|
|
Biografía de Cayo Calígula por Suetonio
En el libro Los Doce Césares
Siglo II AC
CAYO CALÍGULA
I. Germánico, padre de C. Cesar e hijo de Druso y de Antonia la menor, fue adoptado por Tiberio, su tío paterno; ejerció la cuestura cinco años antes de los que ordenaban las leyes, e inmediatamente después el consulado. Enviado a Germania para tomar el mando del ejército, contuvo con tanta energía como fidelidad a todas las legiones que, a la noticia de la muerte de Augusto se negaban obstinadamente a reconocer a Tiberio por emperador, ofreciéndole a él mismo el mando supremo del Estado; venció poco después al enemigo, y regresó a Roma para recibir en ella los honores triunfales. Se le designó cónsul por segunda vez, pero antes de entrar en funciones fue, por decirlo así, expulsado de la ciudad por Tiberio, que lo envió a pacificar el Oriente. Después de haber vencido al rey de Armenia, redujo la Capadocia a provincia romana; murió en Antioquia, a la edad de treinta y cuatro años, de una enfermedad de consunción que dio lugar a sospechas de envenenamiento. En efecto, además de las manchas lívidas que le cubrían todo el cuerpo y la espuma que le salía de la boca, se advirtió, cuando le quemaron, que el corazón estaba intacto, lo que dio más veracidad a las sospechas, por creerse comúnmente que el corazón impregnado de veneno resiste al fuego.
II. Creyóse que murió víctima del odio de Tiberio, y merced a la activa complicidad de Cn. Pisón. Este Pisón. que estaba por aquella época investido del gobierno de la Siria, se creía obligado, según decía, por imperiosa necesidad, a ser enemigo del padre o del hijo, y no dejó ni un momento de inferir a Germánico, hasta durante su enfermedad, todo género de ultrajes con su conducta y sus palabras. Por esta causa, al regresar a Roma, estuvo a punto de que le despedazase el pueblo, viéndose luego condenado a muerte por el Senado.
III. Sabido es que Germánico poseía todas las mejores cualidades de cuerpo y espíritu, y en grado que nadie alcanzó jamás; poseía valor y belleza singulares; gran superioridad de elocuencia y saber en las lenguas griegas y latina; admirable bondad de alma, gran deseo de agradar y de que le amasen, y un maravilloso talento para conseguirlo. El único defecto que contrastaba con su belleza, era tener algo débiles las piernas; pero lo corrigió con la costumbre de montar a caballo después de las comidas. Luchó cuerpo a cuerpo con muchos enemigos, y a muchos mató por su mano. Defendió ante los jueces gran número de causas hasta después de conseguidos los honores del triunfo, y, como muestras de su cultura, nos ha dejado algunas comedias griegas. Mostrábase igualmente afable eh la vida pública y en la privada; entraba sin lictores en las ciudades libres y aliadas de Roma y dondequiera que veía la tumba de un grande hombre ofrecía sacrificios a sus manes. Quiso reunir en un solo sepulcro los huesos desde mucho tiempo dispersos, de los soldados degollados en la derrota de Varo, para lo cual los recogió por su mano y los llevó él mismo. Sólo oponía a sus detractores, fuera la que fuese la causa de su enemistad, dulzura y moderación. Pisón había hecho pedazos sus decretos y maltratado a sus clientes, y no le mostró resentimiento hasta que vio emplear contra él los maleficios y prácticas odiosas de religión; aun entonces limitase a renunciar públicamente a su amistad, según la costumbre antigua, y a confiar a los suyos su venganza si le ocurría alguna desgracia.
IV. Hermoso fruto recogió de tantas virtudes, e inspiró tal aprecio y amor a sus parientes, que Augusto (sin hablar de los demás) dudó por mucho tiempo si lo elegiría sucesor, e hizo que le adoptase Tiberio. Gozaba también hasta tal punto del favor popular, que, según el testimonio de la mayor parte de los autores, la inmensa multitud que, a su llegada o salida, se precipitaba a recibirle o despedirle, le hizo correr más de una vez peligro de muerte. Cuando regresó a Germania, después de haber apaciguado en ella las sediciones, salieron a recibirle todas las cohortes pretorianas, a pesar de que sólo se había dado orden de hacerlo a dos de ellas, y los habitantes de todo sexo, edad y condición llenaron el camino hasta veinte millas de Roma.
V. Más grandes y vivos testimonios de cariño brotaron, sin embargo, a la noticia de su muerte, y aun mucho después. El día en que murió fueron apedreados los templos y echadas abajo las estatuas de los dioses; algunos ciudadanos arrojaron a la calle sus dioses lares o expusieron sus hijos recién nacidos. Se dice incluso que los bárbaros, en guerra entonces unos contra unos, consintieron una tregua, como signo de luto universal; que algunos príncipes, en señal de profundo dolor, se cortaron la barba e hicieron afeitar la cabeza a sus mujeres; se dice, en fin, que el rey de reyes (82) se abstuvo aquel día de la caza y no admitió a su mesa a los grandes, lo que equivalía entre los partos a suspender la administración de justicia.
