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La dinastía Julio-Claudia
M. Rostovtzeff

En el libro ROMA De los orígenes a la última crisis. Eudeba.

Augusto murió en el año 14 d. C. después de gobernar a Roma por más de cuarenta años de paz. Consideraba que el principado sería una institución permanente y no un arreglo temporal que debía acabar al mismo tiempo que su propia vida; quería que su poder fuera hereditario. Como su salud era precaria y sufría mu­chas enfermedades, Augusto siempre tuvo la precaución, a lo largo de su reinado, de mantener a su lado a alguna persona a quien trataba como heredero; lo señalaba como tal al darle participación en el poder proconsular e investirlo con la inviolabilidad de un tribuno. El primero de ellos fue su sobrino Marcelo, que se casó con la hija del Emperador, Julia; pero era un joven enfermizo y murió en el año 23 a. C. Su segundo heredero y presunto sucesor fue Agripa, que también se casó con Julia a la muerte de Marcelo. Agripa cedió el sitio a Gayo y a Lucio, los hijos que tuvo con Julia. Pero también éstos murieron jóvenes. Hacia las postrimerías de su vida, Augusto se vio obligado a adoptar, contra su voluntad y por influencia de su esposa Livia, al único miembro de su familia que reunía las cualidades precisas para tomar sobre sus hombros la carga del gobierno. Éste era Tiberio Claudio Nerón, el hijo que Livia había tenido con su primer esposo. Su hermano, Druso, muerto en el año 9 a. C, durante la victoriosa campaña en Ger­mania, había dejado un hijo, Germánico, un joven de gran por­venir, que Tiberio adoptó a petición de Augusto. De esta manera, el Emperador trataba de procurar que a la muerte de Tiberio, que tenía más de cincuenta años el 14 d. C, la sucesión no pasara al hijo de Tiberio, Druso, sino a Germánico.

La autoridad personal de Augusto, unida al sentimiento uni­versal de que la existencia del principado era indispensable para el mantenimiento de la paz y el orden, fueron los factores esen­ciales que permitieron a Tiberio encargarse del poder sin resisten­cia alguna. El ejército lo reconoció como Emperador y le juró obediencia inmediatamente después de la muerte de Augusto. Más tarde, el Senado le confirió todos los poderes especiales que habían hecho de Augusto el señor del Estado. A partir de ese momento hasta el suicidio de Nerón, el trono fue ocupado por miembros de la casa Claudia; los dos primeros fueron adoptados por los Julios. Tácito, el último gran historiador romano, nos describe en sus Anales la transferencia de poder de uno a otro miembro de esta familia, los rasgos personales de cada uno y los incidentes de su reinado. Sus Historias nos pintan la caída de ese poder y el tiempo de confusión que terminó con la subida al poder de otra familia, los Flavios, que tampoco dejaban de tener cierto paren­tesco con Augusto. Es asombroso el genio de Tácito y su capa­cidad de penetración en las mentalidades de los diversos gober­nantes y de las personas que rodeaban el trono. Los que deseen conocer los caracteres de los sucesores inmediatos de Augusto pueden y deben leer todo cuanto queda de esas dos obras. Cuanto se ha escrito más tarde sobre esta época, sea obra de historiadores antiguos o modernos, es un descolorido reflejo de su genio o ex­tractos áridos e inanimados de sus escritos.

No se puede afirmar que las condiciones en que vivieron los sucesores de Augusto fueran favorables. Todos comprendieron que, si gobernaban, era simplemente por ser los herederos de la popu­laridad, la autoridad y la divinidad de Augusto, y no a causa de sus propios méritos o por servicios prestados al país. Ninguno de ellos poseía genio o encanto personal. Su parentesco con Augusto era lo único que podían alegar para ocupar el cargo de que disfru­taban. Tiberio era un competente general del antiguo tino romano, estricto, metódico y sinceramente entregado a su país. Las mismas virtudes mostró como estadista y gobernante. Pero carecía de la energía creadora que inspiraba todos los actos de su predecesor. Tampoco poseía ese notable don de Augusto para entenderse con otros hombres, fascinarlos, lograr que le sirvieran y escoger con acierto las cabezas más claras para su servicio.

