse, en fin, de convertir muy pronto en inútil y despreciable toda la ciencia de los jurisconsultos, constituyéndose en único árbitro y juez.
XXXV. Prohibió a los romanos más nobles las antiguas distinciones de sus familias: a Torcuato, el collar; a Cincinato, el pelo rizado; a Cn. Pompeyo, que pertenecía a esta antigua familia, el nombre de Grande. Había llamado a Roma al rey Ptolomeo, de quien antes hablé, y lo recibió con mucho agasajo; pero un día en que daba juegos le hizo matar de improviso, por el solo delito de haber llamado la atención general al entrar en el teatro, por el brillante color de púrpura de su manto. Si encontraba un hombre cuya hermosa cabellera realzaba su apostura, en el acto mandaba afeitarle la parte posterior del cráneo. Había un tal Esio Próculo, hijo de un centurión primipilario, que por su belleza y estatura había recibido el nombre de Colosseros (Amor coloso); viole un día Calígula en un banco del anfiteatro y le hizo bajar en el acto a la arena, oponiéndole en primer lugar un tracio y después un gladiador completamente armado; Próculo venció a los dos, pero el emperador mandó inmediatamente agarrotarle y cubrirle de harapos; mandó luego que le paseasen así por las calles mostrándolo a las mujeres, y por último degollarlo. No había condición tan baja ni fortuna tan modesta que pudiese ponerse a cubierto de su envidioso odio. Hacía muchos años que estaba el mismo sacerdote en posesión del sacerdocio de Diana de Aricia, y Calígula le suscitó un competidor mucho más robusto que él (97). A un gladiador llamado Prío, que después de brillante victoria manumitió en el Circo a un esclavo suyo, el pueblo le aplaudió con entusiasmo; disgustado Calígula, salió tan apresuradamente del espectáculo que, pisándose la toga, cayó desde lo alto de las gradas, y exclamó con indignación que el pueblorey honraba más a un gladiador por un fútil motivo que la sagrada memoria de los césares, en la misma presencia del emperador.
XXXVI. Nunca cuidó de su pudor ni del ajeno; y se cree que amó con amor infame a M. Lépido, al payaso Mnester y a algunos rehenes. Valerio Catulo, hijo de un consular, censuróle públicamente haber abusado de su juventud hasta lastimarle los costados. Aparte de sus incestos con sus hermanas y de su conocida pasión por la cortesana Pirralis, no respetó a ninguna mujer distinguida. Lo más frecuente era que las invitase a comer con sus esposos, las hacía pasar y volver a pasar delante de él, las examinaba con la minuciosa atención de un mercader de esclavas y si alguna bajaba la cabeza por pudor, se la levantaba él con la mano. Llevaba luego a la que le gustaba más a una habitación inmediata y volviendo después a la sala del festín con las recientes señales del deleite elogiaba o criticaba en voz alta sus bellezas o sus defectos, y hacía público hasta el número de actos. Repudio alguna en nombre de sus maridos ausentes e hizo inscribir estos divorcios en los anales públicos.
XXXVII. En sus despilfarros superó la extravagancia de los más pródigos. Ideó una nueva especie de baños, de manjares extraordinarios y de banquetes monstruosos; se lavaba con esencias unas veces calientes y otras frías, tragaba perlas de crecido precio disueltas en vinagre; hacía servir a sus convidados panes y manjares condimentados con oro, diciendo que era necesario ser económico o cesar. Durante muchos días arrojó al pueblo desde lo alto de la basílica Julia enorme cantidad de moneda pequeña. Hizo construir naves liburnesas de diez filas de remos, con velas de diferentes colores y con la popa guarnecida con piedras preciosas. Encerraban estas naves, baños, galerías y comedores, gran variedad de vides y árboles frutales. En ellas costeaba la Campania, muellemente acostado en pleno día, en medio de danzas y música. Para la edificación de sus palacios y casas de campo, no tenía en cuenta ninguna de las reglas, y nada ambicionaba tanto como ejecutar lo que se consideraba irrealizable; construía diques en mar profundo y agitado; hacía dividir las rocas más duras; elevaba llanuras a la altura de las montañas y rebajaba los montes a nivel de los llanos; hacía todo esto con increíble rapidez, y castigando la lentitud con pena de muerte. Para decirlo de una vez, en menos de un año disipó los inmensos tesoros de Tiberio César, que ascendían a dos mil setecientos millones de sestercios (98).
