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Las provincias romanas en los siglos I y II d. C
M. Rostovtzeff

En el libro ROMA De los orígenes a la última crisis editado por Eudeba

Augusto y sus sucesores confirieron realidad a lo que había parecido al mundo antiguo anterior a su tiempo un ideal inasequible: una paz permanente, sin continuas guerras exteriores ni revoluciones internas, con una idea ordenada según las condiciones propias de un Estado civilizado. El Imperio Romano creó esa paz y ese orden no solo para un grupo de seres humanos, sino para todos los que estuvieran influidos, en mayor o menor grado, por la civilización. Otro gran beneficio que el Imperio Romano consiguió para la humanidad, al cumplir la misión que le había legado el período helenístico, fue dar entrada al máximo posible de gentes en la civilización nacida en Oriente, fertilizada por los griegos, y aceptada y desarrollada después por los itálicos. Dos siglos de paz bajo el gobierno de los emperadores romanos hicieron posible inocular esta civilización en las naciones de Occidente y, en menor grado, en el Oriente que apenas había sido tocado por ella en la anterior etapa de desarrollo. España, Britania, Galia, parte de Germania, el norte de la península balcánica, la costa norte de África, recibieron esa civilización en su forma occidental, latina e itálica. Pero las zonas de Oriente que aún no estaban heleniza­das, Asia Menor central, parte de la costa del Mar Negro, una gran parte del Cáucaso y Transcaucasia, y regiones de Siria, Pa­lestina y Arabia, la tomaron en su forma griega o, más bien, en la grecooriental. Roma realizó esta misión civilizadora mediante el empleo de métodos pacíficos y la atracción natural que ejerce una forma superior de vida ofrecida por un Estado-nación do­minante; no fue necesario recurrir a la coerción o a la violencia, a las armas o a la transferencia de pueblos enteros de un lugar a otro.

El Imperio Romano no fue nunca ni trató de ser un Estado universal de tipo nacional, un Estado, en suma, en que una nación subyuga y asimila a la fuerza a otras naciones; gracias a su constitución, se hizo cada vez más cosmopolita. Lo que le dio fuerza y sustancialidad, y le permitió mantenerse unido, aún después de las terribles vicisitudes del siglo III y, más tarde, de las crecientes presiones de sus vecinos, a pegar de los graves de­fectos de su sistema político y social, fue su cultura, que todos compartían y todos estimaban, y que unió a todos los habitantes del Imperio en momentos de peligro. Salvo ligeras variantes lo­cales, esa cultura era la misma en todas partes. Al igual que nuestra cultura moderna, la suya pertenecía a los habitantes de las ciudades y se hallaba estrechamente vinculada a la concepción griega de la ciudad, entendida ésta no como una mera aglomera­ción de edificios, sino como una asociación de hombres con cos­tumbres, necesidades e intereses comunes, física y mentalmente, que procuraban crear, en beneficio de toaos y mediante un esfuerzo mancomunado, formas de vida aceptables y convenientes. Las ventajas de tal modo de vida eran menos asequibles en el campo, donde prevalecían, en relación, condiciones primitivas. Sin em­bargo, no existía una barrera infranqueable entre la ciudad y el campo; aquélla ejercía una atracción creciente sobre la pobla­ción rural y le hacía adquirir el gusto por las costumbres ur­banas.

Una de las tareas principales del Imperio en su misión civi­lizadora fue difundir el modo urbano de vida en sitios que no lo habían conocido antes de la conquista romana. La ciudad se convirtió en la base de la vida social y económica en todos los territorios del Imperio Romano: en Galia, Germania y Britania, en donde la población nativa hacía una vida tribal; en España, en las costas del sur y del este donde solo existían ciudades del tipo fenicio o griego; lo mismo ocurría en Galia, en África, en don­de las ciudades fenicias del período de la supremacía cartaginesa se hallaban, en su mayoría en la costa: en el Danubio y en la parte norte de la península balcánica, en donde, como sucedía en la Europa central ocupada por germanos y celtas, tribus dispersas de ilirios y tracios vivían en aldeas; y en los vastos espacios del Cercano Oriente, en donde los gobiernos helenísticos habían co­menzado a construir ciudades antes de que vinieran los romanos y a redimir de la dura vida tribal los distritos más alejados de Asia Menor y Siria.

