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Italia primitiva. Fuentes de información
M. Rostovtzeff
En el libro ROMA De los orígenes a la última crisis
En el siglo IV a. C, en el preciso momento en que el mundo griego se hundía políticamente, a pesar de un trasfondo de floreciente civilización, en otra parte del mundo se cumplía un proceso inverso. En Italia, la unificación se llevaba a cabo a ritmo acelerado y toda la península se hallaba envuelta en un proceso de formación. Ese desarrollo no tenía lugar entre las colonias griegas de Italia y Sicilia que, como ya hemos visto, eran incapaces de mantener entre sí una unión permanente, sino entre las tribus itálicas, las cuales habían mantenido durante mucho tiempo relaciones con los etruscos y los griegos, y habían ido adoptando poco a poco su cultura. Gracias a ese proceso de unión, Italia se puso con rapidez en primer plano en el siglo IV a. C; a partir de fines del siglo V, su voz fue decisiva en los asuntos políticos de Oriente y los griegos tuvieron que obedecer sus órdenes.
Este estado de cosas, que determinó el curso de la evolución humana durante muchos siglos, plantea un problema fundamental. ¿Cómo fue posible, en tierra itálica y con la base de una liga conducida por uno de sus miembros, llegar a la creación de un poder único con un ejército fuerte y grandes riquezas, mientras que Grecia, a pesar de su genio creador, nunca logró dar cima a ninguna de sus tentativas para conseguir el mismo resultado? Dicho de otro modo: ¿Por qué Roma, que no era más que una ciudad-Estado como Atenas y Esparta, logró resolver el conflicto que no habían podido superar Atenas ni Esparta, ni tampoco las monarquías griegas fundadas en el poder militar por los sucesores de Alejandro?
El surgimiento de tal imperio, con Roma por capital, y su extensión por la península y, más tarde, por todo el mundo conocido, resultaba, en verdad impresionante, como hecho histórico, para todos los filósofos e historiadores de la Antigüedad, bien fuesen nativos de Italia y, por consiguiente, coautores también ellos de ese imperio o griegos y, en consecuencia, gentes obligadas a someterse a su mandato. Grandes intelectuales, como Polibio, el historiador griego que describió los días triunfales de Roma y sus brillantes victorias en Oriente y Occidente en el siglo II a. C, y prominentes hombres públicos romanos de gran saber y de destacada actividad política, todos dirigieron sus mentes hacia ese problema, en busca de una explicación satisfactoria. La explicación que dieron estaba inspirada por las ideas filosóficas y políticas vigentes en aquel tiempo.
Partiendo del principio de que el bienestar de un Estado depende en parte de las cualidades morales de los individuos y, en parte también, de la bondad de su constitución, los historiadores filosóficos griegos atribuyeron el éxito de Roma a dos causas: a las virtudes de los ciudadanos romanos y a la perfección de su constitución, que realizaba en la práctica el ideal forjado mucho antes por los filósofos griegos, desde Platón en adelante. Sin embargo, nosotros no podemos aceptar esa explicación como suficiente. La investigación de las condiciones de vida en Roma e Italia nos ha mostrado algo de lo que el propio Polibio ya advertía al final de su vida, y es que la opinión que tenían los antiguos pecaba de exagerada, tanto en lo. que respecta a la constitución como a las virtudes cívicas y morales del pueblo romano; esa opinión no concuerda por entero con los hechos y, en todo caso, no constituye una plena respuesta al problema.