XXXVIII. Cuando hubo agotado los tesoros y se vio reducido a la pobreza, recurrió a la rapiña, mostrándose fecundo y sutil en los medios que empleó: como el fraude, las ventas públicas y los impuestos. Pretendía que aquellos cuyos antepasados habían obtenido para ellos y sus descendientes el derecho de ciudadanía romana, lo disfrutaban ilegalmente si no lo habían recibido de sus padres, pues la palabra descendientes no podía alcanzar, según él más allá de la primera generación; cuando le presentaban diplomas firmados por Julio César o Augusto, los anulaba como títulos viejos y sin valor. Persiguió por declaración falsa a aquellos cuyo caudal había aumentado de cualquier manera, y por poco que fuese, después de la época en que habían dado la relación. Rescindió, por causa de ingratitud, los testamentos de todos los primipilarios que desde el principio del reinado de Tiberio no habían dejado su herencia ni el emperador ni a él. Anulaba también los de los demás ciudadanos, cuando declaraba cualquiera que el testador había manifestado al morir deseos de que fuese el cesar su heredero. Dada de este modo la alarma, personas desconocidas le llamaron abiertamente a la sucesión con sus amigos, padres con sus hijos. Entonces decía que era ridículo vivir después de haberle nombrado heredero, y enviaba a la mayor parte de ellos pasteles envenenados. No subía como juez a su tribunal sino después de haber fijado la cantidad que quería recoger, y en cuanto la recaudaba hacía levantar la sesión. Impaciente siempre por irse, condenó una vez en una sola sentencia a más de cuarenta ciudadanos acusados de diferentes delitos, y despertando a Cesonia, se alabó de haber ganado su jornal mientras ella dormía la siesta.
XXXIX. Hizo reunir un día lo sobrante del material de todos los espectáculos, y lo hizo exponer y anunciar su venta en subasta; fijó él mismo los precios, y tanto los hizo subir, que algunos ciudadanos obligados a comprar, viéndose arruinados, se abrieron las venas. Es cosa sabido que viendo a Aponio Saturnino que dormitaba en un barco, dijo al pregonero que aquel antiguo pretor le hacía señas con la cabeza de que continuaba pujando, y no cesó de subir el precio hasta que le hizo adjudicar sin saberlo él trece gladiadores en nueve millones de sestercios. Vendía en la Galia las alhajas, muebles, esclavos y hasta los libertos de los aliados sobre los que había recaído sentencia condenatoria, obteniendo con ello cantidades inmensas. Seducido por el cebo de la ganancia, mandó llevar de Roma todo el mobiliario de la antigua corte y requisó para el transporte de aquellos objetos todos los carruajes de alquiler y todos los caballos de los molineros, de manera que con frecuencia faltó el pan en Roma; la mayor parte de los litigantes, que no pudieron asistir a la asignación, incurrieron, por ausencia, en la pérdida de la acción. No hubo fraude ni artificio que no emplease en la venta de aquellos muebles, censurando a algunos compradores su avaricia, preguntando a otros si no se avergonzaban de ser mas ricos que él, y fingiendo a veces prodigar de aquella manera a particulares lo que había pertenecido a príncipes. Supo que un rico habitante de una provincia había dado doscientos sestercios a los nomenclatores de su cámara para ser admitido a la mesa sin estar oficialmente convidado. No sintió que se hubiese pagado a tan alto precio el honor de comer con él, y a la mañana siguiente, viendo el mismo individuo sentado en la sala de ventas, de adjudicó por doscientos mil sestercios no sé que bagatela, haciendo decirle que cenaría con el César por invitación oficial.
XL. Hizo satisfacer impuestos nuevos, desconocidos hasta entonces; los cobraban primero los recaudadores públicos; luego, siendo inmensa la ganancia, hacíanlo los centuriones de las tribus de la guardia pretoriana; no hubo persona ni cosa a que no se impusiesen gravamen. Estableció un impuesto fijo sobre todos los comestibles que se vendían en Roma; exigió de los litigantes, dondequiera que se juzgase un pleito, la cuadragésima parte de la cantidad en litigio, y estableció penas contra aquellos a quienes se comprobara que habían transigido o desistido de sus pretensiones; a los mozos de carga se los gravó con el octavo de su ganancia diaria, a las prostitutas con el precio de uno de sus actos, añadiendo a este artículo de la ley, que igual cantidad se exigiría de todos aquellos hombres y mujeres que vivían de la prostitución; hasta al matrimonio le señaló impuesto.
