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Roma, el Oriente helenístico y Cartago en el siglo II a. C

M. Rostovtzeff
En el libro ROMA De los orígenes a la última crisis

Después de conquistar Cartago y de convertir a su rival en un aliado dependiente y vasallo, Roma ingresó en la familia de imperios helenísticos, que surgió a la muerte de Alejandro y que mantenía un equilibrio de poderes en Oriente desde mediados del siglo III a. C. Por la fuerza de las circunstancias, Roma se vio obligada a representar, en esta esfera, un gran papel que, a veces, fue decisivo. No tenía intereses directos, al menos apremiantes, en Oriente; no necesitaba el apoyo de ningún Estado helenístico para consolidar su Imperio en Italia y en Occidente. Sus acciones muestran que no existía una tendencia imperialista, es decir, una ambición definida de fundar un poder mundial tal como lo había sido el imperio de Alejandro Magno. Tal idea no se puede atri­buir ni siquiera a sus políticos en particular; todavía es menos probable que la política del Senado y de la asamblea nacional estuviese inspirada en motivos de deliberado imperialismo.

Para el Oriente helenístico, el surgimiento de Roma como poder imperial era un portento dentro de la historia política, con el cual tenían que contar todas las potencias existentes. La mayo­ría de ellas trató de utilizarlo como anzuelo. Indudablemente, ninguna creía que la interferencia iba a poner un fin inmediato y definitivo al equilibrio de poderes del mundo helenístico. Debe­mos recordar que para muchos Estados helenísticos ese equilibrio no constituía un ideal, sino un desagradable estado de cosas que era preciso tolerar. De hecho, solo los Estados que no podían exis­tir sin ese equilibrio le dieron su apoyo deliberado. Tal ocurría con las grandes repúblicas mercantiles de Rodas, Cízico y Bizancio, y las diminutas monarquías helenísticas, en particular, Pérgamo. Todas estas consideraban que su propia libertad naufragaría si cualquiera de las grandes monarquías se hiciera más poderosa. Los dos imperios más fuertes del Oriente, Macedonia y Siria, eran resueltamente hostiles al equilibrio de poderes. A principios del siglo II a. C, Egipto había perdido la mayoría de sus posesiones en el exterior y se hallaba gobernado por reyes débiles e incapaces.

Por consiguiente, ese Estado se inclinaba más a apoyar Jas condi­ciones existentes que a soñar en un dominio universal. Pero tanto Macedonia como Siria pensaban restaurar el imperio de Alejandro y combinar todo el mundo helenístico en una unidad política. Estas aspiraciones se discutían tenazmente, no solo por parte de los dos Estados mencionados, sino también en toda Grecia, en la que se podía ver claramente dos corrientes de opinión. Todos los griegos eran opuestos al dominio extranjero y a la "tiranía" macedónica. Pero una mayoría de ciudades-Estado, incluidas Ate­nas y Esparta, todavía acariciaban el viejo ideal de libertad para cada ciudad salvo, naturalmente, para las ciudades que dependían de ellas. Por eso, las dos confederaciones de ciudades y pueblos (la civilizada liga aquea y la semibárbara liga etolia) trataban de reunir a Grecia en un solo Estado, con el propósito fundamental de luchar contra los macedonios.

Como resultado de esas condiciones, las intrigas diplomáticas menudeaban en Oriente y para cada participante en el juego pare­cía tentadora la posibilidad de poner en la balanza las legiones romanas, cosa que, al parecer, estaba exenta de peligros. Esta nueva arma contra Macedonia y Siria fue bien recibida por Pér­gamo y Egipto, así como por Rodas y las ciudades griegas, y todos se apresuraron a iniciar relaciones amistosas con Roma. No se puede decir que Roma no tuviera interés alguno en los asuntos griegos. Macedonia se podía considerar como un vecino de Italia, ya que solo las separaban los Estados de Iliria, las ciudades griegas de la costa adriática y las islas jonias. Además, Roma recordaba que Filipo V, rey de Macedonia, había tratado de utilizar para sus propios fines los fracasos de Roma al comienzo de la lucha contra Aníbal, de forma que, en el año 205, se había visto obligada a hacer una paz desfavorable con Filipo para poder enviar, sin inquietudes por ese lado, una expedición a África. Por otra parte, aunque Filipo no representaba un peligro inmediato para Roma, no esta­ría de más frenar por todos los medios el surgimiento de un solo dictador en Oriente. Por el momento, Filipo estaba sujeto por una alianza con Antíoco III, rey de Siria, no menos ambicioso que aquél; pero era seguro de que tendía a lograr esa posición domi­nante. Grecia, Asia Menor y Egipto se hallaban entonces en grave peligro; incluso los miembros menos importantes de la familia he­lenística lo veían con toda claridad. La alianza temporal entre Filipo y Antíoco podría acarrear serias consecuencias, aunque Fi­lipo no había llegado muy lejos hasta aquel entonces. Por consi­guiente, era natural que llovieran sobre Roma las peticiones de apoyo y alianza por parte de los pequeños Estados helenísticos.