Pocas de las ciudades que surgieron en esos territorios fueron fundadas por colonos de Italia. La mayoría de ellas debieron su existencia al deseo natural de la población nativa de alcanzar un estadio de civilización propio de la vida urbana. Una paz pro­longada había elevado enormemente el nivel social y económico de esas gentes que, además, gozaban de las ventajas de pertenecer a un Estado único, de gran extensión y bien ordenado. El Estado satisfizo ese deseo y concedió a esas ciudades de reciente creación los derechos y privilegios que Roma había otorgado siempre a los aliados itálicos que se convirtieron más tarde en ciudadanos. Me refiero al derecho de autonomía qué siempre había servido de base de la vida urbana en Italia y que persistió e incluso se incrementó, cuando Roma pasó a ser el poder dominante de la península itá­lica. Hacía ya tiempo que existían en la península colonias de ciudadanos romanos y de aliados latinos, en primer lugar, ciuda­des aliadas relacionadas con Roma mediante tratados que variaban en cuanto a la forma, en segundo lugar y,, por último, ciudades llamadas municipio., habitadas por ciudadanos romanos que habían recibido la ciudadanía romana.

En el 89 a. C, a fines de la guerra social, todas las ciudades itálicas estaban habitadas por ciudadanos róndanos; todas tenían las mismas formas de gobierno local y la misma relación con Roma. En las provincias, durante el período republicano, el mismo proceso de admisión a la ciudadanía romana se fue realizando por etapas, que correspondían a los diferentes grados de autonomía del gobierno local que se habían ido forjando en Italia debido a causas históricas. La forma usual de comunidad en las provincias era una ciudad habitada por provinciales, con la supervisión de un gobernador romano, que pagaba una capitación e impuestos por la tierra y otras propiedades. El grado de autonomía de que disfrutaba cada ciudad dependía de su historia pasada y de la buena disposición de Roma para tener en cuenta tal historia. Había otras ciudades provinciales que poseían derechos más ple­nos, en particular comunidades que habían sido antes aliadas de Roma y que aún conservaban ciertos privilegios asegurados me­diante tratados, tales como exención de impuestos (inmunitas) y libertad para gobernarse de acuerdo con su antigua constitución (libertas). Todavía más favorable era la situación de los ciuda­danos romanos y latinos que Roma había enviado en los antiguos tiempos como colonos a las provincias.

Tal fue la base histórica sobre la que se edificó deliberada­mente el Imperio Romano. De acuerdo con su desarrollo y con los servicios prestados al Imperio o al emperador, cada comunidad provincial tenía tres posibilidades: podía ponerse al nivel de las comunidades aliadas, con una exención tributaria parcial y una autonomía ilimitada, al menos en teoría; podía recibir la cate­goría y los derechos de una colonia latina o, finalmente, podía disfrutar de los privilegios de los municipio, romanos. Una etapa conducía a la otra, de modo que una ciudad provincial podía alcanzar la categoría de una ciudad itálica habitada por ciudada­nos romanos.

Italia y Grecia y, hasta cierto punto, Fenicia y Siria, incluídas las colonias fenicias, habían sido a modo de islas en un gran océano: solo en ellas estaba arraigado el tipo urbano de vida, mientras en todas las demás existía en forma rudimentaria o bien no lo había en absoluto. Pero entonces el Imperio Romano se convirtió en un Estado único dividido en una cantidad de distri­tos administrativos, en cada uno de los cuales una ciudad consti­tuía la base de la vida social, económica y pública; con la ciudad se vinculaba un espacio más o menos amplio que se consideraba territorio. El Imperio se fue transformando en una numerosa federación de ciudades autónomas con sus territorios y un go­bierno central en Roma.

Por supuesto, la transición a la vida urbana no fue igual­mente rápida en todas las partes del Imperio, pero en todas resultó, con mayor o menor intensidad, lo bastante eficaz para producir condiciones similares, tanto económicas como sociales, y una ci­vilización semejante. Se puede hacer una división del Imperio en cuatro partes, según el pasado histórico de las diferentes provin­cias. En primer término, un grupo de provincias cuya población es fundamentalmente celta: Galia, España, Britania, las provin­cias alpinas. Luego tenemos lo que había constituido otrora el Imperio o la esfera de influencia de Cartago: Cerdeña, África, Numidia, Mauritania; el tercer grupo está constituido por la re­gión del Danubio, habitada por ilirios, tracios y celtas, que incluye Dalmacia, las dos Panonias, las dos Mesias, Dacia y Tracia; por último, Asia Menor y Siria con cierto número de provincias: Asia, Licia, Cilicia, Bitinia, Ponto, Galacia, Paflagonia, Capadocia, Ar­menia Menor, Siria, Palestina, Arabia y dos más que no fueron posesión permanente: Mesopotamia y Armenia Mayor. Como siem­pre, Egipto se mantuvo aparte.

