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Roma, Italia y las provincias en el siglo I a. C
M. Rostovtzeff

En el libro ROMA De los orígenes a la última crisis. Eudeba.

En los capítulos precedentes, se ha expuesto la historia política de Roma en la época de los Gracos y después de su muerte. Resumamos brevemente los hechos. El sistema senatorial de gobierno fue atacado por una serie de políticos revolucionarios, con un programa definido según el cual se transfería todo el poder a la asamblea popular, se redistribuirían las tierras y se extenderían los límites de la ciudadanía. El último punto de este programa fue el único que se llevó a cabo con cierta amplitud y después de una guerra cruel: la totalidad de Italia fue admitida en el cuerpo de los ciudadanos romanos. Los otros dos puntos condujeron a prolongados conflictos políticos, en los que se acabó por olvidar su verdadero sentido. Roma se dividió en dos campos: los partidarios del Senado y sus enemigos. Entretanto, se hizo más necesaria la reforma constitucional a medida que crecía la importancia del Esta­do. La cauta política del Senado, que veía con recelo la anexión de nuevas provincias, dio lugar, en el siglo II a. C. a la política egoísta de los grandes propietarios y, luego, en el siglo siguiente, a una política francamente imperialista que era llevada a cabo tanto por el Senado como por sus enemigos, incluida la clase de los negociantes conocidos con el nombre de "caballeros".

Las dos clases superiores de la sociedad romana, los senadores y los caballeros, eran todopoderosas en las provincias. Los primeros gobernaban las provincias con poderes casi ilimitados y, a veces, eran culpables de desafueros escandalosos. El discurso de Cicerón contra Verres, el gobernador de Sicilia, describe uno de esos casos con vivos colores. La misión principal de los caballeros en las provincias era recaudar los impuestos y tributos, cometido que el Senado les había encomendado a través de los censores. En connivencia con el gobernador, sobornándolo, dándole participación en las compañías que formaban para recau­dar los impuestos, los caballeros pudieron oprimir a los provin­ciales y sacarles hasta la última gota de sus recursos. Era inútil elevar quejas a Roma. Alguna vez, como ocurrió en el caso de Verres, había un hábil abogado que estaba dispuesto a defender a los provinciales, si con ello podía aplastar a un adversario1 político o mejorar sus perspectivas personales. Pero en la mayoría de los casos, los tribunales, compuestos de senadores o caballeros o de ambos a la vez, pronunciaban un veredicto en favor del que más daba.

Otro escándalo del gobierno provincial consistía en las cuantiosas operaciones financieras de los capitalistas que prestaban dinero, a menudo con tipos de interés realmente usurario. Los préstamos se hacían por lo general, a las ciudades de Oriente, que los necesitaban para satisfacer la codicia de los recaudadores y de los gobernadores. A comienzos de las guerras civiles, esas ciu­dades ya se hallaban comprometidas sin remedio y cada aspirante a la supremacía en Roma les imponía contribuciones que las ciu­dades no podían pagar. Los capitalistas y banqueros romanos, senadores o caballeros, aprovechaban esas dificultades; estaban dispuestos a encontrar dinero, pero para eso pedían un interés exorbitante y todos los bienes de la ciudad debían servir de ga­rantía. Si la ciudad no estaba en condiciones de pagar, el acreedor, respaldado por el poder en Roma, exigía su dinero con la ayuda de la fuerza armada. No se trataba mejor a los reyes tributarios. El verdadero objetivo de muchas operaciones militares que se realizaban en Asia Menor era lograr por la fuerza el pago de una deuda. Era tan corriente el hecho de participar en los negocios de los recaudadores y prestamistas, que hasta hombres de elevadas condiciones, como, por ejemplo, Cicerón, persona de sólida reputación y excelente gobernador provincial, no sentía escrúpulos en comprometerse en esos apuntos. Bruto, el asesino de César, invirtió su fortuna en préstamos a ciudades a un interés del 48 por ciento.

