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Causas de la decadencia de la civilización antigua
M. Rostovtzeff

En el libro ROMA De los orígenes a la última crisis editado por Eudeba

En un libro dedicado a la historia de la civilización antigua, el lector tiene derecho a buscar una respuesta a esta pregunta: ¿Por qué fue degenerando gradualmente una civilización tan poderosa y brillante, fruto de tantos años y, en apariencia, destinada a durar muchos siglos? En otras palabras, ¿por qué se fundió como la cera el poder creador de sus autores, dando como resultado que la humanidad volviera con lentitud a condiciones de vida primitivas y en extremo simples, y entonces comenzara a recrear una civilización a partir de los rudimentos mismos, reviviendo las viejas instituciones y estudiando los viejos problemas? Representaba un esfuerzo de siglos volver a elevarse hasta el nivel en que el hombre había vivido por muchos cientos de años.

Los historiadores, los filósofos, los economistas, así como los estudiosos de la sociología, la psicología y la teología, han dado ya muchas respuestas a estas preguntas. No es este el lugar adecuado para examinar todos los métodos propuestos para la solución del problema. Pero sí debemos decir que la mayoría de esas explica­ciones tiene en cuenta solo uno de los síntomas que anuncian la constante decadencia de la creación cultural y deciden que ésa es la causa de la decadencia en su totalidad. Sin entrar en discusiones polémicas, me permitiré exponer, para este problema secular, la solución que yo considero con más visos de probabilidad.

¿Qué entendemos por "decadencia" al hablar de la civilización antigua? ¿Qué hay en la raíz de esa constante reversión del hombre civilizado al primitivo estado de barbarie? Dondequiera que observamos este proceso, advertimos también un cambio psico­lógico en las clases de la sociedad que habían sido hasta ese mo­mento los creadores de la cultura. Su poder y energía creadores se extinguen; los hombres se cansan, pierden interés en la creación y dejan de valorarla; están desencantados; su vida no es ya un esfuerzo hacia un ideal creador en beneficio de la humanidad; sus mentes se hallan ocupadas con intereses materiales o bien con ideales desconectados de la vida terrena y realizados en cualquier otra parte. En este último caso, el centro de atracción pasa de la tierra al cielo o bien de la tierra a un mundo de ultratumba.

Un proceso de este tipo se repitió con suma frecuencia en la historia antigua. Pero los ejemplos más sencillos e inequívocos los encontramos en la decadencia de la civilización griega a fines de la época helenística y en el Imperio Romano. La historia de Oriente está familiarizada con la caída de grandes civilizaciones. Pero allí el fracaso se debía, por los general, a causas externas, tales como la conquista extranjera. Así, los coseos conquistaron Babilonia y los hicsos dominaron Egipto; los persas destruyeron Asiría; el Im­perio hitita fue aniquilado por los tracios y el reino frigio por los cimerios. También solía ocurrir que la decadencia fuera tempora­ria y seguida por una recuperación inmediata; así sucedió, por ejemplo, en Egipto. Además, es característica del Oriente en ge­neral la transferencia de civilizaciones: los asirios heredan la cul­tura de Babilonia, que pasa luego a Persia y, más tarde, a los partos y a la dinastía sasánida; esa sucesión continúa hasta nues­tros tiempos. Hay interrupciones más o menos prolongadas, pero no un cese definitivo. La cultura oriental tenía, tal vez, un poder de estabilidad mayor, porque su esfuerzo creador nunca alcanzó las cimas a que llegó el genio griego y romano. Nunca observamos en Oriente ese cambio general y permanente de actitud mental que es característico del Occidente. La razón probable es que la cultura oriental se basaba en una concepción religiosa definida, que sobrevivió a todo cambio de circunstancias y salvó a los hombres de caer en la inercia de la desesperación.