Calígula sucedió a Tiberio y reinó desde el año 37 al 41 d. C. Hijo de Germánico, se había criado en un constante temor por su vida, rodeado de intrigas palaciegas y en compañía de príncipes helenísticos, jóvenes y corrompidos, que residían en Roma como rehenes o para hacer valer sus aspiraciones a algunos de los tronos de Oriente. Como sobrevivió a todos sus hermanos, Calígula fue el único miembro (por adopción) de la familia Julia que quedaba vivo a la muerte de Tiberio. El ascenso al trono trastornó su ca­beza, que ya era bastante débil de por sí. Su breve reinado dio pruebas definitivas de su desequilibrio mental.

Claudio sucedió a su sobrino Calígula y reinó desde el 41 al 54 d. C; su padre Druso, hermano de Tiberio, murió durante el reinado de Augusto. Nunca perteneció a la familia Julia y no esperaba subir al trono. Pero cuando unos pocos conspiradores acabaron violentamente con Calígula, la guardia pretoriana proclamó Emperador a Claudio, a falta de otro mejor. Sus actos

mostraron el sentido ce1 deber y e! tradicional patriotismo do la familia Claudia, pero, débil de cuerpo y de espíritu, pronto se con­virtió en un simple instrumento de sus esposas, Mesalina y Agripina, y de sus libertos.

Nerón, el último emperador emparentado con Augusto, reinó desde el 54 al 68 d. C. Su madre fue Agripina, hija de Germánico y segunda esposa de Claudio. Nerón era hijo de aquélla y fruto de su primer matrimonio con Cneo Domicio Ahenobarbo. Tenía grandes dotes y un carácter sumamente contradictorio. También la forma de ascender al trono fue irregular; lo consiguió gracias a la ambición ilimitada de su madre, que no vaciló en envenenar a Claudio. Para conservar el poder, Nerón se vio obligado a ase­sinar a su hermanastro y a su madre.

Tales eran las condiciones en que subían al trono los sucesores de Augusto. Ninguno de ellos estaba convencido de su derecho a ocupar ese puesto supremo. Todos vivían a la luz cada vez más débil del encanto que ejercía el fundador de la linea. Así se ex­plica que el mayor cuidado de los emperadores del siglo I fuese asegurar su posición. Todos temían a rivales cuyos derechos eran iguales o superiores a los suyos. Todos estaban asustados ante el espectro, un espectro en verdad, ya que no tenía sustancia alguna, de un Senado que volviera al poder. Por eso, sus vidas están lle­nas de intrigas palaciegas en las que las mujeres, más ambiciosas y capaces que los hombres, desempeñan un papel decisivo. Las conspiraciones, reales o imaginarias, son constantes y dan lugar a crímenes, cometidos a veces por los emperadores, aunque otras se los atribuyen los cientos de murmuradores que pululan por Ro­ma, la capital del mundo, en ¡a que la persona y la familia del gobernante constituyen el centro de mayor interés.

Todos esos emperadores no solo temían a sus rivales per­sonales, sino también los intentos del Senado para reafirmar de nuevo su poder. El Senado continuaba siendo una institución te­mible e impresionante; no se puede negar que algunos senadores todavía alimentaban la esperanza de recobrar su antigua posición, pero es indudable que, en tanto cuerpo, no hizo nada para preparar esa resurrección. Unos pocos confiaban en que algún día llegaría a recobrar su fuerza, pero la mayoría era escéptica y no dio un solo paso en ese sentido. Sin embargo, los gobernantes estaban tan inquietos que cualquier signo de oposición en el Senado se exa­geraba enormemente y cada conspiración, real o imaginaria, mo­tivaba una matanza sistemática de los más eminentes miembros de la aristocracia. De ese modo, las más nobles familias se fueron desvaneciendo, una tras otra, de la escena y llevaron consigo los sueños de restaurar la antigua constitución con el Senado a la cabeza.