La situación escandalosa de las provincias proveyó a los jefes demócratas, así como a los ambiciosos de poder, de un arma eficaz contra el Senado y el gobierno senatorial. Sin embargo, ni el triun­fo, del partido demócrata ni el éxito pasajero de jefes políticos in­dividuales trajo cambios de importancia. Los jefes demócratas y sus rivales dependían por igual, del ejército, y éste, constituido ahora por soldados profesionales, trataba de satisfacer, durante su servicio militar, su codicia, mediante botines y saqueos y, más tarde, cuando expiraba su período de servicio, con la obtención de tierras. La experiencia demostró que era imposible utilizar el ejército para llevar a buen término un programa político bien definido. El ejército apoyó a Mario, el demócrata, y a Sila, el aristócrata. La política le interesaba muy poco, pero insistía en que se le diera dinero y tierras. Ambas exigencias solo se podían satisfacer mediante guerras ininterrumpidas y la anexión de pro­vincia tras provincia. Por eso, Sila y Pompeyo, César, Antonio y Octavio, se vieron todos obligados a mantener una política im­perialista y a extender incesantemente los límites del Estado. To­dos ellos encontraron apoyo para esa política, sin tener en cuenta sus objetivos, entre la clase de los caballeros e incluso entre los propios senadores.

Además, el enorme crecimiento del Estado incrementó la im­portancia del ejército. Sin éste, el Estado romano se hubiera desplomado de golpe. Pero el ejército no obedecería a nadie, salvo que se le asegurara la victoria y tierras. Todo esto lo vieron con claridad los principales actores de la escena política. Únicamente Pompeyo trató de evitar esta conclusión lógica: quería que se lle­gara a un compromiso entre la constitución y la monarquía; de­seaba gobernar como el primer ciudadano romano y, además, gozar la confianza del pueblo. Pero fracasó en su tentativa y acabó por ser un instrumento de la constitución contra la cual estaba lu­chando, se vio obligado a defender al Senado contra César, un firme aspirante a la autocracia basada en la espada. César con­fesó con franqueza que debía el poder al ejército y éste fue el medio que Antonio y Octavio usaron para destruir el último in­tento del Senado para reafirmar su poder. Tanto Antonio como Octavio fundaron sus pretensiones al poder supremo en la sola fuerza militar. La debilidad militar de Antonio y su incapacidad para lograr nuevos reclutas de Italia zanjaron la disputa por la supremacía en favor de Octavio.

Ese mismo crecimiento del Estado, con la anexión continua de nuevas provincias y el aumento del número de reyes tributarios, iba mostrando, cada vez con mayor claridad, que el Senado era incapaz de encarar un problema que se estaba poniendo en pri­mer plano: el problema del gobierno para un Estado de alcance universal. El bienestar de Roma dependía de la prosperidad de las provincias e Italia, libre de impuestos salvo unos pequeños ingresos procedentes de las aduanas, consideraba las provincias como su apoyo principal. Pero las provincias, agotadas por se­nadores y caballeros, y tratadas por los jefes de la guerra civil como una fuerte de recursos pecuniarios, fueron perdiendo su prosperidad. El desarrollo económico de Occidente se detuvo y el Oriente se empobreció. Todo esto lo sabían a la perfección los hombres dirigentes de Roma. El punto central de las reformas de Sila era justamente esa cuestión, es decir, cómo se podía gobernar el Estado, y, más tarde, ese mismo problema constituyó la preocupación fundamental de César. Pero la cuestión era inso­luble si se mantenía el viejo orden y la antigua' constitución de Roma como ciudad-Estado. La única salida posible era la adopción de una nueva forma de constitución, pero, debido en parte a la excesiva importancia del ejército y de sus jefes y en parte también, a la repugnancia de los ciudadanos romanos e itálicos a renunciar a su posición predominante en el Estado, la única solución posible era una constitución basada en el poder militar de un individuo, cosa que significaba en la práctica un sistema monárquico.

El siglo I a. C. fue, pues, una época de transición, en la cual se resquebrajaba y decaía la vieja ciudad-Estado en manos de dos clases privilegiadas, los senadores y los caballeros, y en la que iba cuajando un nuevo sistema monárquico. La concepción por la que lucharon los griegos y que se halla en la raíz misma de la constitución romana de los siglo IV y V a. C, esa concepción de una familia de Estados libres e independientes, iba siendo susti­tuida, poco a poco, por la antigua idea oriental de un Estado único universal, con una cultura uniforme y gobernado por un solo hombre.