Pero la historia de la cultura occidental es diferente. Esa cul­tura pertenecía a pequeños grupos separados, pequeñas unidades sociales y políticas que se combinaron para formar una ciudad-Es­tado, y en esas ciudades-Estado era todavía una cosa individual, limitada a una minoría selecta. Nació en la lucha, lucha contra enemigos extranjeros y lucha, dentro del Estado, en defensa de ciertos ideales. El objeto de la guerra contra los extranjeros era la independencia política; el conflicto interior se inspiraba en el deseo de lograr condiciones de vida mejores, más perfectas y más justas, aunque cada hombre, sin duda, tenía su propio concepto de "justicia". La creencia en la omnipotencia del hombre, en su razón y en el poder de ésta para resolver todos los problemas, sean prácticos o bien estrictamente filosóficos o científicos, inspiró y permitió a los intelectos más esclarecidos echar los cimientos de lo que podríamos llamar la actitud científica del pensamiento. A esto, debemos agregar las maravillosas dotes artísticas que permi­tieron a estos hombres revestir sus ideales con formas visibles y producir obras maestras de literatura y arte. En los primeros tiempos de las ciudades-Estado griegas, esa cultura, creada por una minoría, era propiedad común de todos los ciudadanos e incluso se extendió a todos los habitantes de la ciudad, sin excluir a los esclavos. Pero el desarrollo económico produjo, a lo largo del tiempo, una neta distinción en la sociedad y dividió la población de las ciudades griegas en dos grupos siempre opuestos: los "mejores" y los "peores" que pueden identificarse, en general, con el rico y el pobre. De esta manera, la cultura se fue limitando, poco a poco, a sus creadores y a la clase a la que éstos pertenecían; así, se convirtió en la cultura exclusiva de la aristocracia.

Cuando la cultura de la ciudad-Estado griega conquistó a la cultura oriental, después de la muerte de Alejandro, y la sustituyó, es decir, cuando los habitantes de las viejas y nuevas ciudades-Estado se convirtieron en la clase dominante en Oriente, la civi­lización griega floreció con más exuberancia que nunca, porque la actividad creadora de la aristocracia intelectual griega encontró un campo más amplio con el aumento del número de ciudades. Pe­ro esa cultura todavía estaba limitada a una minoría selecta y esto se aplica en particular al Oriente,. en donde la masa del pueblo nunca aceptó por completo un sistema que le resultaba extraño e incomprensible. Mientras tanto, en Grecia, se agudizó la guerra de clases. Este fenómeno, junto con la tendencia griega al separatismo, fue la razón por la cual las ciudades-Estado griegas, en conjunto, fracasaron en su lucha contra los monarcas que hereda­ron el poder de Alejandro. Sin embargo, nunca se rindieron a la autocracia helenística y, a medida que pasaba el tiempo, aumen­taba el número de ciudades griegas que gozaban de una indepen­dencia completa o parcial.

La ciudad-Estado griega perdió finalmente su libertad cuando Roma conquistó a Grecia. La conquista fue precedida por un largo período de anarquía social y política. A pesar de su superioridad cultural y de sus maravillosos trofeos intelectuales y artísticos, Grecia se convirtió en esclava de hombres que ella consideraba bárbaros. En la confusión que precedió y en la apatía que siguió a la conquista romana, los que sufrieron más fueron los mejores hombres, los que todavía conservaban vivos los ideales de la libertad griega. Tales hombres, más que ningún otro, estaban sujetos a ese cambio de actitud mental a que he aludido. Llegaron a desconfiar de la razón: sus ideales eran pisoteados y ellos cayeron en el loda­zal de un grosero materialismo o bien buscaron la salvación en las religiones místicas.

Pero esos hombres encontraron sucesores en Occidente, hom­bres guiados por los mismos ideales y creencias intelectuales y gobernados por las mismas instituciones políticas. La ciudad-Estado griega fue reemplazada por la ciudad itálica y por Roma, jefe de una alianza de esas ciudades. La aristocracia romana tomó la antorcha de la civilización de Grecia y continuó su misión con los mismos lineamientos, a los que añadió, a medida que los ponía en práctica, las cualidades nacionales que le eran peculiares. Pero Roma era más que una ciudad-Estado: era una ciudad que gober­naba sobre un imperio; por cada ciudadano, tenía cientos de sub­ditos. En Roma misma, la aristocracia que había creado la nueva civilización itálica se veía forzada a soportar el mismo conflicto interno que había dividido a Grecia. Mientras Roma luchaba por la hegemonía política del mundo antiguo, la división de clases dentro del Estado quedó en segundo plano o, al menos, no ocasionó derramamiento de sangre. Pero, tan pronto como se adueñó del mundo, el poder de los "mejores hombres", los optimates o aris­tócratas, sufrió el asalto de los ciudadanos en general. El grito de guerra era una distribución más justa y mejor de la propiedad, y una forma de gobierno más democrática. Ochenta años duró ese sangriento conflicto y la aristocracia salió de él vencida y desmo­ralizada. Su lugar fue ocupado por la clase media itálica. A ella sola incumbía ahora el deber de mantener en alto el estandarte de la civilización.


