Webhistoria.com.ar - Artículos de Historia


 
 
Desarrollo social y económico del Imperio Romano en los dos primeros siglos
M. Rostovtzeff

En el libro ROMA De los orígenes a la última crisis de Eudeba

El Imperio Romano de los siglos I y II era, sin lugar a dudas, un espectáculo de una brillantez extrema. Incluía en un Estado poderoso todo cuanto fuera civilizado en los países en torno al Mediterráneo. Nada estaba fuera de él, salvo las tribus salvajes de germanos, eslavos y finlandeses, los nómades del desierto, los negros de África y la gran población mongol e irania de Asia. Incluso, con todos éstos, el Imperio mantuvo relaciones comerciales y diplomáticas regulares y cada vez mejores, tan solo interrumpidas, de vez en cuando, por operaciones militares contra tribus fronterizas. Dentro del Imperio, no se escatimaban esfuerzos para lograr comunicación constante y sin trabas entre las di­ferentes regiones. Excepto los siervos de Oriente, ligados al suelo, la población podía moverse a voluntad de una parte a otra,.

El Estado realizó el máximo esfuerzo para que las comuni­caciones fueran seguras y fáciles. El Mediterráneo era un lago romano: de un extremo al otro, así como por el Mar Negro, los grandes ríos de la Europa occidental y el Nilo, los barcos transportaban pasajeros y mercancías. La piratería se mantenía a raya mediante flotas en el mar y flotillas en los ríos. La comu­nicación por mar con la India era relativamente segura desde los puertos egipcios y árabes y también era posible bordear la costa norte de Europa hasta el Báltico, pero, en tales empresas, el co­merciante debía basarse exclusivamente en sus propios recursos.

A lo largo de las grandes vías que se extendían desde Roma e Italia, como un abanico, era fácil viajar hasta el Atlántico o el Mar del Norte, o los Dardanelos y las costas del Mar Negro. Una red de caminos semejantes cubría Asia Menor, Siria, África del Norte y Britania. Cualquier lugar que presumiera de ciudad se unía a esas vías mediante ramales secundarios. Cada ciudad tenía sus propios caminos que la comunicaban con las pobla­ciones más importantes de su territorio. La seguridad general estaba garantizada por las fuerzas armadas, controladas por los representantes del poder central en la metrópoli y fuera de ella. Las comunidades autónomas y los grandes terratenientes orga­nizaban la policía local, dentro de los límites de sus posesiones. El Estado mantenía destacamentos especiales de policía en Roma, Lyon y Cartago. En Roma había también una brigada contra in­cendios.

La vida municipal en todo el Imperio estaba casi por entero libre del tedioso control del poder central. El Estado se conten­taba con que no hubiera dentro de sus límites sociedades o cen­tros de tendencias sediciosas y que los organismos municipales se ocuparan exclusivamente de asuntos locales. Pero, en realidad, no había dentro del Imperio ninguna comunidad que ambicionara sobrepasar los límites de esta esfera. No tenemos noticias de que hubiera organizaciones políticas, en Roma o fuera de ella, que el Estado considerase peligrosas. Las únicas comunidades que fue­ron perseguidas fueron las cristianas; pero no sabemos si sufrían esas persecuciones como organizaciones ilícitas (collegia illicita) o si pedía cuentas a los cristianos, en tanto individuos por su negativa a participar en el culto al Emperador que todo el Im­perio practicaba. Había otras sociedades profesionales o religiosas. Entre estas últimas se incluía un infinito número de organizaciones de sepultura (collegia tenuiorum, literalmente "asociaciones de los pobres"), cuyo objetivo era asegurar a sus miembros un funeral decente. Había muchas otras sociedades, en las que se reunían los ciudadanos de acuerdo con su edad, y otras, como las escuelas filo­sóficas, organizadas como sociedades exclusivas.

Cada comunidad vivía de acuerdo con sus tradiciones pasa­das, en la medida en que esas tradiciones no eran contrarias al Estado. En el Oriente griego, cuna del sistema municipal, las constituciones o cartas orgánicas de las ciudades variaban enor­memente, tanto en la forma como en el fondo. Aunque indiferente a los detalles de esas cartas orgánicas, el gobierno romano apoya­ba las instituciones aristocráticas en las grandes ciudades y mi­raba con desagrado las democráticas. De ahí que en la mayoría de las ciudades griegas, la constitución fuese oligárquica. Ale­jandría, la capital de Egipto, tuvo un trato especial: disfrutaba de muy pocos derechos y era estrictamente controlada por el gobernador romano. Las ciudades de Occidente diferían muy poco entre sí en cuanto a sus derechos y privilegios. Algunas ciudades itálicas conservaron sus antiguas cartas orgánicas basándose en históricos tratados con Roma.