Durante este siglo, los cambios en la vida social y económica de Italia no eran menos profundos que los políticos. La población rural, en particular, sufrió extraordinariamente por las guerras civiles. La política de los Gracos, que trataba de resucitar el viejo sistema de los pequeños propietarios, se intentó más de una vez en el curso de esas guerras, pero siempre fracasó. Las repetidas distribuciones de tierra entre los soldados licenciados no sirvió en absoluto para restaurar el viejo estado de cosas, aunque Mario y Sila, Pompeyo y César, Antonio y Octavio, todos tomaron ex­tensas disposiciones en ese sentido. Se creaban propietarios por millares y muchos perdían sus posesiones por las necesidades de los recién llegados. Sabemos muy poco en qué forma afectaron al campo esos continuos altibajos; pero sabemos lo suficiente como para justificar nuestra creencia de que no hubo una altera­ción radical en la agricultura itálica. Muchos veteranos, perdida la costumbre. del trabajo pacífico, quebraban y sus tierras pasaban a manos de los capitalistas. Otros conservaron sus tierras y des­plazaron a los propietarios anteriores o se incorporaron a la vieja clase media campesina que tomó la dirección en las ciudades pro­vinciales. Sea lo que fuere, lo cierto es que la entrega de tierras a los veteranos rio sirvió de obstáculo al crecimiento de las gran­des propiedades.

De este período, mucho más que de los anteriores, tenemos muchos testimonios acerca de las inmensas propiedades, tanto en Italia como en las provincias, que pertenecían a la aristocracia dirigente; esos dominios eran cultivados por esclavos o por arren­datarios que pudiéramos denominar siervos. He hablado ya de Sila y de sus cuarenta mil libertos. La familia de Pompeyo poseía tan vastas propiedades en Piceno que estaba en condiciones de reclutar todo un ejército entre sus propios clientes y libertos para apoyar a Sila contra los demócratas; Domicio Ahenobarbo, uno de los generales senatoriales, hizo lo mismo cuando César invadió Italia después de su ruptura con Pompeyo. Pompeyo no se jactaba en vano cuando dijo, en vísperas de la guerra con César, que le bastaba dar un puntapié para que surgieran del suelo legiones enteras. Al decir esto, no pensaba solamente en sus veteranos y sus hijos, que ahora eran sus clientes, sino en la multitud de arrendatarios de sus grandes propiedades itálicas. Aunque nunca fue considerado como un hombre rico, Cicerón poseía quintas y propiedades en muchas partes de Italia y, sin embargo, censuraba que se tomara la tierra como una inversión. Es cierto que las tierras no quedaban por mucho tiempo en las mismas manos; al ritmo de los cambios políticos, pasaban frecuentemente de uno a otro propietario. Pero, en conjunto, tendía a convertirse en un monopolio de algunos poderosos capitalistas.

Durante las guerras civiles, las grandes fortunas se hicieron aún más corrientes. Mario, Sila, César, Pompeyo, Antonio y Octavio se enriquecieron inmensamente, pero no solo ellos, sino también un vasto número de sus partidarios, algunos de los cuales fueron lo bastante hábiles como para conservar su dinero. La anarquía en las provincias y la incapacidad del gobierno central aumentaron las oportunidades para que los gobernadores prosperaran a costa de sus subditos. Finalmente, la conquista de Oriente por Pompeyo y la de Galia por César enriqueció a los generales y oficiales de ambos. Tomada en conjunto, la clase senatorial tendió a enriquecerse durante las guerras civiles y aumentó el número de grandes capitalistas que pertenecían a esa clase.