Consideraremos en primer lugar los países celtas. En esos territorios prevalecía, antes de la conquista romana, un sistema tribal y gobernaban las familias nobles, las cuales eran propieta­rias de las tierras y controlaban todo el comercio y la industria. Como sabemos, las primeras regiones celtas que se anexaron y se convirtieron en provincias fueron la costa sur de España y de Galia; la Bética y la Tarraconense, en España, y Galia Narbonense, en el valle del Ródano, fueron las primeras provincias. Aquí se aplicó un método que ya se había probado en la parte celta del norte de Italia, cuando Roma se anexó ese territorio: se estable­cieron "colonias", es decir, ciudades fortificadas habitadas por ciudadanos romanos, de preferencia viejos soldados, cuyo número había aumentado muchísimo durante las guerras civiles. Esos puestos avanzados de la civilización fueron atrayendo gradualmente a la clase superior de los nativos; parte de la clase baja también "jo allí su residencia, como artesanos o pequeños comerciantes y también para trabajar en las labores tales como la construcción y el transporte. El resto de los nativos siguió viviendo en aldeas y cultivando la tierra asignada a la colonia como pequeños propie­tarios, arrendatarios o asalariados.

Más tarde, se hicieron nuevas y más extensas anexiones: Cé­sar en Galia, Augusto en España y en los países alpinos, mientras Claudio y sus sucesores en Britania. Los habitantes de esas dila­tadas regiones vivían a la manera tribal de que hemos hablado. En ese caso se siguió otro procedimiento. Italia ya no estaba en condiciones de suministrar colonos en número suficiente. Además, el clima y las condiciones de existencia eran demasiado extrañas -como para atraer a gran número de campesinos itálicos. Por eso, se adoptó un nuevo sistema creado por César. Los nuevos terri­torios se dividían en distritos administrativos, con muchos pue­blos, uno de los cuales, o más de uno en ocasiones, se usaba para los fines del gobierno central y también como lugar de reunión, en donde toda la población de la provincia podía reunirse para el culto público de la diosa Roma y del Emperador romano. Entre las más prominentes de esas capitales provinciales citaremos Lug­dumo (Lyon) en Galia, Tárraco (Tarragona) en España, Camulo­duno (Colchester) y Ebóraco (York) en Britania.

En el gobierno interno de esas nuevas provincias, el Imperio mantenía y reforzaba el sistema existente, social y económico, ba­sado en el clan y las subdivisiones del clan, llamados por los roma­nos civitas y pagi, respectivamente. Dentro de los límites de cada provincia, Roma quedaba satisfecha si los impuestos, calculados según un censo romano, se pagaban regularmente y si se sumi­nistraban reclutas para las tropas auxiliares. Los agentes emplea­dos para esos objetivos eran, en parte, los procuradores imperiales y, en parte, la aristocracia nativa, que servía como intermediario entre Roma y el pueblo en general y se hacía responsable por el comportamiento de éste. También la aristocracia dirigía, como clase gobernante, toda la vida local de las tribus, bajo el control de los gobernadores romanos, legados del Emperador.

Por un proceso natural, esos conglomerados formados como centros administrativos, comerciales e industriales, en cada terri­torio tribal y sus subdivisiones, se fueron convirtiendo gradual­mente en ciudades a las que se incorporaron muchos habitantes: la aristocracia dirigente, los comerciantes nativos y extranjeros y artesanos. El poblado tomó forma y se fue asemejando a las ciudades griegas o itálicas y finalmente, adquirieron las aparien­cias y la esencia de la autonomía, así como el sistema social de la ciudad Estado. Los vergobretas celtas se convirtieron en duumviri y los druidas celtas en sacerdotes locales. La civitas celta se trans­formó en una ciudad romana y a veces recibió del gobierno romano «1 título y privilegios de un municipium o de una colonia.