Esa situación resultaba halagadora para el sentimiento ro­mano. La vida en Roma había adquirido un parecido externo con la vida de Grecia y la influencia de la civilización griega se había incrementado mucho más con la anexión de las ciudades griegas de Italia, la conquista de Siracusa y otras ciudades de Sicilia y la transformación de esta isla en primera provincia romana. Todos los romanos de aquella época sentían la atracción fascinadora del genio y la cultura griegos, y se daban cuenta de la belleza y la brillantez del período helenístico. La leyenda que relacionaba el origen de Roma con la guerra troyana y, por esa vía, con la pri­mitiva historia griega, tomó, por buenas razones, una forma defi­nitiva en ese momento. Además, la propia Roma era una ciudad-Estado libre y la confederación itálica era una alianza de ciuda­des-Estado semejantes. La palabra "rey" sonaba un poco rara en los oídos romanos; había algo del espíritu actual de los america­nos en su aversión a los reyes y a los gobiernos monárquicos. Y ahora, victoriosa sobre un enemigo sumamente peligroso, cons­ciente de su propia fuerza y solidaridad, y plenamente convencida de que ninguna sacudida podría arrojarla del lugar que ocupaba, Roma recibía el llamamiento de ciudades-Estado como ella misma —los Estados que habían creado la maravillosa civilización grie­ga— pidiéndole ayuda contra "reyes" y tiranos. La política de Roma nunca fue sentimental; pero cuando los sentimientos coin­cidían con los intereses, era posible permitir, por una vez, que aquéllos se manifestaran y se afirmasen. Si se podía ayudar a los griegos y, al mismo tiempo, impedir que Filipo repitiera sus pri­meros éxitos en Iliria, ya era esto razón suficiente para intervenir activamente en la enmarañada política internacional de las poten­cias helenísticas.

Por consiguiente, cuando, inmediatamente después de la se­gunda guerra púnica, se formó una alianza en Oriente para con­trarrestar los planes de engrandecimiento de Filipo, era muy natural que Roma no negara su apoyo a la alianza. Se declaró la guerra a Filipo y se enviaron tropas a Grecia y Macedonia. La guerra resultó un asunto menos serio de lo que se esperaba al comienzo. Aunque Roma tuvo que soportar el peso principal de la campaña y la batalla de Cinoscéfalos, librada en 197 a. C, se ganó utilizando únicamente ejércitos romanos, su tarea, sin em­bargo, fue apreciablemente aliviada por la ayuda activa de la Liga Etolia, que suministró un ejército de tierra mientras que Rodas y Átalo I, rey de Pérgamo, proveyeron los barcos. La derrota de Filipo no fue decisiva. Solo se le obligó a pagar una cierta suma, a renunciar a las ciudades y territorios que había 'tomado en Asia, y a reconocer la libertad de las ligas y ciudades griegas. Cuando Tito Quinto Flaminino proclamó solemnemente, en nombre de! pueblo romano, la liberación de Grecia del yugo macedónico, el anuncio fue vitoreado en Grecia y en Roma. Sin embargo, esa misma política de proclamar la libertad de Grecia era un recurso común en el Oriente helenístico, en las contiendas de un Imperio contra el otro; los Ptolomeos y las Seléucidas empleaban ese grito de guerra en sus luchas con Macedonia, si bien ellos mismos no dejaban de dar un tratamiento arbitrario a las ciudades griegas que se hallaban bajo su propio dominio. Por eso, en esta ocasión, los griegos creyeron que habían encontrado un defensor de su libertad genuino y desinteresado. Porque Roma era una ciudad libre, aunque a las ciudades griegas de Italia y Sicilia solo les permitía una moderada libertad. Por su parte, los estadistas ro­manos miraban la libertad de Grecia como algo más que una mera frase; incluso perjudicando sus propios intereses, retiraron sus ejércitos en la primera oportunidad y dejaron que el mundo hele­nístico siguiera sus propios caminos.