Es claro que las causas del éxito de Roma son más complejas y más profundas, y solo se pueden descubrir mediante un cuidadoso estudio del contorno histórico que moldeó la vida de Italia desde la más remota Antigüedad. Pero nosotros sabemos muy poco de ese proceso inicial. Los griegos se interesaban especialmente en la suerte de sus propias colonias de Sicilia y el sur de Italia. Tenían conocimiento acerca de las tribus itálicas desde el siglo VI a. C, pero no pusieron gran interés en ellas hasta dos siglos más tarde; su preocupación acerca de esas tribus fue mayor a fines del siglo IV y comienzos del III. Hay que añadir a todo esto que la copiosa literatura histórica producida por los griegos de Sicilia e Italia no ha llegado hasta nosotros y la que ha llegado consiste solo en pobres fragmentos. El más valioso de esos fragmentos fue recogido por los escritores romanos entre el año 100 a. C. y el año 100 d. C; se trata de fragmentos del historiador griego Timeo, nativo de Tauromenium (hoy Taormina) en Sicilia, que vivió desde fines del siglo IV hasta la primera mitad del III a. C. Este historiador recogió todo cuanto se sabía en aquel entonces acerca de los clanes itálicos.
La tradición histórica, tal como la conservaron los propios itálicos y la rehicieron los historiadores romanos de los tres últimos siglos anteriores a Cristo, no solo es pobre sino que está deliberadamente falseada. Las tribus itálicas apenas tenían documentos en los que se registrasen sus acontecimientos históricos.
El arte de ITALIA PRIMITIVA
la escritura les llegó muy tardíamente y se empleaba muy poco para perpetuar la memoria de sus acontecimientos. Había una raza, residente en Italia, que hubiera podido crear una tradición histórica: eran los etruscos; pero éstos hablaban y escribían una lengua que no entendía la mayoría de los itálicos ni tampoco los hombres cultos de Roma. Por otro lado, la tradición etrusca probablemente no era de larga data y, en todo caso, no merecía mucho crédito. Los pocos textos epigráficos que se conservan no remontan más allá del siglo IV a. C.
Ante tal estado de cosas, no es de extrañar que los historiadores se encontrasen perplejos cuando a fines del siglo III a. C. comenzaran a recoger hechos acerca de la primitiva historia de Roma e Italia. Con los métodos de investigación histórica conocidos por aquel entonces, apenas hallaron algo en la literatura griega o en las tradiciones locales que les pudiera ayudar para hacer una narración, digna de confianza, de las vicisitudes por las que habían pasado los itálicos antes del siglo IV a. C. Más tarde, en el siglo IV y en el ni a. C. la cuestión mejoró porque, tanto en Grecia como en Italia hubo personas que se interesaron en la historia itálica y registraron los sucesos contemporáneos de Roma y de las tribus itálicas. Entre esos estudiosos, los más eminentes eran los propios romanos. Para el período anterior tenían que basarse en las siguientes frentes: 1) alusiones occidentales de los historiadores griegos del sur de Italia; 2) conjeturas de los mismos escritores acerca del pasado de Roma, sobre el cual sabían muy poco y que además trataban de relacionar con el pasado legendario de Grecia; 3) listas de los magistrados romanos. Pero estas listas eran incompletas e inexactas, al menos hasta el año 320 a. C, fecha en que el colegio de pontífices comenzó a reunir listas de cónsules con la intención de hacer un calendario, agregando noticias de acontecimientos importantes; ese documento se conoció con el nombre de "anales de los pontífices"; 4) la tradición oral, conservada en los cantos que se entonaban en las casas de algunas familias de vieja estirpe o asociados con los más antiguos monumentos existentes en la ciudad; 5) supervivencias de la Antigüedad en ciertas instituciones civiles y religiosas; 6) algunos fragmentos informativos que procedían de la literatura histórica de los etruscos.
Con tales fundamentos, no se pudo construir la historia conexa de Roma e Italia desde los tiempos antiguos. Pero, mientras tanto, el orgullo nacional de Roma y el papel que comenzaba a representar dentro de la familia de- los imperios helenísticos exigía que también ella tuviera, como los otros imperios y ciudades del mundo civilizado, su propia historia y, además, una historia que partiera desde el comienzo, es decir, desde la fundación de la ciudad. Asimismo, la historia de Roma tenía que relacionarse de un modo u otro con la del mundo civilizado o, dicho de otro modo, con Grecia y con el episodio más antiguo de esa historia, la propia guerra troyana. Roma debía ocupar un sitio en el poema de Hornero, el monumento más antiguo de la tradición histórica griega. Para el último período, era preciso mostrar cómo Roma avanzaba, cada vez con mayor fuerza, hasta convertirse en la dueña de Italia y cómo fue formándose, poco a poco, su constitución, que hasta los griegos reconocían como un modelo de perfección.