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La clase media pagó muy cara su victoria. Aunque la consti­tución municipal y la libertad de los ciudadanos se conservaron, al menos en apariencia y por el momento, una nueva estructura, en la forma del poder imperial se superpuso al Estado. Entonces se vio que la libertad se iba debilitando sin cesar y no solo la li­bertad política, sino también la libertad de pensamiento y da crea­ción que tanto estimaban los espíritus más nobles. El concepto mismo de libertad se rebajó hasta significar el sometimiento vo­luntario de todos a uno solo, aun cuando éste fuera el mejor entre los mejores, el princeps. Además, esa libertad solo pertenecía a quienes poseyeran el título de ciudadano romano: los millones de hombres diseminados por todas las tierras del Imperio carecían incluso de ese vago privilegio.

El establecimiento del Imperio trajo consigo un nuevo avance del genio creador. Pero, como ya he dicho en el capítulo XV, este progreso carecía del entusiasmo y la pujanza que señalaron las realizaciones de las ciudades griegas e, incluso, las de la Roma re­publicana. Desde el comienzo, lleva el sello del cansancio y de la desilusión, sello característico de una era posrevolucionaria. Más tarde, en la atmósfera tranquila de paz, orden y prosperidad, se debilita cada vez más y su energía vital se desvanece. Las clases superiores, salvo las casas senatoriales que los emperadores per­siguieron y exterminaron, hacían una vida calma y fácil. Con la tutela del emperador, no tenían necesidad de inquietarse por el mañana. Roma no tenía rival y frente a la civilización romana no había competidor. La opinión general era que Roma, su civi­lización y su sistema político eran todos por igual inmortales. No había con quien luchar ni nada por defender. El gobernante mismo predicaba paz y no conflictos a la comunidad. ¿Qué había que buscar, si todo se había encontrado ya? Además, la búsqueda era un asunto peligroso y podía acarrear muchos contratiempos al in­vestigador.

En esta atmósfera de conformismo indolente, las clases privi­legiadas y, en particular, la clase media urbana, encontraron sus ideales en el placer, en las ganancias y en el logro, para sí mis­mos y sus familias, de las ventajas materiales de la civilización. Los hombres se hicieron egoístas y dedicaron sus energías al ocio y las diversiones. En esos tiempos de esterilidad y estancamiento, las mentes mejores se volvieron insatisfechas de la vida y la en­contraban vacía de sentido y, cuando descubrieron que eso no conducía a nada, perdieron la fe en el poder de la razón, que los había traicionado en todo momento, mientras ganaba terreno la censura y tutela del gobernante. El genio creador se consumía; la ciencia repetía sus anteriores resultados. El libro de texto sustitu­yó a la investigación; no se hicieron nuevos descubrimientos ar­tísticos: solo se oían ecos del pasado, perfectos en cuanto a la forma, pero vacíos de sentido. También la pluma, el cincel y el buril producían obras muy bien sazonadas, capaces de atraer y divertir a los espíritus, pero sin capacidad para elevarlos e ins­pirarlos.

Los que se negaron a someterse se refugiaron en la religión. Procuraron liberarse de las mezquindades de la vida real en la contemplación de Dios y en la comunión con el mundo invisible. Incapaces de trabajar para el prójimo o de luchar por el triunfo de una gran causa, se retrajeron por completo en sí mismos y adoptaron como ideal la perfección íntima, el constante desarrollo de su propio ser moral y espiritual. Tras el exterior brillante del Imperio Romano, sentimos la carencia de poder creador y la repug­nancia que inspira, sentimos e! cansancio y la indiferencia, que no solo minaba la cultura del Estado, sino también su sistema político, su pujanza militar y su progreso económico. Un síntoma de esa indiferencia es el suicidio racial, la negativa a continuar la especie. Las clases superiores buscaban nuevos miembros fuera y no dentro de sí mismas; así se extinguieron antes de que tuvieran tiempo para legar a las generaciones siguientes la herencia de la cultura.