Pero esa abstención de interferir en los asuntos griegos no duró mucho tiempo. Poco después de acabarse la guerra macedó­nica, Antíoco ni, primero aliado y luego enemigo de Filipo, tenía la intención de aprovechar una buena oportunidad para restaurar los derechos de la casa Seléucida sobre Asia Menor, que habían sido menoscabados por la formación del reino de Pérgamo, las agre­siones de Egipto y la declaración de independencia de muchas ciudades griegas. Recientemente, Antíoco había logrado ensanchar el imperio Seléucida llevándolo casi a sus primitivos límites, me­diante una serie de brillantes victorias en Oriente. Por eso, reci­bió el título de "El Grande". Concluyó un acuerdo con Egipto y parecía que no había razón alguna para que Roma se inmiscuyera en los asuntos internos de los Estados helenísticos de Asia. Du­rante algún tiempo mantuvo su política de no-intervención; estaba satisfecha de dejar Asia a Antíoco y solo insistía en que no avan­zase más lejos hacia el oeste. Pero esta actitud moderada de Roma, unida a la propia convicción de su fuerza, llevó a Antíoco a adoptar medidas más audaces. Aníbal estaba ahora muy cerca prometiéndole la ayuda de Cartago en el caso de guerra con Roma y, además, una invasión a Italia. En Grecia, la liga etolia estaba descontenta porque se consideraba perjudicada con la parte que le había tocado al terminar la guerra con Macedonia. Los etolios iniciaron la guerra contra Roma y propusieron a Antíoco que mandase su ejército.

Antíoco se decidió entonces por la guerra. Al enviar un ejército a Grecia, obligó a los romanos a declararle la guerra. La campaña duró poco y terminó con una aplastante derrota de su ejército semiasiático, primero en Europa y luego en Asia, cerca de la ciudad de Magnesia, el año 190 a. C. Antíoco no recibió ayuda material por parte de los etolios y todo el resto de Grecia permaneció neutral. Egipto, Rodas, Pérgamo e incluso Macedonia se pusieron del lado de Roma. Las condiciones de paz concluidas con Antíoco muestran, una vez más, que Roma no deseaba exten­der su territorio incluyendo en él parte de Oriente. Era claro que su objetivo estribaba en evitar el surgimiento de una potencia oriental que le pudiera poner en peligro. Por eso, obligó a An­tíoco a pagar una cierta suma, a retirar sus ejércitos de Asia Menor y a destruir aquella poderosa flota que hacía posible, en cualquier momento, transportar soldados a Asia Menor, a Egipto o a Grecia.

Esta guerra no afectó la situación general existente en el mundo helenístico. El equilibrio de poder del que Roma había llegado a ser guardián reconocido, continuaba pero en una forma particular: ahora, Roma resolvía todas las disputas internas de Grecia, pero nunca consultaba la opinión griega, incluso cuando se trataba de cuestiones que afectaban a los griegos. Todos los reinos helenísticos eran independientes, pero ninguno de ellos era pode­roso. A todos ellos y, en particular, a las ciudades griegas, Roma les garantizaba la "libertad", pero en cuanto cualquiera de ellos mostraba cierta tendencia a tener una política independiente, siem­pre estaba lista la mano de Roma para impedirlo. Para la mayo­ría de los griegos esclarecidos no era un secreto la situación real de Grecia y de las potencias helenísticas. Éumenes II, rey de Pér­gamo, sentía que no era un aliado de Roma sino un vasallo y servidor, y los otros Estados asiáticos y las ciudades griegas no estaban mejor. Aunque Roma no quiso, al principio, emplear un lenguaje demasiado rígido, fue tomando poco a poco el gusto a ese estilo de hablar y sus consejos a sus amigos se convirtieron lisa y llanamente en órdenes que los aliados debían obedecer sin excusa alguna.

