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LA CAÍDA DEL LIBERALISMO 1ª parte
Eric Hobsbawm
En el libro Historia del Siglo XX
Es muy difícil realizar un análisis racional del fenómeno del nazismo. Bajo la dirección de un líder que hablaba en tono apocalíptico de conceptos tales como el poder o la destrucción del mundo, y de un régimen sustentado en la repulsiva ideología del odio racial, uno de los países cultural y económicamente más avanzados de Europa planificó la guerra, desencadenó una conflagración mundial que se cobró las vidas de casi cincuenta millones de personas y perpetró atrocidades —que culminaron en el asesinato masivo y mecanizado de millones de judíos— de una naturaleza y una escala que desafían los límites de la imaginación. La capacidad del historiador resulta insuficiente cuando trata de explicar lo ocurrido en Auschwitz
Ian Kershaw (1993, pp. 3-4)
¡Morir por la patria, por una idea!... No, eso es una simpleza. Incluso en el frente, de lo que se trata es de matar... Morir no es nada, no existe. Nadie puede imaginar su propia muerte. Matar es la cuestión. Esa es la frontera que hay que atravesar. Sí, es un acto concreto de tu voluntad, porque con él das vida a tu voluntad en otro hombre.
De la carta de un joven voluntario de la República social fascista de 1943-1945
(Pavone, 1991, p. 431).
I
De todos los acontecimientos de esta era de las catástrofes, el que mayormente impresionó a los supervivientes del siglo XIX fue el hundimiento de los valores e instituciones de la civilización liberal cuyo progreso se daba por sentado en aquel siglo, al menos en la zonas del mundo y en las que estaban avanzando. Esos valores implicaban el rechazo de la dictadura y del gobierno autoritario, el respeto del sistema constitucional con gobiernos libremente elegidos y asambleas representativas que garantizaban el imperio de la ley, y un conjunto aceptado de derechos y libertades de los ciudadanos como las libertades de expresión, de opinión y de reunión. Los valores que debían imperar en el estado y en la sociedad eran la razón, el debate público, la educación, la ciencia y el perfeccionamiento (aunque no necesariamente la perfectibilidad) de la condición humana. Parecía evidente que esos valores habían progresado a lo largo del siglo y que debían progresar aún más. Después de todo, en 1914 incluso las dos últimas autocracias europeas, Rusia y Turquía, habían avanzado por la senda del gobierno constitucional y, por su parte, Irán había adoptado la constitución belga. Hasta 1914 esos valores sólo eran rechazados por elementos tradicionalistas como la Iglesia católica, que levantaba barreras en defensa del dogma frente a las fuerzas de la modernidad, por algunos intelectuales rebeldes y profetas de la destrucción, procedentes sobre todo de y de centros acreditados de cultura —parte, por tanto, de la misma civilización a la que se oponían—, y por las fuerzas de la democracia, un fenómeno nuevo y perturbador (véase La era del imperio). Sin duda, la ignorancia y el atraso de esas masas, su firme decisión de destruir la sociedad burguesa mediante la revolución social, y la irracionalidad latente, tan fácilmente explotada por los demagogos, eran motivo de alarma. Sin embargo, de esos movimientos democráticos de masas, aquel que entrañaba el peligro más inmediato, el movimiento obrero socialista, defendía, tanto en la teoría como en la práctica, los valores de la razón, la ciencia, el progreso, la educación y la libertad individual con tanta energía como pudiera hacerlo cualquier otro movimiento. La medalla conmemorativa del 1º de mayo del Partido Socialdemócrata alemán exhibía en una cara la efigie de Karl Marx y en la otra la estatua de la libertad. Lo que rechazaban era el sistema económico, no el gobierno constitucional y los principios de convivencia. No hubiera sido lógico considerar que un gobierno encabezado por Víctor Adler, August Bebel o Jean Jaurès pudiese suponer el fin de la . De todos modos, un gobierno de tal naturaleza parecía todavía muy remoto.
Sin duda las instituciones de la democracia liberal habían progresado en la esfera política y parecía que el estallido de la barbarie en 1914-1918 había servido para acelerar ese progreso. Excepto en la Rusia soviética, todos los regímenes de la posguerra, viejos y nuevos, eran regímenes parlamentarios representativos, incluso el de Turquía. En 1920, la Europa situada al oeste de la frontera soviética estaba ocupada en su totalidad por ese tipo de estados. En efecto, el elemento básico del gobierno constitucional liberal, las elecciones para constituir asambleas representativas y/o nombrar presidentes, se daba prácticamente en todos los estados independientes de la época. No obstante, hay que recordar que la mayor parte de esos estados se hallaban en Europa y en América, y que la tercera parte de la población del mundo vivía bajo el sistema colonial. Los únicos países en los que no se celebraron elecciones de ningún tipo en el período 1919-1947 (Etiopía, Mongolia, Nepal, Arabia Saudí y Yemen) eran fósiles políticos aislados. En otros cinco países (Afganistán, la China del Kuomintang, Guatemala, Paraguay y Tailandia, que se llamaba todavía Siam) sólo se celebraron elecciones en una ocasión, lo que no demuestra una fuerte inclinación hacia la democracia liberal, pero la mera celebración de tales elecciones evidencia cierta penetración, al menos teórica, de las ideas políticas liberales. Por supuesto, no deben sacarse demasiadas consecuencias del hecho de que se celebraran elecciones, o de la frecuencia de las mismas. Ni Irán, que acudió seis veces a las urnas desde 1930, ni Irak, que lo hizo en tres ocasiones, podían ser consideradas como bastiones de la democracia.
A pesar de la existencia de numerosos regímenes electorales representativos, en los veinte años transcurridos desde la de Mussolini hasta el apogeo de las potencias del Eje en la segunda guerra mundial se registró un retroceso, cada vez más acelerado, de las instituciones políticas liberales. Mientras que en 1918-1920 fueron disueltas, o quedaron inoperantes, las asambleas legislativas de dos países europeos, ese número aumento a seis en los años veinte y a nueve en los años treinta, y la ocupación alemana destruyó el poder constitucional en otros cinco países durante la segunda guerra mundial. En suma, los únicos países europeos cuyas instituciones políticas democráticas funcionaron sin solución de continuidad durante todo el período de entreguerras fueron Gran Bretaña, Finlandia (a duras penas), Irlanda, Suecia y Suiza.
En el continente americano, la otra zona del mundo donde existían estados independientes, la situación era más diversificada, pero no reflejaba un avance general de las instituciones democráticas. La lista de estados sólidamente constitucionales del hemisferio occidental era pequeña: Canadá, Colombia, Costa Rica, Estados Unidos y la ahora olvidada , y su única democracia real, Uruguay. Lo mejor que puede decirse es que en el período transcurrido desde la conclusión de la primera guerra mundial hasta la de la segunda, hubo corrimientos hacia la izquierda y hacia la derecha. En cuanto al resto del planeta, consistente en gran parte en dependencias coloniales y al margen, por tanto, del liberalismo, se alejó aún más de las constituciones liberales, si es que las había tenido alguna vez. En Japón, un régimen moderadamente liberal dio paso a otro militarista-nacionalista en 1930-1931. Tailandia dio algunos pasos hacia el gobierno constitucional, y en cuanto a Turquía, a comienzos de los años veinte subió al poder el modernizador militar progresista Kemal Atatürk, un personaje que no parecía dispuesto a permitir que las elecciones se interpusieran en su camino. En los tres continentes de Asia, Africa y Australasia, sólo en Australia y Nueva Zelanda estaba sólidamente implantada la democracia, pues la mayor parte de los sudafricanos quedaban fuera de la constitución aprobada para los blancos.