De ningún modo esa vida culta y fácil fue patrimonio de todos los subditos del Imperio. La cultura estaba limitada a una minoría, la clase urbana acomodada. Es cierto que en aquel tiempo aumentó el número de miembros de esa minoría; nuevas ciudades surgieron por todas partes, entre celtas, iberos, ilirios, tracios y bereberes, en Occidente; en las colinas y valles de Asia Menor y Siria, y en las llanuras de Arabia, en Oriente. Pero el aumento en el número debe considerarse en relación con otros hechos. El proletariado urbano de esclavos y libertos iba creciendo con la misma, si no mayor, rapidez y lo mismo ocurría con el proletariado rural. Nin­guna de esas clases tenía participación en el ocio y la prosperidad de las clases superiores; de hecho, solo les correspondía en el re­parto el trabajo y algo parecido a la mendicidad. La cultura de los habitantes de las ciudades les estaba vedada; ya eran bastante afortunados si les tocaban en suerte algunas migajas. De ese mo­do, el ocio y la impotencia de las clases dirigentes trajeron consigo una nueva crisis social y económica para el Imperio. Los empera­dores más perspicaces advirtieron el peligro, pero resultaba difícil y aun peligroso para el gobernante sacar de su apatía a las clases superiores. Y, por otra parte, la resistencia, tenaz aunque pasiva, de las "clases" hacía casi imposible elevar decididamente a las masas a una categoría superior.

La evolución de esos estados de espíritu (apatía en el rico y descontento en el pobre) fue, en un principio, lenta y velada. Pero, de pronto, se agudizó, cuando el Imperio, después de dos siglos de paz y tranquilidad, se vio obligado a defenderse contra enemigos del exterior. El momento exigía un gran despliegue de entusiasmo. Pero el rico no podía salir de su indiferencia y el pobre, al ver la debilidad y la impotencia de los mejores y privado de toda partici­pación en ese conformismo indolente y ocioso, se llenó de odio y envidia. Al advertir esta enfermedad interna del Estado, los go­bernantes trataron de imponer a sus subditos la obligación de de­fender el Imperio y su civilización. La mano de la autoridad fue por igual dura para los de arriba y para los de abajo. A fin de salvar el Imperio, el Estado comenzó a oprimir y a arruinar a la población, pero rebajó al poderoso sin elevar al humilde. Da esa hecho, surgió la catástrofe social y política del siglo III, en el cual el Estado, con el apoyo del ejército o, dicho de otro modo, de las clases bajas, derrotó a las clases superiores y las dejó humilladas y empobrecidas. Ese acontecimiento fue un golpe fatal para la civi­lización aristocrática y urbana del mundo antiguo.

Ese mundo nunca se recobró del golpe recibido. Los poderes creadores de la aristocracia habían quedado minados en forma definitiva. El conformismo pacífico e indolente de los dos siglos primeros cedió el lugar a la apatía senil, a la indiferencia y a la desesperación. En sus sufrimientos, los hombres buscaban la liberación en el más allá y no en esta vida: esperaban reposo y felicidad en el otro mundo. Tampoco las clases inferiores ganaron algo con su victoria: esclavitud y ruina financiera constituyeron la parte que les tocó en el reparto. También ellos, después de los horrores del siglo III, encontraron un refugio en la religión y la esperanza en una vida futura. En esta situación de impotencia, pasó el Imperio sus últimos días, simplificando cada vez más su existencia y pidiendo menos a la vida. El Estado, apoyado en las reliquias de su pasada grandeza, continuó existiendo mientras su cultura y organización fueron superiores a las de sus enemigos; cuando esa superioridad se desvaneció, nuevos señores entraron en posesión de lo que había convertido en un organismo exangüe y gastado. El poder creador que aún quedaba volvió la espalda a este mundo y a sus exigencias, y estudió cómo conocer a Dios y cómo llegar a unirse con Él.

Así, una vez más, en el caso del Imperio Romano, la constante decadencia de la civilización no debe atribuirse a una degeneración física, ni a un envilecimiento de la sangre en las capas superiores debido a la esclavitud, ni tampoco a determinadas condiciones políticas y económicas, sino más bien a un cambio de actitud mental en los hombres. Ese cambio se debió a la cadena de circunstancias que produjo las condiciones de vida específicas del Imperio Romano. El proceso fue idéntico al de Grecia. Una de esas condiciones, muy importante, fue la naturaleza exclusiva y aristocrática de la civilización antigua. La reacción mental y la división social, tomadas en conjunto, privaron al mundo antiguo de la posibilidad de conservar su civilización o de defenderla contra la disolución interna y la invasión bárbara del exterior.

 





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