Los griegos, en especial, se indignaban ante la frecuente intro­misión de Roma en los asuntos locales de sus comunidades, aunque, en realidad, muchas veces esa intervención surgía a petición de un partido político contra otro. En general, la clase pudiente se incli­naba en favor de Roma y ésta, a su vez, le prestaba un apoyo sólido contra la agitación de las clases bajas. Un gobierno aristo­crático estaba más en consonancia con la constitución romana y gozaba de la sincera simpatía del Senado. De ahí que Grecia estu­viera muy predispuesta a liberarse de la tutela romana y a volver a sus primitivas condiciones políticas. Macedonia sentía aún más fuertemente la presión de Roma y, después de la guerra siria, Filipo V comenzó a trabajar con ahinco para restaurar a su país. No entraba dentro de sus intenciones hacer la guerra a Roma, sino que se empeñaba en crear las condiciones necesarias para que Macedonia continuara existiendo como reino independiente. No deseaba combatir, pero sí prepararse para la lucha en caso de que Roma quisiera privar a Macedonia de su libertad. Con esa finali­dad, Filipo trató de extender sus posesiones por la península bal­cánica, fortaleciendo su poder mediante alianzas con las tribus independientes de Tracia e Iliria y, al mismo tiempo, también conquistar las simpatías de Grecia. Todos estos proyectos se lle­varon a término con gran éxito y Perseo, su sucesor, heredó de él, en 179 a. C, un reino más fuerte y rico que antes de que Filipo asumiera el poder.


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Los romanos no tenían ningún pretexto serio para reanudar la guerra contra Macedonia. No estaban amenazados por el Oriente, y el Senado lo sabía perfectamente. Ninguno de los Estados helenísticos podía soñar en enfrentarse al brazo que tan duros golpes había infringido a Siria y a Macedonia. Era inconcebible una amplia coalición de los Estados griegos; los objetivos polí­ticos de cada uno de- ellos eran tan limitados y se sacrificaban con tanta facilidad, que cualquier plan realmente audaz estaba descar­tado de antemano; además, en cada uno de esos Estados había un número considerable de partidarios de Roma, que se opondrían a una política que pudiera conducir a una guerra con ella. Pero treinta años de actividad en el Oriente le habían enseñado a tratar a sus "aliados" como súbditos, que estaban obligados a obedecer, y a considerar cualquier acto de independencia por su parte como una traición. Entretanto, fue aumentando el descontento en Orien­te a causa de esa política. Macedonia atrajo la simpatía general y los griegos comenzaron a considerarla como su posible liber­tadora del pesado yugo de Roma.

No es extraño que, dado ese estado de cosas, Roma se alar­mara ante la fuerza creciente de Macedonia. Eso traería como resultado, más tarde o más temprano, una completa separación de Roma de los asuntos griegos y, en opinión del Senado, podría crear una situación en la que sería posible para el Oriente intentar un ataque contra Roma. Considerando este riesgo de posibles compli­caciones en el futuro, Roma decidió, en 171 a. C, hacer la guerra contra Macedonia. Perseo envió una embajada a Roma con la esperanza de mantener la paz; pero las condiciones que se pre­sentaron a los embajadores significaban la pérdida de la libertad de Macedonia. Perseo prefirió la guerra. Aunque la simpatía griega estaba fundamentalmente de su parte, nadie, excepto el Epiro, fue capaz de darle un apoyo militar, y la Liga Aquea, el poder más fuerte en aquel entonces en Grecia, observó una estricta neutralidad, a pesar de la creciente antipatía que sentía por Roma, el partido democrático de las ciudades aqueas. Rodas y Pérgamo permanecieron neutrales. Los dos primeros años de la guerra fue­ron, en conjunto, favorables a Perseo. Influidos por este éxito y ante el temor de que una victoria romana los redujera a una total esclavitud. Éumenes, el rey de Pérgamo, y los rodios, aunque ene­migos de los macedonios, intentaron una intervención diplomática y pidieron a Roma que hiciera la paz con Perseo, restableciendo en Oriente el estado de cosas existente antes de la guerra. Rodas en­vió una embajada especial con este objeto, pero Perseo había caído antes de que la embajada llegase a su destino. Aunque la guerra había durado dos años, el Senado no pensaba en la paz y envió a Emilio Paulo, un jefe más hábil y audaz que sus predece­sores. Este general llevó a cabo un vigoroso ataque y obligó a Perseo a aceptar una batalla junto al puerto macedónico de Pidna. En esta batalla, que tuvo lugar el año 168, Perseo fue totalmente derrotado.