La atmósfera que rodeaba a estos príncipes se hallaba im­pregnada, sin duda alguna, de culpa y crimen. Tiberio, el mejor de los cuatro, estaba ya amargado y deprimido por la fría hosti­lidad de Augusto y se encontró, desde el comienzo mismo de su reinado, en una situación muy embarazosa. A su lado se alzaba la imponente figura de Livia, la viuda de Augusto, a la que él debía su ascenso al poder. La mayoría de los que habían ocupado cargos importantes en el reinado anterior y muchos aristócratas romanos le eran hostiles. Les desagradaba su orgullo, su reserva y su frialdad, y se negaban a reconocerle el derecho a gobernar. La oposición sabía que Tiberio no estaba muy dispuesto a relegar a su propio hijo, Druso en favor de Germánico, a quien se había visto obligado a adoptar y, por eso, sus oponentes elogiaban a Germánico, general eminente, hasta hacer de él un ser casi sobre­humano. La vida en la corte se hizo casi irrespirable cuando Ger­mánico murió en Oriente, a donde se le había enviado como gober­nador. Es muy probable que muriera de muerte natural, pero tal tipo de muerte en un joven era increíble para esa generación. La esposa y los hijos de Germánico, así como el pueblo de Roma, estaban convencidos de que había sido víctima de un crimen ma­quinado por Tiberio y Livia.

No es, pues, sorprendente que Tiberio se fuera de Roma, en donde estaba rodeado de intrigas y odios, y que instalara su residencia en Capri. Desde allí, trató de gobernar el Imperio. El único hombre en que confiaba era Seyano. prefecto de la guardia pretoriana. Lo dejó en Roma como representante suyo y lo auto­rizó para que instalara sus hombres en cuarteles situados en uno de los arrabales, a fin de asegurar su posición. De este modo, Se­yano se convirtió en gobernante virtual de la ciudad. Entretanto, como cosa normal, continuaron sin interrupción las intrigas pala­ciegas y la rivalidad entre los parientes de Druso y de Germánico, hasta que Seyano decidió aprovechar esas querellas para satisfacer sus propias ambiciones. Esperaba suceder a Tiberio. Una serie de oscuros y horribles crímenes tuvieron lugar: la muerte de Druso, envenenado por su esposa, a quien Seyano había seducido; el aniquilamiento de los hijos de Agripina, uno tras otro: el des­tierro y muerte de la propia Agripina: por último, el descubri­miento de que Seyano estaba conspirando contra el Emperador, su ejecución y el subsiguiente período de confusión y horror que arrastró por igual a culpables e inocentes.

El caso de Tiberio es típico y se repitió en todos sus suceso­res. El loco Calígula vivía en constante temor de las conspiracio­nes y destruyó sin merced a todos los. que él temía. Fue tan lejos en sus decisiones que el pueblo romano llegó a sentir una verda­dera repugnancia por él. Educado entre jóvenes príncipes, vasta­gos de las familias reales autócratas del Oriente, exigía honores divinos y no solo se declaraba princeps, es decir primer ciudadano de Roma, al menos en teoría, sino "señor y dios" (dominas et deus); además, despertó la cólera popular cuando. introdujo en la corte costumbres orientales. Calígula mantuvo relaciones públicas con sus propias hermanas y proclamó a una de ellas esposa y dio­sa. No es, pues, de extrañar que pronto cayera víctima de una conspiración de los oficiales de la guardia pretoriana.

La misma atmósfera rodeaba a Claudio. Durante los cinco primeros años de su reinado solo fue un mero muñeco, al menos en sus relaciones con la aristocracia romana, manejado por Mesalina, su frivola y corrompida esposa. Sus libertos favoritos se oponían a Mesalina con todas sus fuerzas. Aterrorizado por el espectro de la conspiración y ante el temor de que Mesalina pusiera en el trono a Silio, uno de sus amantes, Claudio, presionado por sus libertos, consintió en dar muerte a Mesalina. Pero de inmediato pasó a ser otra vez un muñeco en manos de otra mujer imperiosa, su sobrina Agripina, cuya única razón para casarse con Claudio fue la de acabar con la vida de éste y poner en el trono vacante a su propio hijo, Nerón. El principado, cruel y terrible en los últi­mos años de Tiberio v de Calígula, bajo Claudio, no solo fue terrible sino también ridículo. Por último, vino Nerón. A su lado se alzaba, como constante amenaza a su poder, su hermanastro, el joven Británico, hijo de Mesalina y Claudio, y heredero legal al trono. Nerón inauguró su reinado con el asesinato de Británico. Luego, la imperiosa Agripina trató de dominar a su hijo, no menos imperioso, y de convertirlo en un instrumento entre sus manos. Una idea fija domina a Nerón: escaparse del control de su madre. Sus favoritos le animan en sus propósitos. Su segundo crimen es el cobarde asesinato de Agripina. Ahora gobierna solo, pero se siente obstaculizado por Séneca y Burro, que lo habían educado y deseaban guiar sus juveniles pasos. También los aleja, pero ahora se enfrenta con la hostilidad y el desprecio de los que le rodean. Las clases dirigentes de la sociedad se le oponen silenciosa pero tenazmente. Comienza un reinado de terror y la matanza de to­dos los que Nerón considera contrarios a su persona y a sus métodos de gobierno. El principado conserva su fuerza, pero aho­ra incita sentimientos de repugnancia y horror.