VI. Afligida, consternada, la población de Roma a la primera noticia de su enfermedad esperaba ansiosamente nuevas noticias. De súbito, en un anochecer, se difundió, sin saber cómo, la nueva de que Germánico se encontraba restablecido, y en seguida corrieron al Capitolio con antorchas y víctimas, haciéndolo con tal impaciencia para ofrecer a los dioses acciones de gracia que casi derribaron las puertas del templo. Tiberio, dormido, despertó a los alegres gritos del exterior y a las voces que cantaban: ¡Roma salvada, salvada la patria! ¡Germánico se ha salvado! Pero cuando se supo con certeza su muerte, ningún consuelo, ningún edicto pudo poner limites al dolor público, que duró hasta en las fiestas del mes de diciembre. Las abominaciones de los tiempos que siguieron aumentaron más todavía la gloria de aquel príncipe y el sentimiento de su pérdidas pues todo estaban persuadidos. Y con razón, de que el respeto y temor que inspiraba a Tiberio servían de freno a la crueldad de éste, crueldad que, en efecto, no tardó en desbordarse.
VII. Germánico habíase casado con Agripina, hija de M. Agripa y de Julia, y tuvo nueve hijos; dos de ellos murieron de pocos meses, y otro al salir de la infancia. Éste poseía ya muchos atractivos: Livia consagró su estatua en traje de Cupido en el templo de Venus, en el Capitolio; Augusto tenía su retrato en su cámara, y cada vez que entraba lo besaba. Los demás sobrevivieron a su padre; a saber: tres hilas, Agripina, Drusila y Livila, nacidas en el espacio de tres años consecutivos, y tres varones, Nerón, Druso y C. César. El Senado declaró enemigos públicos a Nerón y Druso por acusación de Tiberio.
VIII. C. César nació la víspera de las calendas de septiembre, bajo el consulado de su padre y de C. Fonteyo Capito. Hay gran diversidad de opiniones en cuanto al lugar donde nació. Cn. Léntulo Getúlico pretende que en Tibur; Plinio, en Tréveris, en una aldea del cantón ambiancino, más allá de Coblenza, y aun añade como prueba que allí se muestra un altar con esta inscripción: Ob Agrippinae puerperium (al parto de Agripina). Según unos versos publicados al principio de su reinado habría nacido entre las legiones en los cuarteles de invierno:
In castris natus, patriis nutritus in armis
Jam designati principis omen erat (83).
Por mi parte encuentro en los archivos que vio la luz en Anzio. Plinio reprochó a Gentílico que por adulación dijese una mentira que debía lisonjear la vanidad de un joven y glorioso emperador, dándole por cuna una ciudad consagrada a Hércules. Pretende que le animó para esta impudente falsedad el hecho de que un año antes del nacimiento de Calígula había venido al mundo en Tibur otro hijo de Germánico llamado C. César, aquel de quien hemos recordado la graciosa infancia y prematura muerte. Las fechas se oponen, sin embargo, a Plinio, porque los que han escrito la historia de Augusto se hallan acordes en decir que no fue enviado Germánico a la Galia hasta después de su consulado, cuando había nacido ya Cayo. La inscripción a que Plinio se refiere no prueba nada tampoco en favor de su sentir, puesto que Agripina dio a luz dos hijas en el país donde se ven estos altares; la palabra puerperium se aplica, por otro lado, a todos los partos sin distinción del sexo del nacido, habiendo llamado frecuentemente nuestros mayores a las hijas pueras y a los hijos pueblos. Se conserva también una carta de Augusto, escrita pocos meses antes de su muerte a su nieta Agripina, que ha de referirse forzosamente a este Cayo, pues no existía entonces otro niño de este nombre: Ayer convine con Talario y Asedio, que partirán, si place a los dioses, el 15 de las calendas Junio, para llevarse al niño Cayo. Envío también con un médico de mi casa, y escribo a Germánico para que le conserve a su lado si le place. Que sigas bien, mi querido Agripina, procura llegar con buena salud al lado de tu Germánico. Esta misiva indica suficientemente, a lo que creo, que Cayo no nació en el ejército, puesto que tenía cerca de dos años cuando le mandaron desde Roma. Es ésta también una razón para no dar fe a los versos que he citado, tanto más cuanto que se desconoce al autor. Es necesario por ello atenerse a la autoridad de los anales públicos, que entre tantas incertidumbres es lo único en que se puede fiar. Además, se sabe que Cayo prefirió Anzio a todos sus otros retiros, y que siempre lo quiso como se quiere el lugar del nacimiento; se dice incluso que, disgustado de Roma, tuvo el proyecto de trasladar allí la sede del Imperio.