Es un hecho notable que, incluso después de su victoria sobre su último rival en el Oriente, Roma no creyó necesario anexarse ninguna parte del territorio oriental, aunque había actuado de un modo diferente en Sicilia, después de las dos primeras guerras pú­nicas, y en España, después de la derrota de Aníbal. En teoría, el Oriente permanecía libre e independiente incluso después de la batalla de Pidna, pero ahora el conquistador determinaba arbi­trariamente su destino político sin tener en cuenta las necesidades ni los deseos de los pueblos en cuestión. Siempre había producido desagrado la monarquía macedónica; y ahora la suprimían confi­riendo a Macedonia una "libertad" que nunca había tenido ni deseado. El país se partió en cuatro estados separados, formados por una unión de tribus y ciudades, gobernados a la manera de las ligas de Grecia. Cada Estado se gobernaba mediante unos magis­trados responsables ante el consejo, integrado por representantes de las diferentes comunidades. Tanto los magistrados como el con­sejo eran elegidos entre la clase pudiente, que era la única que gozaba de derechos políticos. Rodas y Pérgamo tuvieron que pagar caro sus simpatías por Perseo. La primera perdió mucha impor­tancia comercial por la formación de un puerto libre en Délos, el cual se asignó a Atenas y era controlado por los gobernantes ate­nienses. Con una flota debilitada, Rodas fue incapaz de continuar su tarea de vigilancia de los mares, de modo que la piratería flore­ció de nuevo y aumentó también el tráfico de esclavos. Délos se convirtió en el mercado principal de esclavos y el suministro procedía fundamentalmente de los piratas anatolios y cretenses. Se castigó a Pérgamo con la pérdida de una porción de su terri­torio, que pasó a sus vecinos, los gálatas, y al rey de Bitinia.

Todos los griegos que no habían estado al lado de Roma su­frieron severos castigos, en especial la liga aquea. Si bien no había pruebas de su complicidad con Perseo, el Senado pidió que a los miembros más notables e independientes de la liga, hasta un nú­mero de mil, se les trasladase a Roma. Cuando llegaron a Italia no fueron llevados a los tribunales, sino que se les detuvo y se les distribuyó entre las ciudades itálicas.

Tal acción, arbitraria e inhumana, creó un intenso odio en Grecia, sentimiento que Roma miró con desprecio. Ya no estaba de moda el entusiasmo por Grecia y un partido nacional en Roma, cuyo representante más extraordinario era M. Porcio Catón habla­ba siempre de los griegos como Graeculi y predicaba públicamente la doctrina de que la civilización griega era nociva para la vida romana. El trato que ahora daba Roma al Oriente era puramente arbitrario; y la situación hubiera sido tal vez menos perjudicial si hubiese gobernado abiertamente. Pero, en realidad, Roma no tenía un ejército en Oriente y los Estados helenísticos separados no poseían una fuerza militar digna de ese nombre. De ahí que la anarquía reinara en las ciudades griegas y las disputas entre los partidos fuesen más feroces que en los primeros tiempos. Como Roma no mantenía una flota permanente en aguas griegas, los piratas, dueños del mar, hacían casi imposible la importación regu­lar de alimentos a Grecia desde el Mar Negro, Egipto y Asia Me­nor, y la guerra de clases en las ciudades griegas era aún más terrible por los repetidos períodos de escasez. Las monarquías hele­nísticas estaban en constante guerra mutua, Pérgamo con Galatia, Bitinia y Ponto, Siria con Egipto, y esas guerras se complicaban más aún por la frecuente interferencia de Roma, que se ejercía mediante embajadas, proclives al soborno y que, además, no con­tribuían en absoluto al triunfo del derecho y de la justicia en el mundo helenístico. Macedonia sufrió constantes asaltos del norte y era demasiado débil para rechazar a tracios, celtas o ilirios.