La mayoría de las comunidades de ciudadanos romanos en Italia y las provincias poseían cartas de privilegio que el gobierno de Roma les había otorgado. En las provincias, una colonia regular recibía sus derechos del fundador; otras ciudades lo reci­bían del Emperador que les confería el título de municipium o colonia. Todas las constituciones prescribían la creación de las instituciones municipales corrientes: magistrados, un consejo de ancianos o decuriones (senadores locales) y una asamblea popular. En esas constituciones se definían los derechos y deberes de esos organismos y se establecían tribunales. Contenían reglas para la elección de magistrados y decuriones, para los procedimientos en los consejos y para la actuación de la asamblea popular. En general, parecían copias de la constitución romana en la forma que ésta había tomado durante los siglos en que las instituciones urbanas existían en Roma. En el transcurso del tiempo, la ma­yoría de las comunidades itálicas cambiaron sus antiguas cartas orgánicas por ese tipo de constitución uniforme. Es posible que esa tendencia fuera estimulada por una de las leyes de César en la cual se prescribía la introducción de ciertas reglas en las cons­tituciones de todas las comunidades formadas por ciudadanos romanos.

Tanto en Oriente como en Occidente, la población de las ciudades mostraba sumo interés en sus asuntos locales. La elec­ción para la magistratura, el sacerdocio o el consejo, constituían importantes acontecimientos y la competencia era muy viva. Lo podemos ver con claridad en los carteles electorales, muchos de los cuales todavía se conservan en Pompeya. Esas noticias no se pegaban en las paredes, sino que se pintaban en negro o rojo en la capa de yeso que cubría los frentes de las casas. También constituía un honor muy disputado la elección para los Augusta­les, una corporación compuesta en su mayoría por libertos. Los Augustales tenían que proveer los fondos para el culto del Em­perador en las ciudades. Magistrados y consejos estaban llenos de patriotismo local. En Asia Menor, había una lucha incesante por la supremacía entre las ciudades principales y por los hon­rosos títulos de neocori o "guardianes del templo del Emperador". Los ciudadanos ricos estaban siempre dispuestos a gastar grandes cantidades en el embellecimiento de la ciudad o en las necesidades o diversiones de los habitantes a cambio de honores y cargos, estatuas en el foro y la elección para el sacerdocio. La mayor parte de los edificios públicos de las ciudades de Italia, Grecia y las provincias fueron construidos gracias a suscripciones privadas de particulares en buena situación económica.

La vida en Roma era más complicada. La inmensa pobla­ción de la capital, calculada en más de un millón, no gozaba de derechos políticos ni siquiera municipales. Estaba absolutamente controlada por el Emperador, con sus ministros, y por el Senado.

Por otra parte, el Emperador hizo todo lo posible para que la vida en la capital fuera fácil y agradable. Ya he dicho que Au­gusto convirtió a Roma en la verdadera capital del mundo y que sus sucesores siguieron por el mismo camino. La ciudad se fue transformando, poco a poco, en la más espléndida del mundo y en la más agradable. La policía imperial aseguraba el orden; el Emperador mantenía siete regimientos de bomberos, que tam­bién prestaban ayuda en caso de inundaciones o temblores de tierra; funcionarios especiales se ocupaban de los acueductos, los desagües, las crecidas del Tíber y la conservación de edificios públicos, plazas y calles. Los edificios públicos eran notables por sus dimensiones, la belleza de sus líneas y la elegancia de sus formas. En ninguna parte había templos tan nobles o foros tan ricamente adornados, con arcos triunfales, columnas conmemo­rativas y un bosque de estatuas: ninguna ciudad del Imperio podía exhibir anfiteatros, teatros y circos tan extraordinarios; ninguna poseía tantas bibliotecas públicas y museos, o una ga­lería de estatuas como la que Augusto erigió en su foro, en honor de los grandes comandantes romanos. Una peculiaridad de Roma eran las vastas y lujosas thermae (termas), baños públicos con campos de atletismo, que servían también de centros de reunión y de restaurantes; y también las nobles salas, llamadas basílicas, usadas como sede de los tribunales de justicia. Ninguna capital helenística podía rivalizar con Roma en cuanto a parques públi­cos, mercados y tiendas. Además de todo eso, el palacio de los Emperadores se alzaba en el Palatino y sus magníficas tumbas, en las orillas del Tíber. La vida era fácil y atrayente en esta ciudad maravillosa. Unas 200. 000 personas de la clase más po­bre eran mantenidas por el Estado y el resto podía encontrar trabajo en abundancia si lo deseaba. No faltaban diversiones, en especial durante los reinados de Nerón, Domiciano y Cómodo. De vez en cuando, se repartían dádivas, en dinero o en especie, entre el pueblo.