Con estos objetivos a la vista, los primeros historiadores de Roma crearon, mediante esfuerzos combinados, una cronología más o menos aceptada y una historia bastante detallada de la Roma primitiva, de un contenido sumamente patriótico pero fundado en cimientos muy endebles. Algunos de esos historiadores eran inmigrantes procedentes del sur de Italia, helenizados, tales como Ennio y Nevio, que vivieron y escribieron durante las guerras púnicas; otros eran romanos que desempeñaron un papel en la política de fines del siglo DI a. C. y a principios del II a. C, como, por ejemplo, Fabio Pictor, Cincio Alimento, Gayo Acilio (todos los cuales escribieron en griego), y Marco Porcio Catón, Casio Hemina, Calpurnio Pisón, Gneo Gelio, y Claudio Cuadrigario. Como ya hemos apuntado anteriormente, esos autores poseían fuentes muy poco fidedignas para el período primitivo. Como trataban, de construir una narración continua del desarrollo de la ciudad con fragmentos de tradición histórica, recurrían a una serie de suposiciones arbitrarias, fundadas en interpretaciones fantasistas y carentes de' valor científico, o bien utilizaban palabras referentes a algunas instituciones civiles y religiosas que no comprendían o a nombres de ciertos monumentos erigidos en los inicios de Roma. Esos historiadores confiaron en suposiciones parecidas de los historiadores griegos que procuraban hacer conexiones caprichosas entre la historia de la Roma primitiva y la mitología griega. De esta manera, consiguieron hacer narraciones, más o menos conexas, desde la llegada de Eneas, cuando ese héroe huyó a Italia después de la toma de Troya, hasta el momento en que pudieron emplear los hechos más o menos auténticos de la historia de Roma, que la tradición oral había conservado en una forma semilegendaria, y también la primitiva información realmente auténtica sobre asuntos internos y externos.
Con estos hechos aislados y semihistóricos, asociados a nombres que figuraban en los primeros tiempos, pero a los que no se les puede asignar una fecha determinada, los historiadores romanos intentaron de nuevo construir una narración ordenada de los acontecimientos. Colocaron los hechos siguiendo un determinado orden cronológico, de. acuerdo con su propio juicio; inventaron nuevos
héroes, para los que no tenían base en la tradición, y describieron detalladamente sus hazañas; dijeron cómo esos hombres alzaron a Roma sobre sus vecinos y dieron vida a la constitución romana. Este cuadro era, en gran medida, imaginario y todavía fue falseado aún más por los escritores de la segunda mitad del siglo II a. C. y comienzos del I, que trataban de encontrar un apoyo en el pasado remoto para las reformas políticas y sociales que ellos mismos propiciaban.
Mediante un análisis cuidadoso de esas obras históricas es posible entresacar algunos hechos constitucionales, religiosos y políticos, a partir del siglo VI a. C; pero esos hechos son tan generales que es casi imposible construir una historia continua y algo completa de Roma e Italia en el siglo V y gran parte del siglo IV. Para tiempos más remotos, los escritos de los historiadores romanos son prácticamente inutilizables.
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Por ese motivo, resultan especialmente valiosos los resultados de la investigación arqueológica en Italia. Ellos nos permiten formarnos una idea del desarrollo cultural del país desde la época paleolítica. No es fácil compaginar los resultados1 así obtenidos con los informes de los historiadores romanos, en especial con el que nos muestra la distribución de los diferentes pueblos establecidos en Italia. Pero algunos puntos se pueden dar por seguros y, aunque son pocos, tienen mucha importancia para la comprensión de la historia ulterior de la península.