En definitiva, esta era de las catástrofes conoció un claro retroceso del liberalismo político, que se aceleró notablemente cuando Adolf Hitler asumió el cargo de canciller de Alemania en 1933. Considerando el mundo en su conjunto, en 1920 había treinta y cinco o más gobiernos constitucionales y elegidos (según como se califique a algunas repúblicas latinoamericanas), en 1938, diecisiete, y en 1944, aproximadamente una docena. La tendencia mundial era clara.
Tal vez convenga recordar que en ese período la amenaza para las instituciones liberales procedía exclusivamente de la derecha, dado que entre 1945 y 1989 se daba por sentado que procedía esencialmente del comunismo. Hasta entonces el término , inventado como descripción, o autodescripción, del fascismo italiano, prácticamente sólo se aplicaba a ese tipo de regímenes. La Rusia soviética (desde 1923, la URSS) estaba aislada y no podía extender el comunismo (ni deseaba hacerlo, desde que Stalin subió al poder). La revolución social de inspiración leninista dejó de propagarse cuando se acalló la primera oleada revolucionaria en el período de posguerra. Los movimientos socialdemócratas (marxistas) ya no eran fuerzas subversivas, sino partidos que sustentaban el estado, y su compromiso con la democracia estaba más allá de toda duda. En casi todos los países, los movimientos obreros comunistas eran minoritarios y allí donde alcanzaron fuerza, o habían sido suprimidos o lo serían en breve. Como lo demostró la segunda oleada revolucionaria que se desencadenó durante y después de la segunda guerra mundial, el temor a la revolución social y al papel que pudieran desempeñar en ella los comunistas estaba justificado, pero en los veinte años de retroceso del liberalismo ni un solo régimen democrático-liberal fue desalojado del poder desde la izquierda.(1) El peligro procedía exclusivamente de la derecha, una derecha que no sólo era una amenaza para el gobierno constitucional y representativo, sino una amenaza ideológica para la civilización liberal como tal, y un movimiento de posible alcance mundial, para el cual la etiqueta de , aunque adecuada, resulta insuficiente.
Es insuficiente porque no todas las fuerzas que derrocaron regímenes liberales eran fascistas. Es adecuada porque el fascismo, primero en su forma italiana original y luego en la versión alemana del nacionalsocialismo, inspiró a otras fuerzas antiliberales, las apoyó y dio a la derecha internacional una confianza histórica. En los años treinta parecía la fuerza del futuro. Como ha afirmado un experto en la materia, (Linz, 1975, p. 206).
Las fuerzas que derribaron regímenes liberales democráticos eran de tres tipos, dejando a un lado el sistema tradicional del golpe militar empleado en Latinoamérica para instalar en el poder a dictadores o caudillos carentes de una ideología determinada. Todas eran contrarias a la revolución social y en la raíz de todas ellas se hallaba una reacción contra la subversión del viejo orden social operada en 1917-1920. Todas eran autoritarias y hostiles a las instituciones políticas liberales, aunque en ocasiones lo fueran más por razones pragmáticas que por principio. Los reaccionarios de viejo estilo prohibían en ocasiones algunos partidos, sobre todo el comunista, pero no todos. Tras el derrocamiento de la efímera república soviética húngara de 1919, el almirante Horthy, al frente del llamado reino de Hungría —que no tenía ni rey ni flota—, gobernó un estado autoritario que siguió siendo parlamentario, pero no democrático, al estilo oligárquico del siglo XVIII. Todas esas fuerzas tendían a favorecer al ejército y a la policía, o a otros cuerpos capaces de ejercer la coerción física, porque representaban la defensa más inmediata contra la subversión. En muchos lugares su apoyo fue fundamental para que la derecha ascendiera al poder. Por último, todas esas fuerzas tendían a ser nacionalistas, en parte por resentimiento contra algunos estados extranjeros, por las guerras perdidas o por no haber conseguido formar un vasto imperio, y en parte porque agitar una bandera nacional era una forma de adquirir legitimidad y popularidad. Había, sin embargo, diferencias entre ellas.
Los autoritarios o conservadores de viejo cuño —el almirante Horthy en Hungría; el mariscal Mannerheim, vencedor de la guerra civil de blancos contra rojos en la nueva Finlandia independiente; el coronel, y luego mariscal, Pilsudski, libertador de Polonia; el rey Alejandro, primero de Serbia y luego de la nueva Yugoslava unificada; y el general Francisco Franco de España— carecían de una ideología concreta, más allá del anticomunismo y de los prejuicios tradicionales de su clase. Si se encontraron en la posición de aliados de la Alemania de Hitler y de los movimientos fascistas en sus propios países, fue sólo porque en la coyuntura de entreguerras la alianza era la de todos los sectores de la derecha. Naturalmente, las consideraciones de carácter nacional podían interponerse en ese tipo de alianzas. Winston Churchill, que era un claro, aunque atípico, representante de la derecha más conservadora, manifestó cierta simpatía hacia la Italia de Mussolini y no apoyó a la República española contra las fuerzas del general Franco, pero cuando Alemania se convirtió en una amenaza para Gran Bretaña, pasó a ser el líder de la unidad antifascista internacional. Por otra parte, esos reaccionarios tradicionales tuvieron también que enfrentarse en sus países a la oposición de genuinos movimientos fascistas, que en ocasiones gozaban de un fuerte apoyo popular.
Una segunda corriente de la derecha dio lugar a los que se han llamado (Linz, 1975, pp. 277 y 306-313), o sea, regímenes conservadores que, más que defender el orden tradicional, recreaban sus principios como una forma de resistencia al individualismo liberal y al desafío que planteaban el movimiento obrero y el socialismo. Estaban animados por la nostalgia ideológica de una Edad Media o una sociedad feudal imaginadas, en las que se reconocía la existencia de clases o grupos económicos, pero se conjuraba el peligro de la lucha de clases mediante la aceptación de la jerarquía social, y el reconocimiento de que cada grupo social o desempeñaba una función en la sociedad orgánica formada por todos y debía ser reconocido como una entidad colectiva. De ese sustrato surgieron diversas teorías que sustituían la democracia liberal por la representación de los grupos de intereses económicos y profesionales. Para designar este sistema se utilizaban a veces los términos democracia o participación , que se suponía superior a la democracia sin más, aunque de hecho siempre estuvo asociada con regímenes autoritarios y estados fuertes gobernados desde arriba, esencialmente por burócratas y tecnócratas. En todos los casos limitaba o abolía la democracia electoral, sustituyéndola por una , en palabras del primer ministro húngaro conde Bethlen (Rank, 1971). Los ejemplos más acabados de este tipo de estados corporativos hay que buscarlos en algunos países católicos, entre los que destaca el Portugal del profesor Oliveira Salazar, el régimen antiliberal de derechas más duradero de Europa (1927-1974), pero también son ejemplos notables Austria desde la destrucción de la democracia hasta la invasión de Hitler (1934-1938) y, en cierta medida, la España de Franco.