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El creciente disgusto suscitado por las extravagancias de la corte fortaleció a la oposición que, por una vez tuvo el valor su­ficiente no solo para morir sino también para asestar con valentía un golpe. Nerón, cuyo único apoyo era la guardia pretoriana, nun­ca se presentó ante los ejércitos en las provincias y las legiones estaban descontentas. La oposición aprovechó este hecho. Los ejércitos se hallaban informados de la conducta de Nerón y de los flagrantes ataques a la tradición romana, en especial de su pasión por el teatro, sus presentaciones en escena y su marcada preferencia por los griegos en detrimento de los romanos. Los generales con mando efectivo en el ejército, en su condición de legados del Emperador, ejercían poderosa influencia sobre las tro­pas. La rebelión armada contra el Emperador comenzó en Galia; su grito de guerra era: "¡abajo el tirano!" Los rebeldes querían entronizar a cualquiera que quisiera seguir el camino señalado por Augusto, conservando la forma constitucional que aquel empera­dor creó y actuando dentro de los límites de la constitución como un princeps. Ya no podían soportar por más tiempo al tirano, al "señor y dios". El nuevo gobernante no dejaría de ser constitucio­nal, porque estaría estrechamente relacionado con el Senado. El estandarte de la rebelión fue enarbolado por Víndex en la Galia. Las legiones de Germania aplastaron ese movimiento, por consi­derar que se dirigía contra Roma y no contra Nerón; pero tam­poco esas legiones deseaban que Nerón continuara reinando. Al final, el Emperador se vio obligado a suicidarse.

Surgió entonces el problema de la sucesión. ¿Quién iba a res­taurar la "libertad" que el tirano había suprimido, una persona nombrada por la guardia pretoriana o el comandante de un ejér­cito provincial? Al principio, pareció que prevalecerían las pro­vincias. Cuando Virginio Rufo, comandante de las legiones de Germania, se negó a reinar, el ejército de España proclamó empe­rador a Galba, y tanto los otros ejércitos como el Senado aceptaron la elección. Pero cuando se presentó en Roma, los pretorianos lo eliminaron, por temor a la pérdida de sus privilegios, y pusie­ron en el trono a Otón. Las legiones destacadas en Germania se rebelaron y proclamaron emperador a Vitelio. Éste se dirigió hacia Roma y venció a los pretorianos en las llanuras del norte de Italia. Pero entonces aparece un cuarto candidato, T. Flavio Vespasiano, hombrado por los ejércitos de Oriente. El ejército del Danubio se declaró en su favor y destronó a Vitelio. Vespa­siano vino a Roma y, gracias a su experiencia, sangre fría y firmeza, pudo fundar una dinastía que duró un tiempo considera­ble. Así acabó el año 69 d. C, el año de los cuatro emperadores; el principado triunfó una vez más como institución permanente, como idea, pero era claro que el príncipe debía ser un gobernante constitucional. Todavía no había llegado el momento propicio para un despotismo militar sin tapujos.