Geográfica y geológicamente, Italia se parece, en líneas generales, a Grecia. La península Apenina es una continuación de la Europa Central que llega hasta el Mediterráneo. Italia está limitada al norte por los Alpes. Aunque éstos parecen constituir a primera vista, una formidable barrera entre Italia y Europa central, la realidad es que tal barrera no es tan enorme como parece. Porque los grandes ríos de Europa central, el Ródano, con sus afluentes, que sigue la dirección sudoeste, y el Rin, que corre hacia el norte, nacen en los Alpes; era, pues, muy posible seguir sus cursos por los pasos que atraviesan los Alpes hasta Italia y de allí descender por los valles de los ríos, en su mayoría tributarios del Po, hasta la fértil llanura del norte de Italia. Una franja costera permitía la conexión de Italia y Galia. También era relativamente fácil penetrar en Italia por la región del Danubio y sus afluentes.
La línea de los Apeninos forma la columna vertebral de la península itálica; va más allá del mar, reaparece en Sicilia y se conecta geológicamente con el norte de África. Esas montañas son mucho menos inaccesibles y peladas que las de Grecia; están entrecortadas por un crecido número de fértiles valles y se hallaban cubiertas en tiempos antiguos con bosques y ricos pastos disponibles en todas las estaciones del año. En la costa oriental, las montañas se acercan al Adriático, salvo en Apulia, en donde existe una extensa llanura de óptimo pasto para ganado vacuno y lanar. En el Occidente, las condiciones varían. Allí existe una fila de volcanes, en especial en Etruria, el Lacio, en Campania y las islas adyacentes, incluyendo Sicilia, y su secular actividad ha creado en la ladera occidental de los Apeninos llanuras sumamente fértiles, cruzadas por ríos que nacen en la parte central para terminar en el Mar Tirreno. El mayor de estos ríos y el único adecuado para la navegación es el Tíber. Este río divide uno de los valles en dos porciones: el Lacio y Etruria; otro valle es la Campania, separada del Valle del Tíber por algunas estribaciones de los Apeninos que descienden hasta las orillas del mar.
Ya hemos hablado de la extraordinaria fertilidad de la Campania. Las llanuras de Etruria y el Lacio son más pobres en cuanto a su formación geológica; el suelo consiste en un fértil estrato de toba volcánica porosa sobre una capa de arcilla impermeable y, por consiguiente, se puede convertir fácilmente en pantano. Pero, mediante un cuidadoso drenaje y un trabajo persistente, se pueden obtener buenas cosechas e incluso, aunque se halle en parte sumergido, suministra en invierno buen pasto para los ganados de los valles superiores de la cercanía.
La costa itálica es menos rica en puertos que la de Grecia; pero posee, en especial en su parte occidental, excelentes bahías. Los mejores puertos son los de Ñapóles y Genova; hay también bastantes puntos a donde pueden arribar las embarcaciones de tamaño regular y descargar sus materiales. Así, pues, en conjunto, la parte más fértil de Italia mira al oeste; sus llanuras más productivas corren hacia el oeste; además, se une al Occidente a través de Sicilia, de la que solo la separa el angosto estrecho de Mesina y de la costa del Golfo de Liguria. También es íntima su conexión con Oriente: el Po corre al Adriático, una serie de islas acerca su costa oriental a la costa occidental de Grecia y la bahía de Tarento ofrece libre acceso a las embarcaciones que salen del Golfo de Corinto. Esas condiciones geográficas han determinado la historia de Italia. El país era accesible, por un lado, para las tribus de Europa central y, por otro, para los navegantes de Oriente. Unos y otros se sentían atraídos por su riqueza natural, su clima templado y su rica vegetación. Los pastores y campesinos de Europa central llegaban tentados por los excelentes pastos y la fertilidad de sus campos, mientras que los inmigrantes orientales buscaban los puertos del sur, que daban acceso a la próspera Campania, a los fértiles valles del sur de Italia y a los antiguos bosques de las colinas circundantes, que suministraban maderas excelentes para la construcción de barcos.