También la clase de los caballeros se enriqueció y, además, vinieron a sumarse a esa clase un buen número de nuevas familias. El título de equites ya no estaba restringido a las dieciocho cen­turias de caballeros inscriptos en el registro de ciudadanos para el servicio montado; lo disfrutaban todos los ciudadanos con plenos derechos cuyas propiedades se valuaran en no menos de 400. 000 sestercios. El número de personas que se hallaba en esas condiciones aumentó enormemente. Muchas personas, emprende­doras y sin escrúpulos, cuyos parientes, en muchos casos, eran todavía esclavos, habían hecho sus fortunas recaudando impuestos en las provincias, tomando en arriendo tierras públicas, prestando dinero en Italia y en el extranjero, abasteciendo y transportando ejércitos, construyendo barcos de guerra y de transporte, comprando botín de guerra, en particular ganado y esclavos, y adquiriendo tierras confiscadas y otras propiedades en Italia durante las matanzas y proscripciones.

La riqueza así adquirida se invertía en toda clase de empresas (comercio, industria, recaudación de impuestos), pero, en especial, en tierras, tanto' en Italia como en el extranjero. El amigo de Cicerón, Ático, se puede tomar como prototipo del caballero rico y respetado que había renunciado a la especulación. Su fortuna estaba invertida fundamentalmente en tierras situadas en Epiro y allí criaba ganado en gran escala. Hombre culto y amante de la literatura, invirtió parte de su capital en una em­presa editora. Fue el editor de Cicerón. El liberto de Sila, Crisógono, que se enriqueció con la proscripción y a quien Cicerón puso en la picota, puede servir como modelo de especulador rapaz y deshonesto.

En ese periodo, Roma era un enorme centro de negocios y servía como mercado de intercambio para todo el mundo. En el foro se hacían cuantiosos negocios, por ejemplo, el abastecimiento de cereal a Roma y la exportación de aceite y vino itálicos. Las acciones de las grandes compañías que contrataban la recau­dación de impuestos o el cultivo de fondos del Estado se compra­ban y se vendían, allí. Muchos ciudadanos romanos, en especial del sur de Italia, pasaban su vida en el extranjero: en Grecia o Asia Menor, África o Galia. Esos ciudadanos se dedicaban a negocios de todo tipo, en especial, al de préstamo de dinero y la compra-venta de esclavos. - En todos los grandes centros comercia­les e industriales de las provincias había cierto número de ciudadanos romanos que se hallaban unidos en una corporación propia y desempeñaban un importante papel en la vida comercial del lugar. Ya he mencionado anteriormente cómo Mitridates mató unos 80. 000 de esos comerciantes romanos, junto con sus empleados y esclavos, en Grecia y Asia Menor.


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El aflujo hacia Roma de capital del Oriente elevó la riqueza de la península a un nivel muy alto, que no fue afectado ni siquiera por los horrores de la guerra civil. M. Terencio Varrón, nacido en Reate, país sabino, amigo de Cicerón y también de César, escribió un tratado sobre agricultura, una obra seria y científica, para terratenientes y capitalistas romanos; en ese tratado, el autor hace una descripción entusiasta de Italia presentándola como el país más fértil y mejor cultivado del mundo. Ahora, como en los tiempos anteriores, eso se debía fundamental­mente a la explotación científica, obra de los nobles romanos e itálicos. El sistema era el mismo que en los tiempos primitivos. Los esclavos hacían la mayor parte del trabajo. Cada vez se daba mayor importancia al cultivo de la viña y el olivo, las frutas y las legumbres. Al cuidado de las aves de corral y a la cría de ganado. La mayor' parte del tratado de Varrón se dedica a estos asuntos. La caída de Cartago y el estado ruinoso del Oriente (del que nos ocuparemos más adelante), convirtió a Italia en el principal productor de vino y aceite y olivo para el mercado de Occidente. La mejora de los métodos que se aplicaron a los olivos y viñedos dio inclusive la posibilidad de exportar vino y aceite al Oriente, que antes había suministrado a todo el mundo esos productos. También se conseguían ganancias de las pequeñas concesiones de tierras en las que se producía principalmente cereal. Las florecientes ciudades de Italia, con un aumento continuo de población, exigían una inmensa cantidad de cereal. El grano importado de las pro­vincias no podía competir con el producto nativo, salvo en las ciudades costeras, porque los gastos de transporte por tierra eran excesivos.