Pero aunque los orígenes y las inspiraciones de este tipo de regímenes reaccionarios fuesen más antiguos que los del fascismo y, a veces, muy distintos de los de éste, no había una línea de separación entre ellos, porque compartían los mismos enemigos, si no los mismos objetivos. Así, la Iglesia católica, profundamente reaccionaria en la versión consagrada oficialmente por el Primer Concilio Vaticano de 1870, no sólo no era fascista, sino que por su hostilidad hacia los estados laicos con pretensiones totalitarias debía ser considerada como adversaria del fascismo. Y sin embargo, la doctrina del , que alcanzó su máxima expresión en países católicos, había sido formulada en los círculos fascistas (de Italia), que bebían, entre otras, en las fuentes de la tradición católica. De hecho, algunos aplicaban a dichos regímenes la etiqueta de . En los países católicos, determinados grupos fascistas, como el movimiento rexista del belga Leon Degrelle, se inspiraban directamente en el catolicismo integrista. Muchas veces se ha aludido a la actitud ambigua de la Iglesia con respecto al racismo de Hitler y, menos frecuentemente, a la ayuda que personas integradas en la estructura de la Iglesia, algunas de ellas en cargos de importancia, prestaron después de la guerra a fugitivos nazis, muchos de ellos acusados de crímenes de guerra. El nexo de unión entre la Iglesia, los reaccionarios de viejo cuño y los fascistas era el odio común a la Ilustración del siglo XVIII, a la revolución francesa y a cuanto creían fruto de esta última: la democracia, el liberalismo y, especialmente, .
La era fascista señaló un cambio de rumbo en la historia del catolicismo porque la identificación de la Iglesia con una derecha cuyos principales exponentes internacionales eran Hitler y Mussolini creó graves problemas morales a los católicos con preocupaciones sociales y, cuando el fascismo comenzó a precipitarse hacia una inevitable derrota, causó serios problemas políticos a una jerarquía eclesiástica cuyas convicciones antifascistas no eran muy firmes. Al mismo tiempo, el antifascismo, o simplemente la resistencia patriótica al conquistador extranjero, legitimó por primera vez al catolicismo democrático (Democracia Cristiana) en el seno de la Iglesia. En algunos países donde los católicos eran una minoría importante comenzaron a aparecer partidos políticos que aglutinaban el voto católico y cuyo interés primordial era defender los intereses de la Iglesia frente a los estados laicos. Así ocurrió en Alemania y en los Países Bajos. Donde el catolicismo era la religión oficial, la Iglesia se oponía a ese tipo de concesiones a la política democrática, pero la pujanza del socialismo ateo la impulsó a adoptar una innovación radical, la formulación, en 1891, de una política social que subrayaba la necesidad de dar a los trabajadores lo que por derecho les correspondía, y que mantenía el carácter sacrosanto de la familia y de la propiedad privada, pero no del capitalismo como tal.( 2) La encíclica Rerum Novarum sirvió de base para los católicos sociales y para otros grupos dispuestos a organizar sindicatos obreros católicos, y más inclinados por estas iniciativas hacia la vertiente más liberal del catolicismo. Excepto en Italia, donde el papa Benedicto XV (1914-1922) permitió, después de la primera guerra mundial, la formación de un importante Partido Popular (católico), que fue aniquilado por el fascismo, los católicos democráticos y sociales eran tan sólo una minoría política marginal. Fue el avance del fascismo en los años treinta lo que les impulsó a mostrarse más activos. Sin embargo, en España la gran mayoría de los católicos apoyó a Franco y sólo una minoría, aunque de gran altura intelectual, se mantuvo al lado de la República. La Resistencia, que podía justificarse en función de principios patrióticos más que teológicos, les ofreció su oportunidad y la victoria les permitió aprovecharla. Pero los triunfos de la democracia cristiana en Europa, y en América Latina algunas décadas después, corresponden a un período posterior. En el período en que se produjo la caída del liberalismo, la Iglesia se complació en esa caída, con muy raras excepciones.
II
Hay que referirse ahora a los movimientos a los que puede darse con propiedad el nombre de fascistas. El primero de ellos es el italiano, que dio nombre al fenómeno, y que fue la creación de un periodista socialista renegado, Benito Mussolini, cuyo nombre de pila, homenaje al presidente mexicano anticlerical Benito Juárez, simbolizaba el apasionado antipapismo de su Romaña nativa. El propio Adolf Hitler reconoció su deuda para con Mussolini y le manifestó su respeto, incluso cuando tanto él como la Italia fascista demostraron su debilidad e incompetencia en la segunda guerra mundial. A cambio, Mussolini tomó de Hitler, aunque en fecha tardía, el antisemitismo que había estado ausente de su movimiento hasta 1938 y de la historia de Italia desde su unificación. (3) Sin embargo el fascismo italiano no tuvo un gran éxito internacional, a pesar de que intentó inspirar y financiar movimientos similares en otras partes y de que ejerció una cierta influencia en lugares inesperados, por ejemplo en Vladimir Jabotinsky, fundador del sionista, que en los años setenta ejerció el poder en Israel con Menahem Begin.
De no haber mediado el triunfo de Hitler en Alemania en los primeros meses de 1933, el fascismo no se habría convertido en un movimiento general. De hecho, salvo el italiano, todos los movimientos fascistas de cierta importancia se establecieron después de la subida de Hitler al poder. Destacan entre ellos el de los Flecha Cruz de Hungría, que consiguió el 25 por 100 de los sufragios en la primera votación secreta celebrada en este país (1939), y el de la Guardia de Hierro rumana, que gozaba de un apoyo aún mayor. Tampoco los movimientos financiados por Mussolini, como los terroristas croatas ustachá de Ante Pavelic, consiguieron mucho ni se fascistizaron ideológicamente hasta los años treinta, en que algunos de ellos buscaron inspiración y apoyo financiero en Alemania. Además, sin el triunfo de Hitler en Alemania no se habría desarrollado la idea del fascismo como movimiento universal, como una suerte de equivalente en la derecha del comunismo internacional, con Berlín como su Moscú. Pero de todo ello no surgió un movimiento sólido, sino tan sólo algunos colaboracionistas ideológicamente motivados en la Europa ocupada por los alemanes. Sin embargo, muchos ultraderechistas tradicionales, sobre todo en Francia, se negaron a cooperar con los alemanes, pese a que eran furibundos reaccionarios, porque ante todo eran nacionalistas. Algunos incluso participaron en la Resistencia. Si Alemania no hubiera alcanzado una posición de potencia mundial de primer orden, en franco ascenso, el fascismo no habría ejercido una influencia importante fuera de Europa y los gobernantes reaccionarios no se habrían preocupado de declarar su simpatía por el fascismo, como cuando, en 1940, el portugués Salazar afirmó que él y Hitler estaban (Delzell, 1970, p. 348).