XLI. Habíanse proclamado estos impuestos, pero no publicado, y como por ignorancia se cometían muchas contravenciones se decidió al fin, por instancias del pueblo, a fijar en público su ley, pero la hizo escribir en letra tan menuda y la expuso en sitio tan estrecho, que no pudieron sacarse copias. Para obtener dinero de todo, estableció un lupanar en su propio palacio; construyéronse gabinetes y los amueblaron según la dignidad del sitio; y los ocupaban constantemente mujeres casadas e hijas de familia, y los nomenclatores iban a las plazas públicas y a los alrededores de los templos, invitando al placer a los jóvenes y a los ancianos. A su entrada les prestaban a un exorbitante interés cierta cantidad, y se tomaban ostensiblemente sus nombres como para honrarlos por contribuir al aumento de las rentas del César. No desdeñaba tampoco los provechos del juego, pero sus beneficios más cuantiosos procedían del fraude y del perjurio. Un día encargó al que tenía a su lado que jugase por él, y yendo a colocarse en la puerta de su palacio, hizo apoderarse inmediatamente de dos ricos caballeros romanos que pasaban, les confiscó los bienes y entró alegremente, vanagloriándose de no haber sido nunca tan afortunado.
XLII. Cuando nació su hija, quejóse de ser pobre y de sucumbir a la vez bajo el peso del Imperio y de la paternidad, con lo cual quería indicar que habían de contribuir para criar y dotar aquella niña. Anunció por un edicto que admitiría regalos al principio del año, y el día de las calendas de enero se colocó en la entrada de su palacio, recibiendo personalmente el dinero que gran número de personas de toda condición arrojaron delante de él a manos llenas. En los últimos tiempos, su pasión por la riqueza había degenerado en verdadero frenesí hasta el punto de pasearse descalzo sobre inmensos montones de oro, colocados en un vasto salón, revolcándose otras veces sobre ellos.
XLIII. No soportó más que una vez las fatigas militares y aun ésta sin desearlo. Había ido, en efecto, a ver el río Clitumno y el bosque inmediato, y avanzó desde allí hasta Mesania; le aconsejaron en aquel lugar que completara la guardia bátava que entonces le rodeaba, y en seguida emprendió la expedición de Germania. Sin perder momento, mandó venir de todos lados legiones y tropas auxiliares; hizo levas rigurosísimas; ordenó todo género de bastimentos en cantidades nunca vistas y se puso en marcha caminando unas veces con tal rapidez que, para seguirle, las cohortes pretorianas se veían obligadas a cargar las enseñas en bagajes, en contra de la costumbre; hacíalo en otras con tanta flojedad y molicie que se hacía llevar por ocho esclavos en una litera, y los habitantes de los pueblos vecinos recibían orden de barrer los caminos y regarlos para que no se levantase polvo.
XLIV. Cuando llegó al campamento quiso mostrarse como un general rígido y severo; despidió ignominiosamente a los legados que habían acudido tarde con las tropas que debían llegar; revistió al ejército, y con el pretexto de que estaban viejos y extenuados, licenció a la mayor parte de los centuriones primipilarios que se encontraban en edad madura, cuando faltaban a algunos muy pocos días para cumplir su tiempo. Acusó a otros de avaricia, y redujo a seis mil sestercios el premio de los veteranos (99). Todas sus hazañas se redujeron a fin de cuentas a recibir la sumisión de Adminio, hijo de Cimbelino, rey de los bretones, el cual, expulsado por su padre, vino a refugiarse a su lado acompañado de un reducido séquito. Entonces, como si hubiese subyugado, toda Bretaña, escribió a Roma pomposas cartas y mandó a los correos que fuesen en carro al Foro y al Senado, entregándolas sólo en manos de los cónsules y en el templo de Marte, en presencia de todos los senadores.