En esas condiciones, es fácil comprender por qué la historia primitiva de Italia es semejante a la historia primitiva de Grecia. Los moradores de la Europa central y oriental llegaban poco a poco al país procedentes del norte y del sur. Los más antiguos habitantes eran ligures e iberos, muy próximos a los aborígenes de España y de Galia; luego aparecieron las tribus indoeuropeas de la Europa central. Los primeros pobladores de esas tribus eran probablemente moradores lacustres en su país de origen; sus pueblos se construían sobre los lagos en plataformas sostenidas por vigas o pilotes; esas vigas se ponían a alguna distancia de la orilla y se aseguraba la comunicación con la orilla mediante un puente movible. Ellos comenzaron por construir tal género de aldeas en los lagos del norte de Italia. Después se trasladaron a tierra firme en donde construyeron poblados protegidos por terraplenes y rodeados por fosos; también aquí se colocaban las casas en plataformas que descansaban sobre pilotes y éstos se fijaban en la tierra en la parte interior de los terraplenes. Éstas fueron las primeras ciudades fortificadas de los centroeuropeos que se establecieron en Italia. Allí se las llama terramare, porque sus ruinas están llenas de una tierra negra muy rica (térra mará o mama). Estos habitantes de las terramare llegaron a Italia al comienzo de la edad de los metales, la edad del cobre y del bronce.
Bastante más tarde, en el último período de la edad del bronce, cuando comenzaba a usarse el hierro, siguieron a esas primeras tribus otros clanes que provenían de distritos en donde había lugares fortificados en las montañas y cimas de las colinas para proteger a los hombres y a los animales domésticos. Estos hombres traían consigo herramientas y armas perfeccionadas y, por eso, desplazaron a los moradores de los lagos y a los aborígenes. Mezclándose mutuamente y también con los antiguos habitantes, y ocupando distrito tras distrito, llegaron hasta la extremidad sur de la península. Esos inmigrantes se fueron dividiendo paulatinamente en tres grupos, cada uno de los cuales hablaba un dialecto diferente basado en una lengua común parecida al celta. Esos grupos eran los umbros, los latinos y los samnitas. Los primeros ocuparon el norte de Italia y parte del centro, los segundos, el curso inferior del valle del Tíber y los últimos, las colinas y valles del sur de la península.
Sin embargo, no tuvieron la suerte de mantener su dominio en la costa. Los valles de Apulia y las llanuras vénetas, las partes más fértiles de la costa oriental, fueron ocupadas en temprana fecha por clanes ilíricos, que vinieron de las costas del norte y del este del Adriático. Los más fuertes y numerosos de esos clanes fueron los yápiges, que ocuparon la costa sudoriental de Italia. Probablemente, esos clanes entraron en Italia al mismo tiempo quelos pobladores lacustres. La costa occidental, salvo el curso inferior del Tíber, fue conquistada por invasores que atravesaron el mar a comienzos del primer milenio. En el norte, los itálicos fueron rechazados hacia las montañas o sometidos por los etruscos. Uno de los troncos de Anatolia que emigraron de Asia en la edad de la confusión y la dispersión de fines del segundo milenio. Grupos de inmigrantes procedentes de Grecia ocuparon, después del siglo VIII a. C, toda la franja costera del sur, excluyendo Apulia en el este, pero incluyendo Campania en el Occidente. Los últimos invasores de Italia fueron los celtas, a quienes los romanos llamaron "galos". Eran muy semejantes a los itálicos y, como éstos, también procedían del norte; unos venían del territorio que hoy se denomina Francia y otros procedían quizá del valle del Danubio. En el siglo VI a. C, comenzaron a ocupar gradualmente el valle del Po, arrojando de allí a los etruscos. |
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