No es fácil decir qué era lo que desde 1933 tenían en común las diferentes corrientes del fascismo, aparte de la aceptación de la hegemonía alemana. La teoría no era el punto fuerte de unos movimientos que predicaban la insuficiencia de la razón y del racionalismo y la superioridad del instinto y de la voluntad. Atrajeron a todo tipo de teóricos reaccionarios en países con una activa vida intelectual conservadora —Alemania es un ejemplo destacado de ello—, pero éstos eran más bien elementos decorativos que estructurales del fascismo. Mussolini podía haber prescindido perfectamente de su filósofo Giovanni Gentile y Hitler probablemente ignoraba —y no le habría importado saberlo— que contaba con el apoyo del filósofo Heidegger. No es posible tampoco identificar al fascismo con una forma concreta de organización del estado, el estado corporativo: la Alemania nazi perdió rápidamente interés por esas ideas, tanto más en cuanto entraban en conflicto con el principio de una única e indivisible Volksgemeinschaft o comunidad del pueblo. Incluso un elemento aparentemente tan crucial como el racismo estaba ausente, al principio, del fascismo italiano. Por otra parte, como hemos visto, el fascismo compartía el nacionalismo, el anticomunismo, el antiliberalismo, etc., con otros elementos no fascistas de la derecha. Algunos de ellos, en especial los grupos reaccionarios franceses no fascistas, compartían también con él la concepción de la política como violencia callejera.
La principal diferencia entre la derecha fascista y la no fascista era que la primera movilizaba a las masas desde abajo. Pertenecía a la era de la política democrática y popular que los reaccionarios tradicionales rechazaban y que los paladines del intentaban sobrepasar. El fascismo se complacía en las movilizaciones de masas, y las conservó simbólicamente, como una forma de escenografía política —las concentraciones nazis de Nuremberg, las masas de la Piazza Venezia contemplando las gesticulaciones de Mussolini desde su balcón—, incluso cuando subió al poder; lo mismo cabe decir de los movimientos comunistas. Los fascistas eran los revolucionarios de la contrarrevolución: en su retórica, en su atractivo para cuantos se consideraban víctimas de la sociedad, en su llamamiento a transformarla de forma radical, e incluso en su deliberada adaptación de los símbolos y nombres de los revolucionarios sociales, tan evidente en el caso del de Hitler, con su bandera roja (modificada) y la inmediata adopción del 1º de mayo de los rojos como fiesta oficial, en 1933.
Análogamente, aunque el fascismo también se especializó en la retórica del retorno del pasado tradicional y obtuvo un gran apoyo entre aquellos que habrían preferido borrar el siglo anterior, si hubiera sido posible, no era realmente un movimiento tradicionalista del estilo de los carlistas de Navarra que apoyaron a Franco en la guerra civil, o de las campañas de Gandhi en pro del retorno a los telares manuales y a los ideales rurales. Propugnaba muchos valores tradicionales, lo cual es otra cuestión. Denunciaba la emancipación liberal —la mujer debía permanecer en el hogar y dar a luz muchos hijos— y desconfiaba de la insidiosa influencia de la cultura moderna y, especialmente, del arte de vanguardia, al que los nacionalsocialistas alemanes tildaban de y de degenerado. Sin embargo, los principales movimientos fascistas —el italiano y el alemán— no recurrieron a los guardianes históricos del orden conservador, la Iglesia y la monarquía. Antes al contrario, intentaron suplantarlos por un principio de liderazgo totalmente nuevo encarnado en el hombre hecho a sí mismo y legitimado por el apoyo de las masas, y por unas ideologías —y en ocasiones cultos— de carácter laico.
El pasado al que apelaban era un artificio. Sus tradiciones eran inventadas. El propio racismo de Hitler no era ese sentimiento de orgullo por una ascendencia común, pura y no interrumpida que provee a los genealogistas de encargos de norteamericanos que aspiran a demostrar que descienden de un yeoman de Suffolk del siglo XVI. Era, más bien, una elucubración posdarwiniana formulada a finales del siglo XIX, que reclamaba el apoyo (y, por desgracia, lo obtuvo frecuentemente en Alemania) de la nueva ciencia de la genética o, más exactamente, de la rama de la genética aplicada () que soñaba con crear una superraza humana mediante la reproducción selectiva y la eliminación de los menos aptos. La raza destinada a dominar el mundo con Hitler ni siquiera tuvo un nombre hasta 1898, cuando un antropólogo acuñó el término . Hostil como era, por principio, a la Ilustración y a la revolución francesa, el fascismo no podía creer formalmente en la modernidad y en el progreso, pero no tenía dificultad en combinar un conjunto absurdo de creencias con la modernización tecnológica en la práctica, excepto en algunos casos en que paralizó la investigación científica básica por motivos ideológicos (véase el capítulo XVIII). El fascismo triunfó sobre el liberalismo al proporcionar la prueba de que los hombres pueden, sin dificultad, conjugar unas creencias absurdas sobre el mundo con un dominio eficaz de la alta tecnología contemporánea. Los años finales del siglo XX, con las sectas fundamentalistas que manejan las armas de la televisión y de la colecta de fondos programada por ordenador, nos han familiarizado más con este fenómeno.
Sin embargo, es necesario explicar esa combinación de valores conservadores, de técnicas de la democracia de masas y de una ideología innovadora de violencia irracional, centrada fundamentalmente en el nacionalismo. Ese tipo de movimientos no tradicionales de la derecha radical habían surgido en varios países europeos a finales del siglo XIX como reacción contra el liberalismo (esto es, contra la transformación acelerada de las sociedades por el capitalismo) y contra los movimientos socialistas obreros en ascenso y, más en general, contra la corriente de extranjeros que se desplazaban de uno a otro lado del planeta en el mayor movimiento migratorio que la historia había registrado hasta ese momento. Los hombres y las mujeres emigraban no sólo a través de los océanos y de las fronteras internacionales, sino desde el campo a la ciudad, de una región a otra dentro del mismo país, en suma, desde la hasta la tierra de los extranjeros y, en otro sentido, como extranjeros hacia la patria de otros. Casi quince de cada cien polacos abandonaron su país para siempre, además del medio millón anual de emigrantes estacionales, para integrarse en la clase obrera de los países receptores. Los años finales del siglo XIX anticiparon lo que ocurriría en las postrimerías del siglo XX e iniciaron la xenofobia masiva, de la que el racismo —la protección de la raza pura nativa frente a la contaminación, o incluso el predominio, de las hordas subhumanas invasoras— pasó a ser la expresión habitual. Su fuerza puede calibrarse no sólo por el temor hacia los inmigrantes polacos que indujo al gran sociólogo alemán Max Weber a apoyar temporalmente la Liga Pangermana, sino por la campaña cada vez más febril contra la inmigración de masas en los Estados Unidos, que, durante y después de la segunda guerra mundial, llevó al país de la estatua de la Libertad a cerrar sus fronteras a aquellos a quienes dicha estatua debía dar la bienvenida.
El sustrato común de esos movimientos era el resentimiento de los humildes en una sociedad que los aplastaba entre el gran capital, por un lado, y los movimientos obreros en ascenso, por el otro. O que, al menos, les privaba de la posición respetable que habían ocupado en el orden social y que creían merecer, o de la situación a que creían tener derecho en el seno de una sociedad dinámica. Esos sentimientos encontraron su expresión más característica en el antisemitismo, que en el último cuarto del siglo XIX comenzó a animar, en diversos países, movimientos políticos específicos basados en la hostilidad hacia los judíos. Los judíos estaban prácticamente en todas partes y podían simbolizar fácilmente lo más odioso de un mundo injusto, en buena medida por su aceptación de las ideas de la Ilustración y de la revolución francesa que los había emancipado y, con ello, los había hecho más visibles. Podían servir como símbolos del odiado capitalista/financiero; del agitador revolucionario; de la influencia destructiva de los y de los nuevos medios de comunicación de masas; de la competencia —que no podía ser sino — que les otorgaba un número desproporcionado de puestos en determinadas profesiones que exigían un nivel de instrucción; y del extranjero y del intruso como tal. Eso sin mencionar la convicción generalizada de los cristianos más tradicionales de que habían matado a Jesucristo.