Las condiciones de vida que se crearon así eran intolerables y el descontento, irresistible y universal a través de toda Grecia y Oriente, trajo el acto final del drama. En 149 a. C, cierto Andris­co, que se decía hijo de Perseo, levantó el estandarte de la revuelta en Macedonia. Los gritos de guerra de los rebeldes eran la unidad del país y la restauración de la dinastía. La revuelta fue rápida­mente sofocada. Al mismo tiempo, la liga aquea, en especial la parte democrática, se alzó contra Roma pidiendo que ésta no interviniera en sus asuntos internos ni en sus diferencias locales con Esparta y otros vecinos. Los romanos declararon que sus pro­testas constituían una revuelta y la aplastaron con extremada severidad. El cónsul Lucio Mumio derrotó a los aqueos en una batalla que tuvo lugar en Leucopetra, sobre el istmo, en el año 146 a. C. Después de esos golpes contra griegos y macedonios por su postrera tentativa de recobrar su libertad, a Roma no le que­daba otro camino que convertir a Macedonia en una provincia, con un gobernador militar y un ejército permanente que tendría como misión mantener el orden en Macedonia y Grecia, y defenderla contra cualquier ataque del norte y del oeste. Todavía se le conservó a Grecia una sombra de independencia; pero ella pagó dura­mente su amor a la libertad. Se suprimió la liga aquea y la rica ciudad comercial de Corinto, una de sus fortalezas principales, fue destruida por Mumio y su territorio fue declarado propiedad del pueblo romano. Toda Grecia se colocó bajo la supervisión del gobernador de Macedonia, pero el país no se convirtió en provin­cia romana; algunas ciudades continuaban su alianza con Roma y no estaban obligadas, como Macedonia, a pagar tributo.

Mientras tanto, la política extranjera de Roma en Occidente se basaba en las condiciones que habían resultado de la segunda guerra púnica. Las tribus galas del valle del Po habían sido some­tidas; el norte de Italia estaba poblado de colonias de ciudadanos romanos y se romanizó rápidamente. Toda Sicilia se convirtió en una provincia. La situación en España era más complicada. El sur del país, antes provincia de Cartago, se convirtió ahora en provin­cia romana. Pero esta estrecha franja de territorio romano, rodea­da por un número de tribus independientes y belicosas, tales como los celtíberos y los lusitanos, se hallaba siempre en estado de guerra. Para defender ese territorio y proteger las ricas; minas de plata y cobre contra los saqueos de los nativos de la vecindad, los romanos se vieron obligados a mantener un fuerte ejército per­manente, que luchaba sin descanso contra las tribus independientes que habitaban en la meseta central de España. En esta guerra, los romanos sufrieron más de una derrota. Los crueles métodos de represión que adoptaron sus generales hacían imposible la paz. La contienda con los lusitanos, en lo que hoy es Portugal, fue excepcionalmente tenaz. Esas tribus, conducidas por un hombre capaz llamado Viriato, lucharon con éxito contra sus enemigos durante ocho años, desde el 147 al 139 a. C, y los celtíberos, cuyo centro principal era la ciudad de Numancia, prolongaron su resis­tencia todavía más, del 143 al 133 a. C, e infringieron un buen número de severos reveses a los ejércitos romanos. El Senado se negó a reconocer los acuerdos que sus derrotados generales habían celebrado con los celtíberos. Los gobernadores romanos saquearon y asesinaron sin merced a la población nativa de los territorios conquistados. Finalmente, Escipión Emiliano, hijo de Emilio Pau­lo, adoptado por Escipión Africano, el vencedor de Aníbal, tomó Numancia después de un largo asedio.

Sin embargo, de todo el Occidente, era en Cartago donde los políticos romanos tenían puesta la mirada. Aunque en continuas disputas con Masinisa, el rey númida que le robaba territorios repetidamente, y a pesar que la pérdida de su flota y de sus fac­torías comerciales en el Mediterráneo habían restringido enorme­mente su comercio, Cartago se iba recobrando con rapidez de su terrible caída. Sus esfuerzos principales se concentraban en el incremento de la fuerza productora de sus posesiones africanas, mediante métodos agrícolas científicos con la ayuda de capital; métodos semejantes se aplicaban también para la cría de ganado y el cultivo de frutas y vegetales. Cartago era aún la fuente principal de exportación de los productos del África Central: dátiles del Sahara, marfil, oro y esclavos. El cereal africano se estaba convir­tiendo en un producto importante en los mercados mundiales. No era un secreto para los romanos la creciente prosperidad de Car­tago. Todos conocemos la historia de Catón, líder de los naciona­listas y de los terratenientes. Al volver de una embajada en Cartago, se levantó en el Senado mostrando un puñado de higos espléndidos, como una prueba de que el resurgimiento de Cartago era peligroso para Roma y que, por consiguiente, aquella ciudad debía ser destruida.