Este triunfo del principado como institución se expresó en ,. una ley especial propuesta por Vespasiano y aceptada por el Se­nado: la Lex de imperio Vespasiani o ley para definir las atribuciones de Vespasiano. Además, era más amplia de lo que indica el título. Era el primer intento para definir por escrito las rela­ciones entre el princeps y el Estado. No contenía nada nuevo. Vespasiano se limitó a reunir todo lo que ya había sido adoptavdo en la práctica por cerca de un siglo. En esta ley se enumeraban, uno tras otro, los derechos y deberes del gobernante, en los que Augusto había fundamentado su supremacía y que habían sido alterados en algunos detalles por sus sucesores. De esta manera, el turbulento "año de los cuatro emperadores", como nuestros tratadistas han llamado al año 69 d. C, no condujo a una tiranía militar ejercida por un favorito de los soldados, sino al restable­cimiento del principado tal como lo había ideado Augusto.

Durante los cien años que separan a Vespasiano de Augusto, el principado como tal había conservado inconmovibles sus fun­damentos esenciales. Salvo el intento de Calígula de convertirlo en una monarquía absoluta, todos los emperadores siguieron con firmeza la política de Augusto en los asuntos interiores y exte­riores. Cuando Tiberio transfirió al Senado la elección de magis­trados, que había sido antes potestad de la asamblea popular, ese emperador no hizo otra cosa que llevar a término un proceso, iniciado por Augusto, por el cual la asamblea del pueblo perdía toda su importancia política. En el remado de Claudio, sus li­bertos eran los funcionarios civiles que gobernaban el Imperio y la creciente importancia que alcanzaban esos funcionarios era consecuencia natural del control que los emperadores ejercían sobre los asuntos públicos. Del mismo modo, la influencia per­sonal del gobernante en los asuntos tendía a concentrar la admi­nistración de la hacienda pública en sus manos o en las de sus funcionarios, caballeros o libertos, que eran sus subordinados personales. Pero ese control iba perdiendo gradualmente su ca­rácter personal y se convirtió, poco a poco, en una parte de la maquinaria gubernamental. La línea divisoria entre la propiedad privada del gobernante y la del Estado se debilita y oscurece cada vez más.

También la política extranjera iniciada por Augusto se man­tuvo con firmeza. Las circunstancias habían hecho que Augusto adoptara una política defensiva en las fronteras —en Germania, el Danubio y el Eufrates— y la misma política siguió resuelta­mente su sucesor, Tiberio. Trató de crear una fuerte frontera militar con una cadena de legiones y fuerzas auxiliares, capaces de atacar y de defenderse en cualquier momento. Ni Tiberio ni sus sucesores intentaron ganar territorios en Germania. El plan de una frontera en el Elba que Augusto había concebido terminó por ser abandonado, pero Germánico mostró el poder de las armas. romanas mediante varias campañas en el interior de Germania.

La diplomacia de Tiberio supo sembrar la discordia entre las tri­bus con tanto ingenio que ahora resultaba imposible una alianza general al mando de un solo jefe, como la que anteriormente había formado Arminio con alguna fortuna.

Tiberio y sus sucesores mantuvieron en el Danubio la misma política. Allí, la frontera estaba unida con la del Rin mediante la nueva provincia de Retía (de la que formaba parte la actual Suiza) y con Macedonia, incluido el reino tributario de Tracia entre las provincias romanas. La primera de esas medidas fue tomada por Tiberio y la segunda la llevó a cabo Claudio. Entre Grecia y Dal­macia (antes Ilírico) se formó, durante el reinado de Nerón, la nueva provincia de Epiro. En tiempos de Claudio, una flota y un ejército romanos se presentaron por primera vez en Crimea en apoyo del reino del Bosforo y de la ciudad de Quesorneso, en la contienda con sus vecinos escitas y sármatas, que eran iranios, y para luchar contra los piratas que infectaban el Mar Negro. En el Norte, Claudio comenzó la conquista de Britania con el objeto de incluir a todos los pueblos celtas en el Imperio romano.