XLV. Poco después, no teniendo a quién combatir, hizo pasar al otro lado del Rin a algunos germanos de su guardia con orden de ocultarse y de venir después a anunciarles atropelladamente, después de comer, que se acercaba el enemigo. Así lo hicieron; y lanzándose al bosque inmediato con sus amigos y una parte de los jinetes pretorianos, hizo cortar árboles, adornólos con trofeos, y regresó a su campamento a la luz de las antorchas, censurando de tímidos y cobardes a los que no le habían seguido. Por el contrario, los que habían contribuido a su victoria recibieron de su mano una nueva especie de corona, a la que dio el nombre de exploratoria, y en la que estaban representados el sol, la luna y las estrellas. En otra ocasión hizo sacar de una escuela a algunos jóvenes rehenes, les mandó marchar secretamente y abandonando de pronto una reunión numerosa de convidados, los persiguió con la caballería como fugitivos, los alcanzó y los trajo cargados de cadenas, porque también en esta repugnante comedia había de violar las leyes de la humanidad. Volvió en seguida a ocupar su sitio en el festín, y habiendo llegado soldados a anunciarle que la tropa estaba reunida, hízolos sentar a la mesa, armados como estaban y los exhortó, citando un verso célebre de Virgilio, a vivir y conservarse para tiempos mejores. Desde el campamento reconvino a los senadores en un severo edicto, porque solamente pensaba en la mesa, Circo, teatro y en agradables partidas de campo, mientras el cesar estaba peleando.
XLVI. Por último, se adelantó hacia las orillas del océano a la cabeza del ejército, con gran provisión de balistas y máquinas de guerra y cual si proyectase alguna grandes empresa; nadie conocía ni sospechaba su designio, hasta que de improviso mandó a los soldados recoger conchas y llenar con ellas sus cascos y ropas, llamándolas despojos del océano debidos al Capitolio y al palacio de los césares. Como testimonio de su victoria construyó una altísima torre en la que por las noches, y a manera de faros, encendieron luces para alumbrar la marcha de las naves. Prometió a los soldados una gratificación de cien duleros por cada uno, y como si su gesto fuese el colmo de la generosidad, les dijo: Marchad contentos y ricos.
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XLVII. Ocupóse tras esto en los preparativos de su triunfo; eligió y reservó para esta ceremonia, además de los prisioneros y fugitivos bárbaros, a todos los galos que encontraba más altos y robustos, y como decía él mismo en griego los más triunfales, y entre ellos algunos de sus jefes. Los obligó a dejarse crecer el cabello, a teñírselo como el de los germanos, a vestir su traje y hasta aprender su idioma. Mandó también que llevasen a Roma, por tierra, las galeras trirremes con que entró en el océano, y escribió a sus mayordomos que le preparaseis el triunfo mas esplendente que jamás se hubiese visto, y el menos costoso para él, atendiendo a que tenia derecho sobre los bienes de todos.
XLVIII. Antes de partir de la provincia de las Galias, concibió el abominable proyecto de aniquilar las legiones que se habían sublevado tras la muerte de Augusto, y que tuvieron sitiados a su padre Germánico y a él mismo, niño a la sazón. Costó mucho disuadirle de proyecto tan odioso, pero nada pudo impedirle que diezmase a tales soldados. Les mando entonces reunirse sin armas y hasta sin espadas con el pretexto de arengarlos e hízolos rodear por la caballería. Pero viendo que la mayor parte de ellos, sospechando su designio, huían por todos lados para recoger sus armas y prepararse a la resistencia, suspendió el discurso y tomó al punto el camino de Roma, proyectando toda su cólera contra el Senado, al que amenazó abiertamente con el fin de distraer la atención pública del vergonzosa espectáculo de su conducta. Se quejaba, entre otras cosas, de que no hubiesen decretado el triunfo de que era merecedor, cuando él mismo, poco tiempo antes, había prohibido bajo pena de muerte que jamás se tratase de tributarle honores.
XLIX. Cuando los emisarios del Senado fueron a suplicarle que apresurara su regreso: Iré, si, iré, y ésta conmigo, dijo golpeando la empuñadura de la espada que llevaba ceñida. Añadió aún que sólo volvía para los que lo deseaban, para los caballeros y para el pueblo, pero que los senadores no encontrarían en él ni ciudadano ni príncipe. Prohibió además que ninguno de ellos saliese a recibirle, y rechazando el triunfo o aplazándolo, hizo su entrada en Roma, sólo con los honores de la ovación el día del aniversario de su nacimiento. Cuatro meses después perecía, meditando todavía mayores atrocidades que cuantas había cometido hasta allí. Quiso primero retirarse a Anzio y hasta a Alejandría, después de hacer matar a los ciudadanos más dignos de los dos primeros órdenes. No es posible poner esto en duda, ya que se encontraron entre sus escritos dos con los títulos: La Espada el uno, y El Puñal el otro, y que eran relaciones con notas de los que destinaba a la muerte. También se encontró en su palacio un cofre grande que contenía gran cantidad de diferentes venenos: Claudio mandó arrojarlos al mar, que quedó, según dicen, de tal manera emponzoñado, que el flujo arrojó a la playa gran cantidad de peces muertos.