En las provincias, las ciudades seguían los pasos de Roma, en la medida de sus recursos. No me refiero a las antiguas ca­pitales de Oriente, como Alejandría, Antioquía, Pérgamo, Éfeso, Atenas, Corinto, ni tampoco. a las posteriores capitales de Oc­cidente como Lyon, Cartago, Tarragona, que recibían de los empe­radores casi tanta consideración y generosidad como la propia Roma. Las ciudades más pequeñas, incluso los nuevos e insigni­ficantes municipio, de África, Galia o Britania eran notables por su cuidadosa planificación, su limpieza y sus buenos servicios sa­nitarios. Las calles principales eran rectas y aseadas y todas estaban pavimentadas; las casas eran convenientes, con desagües y suministro de agua, jardines y pasillos. Había grandes merca­dos, templos, basílicas, mercados cubiertos, edificios en los que se reunían los magistrados y el consejo; letrinas públicas, cons­truidas de piedra y con abundancia de agua; buenos baños públi­cos con calefacción central; teatros, anfiteatros, circos; bibliotecas, hoteles y posadas. Todo esto se podía encontrar —más o menos perfecto, más o menos completo— en casi todas las ciudades provinciales. Se tenía a los muertos la misma consideración que a los vivos. Ninguna época en la historia del mundo se puede parangonar a la del Imperio Romano en cuanto al número de bellos y espléndidos monumentos que se erigían en memoria de los muertos. Las vías que conducen a Pompeya son una buena prueba de ello. ¡Cuánta belleza y variedad! ¡Cómo serían enton­ces, los caminos que conducían a Roma! Y lo mismo sucede en las provincias. Cabría señalar, por ejemplo, el mausoleo de la familia Julia en St. Rémy, en la Galia, o cientos de otros mo­numentos que todavía se conservan en África, Grecia, Asia Menor y Siria. Millones se gastaban para los muertos, cientos de millo­nes para la comodidad de los vivos. Cabría decir que nunca ha habido mayor número de personas (salvo en los siglos XIX y XX en Europa y América) que hayan gozado de esas comodidades y nunca, incluso en el siglo XIX, los hombres han vivido rodeados de tan hermosos edificios y monumentos como en los dos prime­ros siglos del Imperio Romano.

De este modo, el Imperio era un Estado mundial que se com­ponía de una cierta cantidad de distritos urbanos, cada uno de los cuales tenía como centro una ciudad bien organizada. En esas ciudades y, en especial, en la capital, vivía el sector de la población que dirigía la vida social y económica del Imperio. Entre esos millones, el lugar principal era Italia con una po­blación formada casi en su totalidad por ciudadanos romanos. Pero la ciudadanía remana no estaba limitada a Italia. Los suce­sores de Augusto fueron haciéndose cada vez más liberales e iban admitiendo gradualmente, como ciudadanos, a los miembros de la clase superior de todas las ciudades del Imperio. El Ejército, que todavía se reclutaba en los territorios romanizados o heleni­zados del Imperio, también representaba a la civilización y, desde sus filas, muchas personas de clase media y aun inferior pasaron a la clase de los ciudadanos. Este proceso continuó: el cuerpo de ciudadanos fue en aumento, hasta que llegó a incluir a la ma­yoría de las clases media y superior de la población urbana de Italia y las provincias.