En el Oriente, durante el siglo I d. C, la situación era más complicada. El objetivo de los emperadores romanos en ese sector era reforzar la frontera del Eufrates. Para alcanzar esa finalidad, era fundamental introducir orden y uniformidad en la organiza­ción de las posesiones romanas en Asia Menor y Siria. Ambos territorios se iban transformando gradualmente en una serie de provincias romanas y los restantes reinos tributarios se convirtie­ron en posesiones romanas. Esa política se llevó a cabo con particular energía en tiempos de Claudio y Nerón, y condujo, durante el reinado del último emperador, a un conflicto largo y sangriento con Judea. La conquista de Judea fue realizada por Vespasiano y, una vez que éste fue proclamado Emperador, por su hijo Tito. Hubo una larga guerra coronada por la victoria en Armenia, en donde el general de Nerón, Corbulón. demostró sus brillantes dotes bélicas. En las postrimerías de su reinado, Nerón pensó en realizar un vasto plan que probablemente César había concebido ya: anexar toda la costa del Mar Negro y convertir a Armenia, Georgia y Crimea en provincias romanas. En el año de su muerte, estaba preparando un gran ejército para esa cam­paña. El plan de Nerón fue abandonado por Vespasiano, cuya política oriental se concentraba en la creación de una frontera militar verdaderamente fuerte contra Partía. Armenia, Georgia y el Bosforo continuaron siendo reinos vasallos.

Por último, en África, el objetivo principal era la seguridad de la frontera en las provincias romanas de África y Numidia, y en Mauritania (hoy Marruecos). Se necesitaba protección contra las belicosas tribus que ocupaban las llanuras del sur de la provincia de África o las montañas del Aurés y Marruecos. Esos enemigos fueron aniquilados mediante continuas expediciones y sus tierras pasaron a ser, poco a poco, provincias romanas. La frontera sur del imperio avanzó hasta los bordes del desierto y, en el oeste, Claudio anexó la provincia de Mauritania.

Fue de suma importancia la obra que realizaron los empe­radores al reglamentar el gobierno de las provincias imperiales y senatoriales, en particular estas últimas. Por una parte, se re­forzó el control personal del gobernante por medio de sus agentes financieros; por otra, las reuniones de representantes de las diver­sas ciudades, que se efectuaban para rendir el culto debido al Emperador, permitieron elevar quejas ante el Emperador y el Senado de Roma en caso de que los gobernadores abusaran dé sus atribuciones, Un tercer punto de gran importancia es la desaparición gradual de las compañías arrendatarias que se ocu­paban de la recaudación de los impuestos directos e indirectos. Su lugar fue ocupado por funcionarios imperiales o procuradores, que actuaban en nombre del Emperador, tanto en las provincias imperiales como en las senatoriales. Todos esos hombres, salvo los que desempeñaban funciones elevadas, eran esclavos o libertos imperiales; tenían sus oficinas centrales en las capitales y otras, secundarias, en las pequeñas localidades. Todos estos hilos de la organización financiera se juntaban en la tesorería personal del Emperador, de la que ya hemos hablado. De esta forma, la admi­nistración financiera del Imperio se fue convirtiendo, poco a poco, en una elaborada máquina financiera que los emperadores dirigían desde el centro. El Senado tenía poco que ver con el gobierno del Imperio, salvo la administración de los asuntos de Italia: podía recomendar al Emperador candidatos para los gobiernos provin­ciales, investigar quejas elevadas contra esos gobernadores, alterar leyes que afectasen a las provincias senatoriales y examinar algu­nos problemas de política exterior o provincial, cuando el Empera­dor los pusiera bajo su consideración.