Se ha afirmado que los pequeños propietarios fueron absor­bidos por los grandes porque los primeros cultivaban sobre todo cereal, cuyo precio bajaba constantemente a causa de las inmensas importaciones de las provincias. Es cierto que los pequeños campesinos perdieron sus bienes, pero no fue por la importación de grano provincial, sino por otras causas: el aflujo de dinero a Italia, el interés de los ricos en invertir su capital en tierras, su buena disposición a comprarlas a cualquier precio y las despiadadas confiscaciones con que los jefes de los ejércitos revolucionarios inundaban el mercado de tierras. Sí, en verdad, las guerras civiles acarrearon la ruina, sus víctimas fueron generalmente hombres con medios modestos o pequeños. Casi todas las personas de las que sabemos con seguridad que fueron arruinadas por las guerras civiles pertenecen al campesinado medio. Virgilio perdió su propiedad; era un pequeño propietario de Mantua, en el norte de Italia. Horacio también se quedó sin la suya por haber sido partidario de Casio y Bruto; sus tierras se hallaban cerca de Venusia, en los límites de Lucania y Apulia. Es indudable, pues, que muchos se arruinaron y se vieron obligados a trasladar su residencia a las ciudades, otros se convirtieron en arrendatarios de las tierras que habían poseído y, por último, algunos emigraron a las pro­vincias de Oriente y Occidente. Allí fueron todos los que consideraron que lo mejor era vender sus tierras de Italia y buscar su fortuna en el extranjero, en donde esperaban hacer una buena inversión de su capital y su trabajo.

El aflujo de capital explica asimismo la expansión de la in­dustria en Italia en los siglos II y I a. C. Algunos tipos de ma­nufactura habían florecido desde muy tempranos tiempos. Etruria * siempre había exportado gran cantidad de artículos de bronce; ya en el siglo IV a. C. la alfarería local del sur de Italia había desplazado a las vasijas importadas del Ática y ese tipo de manu­facturas aumentó enormemente. Capua primero y luego Arretio (Arezzo), en norte de Italia, suministraban a todo Occidente loza de barro. En el siglo I a. C, se estableció en el norte de Italia una gran manufactura de lámparas de loza. Hacía ya tiempo que se conocían las finas lanas de Apulia y ahora se hicieron famosas en todo el mundo, mientras que los ganados del norte de Italia suministraban una excelente lana para productos menos finos.

En cambio, las provincias se encontraban en condiciones mu­cho menos florecientes. En Occidente, África producía cereal en los vastos fundos de los nobles romanos, pero apenas otra cosa; España se estaba recuperando lentamente de las duras y continuas guerras, desde los tiempos de Viriato hasta Sertorio y desde la época del último al conflicto entre César y Pompeyo. Galia había quedado" arruinada, primero por la invasión de cimbrios y teutones y, más tarde, por las campañas de César en el centro y norte del país. Sin embargo, en este territorio se hizo sentir, por su cer­canía, la influencia de Italia, tan próxima y próspera. Toda Italia se había latinizado. La lengua de Pompeya era el oseo antes de la guerra social; en tiempos de Sila, el latín había desterrado al oseo. En la Galia cisalpina, la lengua celta se extinguió sin dejar huellas; todo el mundo hablaba y escribía latín. Virgilio, el mayor de los poetas latinos, era natural de Mantua; su rival, Horacio, había nacido en Venusia, en él sur de Italia. Italia, latinizada, comenzó a difundir la misma influencia entre las provincias occi­dentales. Allí se afincaron la cultura y la vida ciudadana latinas. En el siglo I a. C, la formación de colonias romanas y la inmigra­ción de itálicos al sur de España y la Galia convirtió a estas regio­nes en algo parecido a distritos de Italia. Esos itálicos llevaron con­sigo su capital nativo y su capacidad para los negocios. Los in­migrantes se interesaban vivamente por la vida económica de esos países y pusieron los cimientos para su futura prosperidad.