IX. El sobrenombre de Calígula era mote militar y le fue aplicado a causa de un calzado de soldado que había usado en su infancia en los campamentos (84). Los soldados, que le habían visto crecer y educarse entre ellos, le profesaban increíble cariño, y fue prueba elocuente de él, el que, a la muerte de Augusto, bastó su presencia para calmar el furor de las tropas sublevadas. Y en efecto, no se apaciguaron hasta que se convencieron de que querían alejarle del peligroso teatro de la sedición y llevarle al territorio de otro pueblo. Arrepentidos de su intento, se precipitaron delante de su carruaje, lo detuvieron, y suplicaron entonces encarecidamente que no les impusiese aquella afrenta.
X. Acompañó a su padre en la expedición de Siria. A su vuelta, permaneció primeramente en la casa de su madre, y cuando desterraron a ésta, en la de su bisabuela Livia Augusta, cuyo elogio fúnebre fue pronunciado por él en la tribuna de las arengas, llevando todavía la toga pretexta; pasó luego a vivir con su abuela Antonia. A los veintiún años lo llamó Tiberio a Capri y en un solo día le hizo vestir la toga y cortar la barba, sin otorgarle, sin embargo, ninguna de las distinciones con que señaló la entrada de sus hermanos en la vida pública. Objeto de mil asechanzas y de pérfidas instigaciones por parte de aquellos que querían arrancarle quejas, no dio pretexto alguno a la malignidad, pareciendo como si ignorase la desgraciada suerte de todos los suyos. Con increíble disimulo devoraba sus propias afrentas y mostraba a Tiberio y a cuantos le rodeaban tanta cortesía, que con razón pudo decirse de él que nunca existió mejor esclavo ni peor amo.
XI. Ya en aquel mismo tiempo, a pesar de todo, no ocultaba sus bajas y crueles inclinaciones, constituyendo uno de sus placeres más gratos presenciar las torturas y el último suplicio de los condenados. Por la noche acudía a los lugares de perdición y a los adulterios, envuelto en amplio manto y oculto la cabeza bajo una peluca. Tenía pasión especial por el baile teatral y por el canto. Tiberio no contrariaba tales gustos, pues creía que con ellos podía dulcificarse su condición feroz, habiendo comprendido tan bien el clarividente anciano su carácter, que decía con frecuencia: Dejo vivir a Cayo para su desgracia y para la de todos, o bien: Crío una serpiente para el pueblo y otro Faetón para el Universo.
XII. Poco tiempo después casó Cayo con Junia Claudila, hija de M. Silano, varón nobilísimo. Fue en seguida designado augur en el puesto de su hermano Druso, y antes de entrar en funciones pasó, por extraordinaria favor, al pontificado. Tiberio, que no veía en la casa imperial, desierta y devastada, otro apoyo que Cayo, y en Seyano un ministro sospechoso, un enemigo del que no tardó en deshacerse, ponía a prueba de este modo el carácter y adhesión de su nieto, a quien acercaba poco a poco a la sucesión. Para estar más seguro de conseguirla, Cayo, que acababa de perder a Junia, muerta a consecuencia del parto, solicitó los favores de Ennia Nevia esposa de Macrón (85), jefe de las cohortes pretorianas, a la que prometió casarse con ella cuando alcanzase el mando supremo, obligándose a ello por juramento y por escrito. Cuando, por mediación de ella, ganó a Macrón, no titubeó, según pretenden algunos autores, en envenenar a Tiberio. Todavía respiraba éste cuando Cayo le quitó el anillo, y como el moribundo mostraba querer conservarlo hasta el fin, mandó arrojarle encima un colchón, o quizá le estranguló con sus manos. Un liberto, a quien esta crueldad arrancó un grito, fue crucificado al momento. Éste relato parece tan más verosímil cuanto que, según algunos historiadores, el mismo Calígula se alabó más adelante, si no de haber cometido este parricidio, al menos de haberlo meditado. En efecto, cuando exageraba su cariño a su familia, se le oía vanagloriarse con frecuencia de haber entrado con un puñal en la mano en la cámara de Tiberio dormido, para vengar la muerte de sus hermanos; pero añadía que la piedad le había contenido, había arrojado el arma y retirándose, sin que Tiberio, que le había visto, se atreviese a acusarlo o a castigarlo.