Junto con esta ampliación hubo un cambio radical en la composición de ese cuerpo, si se lo compara con la época repu­blicana o el gobierno de Augusto. En primer lugar, toda la anti­gua nobleza senatorial había desaparecido a fines del siglo I d. C, en parte a consecuencia de la despiadada persecución por parte de los emperadores y también por causas naturales: si algunas veces se casaban, raramente tenían hijos. Una nueva nobleza imperial, nativa de Italia o de las provincias, vino a ocupar su sitio. Este cambio se puede ver claramente en el caso de los propios empe­radores: los Julios y los Claudios pertenecían a la antigua aris­tocracia patricia; los Flavios procedían de un municipio itálico y la mayoría de los Antoninos pertenecía a la clase superior de las provincias romanizadas. La nueva aristocracia no fue de ma­yor duración que la precedente. Después de dos o tres genera­ciones, las familias se extinguían y dejaban el lugar a otras del mismo origen. La misma indiferencia hacia la continuación del nombre condujo a idéntico resultado. Cualquier familia que so­brevivía por más de dos generaciones se mantenía gracias al sistema de la adopción.

En las poblaciones rurales, en especial entre la clase media superior que aspiraba al rango ecuestre, se observa el mismo fe­nómeno: las familias se extinguían con rapidez. La clase de los caballeros creció en número, pero los nuevos miembros se reclu­taban fuera de ella. También en este caso es corriente la adop­ción; el hijo adoptado solía ser un liberto, antiguo esclavo de la familia. La única clase que aumentó realmente es el proletariado urbano y rural. No poseemos una prueba directa de ello, pero puede inferirse del aumento de la población del Imperio en su conjunto, cosa que se comprueba por el crecimiento incesante de las ciudades y el aumento del área de cultivo en casi todas las provincias. Un rasgo característico de las clases superiores de la población es su repugnancia a continuar su estirpe y fundar una familia. Aparentemente, el motivo era el de asegurarse un goce completo y personal de sus riquezas; no estaban dispuestos a poner trabas a su libertad con los cuidados de una familia. Los hombres luchaban por la riqueza a fin de asegurar para sí mis­mos una vida de paz y comodidad, y, además, para lograr un ascenso en la escala social. Les importaba muy poco lo que podría suceder con sus riquezas: las legaban al Emperador, a su ciudad nativa, a alguna institución religiosa o social, a amigos o parien­tes, o bien a sus aduladores y libertos.

Los senadores eran todavía la clase más rica de la población. Pero no encontramos en ellos ningún deseo de aumentar su riqueza mediante un cultivo sistemático de sus fundos. El objetivo del hombre rico es lograr un ingreso seguro y constante con el mínimo posible de esfuerzo personal. Por esa razón, el dinero se invertía principalmente en tierras. Esclavos y libertos adminis­traban esos fundos, de cuyo cultivo se encargaban arrendatarios a corto o largo plazo. Mayor vitalidad y energía mostraban los caballeros y la clase media, en especial el sector más bajo de ésta en las poblaciones rurales. La más elevada se conformaba con lo adquirido y prefería gastar a esforzarse por adquirir más riqueza. En todo el Imperio se nota un estancamiento, una pa­rálisis, incluso en el deseo de obtener ganancias. Entretanto, la composición de las clases superiores se modificaba continuamen­te: hombres de una clase más baja y menos refinada sustituían a los representantes de la cultura tradicional y ellos, a su vez, desaparecían sin tener tiempo para adquirir en forma completa los gustos e intereses de sus predecesores.

Es difícil decir cómo vivía la clase más baja de la población. En las ciudades, disfrutaban de las mismas ventajas y comodi­dades que los ricos. En Pompeya o Timgad, en África, no hay una sola casa en la que no quisiéramos vivir. Las cosas iban peor en los barrios pobres de las capitales de provincia, pero sus habitantes podían gozar de las espléndidas plazas, jardines, ba­sílicas y baños. Los esclavos se hallaban en peores condiciones que la población libre. Pero incluso ellos, durante el Imperio, atrajeron más y más la atención y la benevolencia del legislador. Por desdicha, no sabemos nada de la vida en el campo. Pero tal vez este silencio sea significativo. Si bien no oímos himnos de alegría, tampoco escuchamos quejas. En los turbulentos mo­mentos que siguieron al término del siglo II y el comienzo del III d. C, se oye la voz del campo quejándose ante el Emperador de la dureza de su existencia. En cambio, su silencio en los dos primeros siglos prueba que las cosas no iban demasiado mal.