En el Oriente la situación difería bastante. La guerra contra Mitridates, las requisas de Sila y de los demócratas, la supre­macía marítima de los piratas de Creta y Cilicia, el poder de las grandes compañías recaudadoras de impuestos, la expoliación des­vergonzada de los banqueros romanos, la presencia en Grecia de los ejércitos de Pompeyo y César, el abierto saqueo de Bruto y Casio y, luego, de Antonio, todas esas causas, en fin, destruyeron la prosperidad de las regiones más ricas de Oriente. Las ciudades gemían bajo el peso de sus deudas y éstas crecían de una manera arrolladura. El único país que no estaba gravemente arruinado era Egipto, pero incluso éste había sufrido las consecuencias de las incesantes disputas dinásticas del sigla I a. C, la codicia de los amos romanos, los cuales adelantaban préstamos a las partes contendientes sin reparo y a interés exorbitante, y también el gobierno arbitrario de Antonio y Cleopatra. No es extraño que el Oriente estuviera empobrecido no solo desde el punto de vista económico, sino también moral. Sus mejores hombres habían emi­grado a Italia o a Occidente. El espíritu de los que se quedaron fue deprimiéndose cada vez con mayor intensidad; los hombres que habían perdido la esperanza en el presente y el futuro de este mundo buscaban consuelo en la religión y en las doctrinas semirreligiosas, semipolíticas que ofrecían la posibilidad de una vida mejor más allá de la tumba.

Esto explica el hecho de la desaparición casi total, en este período, del interés por el conocimiento y la investigación científica, y de la creencia en el poder creador de la razón humana. Los hombres se encerraron en sí mismos; reflexionaban sobre la perfección moral y la unión con Dios. Las escuelas filosóficas, epicúreas, estoicas y cínicas adquirieron mayor influencia y enca­bezaron el movimiento, que tenía como lema "desapego de la vida". Todos enseñaban la necesidad de la meditación interior, de la búsqueda de la satisfacción en uno mismo, de la visión de la vida mundanal como algo "indiferente". Cierto es que sus mé­todos diferían: el epicureismo se basaba en la visión puramente materialista de las cosas; el estoicismo relaciona la búsqueda de una vida interior con la religión; el cinismo se consagra funda­mentalmente a una crítica despiadada del hombre y de la sociedad. El último gran genio creador que el mundo griego produjo fue Posidonio, un griego-sirio de Apamea que pasó toda su vida en Rodas. Hombre de vastos conocimientos y aguda inteligencia, se destacó en casi todas las esferas del conocimiento. Era un excelente maestro de retórica; fue uno de los mejores historiadores de su tiempo y escribió una continuación de la obra de Polibio; en ciencia, hizo importantes descubrimientos originales, fundó la geografía física y económica, y escribió sobre las olas y los volcanes. Como etnógrafo, fue el primero que estudió el norte de Europa y a él le debemos nuestro primer conocimiento científico de esa región. Era famoso por sus dotes como matemático y astrónomo. Con todos esos conocimientos Posidonio combinó un profundo sentimiento religioso; creía en el espiritismo y la astrologia, así como en la posibilidad de la aprehensión mística. Cuando comparamos a Posidonio con un racionalista tan convencido como Polibio, nos damos cuenta del profundo cambio que había sufrido Oriente en el intervalo que media entre los dos.

A este respecto, en ese mismo período Italia presenta un cuadro muy diferente. Aquí creció una civilización vigorosa e independiente, una rama distinta del árbol helenístico. Ya hemos visto cómo la cultura griega inundó Roma en el siglo III a. C. y cómo el siglo siguiente le dio un aspecto latino. En el siglo I a. C, la cultura romana dejó de ser una cosa copiada del extranjero y se convirtió en algo verdaderamente nacional. Esto se ve con máxima claridad en la literatura. La literatura latina de esa época es más viva y más directa que la literatura griega del mis­mo tiempo. Entre los poetas encontramos a genios de la envergadura de Catulo, poeta lírico, Lucilio, satírico, y Lucrecio, poeta y filósofo. Esos hombres crearon el metro y el ritmo de la poesía latina, y el vocabulario poético. No inventaron nuevas formas líricas, pero pusieron en las formas tradicionales la brillantez de su genio juvenil. Lo mismo se puede decir de la prosa, cuyo principal creador fue Cicerón. Sus predecesores fueron los grandes oradores políticos de los ciento cincuenta años anteriores, los juristas que habían forjado la precisa terminología de la ley civil, y los historiadores, que habían celebrado el Estado romano y sus hazañas victoriosas. Cicerón utilizó lo que ellos habían hecho. Demostró la latente capacidad de la lengua latina para expresar matices de pensamiento, aunque fueran tan intrincados y difíciles como los de la filosofía griega, tan llena de sutilezas. Es notable el hecho de que, en ese tiempo, los mejores autores pertenezcan a la clase superior de romanos e itálicos y que los del sur de Italia, de humilde origen, que habían puesto los cimientos de la literatura latina, no tuvieran sucesores. Hay pocos hombres entre los más eminentes de Roma que no sean escritores. Sila escribe Memorias; César ha dejado los Comentarios en que describe sus campañas en Galia y la guerra civil; Cicerón era, a la vez, estadis­ta, abogado y hombre de letras. Se prestó una atención especial a la historia, como arma adecuada en las contiendas políticas y en la propaganda partidista. He hablado ya de la Guerra de Yugurta, de Salustio; el otro libro suyo que se conserva es una narración de la conjuración de Catilina, de estilo brillante y tan desprovisto como el primero de imparcialidad histórica y de método científico.