L. Era Calígula de elevada estatura, pálido y grueso; tenía las piernas y el cuello muy delgados, los ojos hundidos, deprimidas las sienes; la frente ancha y abultada, escasos cabellos, con la parte superior de la cabeza enteramente calva y el cuerpo muy velludo. Por esta razón era delito capital mirarle desde lo alto cuando pasaba, o pronunciar, con cualquier pretexto que fuese, la palabra cabra. Su rostro era naturalmente horrible y repugnante, pero él procuraba hacerle aun más espantoso, estudiando delante de un espejo los gestos con que podría provocar más terror. No estaba sano de cuerpo ni de espíritu: atacado de epilepsia desde sus primeros años, no dejó por ello de mostrar ardor en el trabajo desde la adolescencia, aunque padeciendo síncopes repentinos que le privaban de fuerza para moverse y estar en pie, y de los que se recuperaba con dificultad. Conocía su enfermedad y había pensado más de una vez en curarse buscando para ello un oculto retiro. Se cree que Cesonia le dio un filtro para que la amara, que no produjo otro efecto que el de volverle furioso. Le excitaba especialmente el insomnio, porque nunca conseguía dormir más de tres horas y ni siquiera éstas con tranquilidad, pues turbábanle extraños sueños en uno de los cuales creía que le hablaba al mar. Así la mayoría de las noches, cansado de velar en su lecho, se sentaba a la mesa o paseaba por vastas galerías esperando e invocando la luz.
LI. A tales extravíos del espíritu ha de atribuirse sin duda la reunión en este emperador de dos defectos muy opuestos; confianza excesiva y excesiva cobardía. Este mismo hombre que tanto despreciaba a los dioses, cerraba los ojos y se envolvía la cabeza al más leve relámpago y al trueno más insignificante, y cuando aumentaba el estruendo se escondía debajo de su lecho. En cierto viaje a Sicilia, después de hacer burla de muchos milagros que se celebraban, huyó temblando de Mesina una noche que el Etna echaba humo y dejaba oír sordos murmullos. Continuamente profería amenazas terribles contra los bárbaros, pero un día se encontraba en un estrecho camino al otro lado del Rin, en medio de sus tropas agrupadas en torno de su carro; dijo uno en aquel momento que no sería pequeña la agarena si de improviso se presentase el enemigo. Calígula montó, en el acto, a caballo y huyó hacia el río a galope tendido; encontró allí el puente obstruido por los bagajes y criados del ejército, y en su impaciencia, decidió hacerse transportar a brazo, pasándoselo uno a otro por encima de la cabeza. Poco tiempo después, hablándose de cierta sublevación de la Germania, no pensó más que en huir, e hizo equipar naves, no teniendo otro consuelo, según decía, que la esperanza de conservar al menos las provincias de ultramar, si los vencedores se apoderaban de los Alpes, lo que, a mi parecer, sugirió sin duda a sus asesinos la idea de decir a los soldados que comenzaban a amotinarse que Calígula se había suicidado al conocer la noticia de una derrota.
LII. Su ropa, su calzado y en general todo su traje no era de romano, de ciudadano, ni siquiera de hombre. A menudo se le vio en público con brazalete y manto corto (100) guarnecido de franjas y cubierto de bordados y piedras preciosas; se le vio otras veces con sedas y túnica con mangas (101). Por calzado usaba unas veces sandalias o coturno, y otras bota militar; algunas veces calzaba zueco de mujer. Se presentaba con frecuencia con harba de oro, blandiendo en la mano un rayo, un tridente o un caduceo, insignias de los dioses, y algunas veces se vestía también de Venus. Hasta el momento de su expedición a Germania llevó asiduamente los ornamentos triunfales, y no era raro verle con la coraza de Alejandro Magno, que había mandado sacar del sepulcro de este príncipe.