Es preciso admitir que las pruebas de ese peligro que apor­taban Catón y sus amigos eran muy endebles. Cartago no tenía una flota ni tampoco un ejército poderoso. Toda su atención se concentraba en la codicia y la infatigable actividad de Masinisa •y, en ningún caso, entraba en los cálculos de Cartago una guerra con Roma. Pero había un partido en Roma cuyos intereses per­sonales le hacían desear la desaparición de Cartago como reino independiente. Ese partido no estaba compuesto de personas de­dicadas al comercio o la industria; tales personas no tenían aún influencia política y, además, la participación de Cartago en el comercio internacional no era considerable. Los verdaderos ene­migos de Cartago eran los grandes propietarios rurales de Italia, que veían con desagrado la exportación de vino y aceite de África hacia Occidente. Como veremos más adelante, todo el Occidente, a partir de esta fecha, se surtió de esos productos fundamental­mente en Italia. Esos hombres deseaban limitar la producción de África al cereal, del que había una creciente demanda en Italia, y también querían aumentar sus tierras robándoles las suyas a los propietarios rurales cartagineses. Era justamente esa clase de ricos propietarios la que dirigía por aquel entonces la política en Roma.

Todo eso explica por qué los romanos, sin la menor provoca­ción, volvieron a declarar la guerra a Cartago, destruyendo despia­dada e innecesariamente la floreciente ciudad y matando a la mayoría de sus habitantes. La tercera guerra púnica duró del 149 al 146 a. C. Cartago hizo una defensa heroica, pero sin esperanza. Su ejecutor fue el mismo Escipión Emiliano que había destruido a Numancia y que, políticamente, estaba en profundo desacuerdo con Catón y el partido terrateniente. Se anexó a Roma el territorio de Cartago y se lo denominó provincia de África. Los ricos señores romanos compraron la mayor parte de esas tierras y las arrendaron. La mayoría de las otras ciudades del imperio carta­ginés no fueron destruidas y algunas conservaron, incluso, su propio gobierno local.

Una vez lanzada por el camino de las anexiones, era difícil que Roma se detuviera, en particular porque los Estados helenís­ticos ya estaban preparados para hacer concesiones. De Grecia pasó al Asia Menor. El reino de Pérgamo era desde hacía tiempo un obediente vasallo de Roma y la acción de su último rey es una prueba palmaria de que se habían dado perfecta cuenta de ello: Átalo III legó su reino a Roma y, cuando él murió, el año 133 a. C, su heredero siguió su inspiración y dio el nombre de provincia de Asia al territorio que le había dejado su padre. Esta transferencia a Roma de una parte de Asia no se llevó a cabo sin derra­mamiento de sangre. Aquí también, como en Macedonia, hubo alguna oposición. Un partido, conducido por Andrónico, que se proclamaba miembro de la dinastía de Pérgamo y reclutaba sus seguidores entre los esclavos y los siervos del difunto rey, los hombres acomodados y también las tribus montañesas de Misia, estuvo combatiendo por la libertad durante varios años. Pero, al final, también esta rebelión fue aplastada.

De este modo, a lo largo de poco más de medio siglo, el Estado romano dejó de ser una federación de clanes y de ciudades itálicas para convertirse en un gran Imperio, sin un solo rival tanto en Oriente como en Occidente. Los romanos no trabajaron para adquirir esa posición, ni tampoco la prepararon ni la desearon; simplemente, era el resultado natural de una serie de incidentes cuyas consecuencias nadie en Roma previo ni podía prever. Sin embargo, este paso de Roma hacia un imperio mundial es uno de los acontecimientos esenciales en la historia del mundo y que in­cluso ha cambiado el curso de esa misma historia. Ese hecho per­mitió incorporar a la vida de Roma muchos elementos nuevos, económicos, sociales y políticos, que produjeron una transforma­ción radical en el aspecto del Estado romano.

 



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