El rechazo de los judíos era general en el mundo occidental y su posición en la sociedad decimonónica era verdaderamente ambigua. Sin embargo, el hecho de que los trabajadores en huelga, aunque estuvieran integrados en movimientos obreros no racistas, atacaran a los tenderos judíos y consideraran a sus patrones como judíos (muchas veces con razón, en amplias zonas de Europa central y oriental) no debe inducir a considerarlos como protonazis, de igual forma que el antisemitismo de los intelectuales liberales británicos del reinado de Eduardo VII, como el grupo de Bloomsbury, tampoco les convertía en simpatizantes de los antisemitas políticos de la derecha radical. El antisemitismo agrario de Europa central y oriental, donde en la práctica el judío era el punto de contacto entre el campesino y la economía exterior de la que dependía su sustento, era más permanente y explosivo, y lo fue cada vez más a medida que las sociedades rurales eslava, magiar o rumana se conmovieron como consecuencia de las incomprensibles sacudidas del mundo moderno. Esos grupos incultos podrían creer las historias que circulaban acerca de que los judíos sacrificaban a los niños cristianos, y los momentos de explosión social desembocaban en pogroms, alentados por los elementos reaccionarios del imperio del zar, especialmente a partir de 1881, año en que se produjo el asesinato del zar Alejandro II por los revolucionarios sociales. Existe por ello una continuidad directa entre el antisemitismo popular original y el exterminio de los judíos durante la segunda guerra mundial. El antisemitismo popular dio un fundamento a los movimientos fascistas de la Europa oriental a medida que adquirían una base de masas, particularmente al de la Guardia de Hierro rumana y al de los Flecha Cruz de Hungría. En todo caso, en los antiguos territorios de los Habsburgo y de los Romanov, esta conexión era mucho más clara que en el Reich alemán, donde el antisemitismo popular rural y provinciano, aunque fuerte y profundamente enraizado, era menos violento, o incluso más tolerante. Los judíos que en 1938 escaparon de la Viena ocupada hacia Berlín se asombraron ante la ausencia de antisemitismo en las calles. En Berlín (por ejemplo, en noviembre de 1938), la violencia fue decretada desde arriba (Kershaw, 1983). A pesar de ello, no existe comparación posible entre la violencia ocasional e intermitente de los pogroms y lo que ocurriría una generación más tarde. El puñado de muertos de 1881, los cuarenta o cincuenta del pogrom de Kishinev de 1903, ofendieron al mundo —justamente— porque antes de que se iniciara la barbarie ese número de víctimas era considerado intolerable por un mundo que confiaba en el progreso de la civilización. En cuanto a los pogroms mucho más importantes que acompañaron a los levantamientos de las masas de campesinos durante la revolución rusa de 1905, sólo provocaron, en comparación con los episodios posteriores, un número de bajas modesto, tal vez ochocientos muertos en total. Puede compararse esta cifra con los 3.800 judíos que, en 1941, murieron en tres días en Vilnius (Vilna) a manos de los lituanos, cuando los alemanes invadieron la URSS y antes de que comenzara su exterminio sistemático.
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Los nuevos movimientos de la derecha radical que respondían a estas tradiciones antiguas de intolerancia, pero que las transformaron fundamentalmente, calaban especialmente en las capas medias y bajas de la sociedad europea, y su retórica y su teoría fueron formuladas por intelectuales nacionalistas que comenzaron a aparecer en la década de 1890. El propio término se acuñó durante esos años para describir a esos nuevos portavoces de la reacción. Los militantes de las clases medias y bajas se integraron en la derecha radical, sobre todo en los países en los que no prevalecían las ideologías de la democracia y el liberalismo, o entre las clases que no se identificaban con ellas, esto es, sobre todo allí donde no se había registrado un acontecimiento equivalente a la revolución francesa. En efecto, en los países centrales del liberalismo occidental —Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos— la hegemonía de la tradición revolucionaria impidió la aparición de movimientos fascistas importantes. Es un error confundir el racismo de los populistas norteamericanos o el chauvinismo de los republicanos franceses con el protofascismo, pues estos eran movimientos de izquierda.
Ello no impidió que, una vez arrinconada la hegemonía de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad, los viejos instintos se vincularan a nuevos lemas políticos. No hay duda de que un gran porcentaje de los activistas de la esvástica en los Alpes austríacos procedían de la filas de los profesionales provinciales —veterinarios, topógrafos, etc.—, que antes habían sido liberales y habían formado una minoría educada y emancipada en un entorno dominado por el clericalismo rural. De igual manera, la desintegración de los movimientos proletarios socialistas y obreros clásicos de finales del siglo XX han dejado el terreno libre al chauvinismo y al racismo instintivos de muchos trabajadores manuales. Hasta ahora, aunque lejos de ser inmunes a ese tipo de sentimientos, habían dudado de expresarlos en público por su lealtad a unos partidos que los rechazaban enérgicamente. Desde los años sesenta, la xenofobia y el racismo político de la Europa occidental es un fenómeno que se da principalmente entre los trabajadores manuales. Sin embargo, en los decenios de incubación del fascismo se manifestaba en los grupos que no se manchaban las manos en el trabajo.
Las capas medias y medias bajas fueron la espina dorsal de esos movimientos durante todo el período de vigencia del fascismo. Esto no lo niegan ni siquiera los historiadores que se proponen revisar el consenso de cualquier análisis del apoyo a los nazis realizado entre 1930 y 1980 (Childers, 1983; Childers, 1991, pp. 8 y 14-15). Consideremos tan sólo uno de los numerosos casos en que se ha estudiado la afiliación y el apoyo de dichos movimientos: el de Austria en el período de entreguerras. De los nacionalsocialistas elegidos como concejales en Viena en 1932, el 18 por 100 eran trabajadores por cuenta propia, el 56 por 100 eran trabajadores administrativos, oficinistas y funcionarios, y el 14 por 100 obreros. De los nazis elegidos en cinco asambleas austríacas de fuera de Viena en ese mismo año, el 16 por 100 eran trabajadores por cuenta propia y campesinos, el 51 por 100 oficinistas, etc., y el 10 por 100 obreros no especializados (Larsen et al., 1978, pp. 766-767)
No quiere ello decir que los movimientos fascistas no gozaran de apoyo entre las clases obreras menos favorecidas. Fuera cual fuere la composición de sus cuadros, el apoyo a los Guardias de Hierro rumanos procedía de los campesinos pobres. Una gran parte del electorado del movimiento de los Flecha Cruz húngaros pertenecía a la clase obrera (el Partido Comunista estaba prohibido y el Partido Socialdemócrata, siempre reducido, pagaba el precio de ser tolerado por el régimen de Horthy) y, tras la derrota de la socialdemocracia austríaca en 1934, se produjo un importante trasvase de trabajadores hacia el Partido Nazi, especialmente en las provincias. Además, una vez que los gobiernos fascistas habían adquirido legitimidad pública, como en Italia y Alemania, mucho más trabajadores comunistas y socialistas de los que la tradición izquierdista está dispuesta a admitir entraron en sintonía con los nuevos regímenes. No obstante, dado que el fascismo tenía dificultades para atraer a los elementos tradicionales de la sociedad rural (salvo donde, como en Croacia, contaban con el refuerzo de organizaciones como la Iglesia católica) y que era el enemigo jurado de las ideologías y partidos identificados con la clase obrera organizada, su principal apoyo natural residía en las capas medias de la sociedad.