LIII. En cuanto a los estudios liberales, se aplicó muy poco a la erudición y bastante a la elocuencia. Era de palabra abundante y fácil, sobre todo cuando peroraba contra alguna. La cólera le inspiraba abundantemente ideas y palabras, y el tono de su voz y la pronunciación respondían entonces a la pasión; no podía permanecer quieto, y su palabra llegaba hasta a los oyentes más lejanos. Cuando tenía que hablar en público, decía con acento amenazador que iba a lanzar los dardos de sus vigilias. Despreciaba hasta tal punto la elegancia y adornos de estilo, que llamaba a las obras de Séneca, el escritor en boga entonces, puras amplificaciones de escuela y arena sin cimiento. Ordinariamente contestaba por escrito a los oradores cuyos discursos habían alcanzado más éxito. Cuando habían de ser juzgados en el Senado acusados ilustres, meditaba oraciones en pro y en contra, y según el efecto que esperaba de ellas, los condenaba o los salvaba, pronunciando una u otra. Este día invitaba por edicto a todo el orden ecuestre a acudir a oirle.
LIV. Practicó con increíble ardor otras artes muy diferentes. Fue sucesivamente gladiador, auriga, cantor y bailarín; esgrimió en la arena con armas de combate y guió carros en un circo en el que habían reunido obstáculos de todas clases, era tan apasionado por el canto y el baile, que en el espectáculo no podía dominarse y cantaba delante de todos con el actor trágico que estaba en escena, imitando todos los gestos del histrión como para aplaudirle o reprenderle. Se supone que no tuvo otro motivo, el día en que le mataron, para indicar una velada general, que el deseo de presentarse en la escena con más seguridad a favor de la obscuridad. También era ésta la hora que elegía para bailar. Cierta vez hizo llamar a palacio a medianoche a tres consulares, que llegaron sobrecogidos de terror; los hizo colocarse en su teatro, y de pronto entre un gran estrépito, al son de flautas y de sandalias sonoras, con el manto flotante y la túnica de los actores, apareció él en escena; en seguida bailó y se retiró. Este hombre que había aprendido tantas cosas, no sabía nadar.
LV. Su pasión por los que le agradaban llegaba casi a la locura. Al payaso Mnester lo besaba en pleno teatro, y si mientras bailaba este histrión, alguien hacía el más leve ruido, ordenaba llevar a su presencia al perturbador y lo azotaba por su mano. Cierto día mandó a un centuria que dijese a un caballero romano que hacía ruido, que partiese en el acto para Ostia y llevase de su parte una carta al rey Ptolomeo, en Mauritania. En la carta decía sólo: No hagas bien ni mal al que te envío. Favoreció a los gladiadores llamados tracios y puso incluso a algunos al frente de su guardia germánica; pero persiguió a los mirmilones hasta quitarles la armadura (102). Uno de éstos, llamado Columbo, salió vencedor en un combate, aunque ligeramente herido; Calígula introdujo en la herida un veneno al que después llamó Columbiano en memoria de este hecho. Por lo menos con este nombre escrito de su mano se le encontró entre los otros. Era tan adicto al partido de los Verdes (103) que comía con frecuencia con ellos en su caballeriza y dormía allí. Un día al auriga Eutyco, como regalo de mesa después de una orgía, le dio un millón de sestercios. Quería tanto a un caballo que tenía llamado Incitatus, que la víspera de las carreras del circo mandaba soldados a imponer silencio en la vecindad, para que nadie turbase el descanso de aquel animal. Hizo construirle una caballeriza de mármol, un pesebre de marfil, mantas de púrpura y collares de perlas; le dio casa completa, con esclavos, muebles, y todo lo necesario, para que aquellos a quienes en su nombre invitaba a comer con él, recibiesen magnífico trato, y hasta se dice que le destinaba el consulado.
LVI. Estas extravagancias y horrores llevaron a algunos ciudadanos a concebir el proyecto de quitarle la vida; se descubrieron dos conjuraciones, y mientras otros conspiradores vacilaban por falta de oportunidad, dos romanos se comunicaron su designio, y puestos de acuerdo, lo llevaron a ejecución. Favoreciéndolos ocultamente sus libertos más poderosos y los prefectos del Pretorio, que nombrados ya, aunque injustamente, como cómplices de una conspiración, sabían que eran ya sospechosos y que se los odiaba. Calígula los había reconvenido, en efecto, en particular con suma acritud, y desenvainando la espada, les había dicho que estaba pronto a darse la muerte si creían que la merecía; y desde entonces no había cesado de acusarlos y de excitar contra ellos el odio y las sospechas. Se acordó atacarle al mediodía, a la salida del espectáculo de los juegos palatinos. Casio Querea, tribuno de una cohorte pretoriana, quiso ser el que descargarse el primer golpe, pues Calígula insultaba sin cesar su vejez y nunca le dirigía más que palabras ultrajantes, tratándole de cobarde y afeminado. Si se presentaba a pedirle la consigna, le contestaba Príapo o Venus; si el tribuno se adelantaba a darle gracias por algo, él le presentaba la mano a besar en forma y con movimientos obscenos.