XIII. De este modo llegó al Imperio, al que le llamaban los votos del pueblo romano, y hasta puede decirse del mundo entero: querido por las provincias y por los ejércitos, que le habían visto de niño, y querido por los habitantes de Roma, que amaban en él la memoria de su padre Germánico y el último vástago de una familia desgraciada. A causa de ello, desde que salió de Misena, aunque seguía en traje de duelo el cortejo fúnebre de Tiberio, continuó su marcha entre altares adornados con flores, con víctimas ya preparadas, antorchas encendidas y acompañándole las alegres aclamaciones de una inmensa multitud, que había salido a su encuentro y le nombraba con los más tiernos apelativos, llamándole estrella, hijo, niño, discípulo.
XIV. Apenas entrado en Roma, por unánime sentir del Senado y del pueblo, que había invadido la Asamblea, se le reconoció como único árbitro y dueño del Estado, con desprecio del testamento de Tiberio, que le daba por coheredero a su otro nieto, todavía niño (86). Fue tal el alborozo público, que en menos de tres meses se degollaron, según dicen, más de ciento setenta mil víctimas. De tal modo se aprovechaba cualquier coyuntura para demostrarle el tierno interés que sentían por su conservación, que habiendo ido, Cayo pocos días después a visitar las islas de la Campania, se hicieron ya votos públicos por su regreso. Por aquel tiempo cayó enfermo (87), y el pueblo en masa pasó la noche alrededor de su palacio, y hubo romanos que, por su restablecimiento, hicieron voto de combatir en la arena y de inmolarse a los dioses como víctimas expiatorias. A tan grande cariño de los ciudadanos se unía el notable amor de los mismos extranjeros. Artabán, rey de los partos, que nunca había disimulado su odio y desprecio a Tiberio, solicitó la amistad de Cayo; celebró a este efecto una entrevista con un legado consular, y, atravesando el Éufrates, rindió culto a las águilas romanas y a las imágenes de los césares.
XV. Excitaba Cayo al cariño público por todos los medios que granjean esa popularidad. Después de haber pronunciado en la tribuna, vertiendo abundantes lágrimas, el elogio fúnebre de Tiberio y de haberle hecho magníficos funerales, marchó en seguida a las islas Pandataria y Poncia, para recoger las cenizas de su madre y de su hermano, en medio de horrísona tempestad para que resaltara mejor su piadosa diligencia. Acercóse a aquellas cenizas con grandes muestras de veneración, las colocó por sí mismo en dos urnas, y las acompañó luego hasta Ostia, con las mismas manifestaciones de dolor, en un birreme que llevaba un gran estandarte en la popa. Desde allí llevólas por el Tíber hasta Roma, donde las recibieron los principales personajes del orden ecuestre, que, colocándolas sobre una angarillas, las depositaron en pleno día en el Mausoleo. Estableció en honor suyo ceremonias fúnebres anuales, y por su madre, juegos en el Circo, en los que habían de pasear solemnemente su imagen en un carro, como las de los dioses. En memoria de su padre llamó germánico al mes de septiembre. Hizo luego conceder a su abuela Antonia, por un solo senadoconsulto, todos los honores que se habían otorgado en diferentes tiempos a Livia, esposa de Augusto. Tomó por colega en el consulado a Claudio (88) su tío paterno, que era todavía simple caballero romano. Adoptó a su primo Tiberio el día en que éste vistió la toga viril, y le dio el titulo de príncipe de la juventud. Por lo que toca a sus hermanas, quiso que se añadiese esta fórmula a todos los juramentos: Ni a mí mismo ni a mis hijos amaré tanto como a Cayo y a sus hermanas: y en las comunicaciones de los cónsules: Por la felicidad y prosperidad de C. César y de sus hermanas. En su insaciable anhelo de popularidad, rehabilitó a los condenados y desterrados y suspendió todas las persecuciones anteriores a su advenimiento. Hizo llevar al Foro todos los documentos relativos al proceso formado a su madre y hermanos, y después de jurar públicamente por los dioses que no había leído ni siquiera tocado ninguno de aquellos documentos, los quemo todos para que no quedase causa de temor a ningún delator o testigo. Cierto día negóse a recibir un escrito que le presentaban como de gran interés para su vida, contestando que nada había hecho que pudiese atraerle el odio de nadie, y aseguró que no tenia oídos para los delatores.