Hasta qué punto caló el fascismo en la clase media es una cuestión sujeta a discusión. Ejerció, sin duda, un fuerte atractivo entre los jóvenes de clase media, especialmente entre los estudiantes universitarios de la Europa continental que, durante el período de entreguerras, daban apoyo a la ultraderecha. En 1921 (es decir, antes de la ) el 13 por 100 de los miembros del movimiento fascista italiano eran estudiantes. En Alemania, ya en 1930, cuando la mayoría de los futuros nazis no se interesaban todavía por la figura de Hitler, eran entre el 5 y el 10 por 100 de los miembros del Partido Nazi (Kater, 1985, p. 467; Noelle y Neumann, 1967, p. 196). Como veremos, muchos fascistas eran ex oficiales de clase media, para los cuales la gran guerra, con todos sus horrores, había sido la cima de su realización personal, desde la cual sólo contemplaban el triste futuro de una vida civil decepcionante. Estos eran segmentos de la clase media que se sentían particularmente atraídos por el activismo. En general, la atracción de la derecha radical era mayor cuanto más fuerte era la amenaza, real o temida, que se cernía sobre la posición de un grupo de la clase media, a medida que se desbarataba el marco que se suponía que tenía que mantener en su lugar el orden social. En Alemania, la gran inflación, que redujo a cero el valor de la moneda, y la Gran Depresión que la siguió radicalizaron incluso a algunos estratos de la clase media, como los funcionarios de los niveles medios y superiores, cuya posición parecía segura y que, en circunstancias menos traumáticas, se habrían sentido satisfechos en su papel de patriotas conservadores tradicionales, nostálgicos del emperador Guillermo pero dispuestos a servir a una república presidida por el mariscal Hindenburg, si no hubiera sido evidente que ésta se estaba derrumbando. En el período de entreguerras, la gran mayoría de la población alemana que no tenía intereses políticos recordaba con nostalgia el imperio de Guillermo II. En los años sesenta, cuando la gran mayoría de los alemanes occidentales consideraba, con razón, que entonces estaba viviendo el mejor momento de la historia del país, el 42 por 100 de la población de más de sesenta años pensaba todavía que el período anterior a 1914 había sido mejor, frente al 32 por 100 que había sido convertido por el (Noelle y Neumann, 1967, p. 197). Entre 1930 y 1932, los votantes de los partidos burgueses del centro y de la derecha se inclinaron en masa por el partido nazi. Sin embargo, no fueron ellos los constructores del fascismo.
Por la forma en que se dibujaron las líneas de la lucha política en el período de entreguerras, esas capas medias conservadoras eran susceptibles de apoyar, e incluso de abrazar, el fascismo. La amenaza para la sociedad liberal y para sus valores parecía encarnada en la derecha, y la amenaza para el orden social, en la izquierda. Fueron sus temores los que determinaron la inclinación política de la clase media. Los conservadores tradicionales se sentían atraídos por los demagogos del fascismo y se demostraron dispuestos a aliarse con ellos contra el gran enemigo. El fascismo italiano tenía buena prensa en los años veinte e incluso en los años treinta, excepto en la izquierda del liberalismo. escribió John Buchan, eminente conservador británico y autor de novelas policíacas. (Lamentablemente, la inclinación a escribir novelas policíacas raramente coincide con convicciones izquierdistas.) (Graves y Hodge, 1941, p. 248) Hitler fue llevado al poder por una coalición de la derecha tradicional, a la que muy pronto devoró, y el general Franco incluyó en su frente nacionalista a la Falange española, movimiento poco importante a la sazón, porque lo que él representaba era la unión de toda la derecha contra los fantasmas de 1789 y de 1917, entre los cuales no establecía una clara distinción. Franco tuvo la fortuna de no intervenir en la segunda guerra mundial al lado de Hitler, pero envió una fuerza de voluntarios, la División Azul, a luchar en Rusia al lado de los alemanes, contra los comunistas ateos. El mariscal Pétain no era, sin duda, ni un fascista ni un simpatizante nazi. Una de las razones por las que después de la guerra era tan difícil distinguir en Francia a los fascistas sinceros y a los colaboracionistas de los seguidores del régimen petainista de Vichy era la falta de una línea clara de demarcación entre ambos grupos. Aquellos cuyos padres habían odiado a Dreyfus, a los judíos y a la república bastarda —algunos de los personajes de Vichy tenían edad suficiente para haber experimentado ellos mismos ese sentimiento— engrosaron naturalmente las filas de los entusiastas fanáticos de una Europa hitleriana. En resumen, durante el período de entreguerras, la alianza de la derecha abarcaba desde los conservadores tradicionales hasta el sector más extremo de la patología fascista, pasando por los reaccionarios de viejo cuño. Las fuerzas tradicionales del conservadurismo y la contrarrevolución eran fuertes, pero poco activas. El fascismo les dio una dinámica y, lo que tal vez es más importante, el ejemplo de su triunfo sobre las fuerzas del desorden. (El argumento habitual en favor de la Italia fascista era que .) De la misma forma que desde 1933 el dinamismo de los comunistas ejerció un atractivo sobre la izquierda desorientada y sin rumbo, los éxitos del fascismo, sobre todo desde la subida al poder de los nacionalsocialistas en Alemania, lo hicieron aparecer como el movimiento del futuro. Que el fascismo llegara incluso a adquirir importancia, aunque por poco tiempo, en la Gran Bretaña conservadora demuestra la fuerza de ese . Dado que todo el mundo consideraba que Gran Bretaña era un modelo de estabilidad social y política, el hecho de que el fascismo consiguiera ganarse a uno de sus más destacados políticos y de que obtuviera el apoyo de uno de sus principales magnates de la prensa resulta significativo, aunque el movimiento de sir Oswald Mosley perdiera rápidamente el favor de los políticos respetables y el Daily Mail de lord Rothermere abandonara muy pronto su apoyo a la Unión Británica de Fascistas.
III
Sin ningún género de dudas el ascenso de la derecha radical después de la primera guerra mundial fue una respuesta al peligro, o más bien a la realidad, de la revolución social y del fortalecimiento de la clase obrera en general, y a la revolución de octubre y al leninismo en particular. Sin ellos no habría existido el fascismo, pues aunque había habido demagogos ultraderechistas políticamente activos y agresivos en diversos países europeos desde finales del siglo XIX, hasta 1914 habían estado siempre bajo control. Desde ese punto de vista, los apologetas del fascismo tienen razón, probablemente, cuando sostienen que Lenin engendró a Mussolini y a Hitler. Sin embargo, no tienen legitimidad alguna para disculpar la barbarie fascista, como lo hicieron algunos historiadores alemanes en los años ochenta (Nolte, 1987), afirmando que se inspiraba en las barbaridades cometidas previamente por la revolución rusa y que las imitaba.