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En África, un desarrollo similar tomó una dirección diferente. África era también un lugar de colonización. Cierto número de colonos itálicos (comerciantes, banqueros, manufactureros y pro­pietarios rurales) fueron acudiendo a las ciudades fenicias y be­reberes que ya existían. Durante las guerras civiles y en tiempo del Imperio, algunas ciudades fueron colonizadas por veteranos romanos, a quienes Roma concedió extensas parcelas que sé toma­ban del territorio de la ciudad. De este modo, surgieron centros urbanos que contenían dos comunidades, los fenicios originarios y los romanos recién llegados. Esas comunidades se mezclaron en el transcurso del tiempo, y la población tuvo carácter mixto. En ocasiones, el estado de cosas así creado era reconocido por Roma y la comunidad unida recibía el nombre y categoría de municipium o colonia.

El avance gradual de los ejércitos romanos hacia el sur y el oeste exploró nuevos territorios que no tenían centros urbanos, pero que reunían condiciones para el cultivo y la colonización. Durante el Imperio, parte de esas tierras fueron asignadas a los veteranos; así se establecieron en rápida sucesión colonias de ese tipo. Otra parte fue adquirida por emigrantes de Italia o por habitantes emprendedores de las viejas ciudades romano-fenicias. Surgieron aldeas en lugares adecuados, con mercados, templos y tiendas, y los propietarios rurales, comerciantes y artesanos del distrito establecieron su residencia allí. La población aumentó, la aldea se organizó como ciudad y, poco a poco, se convirtió en centro natural de un territorio más o menos extenso. Como tal, fue utilizado por el Estado y recibió el título y los derechos de un municipium y, más tarde, de una colonia.

De esta manera, surgió en África una serie de ciudades con territorio propio. Pero no fue solo con el método de la pequeña propiedad como se desarrolló el continente. Tan pronto como Ro­ma se anexó el territorio de Cartago y de sus ciudades aliadas, la nueva provincia de África atrajo la atención de los grandes capita­listas romanos. Éstos compraron o tomaron en arriendo inmensas extensiones de tierras del Estado que habían pertenecido a la aris­tocracia cartaginesa o a la de otras ciudades fenicias. Muchas de esas tierras no estaban incluidas en el. territorio de una ciudad ya existente y, cuando se convirtieron en propiedad de las familias senatoriales romanas, la aristocracia dirigente de Roma, esos do­minios continuaron siendo considerados distintos de los territorios anexados por las ciudades. ' Los propietarios romanos cultivaban parte de esas tierras utilizando esclavos, como hacían en Italia, pero también emplearon a la población nativa y a los colonos de Italia, a los cuales concedían arriendos por un plazo más o menos largo o a perpetuidad, si transformaban tierras incultas en campos cerealeros o huertas y, además, pagaban una renta moderada al propietario.

Cada adición de territorio a las provincias, dondequiera que el suelo estuviese en condiciones de ser explotado con utilidades, aumentaba el número de grandes propiedades de los nobles ro­manos en África. Los mayores propietarios fueron los jefes revo­lucionarios durante las guerras civiles y, más tarde, los emperado­res. Durante el primer período del Imperio, el conflicto con el Senado transfirió al Emperador vastos dominios de senadores con­denados o ejecutados, hasta que, poco a poco, el Emperador llegó a ser propietario de una erran parte del suelo africano. Como es natural, surgieron centros habitados en esos dominios imperiales. Los esclavos vivían cerca de la casa del propietario o de su agente; a ellos se unieron los arrendatarios que cultivaban esa parte del fundo. Primero nació una aldehuela, luego un pueblo, a veces de tales dimensiones que podía aspirar a convertirse en ciudad. En cada pueblo surgió una aristocracia propia. Los emperadores, que no hacían diferencia alguna si los ingresos obtenidos lo eran en concepto de rentas o de impuestos, solían convertir parte de sus dominios en territorios urbanos y a una ciudad ocupada por sus arrendatarios, en municipium.