[pagebreak]
XVI. Desterró de Roma a los inventores de orgías monstruosas y costó incluso gran trabajo impedir que los mandara ahogar en el mar (89). Hizo buscar las obras de Tito Labiano, de Corto Cremucio y de Casio Severo, prohibidas por el Senado, y permitió que fueran copiadas y leídas, diciendo que estaba personalmente interesado en que se escribiese con fidelidad la historia. Publicó las cuentas del Imperio, costumbre que introdujo Augusto y que desdeñó Tiberio. Dio a los magistrados jurisdicción libre, independiente de toda apelación a su persona. Revistó a los caballeros romanos con gran cuidado y severidad, aunque también con moderación, y quitó públicamente el caballo a aquellos a quienes se probó alguna bajeza o ignominia, contentándose con omitir en la lista los nombres de los que habían cometido algunas faltas. Con el fin de aliviar a los jueces de sus trabajos, añadió la quinta decuria a las cuatro existentes; intentó también restablecer el uso de los comicios y devolver al pueblo el derecho de sufragio. Pagó fielmente y sin retrasos los legados que hizo Tiberio en su testamento, a pesar de haberlo anulado. Entregó a los pueblos de Italia los dos por ciento de las rentas (90). Indemnizó muchos daños causados por incendios; y cuando restituyó los reinos a sus poseedores, añadió el producto íntegro de las rentas e impuestos cobrados durante el tiempo de la ocupación, así como devolvió también a Antíoco Comageno una confiscación de diez millones de sestercios. A fin de fomentar el amor a la virtud, regaló ochenta mil sestercios a un liberto a quien las más crueles torturas no habían podido arrancar una sola palabra acerca de un crimen que se imputaba a su dueño. Por esa conducta mereció que se le concediera, entre otras distinciones, un escudo de oro, que todos los años, en determinado día, los Colegios de sacerdotes debían llevar al Capitolio, seguidos del Senado y de jóvenes nobles de ambos sexos, cantando versos en alabanza suya. Decretase igualmente que el día de su advenimiento al Imperio se llamaría Palilia (91), como si fuese fecha de nueva fundación de Roma.
XVII. Ejerció cuatro veces el consulado: la primera, desde las calendas de julio, durante dos meses; la segunda, desde las calendas de enero, durante treinta días; la tercera, hasta los idus de enero; la cuarta, hasta siete días de los idus del mismo mes. Los dos últimos consulados fueron consecutivos; el tercero lo empezó en Lyón y sin colega, no por orgullo o indiferencia, como se ha dicho, sino porque, ausente de Roma, ignoraba que su colega había muerto hacia el día de las calendas. Concedió dos veces al pueblo congiarios de trescientos sestercios por ciudadano, y a los senadores como a los caballeros una comida suntuosa, a la que fueron también invitados sus esposas e hijos. En el último de estos festines, hizo distribuir a los hombres trajes para el Foro y cintas de púrpura a los niños y a las mujeres. Para aumentar perpetuamente el regocijo público en las fiestas saturnales, les añadió un día que llamó Juvenalem (fiesta de la juventud).
XVIII. Dio con frecuencia combates de gladiadores, unos en el anfiteatro Tauro, otros en el campo de Marte, y presentó en ellos grupos de luchadores de Africa y de Campania elegidos entre los más famosos. Cuando no presidia personalmente tales espectáculos, encargaba hacerlo a los magistrados o a sus amigos. Dio también juegos escénicos, numerosos y variados, algunas veces durante la noche y a la luz de una inmensa cantidad de antorchas. Distribuía entre los espectadores regalos de todas clases y hasta cestos llenos de pan y carne. En una de estas distribuciones, viendo enfrente de él a un caballero romano que comía su parte con mucho apetito y alegría, hizo llevarle la suya; observando más lejos a un senador, digno emulo del caballero, le envió el nombramiento de pretor extraordinario. Los juegos que dio en el Circo duraron algunas veces desde la mañana a la noche, teniendo por intermedios ya una cacería de animales africanos, o bien una carrera troyana. Algunos espectáculos de éstos fueron notables, especialmente por estar sembrada la arena de bermellón y polvo de oro, y porque los carros eran guiados sólo por senadores. Otros, en fin, se dieron repentinamente, como el día en que, examinando desde el palacio Gelotino los preparativos comenzados en el Circo, accedió a la petición que le dirigieron algunos desde lo alto de las casas menianas.
XIX. Ideó además un género de espectáculos superior a cuanto se había visto hasta entonces. Hizo construir en el mar, entre Baias y Puzzola, en un espacio de cerca de tres mil seiscientos pasos, un puente formado por doble fila de navíos de transporte traídos de todos los mares, sujetos con anclas y cubiertos en parte con pavimentos cuya forma recordaba la vía Apia.
Durante dos días no hizo más que pasar y volver a pasar por aquel puente; el primero, en caballo magníficamente enjaezado, llevando una corona de encina en la cabeza, el escudo en una mano y la espada en la otra, y vistiendo una clámide bordada de oro; a la mañana siguiente, con traje de auriga, en un carro arrastrado por dos famosos caballos. En esta ocasión le precedía el joven Darío, que pertenecía a los rehenes de los partos y le seguían su guardia pretoriana y sus amigos en carretas. Han considerado algunos que imaginó aquel puente con objeto de emular a Jerjes, tan admirado por haber tendido uno en el estrecho de Helesponto, mucho más corto que el de Baias: otros, que quiso impresionar con la fama de aquella gigantesca empresa a la Germania y Bretaña, a las que amenazaba con la guerra; no ignoro todo esto; pero siendo yo todavía niño, oí decir a mi abuelo que la única razón de aquella obra, revelada por los criados íntimos de palacio, fue que el matemático Trasilo, viendo que Tiberio vacilaba en la elección de sucesor y se inclinaba a su nieto natural, había afirmado que Capo no sería emperador mientras no atravesara a caballo al golfo de Baias.