Esta maquinaria administrativa funcionaba con suavidad y firmeza; la política exterior de los emperadores era coherente y la defensa de las fronteras, firme. Se prestó especial atención a la seguridad y conveniencia de las comunicaciones a través del Im­perio, mediante la construcción de flotas armadas para la vigilan­cia de los mares y la extensión de la red de caminos militares. Todo eso produjo un fuerte impacto en la imaginación popular. Los hombres no sentían inquietud ante el mañana, porque creían que el estado actual de cosas era seguro y permanente; convenci­dos de que el sistema planeado por Augusto respondía a sus obje­tivos, estaban dispuestos a apoyarlo por todos los medios. El resultado de esa convicción fue el extraordinario aumento de la actividad en todas las ramas de la vida económica e intelectual. El efecto se evidenció en la vida intelectual y en el arte. En el mundo antiguo nunca se había extendido tanto como en ese momento el interés por la educación. En Oriente y Occidente, miles de escuelas enseñaban a los niños de las ciudades latín o griego, y algunas, en particular en Occidente, ambas lenguas. Obras que acababan de publicar los libreros de Roma se conocían inmediatamente en España, Galia y África. Todos los hombres educados de Occidente conocían los nombres de los grandes es­critores del Oriente, de los principales hombres de ciencia, pro­fesores y filósofos. A pesar del empleo de dos lenguas, la cultura del Imperio se fue haciendo cada vez más uniforme. Italia era todavía el centro principal de la producción literaria. El Oriente aún no había tenido tiempo para recuperarse de los daños de las guerras civiles, aunque también allí se observaban signos de un renacimiento. Uno de los principales hombres de letras de esa época fue Dión, nativo de Bitinia, orador, filósofo y político; se lo llamó Crisóstomo, "pico de oro", y tuvo una participación muy activa en la resistencia contra Domiciano. El Occidente produjo una sucesión regular de grandes poetas y prosistas. Séneca, el tutor de Nerón, poeta, filósofo y publicista, Persio, el satírico, Lu­cano, el autor de un poema épico sobre la guerra civil, condenado a muerte por Nerón, Petronio, otra víctima de Nerón, aunque antes había sido su favorito, elegante y cáustico escritor, y agudo ob­servador de la vida cotidiana, todos ellos se leían con gran interés en todo el Imperio. Los poetas más importantes del período flavio, Marcial, el epigramista, y Estacio, el poeta épico, comenzaron a ser famosos. Esa literatura pertenecía por entero a los tiempos presentes, se basaba en tópicos del día y, a menudo, de la hora, evitaba los asuntos serios y abstrusos, salvo la filosofía, retrataba el lado peor de la vida, pero soslayaba toda investigación profunda de los problemas sociales y morales, era viva, elegante, de forma perfecta y se adaptaba completamente a los gustos de sus lectores. Por desdicha, no sabemos casi nada de las obras históricas de ese período que expresaban los sentimientos oposicionistas de las clases superiores, porque casi todas fueron destruidas por el temor exagerado y la ciega vesanía de los gobernantes. Sin embargo, aún se puede oír el eco de todo eso en muchas páginas de Tácito. Tácito, gran historiador, con un profundo conocimiento de la na­turaleza humana, nos ha legado una maravillosa galería de retratos característicos: los emperadores, sus familias y las más eminentes figuras de la alta sociedad del siglo I d. C. Tácito es el último gran escritor romano. Su estilo, tajante, lleno de brillantez y atormentado, refleja con fidelidad los sentimientos de la alta clase senatorial a la que pertenecía.

También en el arte, en particular en la gran arquitectura im­perial iniciada por Augusto, hubo un extraordinario florecimiento en este período. En Roma, Italia y las provincias, se alzaron una serie de construcciones. Mencionaremos, en especial, las monu­mentales thermae o baños públicos de Nerón y Tito, con sus vastos vestíbulos y lujosas columnatas, enormes cúpulas y techos above­dados, mientras que la disposición interior es extraordinaria por la generosidad de su diseño y la brillantez de su colorido. El Co­liseo, el noble anfiteatro de los Flavios, tiene fama universal. No menos notables son los numerosos arcos triunfales, cubiertos todos ellos con relieves históricos y alegóricos y coronados con la esta­tua de un emperador a caballo o conduciendo un carro de guerra. Esos relieves indicaban el objetivo principal del monumento y, al mismo tiempo, representan un gran progreso en la perfección artística. Constituyen la mejor prueba de la maestría que alcanzó la escultura en el siglo I d. C. El relieve se convierte, por primera vez, en una verdadera pintura, llena de vida y movimiento. La distribución de las figuras en los diversos planos, el realismo y la variedad de los agrupamientos, los juegos de luz y sombra, todo eso da al relieve una expresión que contrasta con la fría y monóto­na solidez del período primitivo. Basta comparar la escultura del Altar de la Paz, de la que ya hablamos anteriormente, con los arcos triunfales de Claudio y, más aún, con los de los emperadores Flavios. Los relieves del Arco de Triunfo de Tito, en los que se representa una procesión triunfal después de la conquista de Judea se pueden considerar como las más altas realizaciones del arte imperial romano.

 





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