LVII. Muchos prodigios anunciaron su muerte. En Olimpia, la estatua de Júpiter, que había mandado quitar y trasladar a Roma, lanzó tal carcajada cuando la tocaron, que cayeron las máquinas, huyendo espantados los obreros; se presentó después un tal Casio, quien dijo haber recibido en sueños orden de sacrificar un toro a Júpiter. El día de los idus de marzo cayó un rayo sobre el Capitolio de Capua y otro en el templo de Apolo Palatino en Roma; dedújose de ello, en primer lugar, que a un grande le amenazaba gran peligro por parte de sus guardias, y también que iba a realizarse un asesinato ruidoso como el que se había cometido en otro tiempo en igual día (104). El astrólogo Sila, consultado por Calígula acerca de su horóscopo, le anunció como próxima e inevitable una muerte violenta. Los oráculos de Anzio le advirtieron que se guardase de Casio; por causa de este aviso mandó matar a Casio Longino, procónsul entonces de Asia, olvidando que Querea se llamaba también Casio. La víspera de su muerte soñó que había estado en el cielo al lado del trono de Júpiter y que el dios, empujándole con el dedo grueso del pie derecho, lo había despedido a la tierra. También fueron considerados como prodigios muchas cosas que la casualidad produjo aquel mismo día. Durante un sacrificios fue rociado con la sangre de un flamenco; el histrión Mnester representó una tragedia que el actor Neoptolemo había representado en otro tiempo el día en que mataron a Filipo en Macedonia; en la pantomima titulada Laureolo, en la que el actor vomita sangre al salir de entre las ruinas de un edificio, muchos de los que desempeñaban las segundas partes, queriendo demostrar su habilidad, la vomitaron también, quedando inundado el escenario; la noche que siguió a su muerte, se había, en fin, preparado un espectáculo en el que egipcios y etíopes debían representar asuntos de los infiernos.
LVIII. El 9 de las calendas de febrero, cerca de la hora séptima (104 bis), mientras dudaba si se levantaría para comer, porque tenía el estómago cargado aún de la comida de la víspera, le decidieron a hacerlo sus amigos y salió. Tenía que pasar por una bóveda, donde se ensayaban entonces algunos niños pertenecientes a las primeras familias del Asia y que él había hecho acudir para desempeñar algunos papeles en los teatros de Roma. Detúvose a contemplarlos y exhortarlos a hacerlo bien, y si su jefe no le hubiese dicho que perecería de frío, ya retrocedía para disponer que comenzase el espectáculo. No están de acuerdo todos acerca de lo que sucedió después: según unos, mientras hablaba con los niños. Querea, colocado a su espalda, le hirió violentamente en el cuello con la espada, gritando: ¡Haced lo mismo! y en el acto el tribuno Cornelio Sabino, otro conjurado, le atravesó el pecho. Pretenden otros que Sabino, después de separar a todos por medio de centuriones que pertenecían a la conjuración, había, según costumbre, preguntado a Calígula la consigna, y que habiéndole dicho este Júpiter, exclamo Querea: Recibe una prueba de su cólera; y le descargó un golpe en la mandíbula en el momento en que volvía la cabeza hacia él. Derribado al suelo y replegado sobre sí mismo, gritó que vivía aún, pero los demás conjurados le dieron treinta puñaladas. La consigna de estos era ¡Repite!, y hasta hubo uno que le hundió el hierro en los órganos genitales. Al primer ruido acudieron a auxiliarle sus porteros con los bastones, así como también los soldados de la guardia germánica, que dieron muerte a varios de los asesinos, y hasta a dos senadores inocentes del crimen.
LIX. Vivió Calígula veintinueve años y reinó tres años, diez meses y ocho días. Su cadáver fue llevado en secreto a los jardines Lamianos, lo chamuscaron en una pira improvisada, y lo enterraron luego cubriéndole con un poco de césped. Más adelante sus hermanas, vueltas del destierro, lo hicieron exhumar, lo quemaron y dieron sepultura a sus cenizas. Se asegura que hasta esta época aparecieron fantasmas a los guardias de aquellos jardines, y por la noche, en la casa donde le asesinaron resonaban espantosos ruidos. Su esposa Cesonia murió al mismo tiempo que él (105), asesinada por un centurión; a su hija la estrellaron contra una pared.