[pagebreak]
Durante esos siglos, el Imperio era indudablemente rico y, en comparación con otros períodos, próspero. ¿Cuál era la fuente de esa riqueza? ¿Qué formas asumía su vida económica? Esas preguntas tienen gran importancia. En la respuesta encontrare­mos las razones de ese fenómeno sobrecogedor en la historia del Imperio Romano: la rápida destrucción, descrita en el capítulo siguiente, de su prosperidad. Los recursos naturales del Estado eran, sin duda, inmensos. Entre ellos se incluían las partes más ricas de Europa, África y Asia, en las que se basa la prosperidad de la Europa moderna. Además, el Imperio explotó las riquezas de Asia y del norte de África mucho más a fondo de lo que se lo hace hoy. Poseía distritos fértiles para el cultivo, extensas pra­deras para su ganadería, selvas vírgenes, minas y canteras casi intactas, ríos y mares con abundancia de peces. Es preciso ad­mitir que los romanos descubrieron esas recursos y que hicieron todo cuanto les fue posible para explotarlos.

Su prosperidad se basaba en la agricultura y en la cría de ganado. Es indudable que el Imperio extendió enormemente el área cultivada. En el África de hoy en día, en Argelia y Túnez, por ejemplo, inmensos distritos a los que nunca había llegado la civilización cartaginesa, y en donde ahora, a pesar de la acti­vidad colonizadora de Francia, solo algunos pocos rebaños de ovejas y de cabras andan errantes por las desoladas llanuras, estaban densamente poblados y cultivados en los dos primeros siglos de nuestra era, especialmente en el segundo. Existen abun­dantes pruebas de ello en las ruinas que los viajeros encuentran, casi a cada paso, de ciudades prósperas y de productivas granjas. El origen de esa prosperidad se revela en las imponentes cons­trucciones romanas creadas para usar en forma sistemática la lluvia que cae en abundancia durante los meses de invierno.

Es seguro que la Galia, Britania y España comenzaron a producir, durante el imperio, por primera vez, vastas cantidades de grano para exportar, después de cubrir las necesidades locales. En el Oriente, el área de cultivo no disminuyó, salvo, tal vez, en Grecia y esto por causas que se explicarán más adelante. La prosperidad de las provincias occidentales está atestiguada por las ruinas de muchas ciudades florecientes, cuyos habitantes vi­vían del campo, y que no habían existido antes de esa época. Todavía mayores pruebas de esa prosperidad nos las suminis­tran las ruinas de grandes y pequeñas granjas que, en los últimos años, han atraído la atención de los arqueólogos. Resulta sig­nificativo que el suelo de Gran Bretaña esté cubierto, en sus par­tes llanas, con ruinas de grandes y pequeñas "villas" que eran granjas o bien puntos centrales de grandes fundos. Lo mismo ocurre en Francia, Bélgica y la zona del Rin; junto al curso supe­rior del Rin los decumates agri, incluidos en la provincia de la Germania superior entre los reinados de Domiciano y Cómodo, estaban cubiertos por una red de granjas de importancia. En Egipto, la extensión del área cultivable se comprueba por docu­mentos que allí se encontraron y, también, por nuestro conoci­miento de los grandes planes de irrigación emprendidos por Au­gusto.

Es seguro también que se desarrolló con vigor la cría de ganado y que se concedió una atención especial al cultivo de viñedos y olivos. Para esta finalidad, el Imperio aprovechó todos los distritos adecuados dentro de sus fronteras. Los tiempos mo­dernos solo pueden jactarse de pocas conquistas nuevas de ese tipo. Es cierto que ahora se produce vino en Alemania, pero, por otra parte, la zona sur de Túnez, que en tiempos antiguos estaba en su totalidad cubierta de olivares, ahora es una llanura deso­lada. Esa aclimatación de productos valiosos es muy caracterís­tica del Imperio y produjo cambios notables en el aspecto del mundo antiguo. Había pasado el tiempo en que solo Italia y Grecia suministraban al mundo entero vino y aceite. Durante el Imperio, casi todas las provincias cultivaban esos productos para cubrir sus propias necesidades y aun para exportar el excedente. Este hecho constituyó un duro golpe para la prosperidad agrícola de Grecia e Italia. Al no tener nada que exportar a cambio de los granos importados, esos países tuvieron que volver a un tipo primitivo de agricultura y cultivar cereales para satisfacer sus propias necesidades.

