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Las tendencias religiosas del Imperio Romano durante los tres primeros siglos
M. Rostovtzeff
En el libro ROMA De los orígenes a la última crisis editado por Eudeba
Hemos visto cómo el espíritu racionalista, nacido en Grecia y adoptado en Italia en tiempos de la República, comenzó a perder terreno y a ceder el paso a una actitud mental religiosa y mística. En Oriente, ese cambio se produjo en el período helenístico, pero en Occidente solo tuvo lugar a partir de las guerras civiles del siglo I a. C. También hemos hablado ya del equilibrio entre religión y ciencia que el estoicismo trató de establecer para las clases educadas, así como de las corrientes religiosas que sedujeron a los pueblos de Oriente y Occidente en el siglo I d. C.. Aunque la victoria de la teología todavía era incompleta, ya había indicios de ella en todas partes y en todos los sectores de la población.
El interés por la religión no terminó con la muerte de Augusto. Su incremento puede rastrearse en todas las regiones del Imperio. La religión de Estado que prevaleció en el Imperio se dirigía a dos objetos: al propio Emperador y a la trinidad de Júpiter, Juno y Minerva, que recibía culto en el Capitolio. Esta religión asumió una forma precisa, la misma en todas partes, y se convirtió en el centro de la vida religiosa de las ciudades y del ejército. Pero difería de la religión creada por las guerras civiles y de la deificación de Augusto como Héroe y Salvador, tan definidamente personal y, en Italia, estrechamente relacionado con el exclusivo culto nacional del genius de la familia, de las encrucijadas, de la ciudad y del Estado. Como la religión estatal de la antigua Roma, el culto del Emperador y de su familia' se fue transformando en algo inanimado e impersonal. El pueblo acudía a los templos del culto imperial o a los capitolios de las ciudades provinciales para manifestar su reconocimiento y su tributo de respeto al divino poder por cuyo intermedio y gracias al cual existía el Imperio. Es indudable que había cierta dosis de sentimiento religioso en tales ritos, pero éstos no procuraban ayuda en la desventura ni consuelo en el sufrimiento, ni tampoco daban respuesta alguna a los angustiosos problemas de la vida presente y futura.
Por eso, la conciencia religiosa exigía, para quedar satisfecha, medios distintos de los ofrecidos por el culto al Emperador. Las clases superiores educadas adherían todavía al estoicismo, con su altiva moralidad y su teología panteísta. Pero esa doctrina fue mostrándose incapaz de responder a Jas necesidades religiosas de los círculos intelectuales: era demasiado frío, demasiado razonable y lógico, demasiado terrenal. Por idénticas razones, tampoco era satisfactoria, en la esfera de la superstición, la astrología, que utilizaba para revelar el futuro el cálculo matemático y astronómico.
Era, pues, natural que en las mentes de las clases superiores, el racionalismo estoico cediera el lugar a una versión moderna del misticismo platónico y pitagórico, y que el gnosticismo o creencia en el conocimiento espiritual esotérico floreciera en abundancia y asumiera las formas más variadas. Es un hecho notable que, desde fines del siglo II, esa tendencia no solo ganara nueves adherentes, sino que produjera notables personalidades, hombres llenos de entusiasmo, que predicaban el neoplatonismo y pitagorismo con todas las armas de la dialéctica y el poder de una mentalidad filosófica bien adiestrada.
Durante los dos primeros siglos d. C. del Imperio, los principales representantes de la religión y de la filosofía son estoicos: el esclavo Epicteto, el senador Séneca, el Emperador Marco Aurelio. El siglo III está representado con brillantez por Plotino, pensador, maestro y profeta, y sus discípulos. Esta escuela no se limita a la filosofía moral: expone una madura teología e incluso una misteriosa doctrina sobre los medios para poner los poderes espirituales al servicio del hombre. Éstos, y no los estoicos, fueron los combatientes en la batalla final contra el cristianismo y su concepción del mundo puramente religiosa.
Las clases medias de la sociedad se alimentaban con las migajas que caían de la mesa de sus superiores intelectuales o, quizás con más frecuencia, adoptaban las opiniones de sus inferiores en categoría. Entre estos últimos, las clases bajas, se observa un incremento de la religiosidad y un rápido, aumento de las prácticas religiosas. La tradición de los dos primeros siglos todavía seguía en pie, así como los cultos locales que esa tradición había santificado. En Italia, una forma religiosa que no se extinguió nunca y todavía vive es el culto doméstico al genius, a los lares y penates, que preserva la vida y la prosperidad de la casa y de la familia; hay otros cultos conservados en grupos más o menos numerosos: sociedades, agrupaciones, divisiones del ejército, etc. Al lado de estos cultos, sigue viviendo la antigua religión grecorromana; los dioses y diosas que traen prosperidad y posibilidades de desarrollar una vida pacífica, tales como Mercurio y Fortuna, eran dioses favoritos del pueblo de Italia. Las figuras simbólicas de nuevas deidades que encarnaban ideas abstractas se evocaban continuamente. Muchas de ellas estaban relacionadas con la vida diaria, por ejemplo, Abundantia, que prometía al creyente una buena cosecha, Annona, que logra un abundante suministro de grano a la capital y a otras ciudades, Justitia, y Salus, que asegura salud a la familia y al Estado.