XX. Dio también espectáculos fuera de Italia, principalmente juegos iselásticos en Sicilia, en Siracusa y juegos de toda clase en Lyón, en la Galia. Estableció también allí concursos de elocuencia griega y latina, en que los vencidos estaban obligados, a lo que dicen, a coronar por sí mismos a los vencedores y a cantar sus alabanzas; en cuanto a aquellos cuyas composiciones se juzgaban malas, deberían borralas con una esponja y hasta con la lengua, si no preferían que se los azotase o se los arrojase en el río más próximo.
XXI. Terminó los monumentos que Tiberio había dejado inacabados: el templo de Augusto y el teatro de Pompeyo. Empezó un acueducto cerca de Tibur y un anfiteatro cerca del campo de Marte, obras de las que su sucesor Claudio terminó la primera, abandonando la segunda. Por orden suya, se reconstruyeron en Siracusa las murallas de la ciudad y los templos de los dioses que estaban en ruinas. Proyectó también reconstruir el palacio de Polícrates en Samos, terminar en Mileto el templo de Apolo, fundar una ciudad en la cumbre de los Alpes; pero ante todo abrir el istmo de Acaia (92), para lo cual había ya enviado un centurión primipilario a que lo midiese con exactitud.
XXII. Hasta aquí he hablado de un príncipe; ahora hablaré de un monstruo. Se había rehecho llamar Piadoso hijo de los campamentos, padre de los ejércitos, César óptimo y máximo. Varios reyes, que habían ido a Roma a saludarle, disputaban entre sí a su mesa acerca de la nobleza de su origen; oyólos él y exclamó en griego: no hay más que un dueño, no hay que más que un rey; y poco faltó para que en el acto tomase la diadema, y en vez de las insignias de su autoridad, todos los signos de la realeza. Pero le dijeron que era superior a todos los príncipes y reyes de la tierra, y a partir de entonces empezó a atribuirse la majestad divina. Hizo traer de Grecia las estatuas de dioses más famosas por la excelencia del trabajo y el respeto de los pueblos, entre ellas la de Júpiter Olímpico (93), y a la cual quitó la cabeza y la substituyo con la suya. Hizo prolongar hasta el Foro un ala de su palacio y transformar el templo de Cástor y Pólux en un vestíbulo, en el que se sentaba a menudo entre los dos hermanos, ofreciéndose a las adoraciones de la multitud. Algunos le saludaron con el título de Júpiter latirlo; tuvo también para su divinidad templo especial, sacerdotes, y las víctimas más raras. En este templo se contemplaba su estatua de oro, de un gran parecido, y a la que todos los días vestían como él. Los ciudadanos más ricos se disputaban con tenacidad las funciones de este sacerdocio, objeto de toda su ambición. Las víctimas que se inmolaban a este dios eran flamencos, pavos reales, codornices, gallinas de Numidia, pintadas, faisanes, y cada día una especie diferente. Por la noche, cuando la luna estaba en su pleno y en todo su esplendor, la invitaba a venir a recibir sus abrazos y a compartir su lecho. Por el día celebraba conversaciones secretas con Júpiter Capitolino, hablándole algunas veces al oído y presentándole después el suyo, y otras en alta voz y hasta con tono arrogante. En cierta ocasión se le oyó decirle en tono de amenaza.
“Pruébame tu poder o teme el mío.”
Pero habiéndose dejado ablandar, según decía, e instado por Júpiter a que viviese próximo a él, hizo construir una puerta por encima del templo de Augusto, entre el monte Palatino y el Capitolio. Algún tiempo después, con objeto de estar más cerca, hizo edificar en la plaza misma del Capitolio los cimientos del nuevo palacio.