A pesar del aumento del área cultivable y de la aclimatación de la vid y el olivo en Europa occidental, no hubo un perfeccio­namiento sino más bien un atraso en la técnica agrícola. Colu­mela, que escribió un manual sobre agricultura en el siglo I d. C, se queja amargamente de la decadencia científica de la agricul­tura en Italia. Lo mismo ocurría seguramente en las provincias de Oriente y Occidente.

La causa de este retroceso fue el intenso desarrollo del pe­queño cultivo, que vino unido al crecimiento de los grandes fundos. Ya no fue de gran importancia el empleo de mano de obra esclava ni en Oriente ni en Italia. Los esclavos resultaban caros y, en cambio, la mano de obra libre era barata debido al crecimiento incesante del proletariado. Los grandes propietarios estaban contentos con renunciar al sistema de plantación y dejar sus tierras en manos de pequeños arrendatarios. Los emperado­res fueron los primeros en iniciar ese sistema en sus propios fundos. El Oriente siguió ese ejemplo; los grandes y medianos propietarios vivían en las ciudades y dejaban que sus tierras fue­sen cultivadas por arrendatarios, los cuales, en muchos casos, estaban ligados al suelo. Esas condiciones eran desfavorables Para un cultivo progresista y científico. A pesar de que había mayor cantidad de tierra cultivada y más trabajadores en el cam­po, la calidad del trabajo descendió enormemente.

Ese mismo fenómeno se puede observar en otro sector: la explotación de las riquezas naturales de otro tipo. Aumentó el número de minas y de canteras en actividad. Probablemente, la razón principal de que el Imperio anexara nuevos territorios se debió al conocimiento de que en ellos existía una gran riqueza mineral. Cabe suponer que ése fue el principal motivo de la con­quista de Britania por parte de Claudio y de la anexión de una parte del suroeste de Germania por Domiciano; la atracción prin­cipal de Dacia fueron sus arenas auríferas y su riqueza en otros minerales. En estos casos, se agregaron nuevas riquezas al. Im­perio. Pero la capacidad de los trabajadores no se puso en con­sonancia con el desarrollo minero. Tanto en la minería como en la siderurgia, los romanos no mejoraron los métodos de la época helenística e incluso quedaron atrasados. La tesorería o, dicho de otro modo, el Emperador, había trabajado las minas mediante grandes contratistas que empleaban esclavos en gran cantidad. Pero luego se intentó un nuevo método: el trabajo se parceló entre pequeños aventureros que tenían que emplear sus propias fuerzas y la ayuda de algunos esclavos. En tales condiciones re­sultaba, naturalmente, imposible todo adelanto técnico.

Los mismos síntomas que observamos en la agricultura y la minería los encontramos también en la manufactura. Distritos, que antes dependían de importaciones procedentes de los grandes centros manufactureros, comenzaron a participar en la produc­ción. De ahí que los grandes centros perdieran su posición econó­mica y se fueran empobreciendo. El más perjudicado de todos fue Grecia, cuyos productos manufacturados desaparecieron casi por entero del mercado mundial. Algunos tipos de artículos manu­facturados se producían aún en ciertos distritos y de ahí se ex­portaban a todas partes, ya que la vasta extensión del Imperio romano permitía esa exportación. Algunos productos constituían todavía una especialidad que se exportaba a todo el mundo desde Asia Menor, Italia y Galia. Las vasijas de cobre de Campania competían con éxito con las imitaciones extranjeras; Egipto tenía la supremacía en el mercado de tejidos de lino y en el de papel. Poro esos artículos especiales, producidos para la exportación, eran cada vez más raros. En los mercados provinciales, esos productos eran sustituidos por otros similares, a veces no infe­riores en calidad, producidos en los talleres locales. Por ejemplo, la fabricación de vasijas de barro y lámparas de cristal no quedó limitada a un solo centro. El primero de esos artículos tiene una historia de especial interés. Iniciada en Grecia y Asia. Menor, esa industria pasó a Italia. En los siglos II y I d. C, la cerámica figurativa del norte de Italia no tenía rival en el mundo. En el siglo I, comenzó a competir con ella el sur de Galia. En la se­gunda mitad de ese siglo, la fabricación se extendió hacia el norte y llegó al Rin en el siglo II. Esas vasijas no solo conquistaron los mercados del norte y del noroeste, sino incluso los de Italia. Simultáneamente, Asia Menor producía el mismo artículo según los mismos modelos para los mercados del sur y del sudeste. En el siglo II de nuestra era, tanto Oriente como Occidente fabrica­ban un inmenso número de lámparas de barro, que antes habían sido casi un monopolio del norte de Italia. En ese período, nada encontraba salida en mercados distantes, salvo los artículos de lujo que solo una minoría estaba en condiciones de comprar. Por todas partes se multiplicaron las imitaciones locales de los pro­ductos de grandes centros industriales. Por ejemplo, los famosos artículos de púrpura de Tiro se imitaban en Asia Menor. De esta manera, también la producción manufacturera se difundía cada vez más.