Una resurrección semejante de la antigua fe se observa en Grecia y otras provincias. Las grandes deidades de Atenas, Delfos y Olimpia, viven todavía, e incluso muchos cultos viejos y olvidados de dioses y héroes locales despiertan del sueño de siglos. Resulta instructivo, a este respecto, leer la descripción de los monumentos de Grecia escrita por Pausanias en el reinado de Adriano. El mismo proceso se nota también en otras provincias. Se resucitan viejos cultos locales y nacionales que atraen gran número de adeptos. Es verdad que los ritos locales se parecen a los de la religión grecorromana y que las deidades asumen en estatuas y relieves los rasgos de los. Olímpicos.
Aunque algunos de los dioses griegos y romanos recibían verdadero culto en las provincias, esto significa poco: el hecho realmente importante es que los provinciales reverenciaban a sus propias deidades locales. Los celtas tenían grandes dioses de la naturaleza y el Estado, sus hadas benéficas (matres) y sus ninfas de los ríos y los bosques; los tracios poseían su dios de selvas, jardines y viñedos, cazador y guerrero, al que le daban el vago nombre griego de "héroe"; los ilirios tenían un dios de las montañas, para el que tomaron de los griegos el nombre y los rasgos de Pan; los africanos poseían sus antiguas deidades semitas y bereberes —Baal, Tanit y otras—, pero las llamaron Saturno, Juno, Celeste; los anatolios adoraban a la Gran Madre y a su divino consorte bajo una interminable variedad de formas y también a un "dios supremo" del cielo y el trueno; los sirios reconocían muchas variedades locales del dios-sol. Egipto conservaba estrictamente su antigua religión, aunque el elemento extranjero de la población puso en primera línea a Serapis, el dios greco-egipcio de los ptolomeos, junto con una versión helenizada de Isis. Nunca como entonces se habían construido tantos templos, ni alzado tantos altares, ni sacrificado tantas víctimas en honor de esos dioses. Ya me ha referido al hecho de que algunos de esos cultos locales de Oriente adquirieron importancia, superaron los límites de una nación o un pueblo, crearon sociedades religiosas e iglesias locales propias, hasta hacerse cosmopolitas e iniciar la propagación por todo el mundo. Tal tendencia apareció ya durante el dominio persa, pero se hizo más fuerte en la época helenística y comenzó su carrera de conquista en el Imperio Romano. Las primeras religiones proselitistas fueron egipcias y anatolias; el culto greco-egipcio de la trinidad compuesta por Serapis, Isis y Harpócrates procedía de Egipto y Asia Menor exportó el culto de la Gran Madre en una forma helenizada. A estos siguieron los cultos de otras deidades: el dios cielo y el dios-sol de los sirios, adorados bajo diferentes formas, Mitra, el dios guerrero del sol, salvador y defensor del hombre y de la civilización humana, y Sabazio, la deidad mística de tracios y anatolios. Cada una de esas religiones construyó, para su difusión en el mundo, una teología, ritos místicos y una jerarquía sacerdotal definidos. Se extendieron con rapidez en Oriente y con más lentitud en Grecia e Italia. Anteriormente, cuando tuvo lugar la dispersión de los judíos, en la época helenística, las comunidades judías se extendieron por todas partes y fueron seguidas, más tarde, en época imperial, por el cristianismo.
Esas religiones, que apenas comenzaban a tomar una forma regular y a conseguir prosélitos en los primeros tiempos del Imperio, se vieron favorecidas por las condiciones de vida propias de un Estado mundial. Junto con los comerciantes y artesanos de Oriente, esas creencias entraron en casi todos los centros comerciales, en especial en los puertos, y allí formaban sociedades religiosas exclusivas. El Imperio no puso obstáculos en su camino. Los primeros emperadores prestaron poca atención a la religión, con tal que no fuera hostil a su propia supremacía. El despotismo ilustrado, basado en los principios estoicos, estaba dispuesto a favorecer al misticismo oriental, siempre que respetara las leyes y se abstuviera por completo de toda actividad política. De esa manera, en todas las partes del Imperio coexistieron los cultos locales y los orientales; estos últimos tenían sus principales adherentes en las ciudades. Como resultado de esa coexistencia, hubo intentos de conciliar los diferentes credos y fundirlos en uno mediante lo que hoy denominaríamos "sincretismo". Tal tendencia era bien recibida por las clases dirigentes de la sociedad, ya que convenía con su monoteísmo panteista.