Es necesario, además, hacer dos importantes matizaciones a la tesis de que la reacción de la derecha fue en lo esencial una respuesta a la izquierda revolucionaria. En primer lugar, subestima el impacto que la primera guerra mundial tuvo sobre un importante segmento de las capas medias y medias bajas, los soldados o los jóvenes nacionalistas que, después de noviembre de 1918, comenzaron a sentirse defraudados por haber perdido su oportunidad de acceder al heroísmo. El llamado (Frontsoldat) ocuparía un destacado lugar en la mitología de los movimientos de la derecha radical —Hitler fue uno de ellos— y sería un elemento importante en los primeros grupos armados ultranacionalistas, como los oficiales que asesinaron a los líderes comunistas alemanes Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg a principios de 1919, los squadristi italianos y el Freikorps alemán. El 57 por 100 de los fascistas italianos de primera hora eran veteranos de guerra. Como hemos visto, la primera guerra mundial fue una máquina que produjo la brutalización del mundo y esos hombres se ufanaban liberando su brutalidad latente.
El compromiso de la izquierda, incluidos los liberales, con los movimientos pacifistas y antimilitaristas, y la repulsión popular contra el exterminio en masa de la primera guerra mundial llevó a que muchos subestimaran la importancia de un grupo pequeño en términos relativos, pero numeroso en términos absolutos, una minoría para la cual la experiencia de la lucha, incluso en las condiciones de 1914-1918, era esencial e inspiradora; para quien el uniforme, la disciplina y el sacrificio —su propio sacrificio y el de los demás—, así como las armas, la sangre y el poder, eran lo que daba sentido a su vida masculina. No escribieron muchos libros sobre la guerra aunque (especialmente en Alemania) alguno de ellos lo hizo. Esos Rambos de su tiempo eran reclutas naturales de la derecha radical.
La segunda matización es que la reacción derechista no fue una respuesta al bolchevismo como tal, sino a todos los movimientos, sobre todo los de la clase obrera organizada, que amenazaban el orden vigente de la sociedad, o a los que se podría responsabilizar de su desmoronamiento. Lenin era el símbolo de esa amenaza, más que su plasmación real. Para la mayor parte de los políticos, la verdadera amenaza no residía tanto en los partidos socialistas obreros, cuyos líderes eran moderados, sino en el fortalecimiento del poder, la confianza y el radicalismo de la clase obrera, que daba a los viejos partidos socialistas una nueva fuerza política y que, de hecho, los convirtió en el sostén indispensable de los estados liberales. No fue simple casualidad que poco después de concluida la guerra se aceptara en todos los países de Europa la exigencia fundamental de los agitadores socialistas desde 1889: la jornada laboral de ocho horas.
Lo que helaba la sangre de los conservadores era la amenaza implícita en el reforzamiento del poder de la clase obrera, más que la transformación de los líderes sindicales y de los oradores de la oposición en ministros del gobierno, aunque ya esto había resultado amargo. Pertenecían por definición a y en ese período de disturbios sociales no existía una frontera clara que los separara de los bolcheviques. De hecho, en los años inmediatamente posteriores al fin de la guerra muchos partidos socialistas se habrían integrado en las filas del comunismo si éste no los hubiera rechazado. No fue a un dirigente comunista, sino al socialista Matteotti a quien Mussolini hizo asesinar después de la . Es posible que la derecha tradicional considerara que la Rusia atea encarnaba todo cuanto de malo había en el mundo, pero el levantamiento de los generales españoles en 1936 no iba dirigido contra los comunistas, entre otras razones porque eran una pequeña minoría dentro del Frente Popular (véase el capítulo V). Se dirigía contra un movimiento popular que hasta el estallido de la guerra civil daba apoyo a los socialistas y los anarquistas. Ha sido una racionalización a posteriori la que ha hecho de Lenin y Stalin la excusa del fascismo.
Con todo, lo que es necesario explicar es por qué la reacción de la derecha después de la primera guerra mundial consiguió sus triunfos cruciales revestida con el ropaje del fascismo, puesto que antes de 1914 habían existido movimientos extremistas de la ultraderecha que hacían gala de un nacionalismo y de una xenofobia histéricos, que idealizaban la guerra y la violencia, que eran intolerantes y propensos a utilizar la coerción de las armas, apasionadamente antiliberales, antidemócratas, antiproletarios, antisocialistas y antirracionalistas, y que soñaban con la sangre y la tierra y con el retorno a los valores que la modernidad estaba destruyendo. Tuvieron cierta influencia política en el seno de la derecha y en algunos círculos intelectuales, pero en ninguna parte alcanzaron una posición dominante.
Lo que les dio la oportunidad de triunfar después de la primera guerra mundial fue el hundimiento de los viejos regímenes y, con ellos, de las viejas clases dirigentes y de su maquinaria de poder, influencia y hegemonía. En los países en los que esos regímenes se conservaron en buen estado no fue necesario el fascismo. No progresó en Gran Bretaña, a pesar de la breve conmoción a que se ha aludido anteriormente, porque la derecha conservadora tradicional siguió controlando la situación, y tampoco consiguió un progreso significativo en Francia hasta la derrota de 1940. Aunque la derecha radical francesa de carácter tradicional —la Action Française monárquica y la Croix de Feu (Cruz de Fuego) del coronel La Rocque— se enfrentaba agresivamente a los izquierdistas, no era exactamente fascista. De hecho, algunos de sus miembros se enrolaron en la Resistencia.
El fascismo tampoco fue necesario cuando una nueva clase dirigente nacionalista se hizo con el poder en los países que habían conquistado su independencia. Esos hombres podían ser reaccionarios y optar por un gobierno autoritario, por razones que se analizarán más adelante, pero en el período de entreguerras era la retórica lo que identificaba con el fascismo a la derecha antidemocrática europea. No hubo un movimiento fascista importante en la nueva Polonia, gobernada por militaristas autoritarios, ni en la parte checa de Checoslovaquia, que era democrática, y tampoco en el núcleo serbio (dominante) de la nueva Yugoslavia. En los países gobernados por derechistas o reaccionarios del viejo estilo —Hungría, Rumania, Finlandia e incluso la España de Franco, cuyo líder no era fascista— los movimientos fascistas o similares, aunque importantes, fueron controlados por esos gobernantes, salvo cuando intervinieron los alemanes, como en Hungría en 1944. Eso no equivale a decir que los movimientos nacionalistas minoritarios de los viejos o nuevos estados no encontraran atractivo el fascismo, entre otras razones por el hecho de que podían esperar apoyo económico y político de Italia y —desde 1933— de Alemania. Así ocurrió en la región belga de Flandes, en Eslovaquia y en Croacia.