Pero, al mismo tiempo, la calidad se volvió inferior; había menos habilidad mecánica y menos belleza. La técnica se hace monótona y un tanto anticuada. Basta comparar los encantado­res zarcillos y broches de la época helenística con las toscas imi­taciones romanas; otro tanto se puede decir de la cerámica. Es digno de observar que tumbas y ruinas nos han entregado cientos de miles de objetos de producción romana: por ellos vemos que no se hizo ningún descubrimiento nuevo en cuanto a técnica. Por el contrario, muchos descubrimientos anteriores cayeron en desuso. Todo el mundo sabe que, en punto a belleza artística, los productos del Imperio son infinitamente inferiores a los de las monarquías orientales, Grecia o la época helenística.

Las causas de esa degeneración hay que buscarlas en la difusión ya mencionada de la producción. Las provincias habían comenzado su producción para satisfacer sus propias necesida­des y fabricaban en masa a precios bajos. Así, los artículos más caros y finos desaparecieron del mercado. Las fábricas y talleres de los países puramente industriales, que antes habían encontrado una fácil salida para sus mercancías, ahora estaban ociosos. Al mismo tiempo, la decadencia gradual de la cultura en las clases medias, fenómeno del que ya hemos hablado, creó una demanda de productos más toscos y menos artísticos. Esta decadencia de la habilidad y del sentido artístico fue acompaña­da por un cambio en los métodos de producción. El sistema de grandes fábricas, iniciado en Grecia y desarrollado en los prin­cipales centros helenísticos de la industria, había llegado a algu­nas ciudades de Italia en el siglo I d. C, pero fue declinando sin cesar a partir de la mitad del siglo II. En Italia y en las ciudades provinciales del siglo II, el trabajo era realizado por obreros al Por menor y en pequeños talleres. Se consideraba rico fabricante al que poseía cierto número de esos establecimientos; la mano de obra era fundamentalmente esclava.

Durante el Imperio, en especial en los dos primeros siglos, hubo un desarrollo extraordinario del comercio al por mayor y menor, por tierra y por mar. Se mantenían relaciones mercan­tiles regulares con los más distantes mercados: China, India, centro y sur de África, centro y sur de Rusia, Germania e incluso, Noruega y Suecia. Esos países importaban productos manufac­turados a cambio de artículos de lujo. Mejor dicho, suministraban materia prima para ser trabajada en el mundo grecorromano y, en especial, en Oriente. África enviaba marfil, oro y maderas fi­nas; Arabia, especias; las piedras preciosas y perlas venían de India, la seda de China, pieles, de Asia Central y Rusia, ámbar, de Germania y de Escandinavia.

Sin embargo, este comercio exterior no era en realidad im­portante para el desarrollo económico del Imperio. De mucho mayor alcance era el comercio dentro del propio imperio, entre las provincias y dentro de ellas. Ese comercio creció sin cesar; la clase de los comerciantes aumentó y los semitas (sirios, judíos y árameos) eran sus miembros más prominentes. El transporte entre las provincias era fácil: por el Mediterráneo y luego por los ríos y vías, hasta los lugares más apartados. A fines del siglo III, Diocleciano publicó una tarifa o lista de precios fijos para las mercancías. Esa disposición estaba destinada a las pro­vincias orientales, pero incluye, además de manufacturas y productos de Oriente, gran número de artículo producidos en Oc­cidente, en especial en Galia. De esta manera, se ayudó al co­mercio, ya que solo se puso un impuesto, que variaba entre 2 y 2 1/2 % en concepto de derecho de aduanas en la frontera de cada provincia. Este sistema representaba un gran adelanto res­pecto a la época en la que cada ciudad griega o cualquier reye­zuelo helenístico abrumaba de impuestos a los comerciantes que entraban en su territorio.