La ciencia llegó al mismo nivel que la literatura. Es verdad que los romanos no se cuidaron mucho de las matemáticas, la medicina, la fisiología, la astronomía, la geografía y las ciencias naturales en las que tantos descubrimientos hicieron los griegos; pero, en cambio, la gramática, la retórica, la arqueología, la jurisprudencia, la filosofía, la historia de la religión y de las leyes, todas esas materias fueron objeto de estudio por parte de los romanos bien educados. Las obras de M. Terencio Varrón, sometieron a un análisis cuidadoso el desarrollo de la literatura nacional, la religión y las instituciones públicas; Cicerón escribió un buen número de obras populares sobre filosofía y retórica. Lucrecio expuso la doctrina de Epicuro en forma poética. Pero, quizás, el monumento maestro del genio latino sea el pujante crecimiento de esa literatura jurídica que interpretaba la ley po­sitiva romana.

En cambio, se hizo muy poco en la esfera del arte. La escultura y la pintura griegas, y los productos del arte griego, en general, solían abundar en Roma; también en esta ciudad, los artistas griegos hicieron algunas de sus obras. Pero el arte romano estaba aún en pañales: era apenas el hijo recién nacido del Imperio. Los romanos contribuyeron al progreso del retrato realista, pero esto no se puede calificar de descubrimiento original; fue, más bien, un paso más en el camino que ya habían andado los pintores y escultores griegos. Tampoco la arquitectura dio señales de originalidad y se contentó con reproducir modelos helenísticos.

El aspecto general de la vida en Italia y, en especial, en Roma, era casi enteramente griego. El griego era la lengua de la alta sociedad; al menos para ser un señor elegante era indispensable conocer griego. Este aspecto externo de la vida lo conocemos muy bien gracias a las Cartas de Cicerón. Era una vida plena la que vivían las clases superiores romanas. Todo miembro de esas clases poseía un espléndido palacio en Roma, con una masa de esclavos domésticos y cientos de clientes; además, tenía dos, tres o más lujosas quintas en el campo, con parques y jardines; muchas de esas casas se construían a las orillas del mar. En la ciudad y en el campo se disfrutaba de una brillante vida social; había banquetes con música y danzas; se recitaban nuevas obras literarias; los filósofos u oradores de Grecia dictaban conferencias y, si el grupo era pequeño, se comentaban los rumores y los últimos escándalos. No se excluía a las mujeres e incluso representaban un papel importante en esas reuniones. Las charlas de ese gran mundo giraban en torno a asuntos de amor, sobre matrimonios y, aun más, sobre divorcios. La política estaba muy de moda. De vez en cuando, se cernía sobre ellos la nube negra de la guerra civil. Pero tan pronto como se alejaba, la vieja vida se reanudaba con todos sus intereses y seguía su acostumbrado ritmo. Las ciudades provinciales también trataron de seguir el ejemplo de Roma. En cambio, poco sabemos de la vida que hacían las clases inferiores, si bien es poco probable que fuera especialmente atrayente.

 





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