XXIII. No quería que se le creyese ni se le llamase nieto de Agripa, cuyo nacimiento le parecía demasiado bajo, y le irritaba que en discursos o versos le pusieran en el rango de los césares. Proclamaba que su madre había nacido de un incesto de Augusto con su hija Julia, y no contento con difamar a Augusto de este modo, prohibió celebrar las mestas solemnes de las victorias de Accio y de Sicilia, como funestas y desastrosas para el pueblo romano. Llamaba a su bisabuela Livia Ulises con faldas, y en una carta al Senado se atrevió a rebajar su nacimiento, diciendo que su abuelo materno no era más que un decurión de Fondi, cuando está probado por los anales públicos que desempeñó en Roma altos cargos. Un día negó una conversación particular a su abuela Antonia, y quiso que estuviese presente el prefecto Macrón. Con tales disgustos e indignidades la hizo morir, si no es que la envenenara, como algunos pretenden. Después de su muerte, no le tributó ningún honor y contempló tranquilamente desde su mesa las llamas de la pira. Mandó a un tribuno militar para que diese muerte a su primo Tiberio y obligó a su suegro Sileno a degollarse. Pretendía que el segundo se había negado a seguirlo por mar durante una tempestad, esperando apoderarse de Roma si él perecía, y que el otro había tomado un antídoto para prevenirse de sus tentativas de envenenamiento; Silano no había querido, sin embargo, otra cosa, que evitarse las molestias de la navegación y náuseas del mareo de que sufría mucho, y lo de Tiberio se redujo a usar un remedio conocido contra su pertinaz e inveterada tos. En cuanto a su tío Claudio, sólo lo perdonó para hacerle juguete de sus caprichos.
XXIV. Tuvo comercio incestuoso y continuo con todas sus hermanas (94), y las hacía sentar consigo a la mesa en el mismo lecho, mientras su esposa ocupaba otro. Se dice que llevaba aún la pretexta cuando arrebató la virginidad a Drusila, y un día le sorprendió en sus brazos su abuela Antonia, en cuya casa se educaban los dos. Casáronla en seguida con el consular Lucio Casio Longino, pero Cayo se la quitó y la trató públicamente como a su esposa legítima. En cierta enfermedad que padeció la instituyo heredera de sus bienes y del Imperio. Cuando murió ella, hizo suspender todos los negocios, y durante algún tiempo fue delito capital haber reído, haberse bañado, haber comido con los parientes o con la esposa y los hijos. Como enloquecido por el dolor, se fugó una noche de Roma, atravesó sin detenerse la Campania y llegó a Siracusa, de donde volvió tan bruscamente como fue, con la barba y los cabellos desmesuradamente crecidos. A partir de entonces, no juró mas que por la divinidad de Drusila, hasta en las circunstancias más solemnes y hablando al pueblo y a los soldados. No profesó a sus otras hermanas igual pasión ni les guardó las mismas consideraciones; y hasta las prostituyó a sus compañeros de disipación; en el proceso de Emilio Lépido, no vaciló en hacerlas condenar como adúlteras y cómplices de aquel conspirador. No sólo mostró cartas de su mano, que por fraude y medios infames le había entregado, sino que incluso consagró a Marte vengador, con una inscripción, tres espadas preparadas para matarle.
XXV. Se mostró tan infame en sus matrimonios como en sus divorcios. Habiendo asistido a las bodas de C. Pisón y de Livia Orestila, dispuso que la llevasen en el acto a su casa, la repudió poco después, y pasados dos años la desterró, con el pretexto de que en este tiempo había vuelto a ver a su primer marido. Otros dicen que estando sentado en el festín de boda enfrente de Pisón, le dijo: No estreches tanto a mi esposa: terminada la comida, se la llevó, y a la mañana siguiente, publicó un edicto declarando que se había casado como Rómulo y como Augusto (95). Había oído decir cierto día que la abuela de Lolia Paulina, esposa del consular C. Memmio, que mandaba los ejércitos, había sido la mujer más hermosa de la época; hizo traerla en seguida de la provincia en que mandaba su marido, obligando a éste a que se la cediera; la tomó por esposa y la repudió poco después, prohibiéndole que jamás tuviese comercio con ningún hombre. Con más constancia y pasión amó a Cesonia, que no era bella ni joven, pues había tenido ya tres hijos con otro, pero que era un monstruo de lujuria y lascivia. Frecuentemente la mostró a los soldados cabalgando a su lado, revestida con la clámide y armada con casco y escudo, y a sus amigos la enseñó desnuda. Cuando fue madre, quiso honrarla con el nombre de esposa, y el mismo día se declaró marido suyo y padre de la hija que había dado a luz. Dio a ésta el nombre de Julia Drusila, la llevó a los templos de todas las diosas y la depositó en el seno de Minerva, encargándole que la criase y educase. La mejor prueba para él de que era de su misma sangre, la tenía en su crueldad, que era ya tan grande, que rasgaba con las uñas el rostro a los niños que jugaban con ella.