Pero también en el comercio ocurren los mismos fenómenos que hemos observado en la agricultura y la industria. A medida que las provincias se abastecían con su producción interior, sus necesidades de importación disminuían y el mercado de cada ciudad y aldea estaba lleno de productos locales. En las ciuda­des, la mayoría de los talleres eran al mismo tiempo tiendas y los comestibles expuestos' a la venta se producían, la mayoría por lo menos, en el territorio que pertenecía a la ciudad. Este estado de cosas era menos pronunciado allí donde el tráfico era fluvial, como en Galia y Britania, junto al Rin y el Danubio, con sus tri­butarios, y en Egipto, pero tenía mayor importancia en Italia, África y Asia Menor, en donde no existían medios de comunica­ción económicos.

Los gastos y demoras del transporte aislaban a los mercados y los estimulaba para abastecerse por sí mismos. La misma causa obstaculizó el desarrollo de grandes empresas capitalistas en la esfera del comercio local, salvo para mercancías transportadas por mar, en caravanas o por ríos. Es interesante observar el he­cho de que el emperador Adriano, que favoreció a los pequeños agricultores y a los pequeños contratistas de las minas, trató de eliminar al intermediario en el comercio y de poner al comprador en contacto directo con el productor. A pesar de todo esto, los métodos capitalistas eran más afortunados en el comercio que en cualquier otro sector de la actividad económica durante el Imperio. Los comerciantes, junto con los grandes terratenientes, eran los más ricos de la época. Formaban importantes compa­ñías o asociaciones mercantiles. Los comerciantes interesados en la navegación, llamados naucleri o navicularíi, se asociaron en compañías de ese tipo, que llegaron a ser las más poderosas económicamente de todo el Imperio.

En consecuencia, pareciera que el Imperio realizó una gran labor en la esfera económica. Se descubrieron nuevas fuentes de riqueza. Países que antes se habían contentado con las más pri­mitivas condiciones comerciales se hicieron accesibles a la ex­plotación sistemática. El intercambio se facilitó mediante un sistema más perfecto de vías de comunicación y de medios de protección contra los piratas del mar. Los impuestos no eran onerosos. En las relaciones entre el capital y el trabajo, el Imperio, es decir el gobierno, se mantenía pasivo y dejaba que el problema se resolviera por sí mismo. Rara vez se interponía y gobernaba sin seguir un sistema bien definido. Unas veces fa­vorecía al capital y a las grandes fortunas, otras, tomaba medidas para proteger al pequeño propietario y al asalariado. Los emperadores del siglo II intervinieron más que los otros. Ya he mencionado la defensa de los pequeños propietarios y de los arrendatarios por parte de Adriano. Es digno de notar la legislación de todos los emperadores para elevar el nivel legal y social de los esclavos. Debemos recordar, sin embargo, que el problema del trabajo, tal como hoy lo entendemos, era desconocido en el mundo antiguo. La existencia de la esclavitud y el empleo de mano de obra esclava obstaculizaba la unión de los trabajadores libres y hacía imposible la lucha contra los patronos. Además, el gobierno veía con recelo cualquier clase de asociación que no se hiciera para fines religiosos y, por eso, habría suprimido, sin duda alguna, las uniones de asalariados libres.

Sin embargo, junto con un movimiento progresista, nos he­mos visto obligados a reconocer muchos síntomas inquietantes: la creciente extensión de las propiedades rurales; el cambio de la agricultura científica, remplazada por métodos más primitivos practicados por pequeños arrendatarios a largo o corto plazo; la decadencia del cultivo intensivo en Grecia e Italia y de la ciencia aplicada a la agricultura, como lo prueba, por ejemplo, el hecho de que Columela sea el último escritor original que trata sobre esa materia; el descenso en la calidad de los objetos manufacturados, tanto en maestría como en belleza; por último, el desarrollo de pequeños talleres a expensas de las grandes fábricas y em­presas.

 



Alojamiento en Gualeguaychú, Cabañas, Bungalows - Fotos de Mar del Plata - Imágenes de Mar del Plata
Latin Chat - Postales - Displays MSN - Ringtones - Amistades