LX. Para dar una idea de aquellos tiempos, diremos sólo que al principio todos rehusaron prestar crédito a la noticia de su muerte, suponiendo que Cayo había hecho correr el rumor para reconocer, mediante este artificio, los sentimientos que inspiraba. Los conjurados no destinaron el Imperio a nadie, y el Senado quería tan unánimemente restablecer la libertad, que los cónsules no lo convocaron al principio en la sala ordinaria porque se denominaba Julia, sino en el Capitolio. Hubo quien opinó por la abolición de la memoria dé los césares y la destrucción de sus templos.
Se ha observado que todos los césares que habían llevado el nombre de Cayo, empezando por el que fue asesinado en tiempo de Cinna, perecieron por medio del hierro.
(83) Nacido en los campamentos, crecido en las armas patrias, venia ya designado para el mando supremo.
(84) Calígula llamaban a un calzado guarnecido de clavos usado por los simples soldados.
(85) Nevio Sertorio Macrón ayudo a Tiberio a derribar a Seyano, y sucedió a este en el mando de las tropas pretorianas.
(86) Tiberio había dispuesto, en efecto, que su nieto Tiberio compartiese su herencia con Calígula.
(87) Filón atribuye a su intemperancia esta enfermedad que padeció a los ocho meses de su mando.
(88) En 790
(89) Este castigo imponían los romanos a los llamados andróginos o hermafroditas, por considerar como de mal agüero su nacimiento. Se los ahogaba sea porque consideraban el agua, principalmente la del mar, como fuente de toda purificación, sea porque los poetas habían hecho del océano la mansión de los monstruos o bien, para que en la tierra habitada no quedase recuerdo de estos seres cuyo nacimiento se tenía por calamidad publica. Sin duda por esto quería Calígula hacer perecer así a los “inventores de placeres monstruosos” (spintrias).
(90) Después de las guerras civiles estableció Augusto este impuesto para el Tesoro militar. Tiberio cediendo a las reclamaciones del pueblo, redujo primero a la tasa a la mitad, en 770; pero restableció la antigua después de la muerte de Seyano.
(91) Estaba consagrada esta fiesta a la diosa patrona de los pastores y se celebraba el 21 de abril, día considerado como el de la fundación de Roma.
(92) Istmo de Corinto.
(93) Era obra de Fidias. Se encargo a Memio Régulo que la llevase a Roma, y si hemos de creer a Josefo, se lo impidieron terribles presagios, no siendo posible levantar la estatua. Claudio hizo devolver todas estas estatuas a los templos de donde las había sacado.
(94) Eran tres: Agripina, Drusila y Livila. Según Eutropio, reconoció (agnovit) una hija, nacida de una de ellas. Algunos manuscritos dicen cognovit, lo que significará que cometió también incesto con ella.
(95) Rómulo y Augusto se casaron, en efecto, con mujeres que estaban ya casadas, Hersilia y Livio.
(96) Famosa por su eléboro, planta que los antiguos creían a propósito para curar la demencia.
(97) Este sacerdocio se concedía como premio a la fuerza y habilidad en matar, pues para obtenerlo era preciso haber dado muerte en lucha al adversario.
(98) Unos trescientos treinta millones de pesetas.
(99) Augusto había fijado esta recompensa, después de veinte años de servicio, en doce mil sestercios. Calígula la redujo a la mitad.
(100) Ni los emperadores ni los ciudadanos usaban nunca estos mantos en la ciudad, excepto en días muy fríos o lluviosos. El traje romano era la toga.
(101) Se consideraba de hombre afeminado el usar las túnicas con mangas.
(102) No se contento con quitar a los mirmilones su elegante traje, sino que hizo ademas menos temibles sus armaduras, a fin de que los gladiadores tracios, a quienes favorecía, pudiesen vencerlos con más facilidad.
(103) Era el partido de los aurigas verdes. Existían otros tres: los azules, los blancos y los rojos, a los cuales Domiciano añadió dos: los dorados y los purpúreos.
(104) El de Julio Cesar.
(104 bis) El 24 de enero hacia la una de la tarde.
(105) Según Josefo, el centurión Julio Lupo fue quien la mato por orden de Querea.
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