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Uno de los centros principales de la religiosidad en la sociedad imperal romana era el ejército. Tal fenómeno deriva de la manera de operar de la mente humana en forma tan directa que no necesita explicación. La forma peculiar que tomó la religión en los ejércitos romanos nos da una pintura auténtica de los movimientos religiosos dentro del Imperio en general. En un principio, las legiones y tropas auxiliares de todas las guarniciones rindieron culto puramente oficial al emperador, al dios romano Marte y a la trinidad del Capitolio. Pero, al mismo tiempo, surgió el culto a las deidades locales de los lugares en donde se hallaban los campamentos o a las de los países de donde eran oriundos los soldados. Así, en Crimea, la guarnición de una remota fortaleza romana compuesta en su mayoría de tracios, adoraba en el templo a Artemisa o la Doncella de Tauride y, fuera de las murallas del fuerte, a sus propias deidades tracias. Cuando iranios, anatolios y sirios entraban bajo bandera como reclutas, traían consigo las religiones de Oriente. Se honraba en especial a Mitra, al dios-sol y al dios-cielo de los sirios y anatolios, y al Júpiter de la ciudad siria de Dedica, un verdadero soldado legionario y armado, como los legionarios, con sus atributos del hacha y el rayo. Se comprende fácilmente la popularidad de esos dioses: eran deidades del combate y las conquistas, que prometían a los soldados poder, fuerza y victoria y le revelaban una perspectiva de eterna felicidad más allá de la tumba.
En la oscuridad y el desasosiego del siglo III, esas religiones florecieron en abundancia. Los tracios y los ilirios que servían en los ejércitos del Danubio llevaban la imagen del dios persa Mitra en los amuletos que usaban al pecho y que consagraban en los templos. En esos amuletos, Mitra era representado en la misma forma que su héroe nativo; un caballero victorioso, que subyugaba y vencía a las fuerzas del mal. También se habían acostumbrado a rendir homenaje a los mellizos Cabiros, dioses de la luz y del sol; los representaban al lado de Mitra y también de la Gran Madre, que atemperaba el rudo credo del guerrero con un elemento femenino, signo de las potencias productoras y nutricias de la naturaleza. El ejército del Danubio desempeñó un papel muy importante en la historia política del siglo III y esta trinidad que él adoraba fue reconocida por las más altas esferas: Heliogábalo, sacerdote del dios-sol y emperador romano, no hizo más que seguir su ejemplo al celebrar en Roma, con toda solemnidad, el matrimonio entre su dios y la diosa cartaginesa, Tanit.
En esos turbios momentos del siglo III, el Estado estaba lejos de ignorar los movimientos religiosos de la época. En su búsqueda de medios para ligar el ejército a sus personas, los emperadores procuraban utilizar en beneficio propio las fuerzas ciegas del fervor religioso y encontrar un nexo sólido entre el ejército y el trono. La introducción de Mitra en Roma, el culto de Heliogábalo por el dios-sol sirio, la devoción de Aureliano por un único dios-sol, todos estos hechos son otros tantos intentos de lograr la fidelidad del ejército.
Entretanto, entre las muchas sociedades religiosas de origen oriental, hubo una que, poco a poco, fue adquiriendo la supremacía. Era la Iglesia cristiana. Comenzó humildemente con un grupo de discípulos que habían conocido y recordaban la vida terrenal de Cristo. Luego, el genio y la energía del apóstol Pablo cambió esa agrupación en una liga de sociedades bien organizadas que se hallaban dispersas por todo Oriente y que logró penetrar incluso en Italia. A partir de las enseñanzas de Cristo, Pablo forjó todo lo que era indispensable para una Iglesia con una misión de alcance mundial; echó los cimiento de la teología, la moral y la escatología cristiana y, lo que es más importante, asentó sobre sólidas bases la Iglesia universal católica.
Las comunidades cristianas pronto entraron en conflicto con el poder civil. Pero las causas de ese choque no son muy claras. La persecución religiosa era algo extraño a la política de los emperadores y no son evidentes los fundamentos legales de tal persecución. Tal vez, se debiera a la tenaz negativa de los cristianos a . participar en el culto que se rendía al Emperador en todo el imperio; acaso, se consideraba a las comunidades cristianas, por razones que desconocemos, como uniones ilegales. En todo caso, lo cierto es que incluso en la época de Trajano había una ley que permitía la persecución.