Tenemos menos datos acerca del desarrollo de las provincias del Danubio. La población de esas provincias se componía de ili­rios y celtas en el oeste, cerca del Adriático, y de tracios en el este, hacia el Mar Negro. La evolución de la costa adriático-iiírica fue semejante a la de España y Galia. Iliria fue una de las prime­ras provincias romanas. Ya existían ciudades griegas antes de que vinieran los romanos y las ciudades fortificadas primitivas se con­virtieron muy pronto, bajo la influencia romana, en ciudades re­gulares. Fuera de los territorios urbanos, la vida era tribal y la transformación de los territorios tribales en urbanos se hizo con lentitud. Parece haber sido una peculiaridad de las tribus tracias que vivían en aldeas, cuya población poseía en común, probable­mente, la tierra que se cultivaba. En todo caso, después de que los romanos conquistaron los distritos habitados por esas tribus, la forma predominante de poblado era la aldea, cuyos habitantes po­seían la tierra perteneciente al pueblo y la cultivaban. Aquí no encontramos huellas de una clase superior de propietarios como la que hallamos en Galia. En la frontera oriental de esas provin­cias, en la costa occidental del Mar Negro, ya existían, desde mucho tiempo atrás, prósperas ciudades griegas con extensos te­rritorios. Una larga paz produjo sus efectos y, así, incluso en las provincias tracias, muchos pueblos se transformaron en ciudades y recibieron el título y categoría de municipium romano.

Esta gradual conversión de las provincias romanas de Europa Occidental en una red de territorios urbanos y su paulatina roma­nización por influencia de la vida urbana no habría sido posible de no haberse dado una condición. Todos esos territorios estaban rodeados de una serie de fronteras militares que se extendían, en una línea ininterrumpida, desde el Mar Negro hasta el curso superior del Danubio y desde el Rin hasta el mar del Norte. Una frontera fortificada semejante defendía la Britania romana de la Escocia independiente y otra, la provincia de África, contra los nómades del desierto y las salvajes tribus montañesas de Marrue­cos; otra línea corría a lo largo del Eufrates y el borde del desierto de Arabia, en el este. Esas fronteras no eran una mera armadura para defender la civilización romana, sino que también servía para promover esa civilización en las partes más remotas de los domi­nios romanos.

Esas franjas de territorio romano a lo largo de la frontera constituían un mundo propio con una vida peculiar. Cerca de medio millón de hombres, jóvenes y hombres maduros, reclutados en Italia y las provincias para un servicio de veinte a veinticinco años, se establecían en diferentes puntos a lo largo de esa línea. Vivían en campamentos fortificados de diversas dimensiones; en las bases de más importancia para la defensa y el ataque se ha­llaban los cuarteles generales y el grueso de una legión, que con­tenía de cinco a seis mil hombres; los campamentos más pequeños estaban ocupados por un regimiento de caballería o de infantería, o por un regimiento auxiliar de ambas armas, cuyo número va­riaba entre mil y quinientos hombres; había puestos aún más pe­queños, en donde la frontera estaba defendida por destacamentos de legionarios o de tropas auxiliares.

La vida en esos campamentos era puramente militar, la vida de los soldados en el cuartel. Pero alrededor de ellos surgieron poblaciones conocidas con el nombre de canabae, habitadas por posaderos, bodegueros y traficantes en botín de guerra. También había mujeres, algunas casadas, regular o irregularmente, con sol­dados, acompañadas de sus hijos, porque aunque eran ilegales los matrimonios de militares, las autoridades los toleraban. Cuando un hombre había servido en el mismo lugar durante cierto número de años y formado lazos allí, era natural que perdiese contacto con su propio país y prefiriera, al ser licenciado, pasar del campa­mento militar a las canabae donde estaban su esposa y sus hijos. Allí podía abrir una tienda o trabajar una parcela en la vecindad, si se la había concedido el comandante. De este modo, las canabae se transformaron en aldeas y éstas en ciudades. Tal es el origen de grandes ciudades situadas junto al Rin y el Danubio: Colonia, Maguncia, Estrasburgo, Viena, Budapest.

Estas ciudades se convirtieron en importantes mercados fron­terizos y en centros de grandes territorios romanizados. Por sus calles y tiendas pasaban, en tiempos de paz, gentes de las aldeas vecinas y también comerciantes de distritos, cercanos y remotos, habitados por tribus independientes: germanos, británicos, iranios y celtas. Algunos de esos visitantes pasaban largas temporadas en ésos centros de civilización, en donde aprendían a hablar latín o en Oriente, griego, adquirían cierto barniz de cultura y conocían mejor a sus enemigos. Luego volvían a la patria con nuevos há­bitos e ideas y, de esta manera, contribuían a la difusión gradual de la civilización grecorromana.