XXVI. Tras todo esto, no podía extrañar la manera como trató a sus parientes y amigos: en primer lugar, a Ptolomeo, hijo del rey Juba y primo suyo —era nieto de Antonia por su hija Selena—, y sobre todo a Macrón y Ennia, que lo habían elevado al Imperio; a pesar del parentesco y del recuerdo de los beneficios recibidos, los hizo perecer a todos con muerte sangrienta. Tampoco con los miembros del Senado mostró más respeto ni bondad. Consintió que muchos de ellos, honrados con las primeras dignidades corriesen a pie y con la toga junto a su carro por espacio de muchas millas y que durante sus comidas permaneciesen en pie detrás de su lecho o a sus pies con una servilleta debajo del brazo. Hizo matar a algunos secretamente y no dejaba de llamarlos a palacio, como si viviesen todavía hasta pasado algún tiempo, en que decía, con odiosa mentira, que se habían dado voluntariamente la muerte. Destituyó cónsules por haber olvidado dar su edicto acerca del aniversario de su nacimiento, y la República estuvo durante tres días sin primeros magistrados. Habiendo sonado, en una conjuración, el nombre de su cuestor, lo mandó azotar, quitándole él mismo sus vestiduras, que extendió a los pies de los soldados para que descargasen sus golpes con mayor firmeza. Trató a todos los órdenes con igual desprecio y crueldad. Molestándole el ruido de la multitud, que iba a medianoche a ocupar los puestos gratuitos del Circo, la hizo arrojar a latigazos. Más de veinte caballeros romanos murieron aplastados en el tumulto, con otras tantas madres de familia, sin contar gran número de individuos del pueblo. Los días de espectáculo se complacía en sembrar la discordia entre plebeyos y caballeros, haciendo empezar las distribuciones antes de la hora acostumbrada, de modo que éstos encontrasen sus puestos ocupados por las gentes de más baja estofa. Durante los juegos, cuando el sol era más ardiente, mandaba descorrer de pronto el toldo que preservaba a los espectadores y prohibía que saliese nadie del anfiteatro. En vez de los combates ordinarios, oponía a veces a fieras extenuadas lo más abyecto y viejo que había entre los combatientes, gladiadores de farsa, respetables padres de familia, pero conocidos por alguna deformidad corporal. Más de una vez llegó incluso a cerrar los graneros públicos y a amenazar al pueblo con el hambre.
XXVII. Expondré ahora los principales rasgos de su barbarie. Como costaban muy caros los animales para el mantenimiento de las fieras destinadas a los espectáculos, las alimentaba con la carne de los criminales, echándoselos vivos para que los devorasen; cierto día en que visitaba las prisiones, ordenó, permaneciendo en el rastrillo y sin consultar siquiera el registro en que constaba cada pena, que en presencia suya echasen indistintamente a todos los prisioneros a las fieras. A un ciudadano, que había hecho voto de combatir en la arena por la salud del emperador, le obligó a que cumpliese su promesa; asistió al combate y no le dejó ir sino vencedor y esto después de reiteradas súplicas. A otro, que había jurado morir por él si era necesario, le aceptó el voto, y viéndole vacilar, le hizo coronar como víctima, con verbena y cintas; lo entregó después a un grupo de niños que habían recibido la orden de perseguirlo por las calles recordándole su voto, hasta precipitarle desde la roca Tarpeya. Condenó a las minas, a los trabajos de los caminos y a las fieras a gran número de ciudadanos distinguidos, después de haberlos señalado con el estigma. Encerrábalos también en jaulas, en las cuales tenían que mantenerse en postura de cuadrúpedo, o bien los mandaba aserrar por la mitad del cuerpo. No siempre disponía esto por causas graves; a unos, porque no habían quedado contentos en un espectáculo; a otros, porque nunca habían jurado por su numen. Obligaba a los padres a que presenciasen el suplicio de sus hijos; y habiéndose uno excusado por enfermo, mandóle en litera; a otro le llevaron, después de tan espantoso espectáculo, a la mesa del emperador, que le excitó por toda clase de medios a reír y regocijarse. Hizo azotar, en su presencia con cadenas y durante muchos días seguidos, al que tenía el cuidado de los juegos y cacerías del Circo y no mandó matarle hasta que no pudo sufrir el olor de su cerebro en putrefacción. El autor de una poesía fue quemado de orden suya en el anfiteatro por un verso equívoco. A un caballero romano, al que habían echado a las fieras y que gritó que era inocente, le hizo sacar, le cortó la lengua y volvió a enviarle al suplicio.
XXVIII. Preguntó cierto día a un ciudadano llamado después de largo destierro, qué acostumbraba hacer en él y le contestó por adularle: Diariamente pedía a los dioses que pereciese Tiberio y reinaras tú, y los dioses me han escuchado. Persuadido entonces que aquellos desterrados pedían a los dioses su muerte, mandó soldados a las islas en que estaban detenidos, para que los matasen a todos. Queriendo que el pueblo despedazase a un senador, apostó hombres que le llamasen enemigo público en el momento en que entrase en el Senado, los cuales debían herirle al mismo tiempo con los estilos y entregarlo al populacho para que le hiciese pedazos; no quedó complacido hasta que vio sus miembros y sus entrañas arrastradas por las calles y depositadas a sus pies.
|
|