A medida que pasaba el tiempo, la cristiandad, aunque de ningún modo era hostil al Estado en general, se puso frente al gobierno del Imperio a consecuencia de la actitud tomada por las autoridades. En el subsiguiente conflicto, el papel que desempeñó la Iglesia fue puramente pasivo, pero adquirió fuerza con la prueba, desarrolló y mejoró su organización y produjo un buen número de hombres notables por su energía y resistencia; algunos perdieron la vida, pero los sobrevivientes continuaron con tenacidad la tarea de gobernar su sociedad universal. Al mismo tiempo, los cristianos se esforzaron por hacer que su doctrina fuera inteligible, asequible y aceptable, no solo para el común de las gentes y para las mentes incultas, sino para las clases ilustradas. Uno de los grandes genios de la cristiandad y también del mundo antiguo fue Orígenes, quien estableció un nexo duradero entre su religión y la filosofía antigua.
El siglo II y los comienzos del III presenciaron un lento desarrollo de la nueva religión. El Estado no la reconocía, pero tampoco la persiguió en forma sistemática. El siglo III, época de convulsiones religiosas y políticas, señala una crisis en su evolución. Los emperadores Maximino, Decio y Valeriano abandonaron la actitud de casi completa tolerancia y declararon la guerra abierta contra los cristianos. Continuamente, con febril actividad no solo persiguieron a los individuos en particular, sino a toda la sociedad cristiana en la persona de sus jefes y dirigentes. Es probable que este cambio de actitud se debiera a la creciente influencia del cristianismo dentro del ejército, que amenazaba con minar la lealtad de los soldados.
Muchos creyentes cayeron mártires de su fe durante esa persecución, pero la Iglesia no quedó destruida. El conflicto le infundió más fuerza. Los largos años de persecución exaltaron la autoconciencia del organismo y los cristianos llegaron al convencimiento •de que su Iglesia (ecclesia) era una e indivisible, una institución peculiar y vigorosa, un Estado divino (civitas dei), ajeno a los reinos de este mundo. A medida que el Estado se volvía más decrépito, la Iglesia se hacía más fuerte. La pertenencia al Estado no acarreaba más que dolor y sufrimiento; en cambio, un miembro de la Iglesia recibía de ella apoyo material y moral. La doctrina de Cristo exigía que todos debían amar y ayudar al prójimo y la Iglesia organizada prestaba esta ayuda a todos los creyentes.
Cuando el Estado emergió de las convulsiones del siglo III casi enteramente desprovisto de autoridad moral y con la sola base de la fuerza, se encontró frente a frente con la Iglesia cristiana, armada en pleno en la organización que voluntariamente habían aceptado sus adherentes. La autoridad moral que el poder civil había perdido era el único, pero suficiente apoyo de la Iglesia. Por última vez, Diocleciano y sus sucesores ofrecieron batalla a la cristiandad. Diocleciano trató de obligar a la Iglesia cristiana, mediante una persecución sistemática, a someterse al Estado, como lo habían hecho las demás fuerzas sociales del Imperio, y a confundir su identidad con la del Estado. La existencia de la Iglesia como un Estado dentro del Estado, le parecía a Diocleciano, e indudablemente lo era, incompatible con el primer principio del sistema que él había creado: un despotismo fundado en la absoluta sumisión de sus subditos. Los cristianos sufrieron graves pérdidas, pero el Estado perdió la batalla. La Iglesia demostró ser más fuerte que su adversario.
No es éste el lugar adecuado para examinar las causas intrínsecas que dieron a la cristiandad su inmensa influencia sobre los corazones y las mentes de los hombres. El hecho ha sido explicado de muchas maneras diferentes. Todas esas explicaciones son convincentes en cierta medida, pero no resuelven el problema en conjunto. Sin embargo, una cosa es clara: la victoria de la cristiandad señala una ruptura con el pasado y un cambio de actitud del pensamiento humano. Los hombres estaban cansados y no querían seguir buscando. Se volcaron con avidez hacia un credo que prometía calmar la mente atormentada que podía dar certeza en lugar de duda, una solución final para una multitud de problemas, teología en vez de ciencia y lógica. Incapaces de dirigir su propia vida interior y, además sin voluntad de hacerlo, estaban dispuestos a entregar el control a un ser superior, incomparable con ellos. La razón no daba ni prometía felicidad al hombre, pero la religión, en especial la cristiana, aseguraba al hombre la felicidad más allá de la tumba. Así, el centro de gravedad se desplazó y las esperanzas y deseos de los hombres se transfirieron a esa vida futura. Estaban satisfechos con someterse y sufrir en este mundo, para encontrar la verdadera vida en el más allá. Tal actitud mental era enteramente extraña para el mundo antiguo, incluso para las primeras naciones de Oriente, para no hablar de Grecia y Roma. Para un So la vida futura era algo sombrío y temible; para el solo Untaba la da terrena. Pero ahora todo había cambiado en forma radical y este cambio de sentimientos, más que ninguna otra cosa, prueba que el comienzo del siglo IV es una página absolutamente nueva en la historia de la humanidad, y una pagina que trata de un tema extraño.
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