La vida era más complicada en el Oriente. El Imperio Roma­no no introdujo nada nuevo en Grecia, salvo empobrecimiento, quiebra y paralización de la actividad política independiente. Gre­cia siguió como antes: un país compuesto de miríadas de ciu­dades. El Imperio tampoco significó un gran cambio en Asia Me­nor y Siria, en donde los conquistadores encontraron un antiguo y sustancial armazón de sociedad civilizada ya en existencia y no intentó alterarlo; todo cuanto hicieron fue extender las institucio­nes municipales en los territorios incluidos en las monarquías orientales. Hallamos, pues, allí los tres tipos de comunidades que ya existían: la ciudad griega, el templo grecooriental o puramente oriental, que poseía tierras, esclavos y siervos y, por último, gran número de distritos extraurbanos, habitados por siervos y que pertenecían al propietario del Oriente, es decir, al emperador ro­mano, heredero de los reyes orientales y helenísticos. Sin embargo, en Siria y Palestina, el campesino típico no era siervo ni esclavo, sino un propietario libre, un campesino común. Los romanos acep­taron del pasado esta triple división y la mantuvieron con algunas modificaciones parciales. Había pocas colonias romanas en Oriente y el elemento romano que contenían se helenizó con rapidez. Du­rante el gobierno romano, como antes con los reyes helenísticos, muchos de los templos se convirtieron en ciudades griegas o semi-griegas, y muchas aldeas, en ciudades. La lengua griega penetró algo más en la masa de la población. Pero Oriente todavía era Oriente, con sus propias costumbres y concepción del mundo y con su propia vida característica. No es, pues, sorprendente que vol­viera con mayor rapidez que Occidente a las condiciones orientales puras bajo el gobierno de sus amos posteriores, persas, árabes y turcos.

Tampoco hubo cambios fundamentales en la vida peculiar de Egipto. En lo esencial, siguió como en la época de los Ptolomeos. El emperador romano era el señor y dueño absoluto del país, en su carácter de heredero de los faraones y los Ptolomeos. Durante el Imperio, apenas surgió alguna ciudad de tipo griego. Alejandría continuó siendo la única ciudad digna de ese nombre. Siguió pros­perando y se convirtió en la segunda del Imperio, enorme centro de comercio e industria. La ciudad griega de Ptolomaida, fundada por los Ptolomeos, conservó su gobierno autónomo griego, pero apenas podía distinguirse de las otras aldeas que pasaban por ciudades en este país. A imitación de Ptolemaida, Adriano fundó Antinóopolis, con una población griega y un gobierno municipal también griego, en memoria de su favorito Antínoo, que se ahogó en el Nilo. Pero aparte de esas ciudades griegas, el resto de Egipto con­servó sus propias costumbres inmemoriales; existían aldeas más o menos grandes en los centros administrativos de los nomos en que se dividía el país, esos nomos que habían sido otrora Tebas, Menfis y Sais, las arrogantes y espléndidas capitales de los faraones.

Un rasgo notable de Egipto durante la dominación romana es el rápido crecimiento de una clase que ya existía, constituida por propietarios rurales, comerciantes, manufactureros y contra­tistas, procedentes, en su mayoría, de otras partes del imperio. El gobierno romano favoreció el desarrollo de esta clase y abrió un amplio campo para sus actividades mercantiles, al limitar el con­trol estatal del comercio y cederles los numerosos monopolios crea­do por los Ptolomeos. Esta nueva clase media vivía en las ciudades mencionadas con anterioridad o en las aldeas, en particular las más populosas, que habían sido centros de los nomos egipcios.

Acostumbradas a vivir en una ciudad y con las exigencias de una existencia civilizada, esta clase media remodeló las aldeas y poblaciones egipcias para acomodarlas a sus propias necesidades y las convirtieron en conglomerados del tipo urbano que era general en Grecia. Pero, incluso en la época romana, eso no era más que una gota de agua en un cubo. Todos vivían a costa de la población nativa, es decir, de los fellabs. La mayoría de éstos residía en las tierras pertenecientes al Estado o a particulares, pagaban las ren­tas al Estado, o al amo, es decir al Emperador, entregaban al Estado parte considerable de sus utilidades en forma de impuestos y continuaban creyendo en sus propios dioses y edificando templos para celebrar su culto. Algunos ascendieron en la escala social, se helenizaron, tomaron nombres griegos y se casaron con los inmi­grantes. Pero la masa del pueblo siguió viviendo bajo los romanos del mismo modo en que había vivido bajo los faraones y los Ptolomeos.

 



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