Las condiciones óptimas para el triunfo de esta ultraderecha extrema eran un estado caduco cuyos mecanismos de gobierno no funcionaran correctamente; una masa de ciudadanos desencantados y descontentos que no supieran en quién confiar; unos movimientos socialistas fuertes que amenazasen —o así lo pareciera— con la revolución social, pero que no estaban en situación de realizarla; y un resentimiento nacionalista contra los tratados de paz de 1918-1920. En esas condiciones, las viejas élites dirigentes, privadas de otros recursos, se sentían tentadas a recurrir a los radicales extremistas, como lo hicieron los liberales italianos con los fascistas de Mussolini en 1920-1922 y los conservadores alemanes con los nacionalsocialistas de Hitler en 1932-1933. Por la misma razón, esas fueron también las condiciones que convirtieron los movimientos de la derecha radical en poderosas fuerzas paramilitares organizadas y, a veces, uniformadas (los squadristi; las tropas de asalto) o, como en Alemania durante la Gran Depresión, en ejércitos electorales de masas. Sin embargo, el fascismo no en ninguno de los dos estados fascistas, aunque en ambos recurrió frecuentemente a la retórica de y . En los dos países, el fascismo accedió al poder con la connivencia del viejo régimen o (como en Italia) por iniciativa del mismo, esto es, por procedimientos .
La novedad del fascismo consistió en que, una vez en el poder, se negó a respetar las viejas normas del juego político y, cuando le fue posible, impuso una autoridad absoluta. La transferencia total del poder, o la eliminación de todos los adversarios, llevó mucho más tiempo en Italia (1922-1928) que en Alemania (1933-1934), pero una vez conseguida, no hubo ya límites políticos internos para lo que pasó a ser la dictadura ilimitada de un populista supremo (duce o Führer).
Llegados a este punto, es necesario hacer una breve pausa para rechazar dos tesis igualmente incorrectas sobre el fascismo: la primera de ellas fascista, pero adoptada por muchos historiadores liberales, y la segunda sustentada por el marxismo soviético ortodoxo. No hubo una , ni el fascismo fue la expresión del o del gran capital.
Los movimientos fascistas tenían los elementos característicos de los movimientos revolucionarios, en la medida en que algunos de sus miembros preconizaban una transformación fundamental de la sociedad, frecuentemente con una marcada tendencia anticapitalista y antioligárquica. Sin embargo, el fascismo revolucionario no tuvo ningún predicamento. Hitler se apresuró a eliminar a quienes, a diferencia de él mismo, se tomaban en serio el componente que contenía el nombre del Partido Nacionalsocialista Alemán del Trabajo. La utopía del retorno a una especie de Edad Media poblada por propietarios campesinos hereditarios, artesanos como Hans Sachs y muchachas de rubias trenzas, no era un programa que pudiera realizarse en un gran estado del siglo XX (a no ser en las pesadillas que constituían los planes de Himmler para conseguir un pueblo racialmente purificado) y menos aún en regímenes que, como el fascismo italiano y alemán, estaban interesados en la modernización y en el progreso tecnológico.
Lo que sí consiguió el nacionalsocialismo fue depurar radicalmente las viejas élites y las estructuras institucionales imperiales. El viejo ejército aristocrático prusiano fue el único grupo que, en julio de 1944, organizó una revuelta contra Hitler (quien lo diezmó en consecuencia). La destrucción de las viejas élites y de los viejos marcos sociales, reforzada después de la guerra por la política de los ejércitos occidentales ocupantes, haría posible construir la República Federal Alemana sobre bases mucho más sólidas que las de la República de Weimar de 1918-1933, que no había sido otra cosa que el imperio derrotado sin el Káiser. Sin duda, el nazismo tenía un programa social para las masas, que cumplió parcialmente: vacaciones, deportes, el , que el mundo conocería después de la segunda guerra mundial como el Volkswagen. Sin embargo, su principal logro fue haber superado la Gran Depresión con mayor éxito que ningún otro gobierno, gracias a que el antiliberalismo de los nazis les permitía no comprometerse a aceptar a priori el libre mercado. Ahora bien, el nazismo, más que un régimen radicalmente nuevo y diferente, era el viejo régimen renovado y revitalizado. Al igual que el Japón imperial y militarista de los años treinta (al que nadie habría tildado de sistema revolucionario), era una economía capitalista no liberal que consiguió una sorprendente dinamización del sistema industrial. Los resultados económicos y de otro tipo de la Italia fascista fueron mucho menos impresionantes, como quedó demostrado durante la segunda guerra mundial. Su economía de guerra resultó muy débil. Su referencia a la era retórica, aunque sin duda para muchos fascistas de base se trataba de una retórica sincera. Era mucho más claramente un régimen que defendía los intereses de las viejas clases dirigentes, pues había surgido como una defensa frente a la agitación revolucionaria posterior a 1918 más que, como aparecía en Alemania, como una reacción a los traumas de la Gran Depresión y a la incapacidad de los gobiernos de Weimar para afrontarlos. El fascismo italiano, que en cierto sentido continuó el proceso de unificación nacional del siglo XIX, con la creación de un gobierno más fuerte y centralizado, consiguió también logros importantes. Por ejemplo, fue el único régimen italiano que combatió con éxito a la mafia siciliana y a la camorra napolitana. Con todo, su significación histórica no reside tanto en sus objetivos y sus resultados como en su función de adelantado mundial de una nueva versión de la contrarrevolución triunfante. Mussolini inspiró a Hitler y éste nunca dejó de reconocer la inspiración y la prioridad italianas. Por otra parte, el fascismo italiano fue durante mucho tiempo una anomalía entre los movimientos derechistas radicales por su tolerancia, o incluso por su aprecio, hacia la vanguardia artística , y también (hasta que Mussolini comenzó a actuar en sintonía con Alemania en 1938) por su total desinterés hacia el racismo antisemita.
En cuanto a la tesis del , lo cierto es que el gran capital puede alcanzar un entendimiento con cualquier régimen que no pretenda expropiarlo y que cualquier régimen debe alcanzar un entendimiento con él. El fascismo no era en mayor medida que el gobierno norteamericano del New Deal, el gobierno laborista británico o la República de Weimar. En los comienzos de la década de 1930 el gran capital no mostraba predilección por Hitler y habría preferido un conservadurismo más ortodoxo. Apenas colaboró con él hasta la Gran Depresión e, incluso entonces, su apoyo fue tardío y parcial. Sin embargo, cuando Hitler accedió al poder, el capital cooperó decididamente con él, hasta el punto de utilizar durante la segunda guerra mundial mano de obra esclava y de los campos de exterminio. Tanto las grandes como las pequeñas empresas, por otra parte, se beneficiaron de la expropiación de los judíos.
Hay que reconocer, sin embargo, que el fascismo presentaba algunas importantes ventajas para el capital que no tenían otros regímenes. En primer lugar, eliminó o venció a la revolución social izquierdista y pareció convertirse en el principal bastión contra ella. En segundo lugar, suprimió los sindicatos obreros y otros elementos que limitaban los derechos de la patronal en su relación con la fuerza de trabajo. El fascista correspondía al que ya aplicaban la mayor parte de los empresarios en la relación con sus subordinados y el fascismo lo legitimó. En tercer lugar, la destrucción de los movimientos obreros contribuyó a garantizar a los capitalistas una respuesta muy favorable a la Gran Depresión. Mientras que en los Estados Unidos el 5 por 100 de la población con mayor poder de consumo vio disminuir un 20 por 100 su participación en la renta nacional (total) entre 1929 y 1941 (la tendencia fue similar, aunque más modestamente igualitaria, en Gran Bretaña y Escandinavia), en Alemania ese 5 por 100 de más altos ingresos aumentó en un 15 por 100 su parte en la renta nacional durante el mismo período (Kuznets, 1956). Finalmente, ya se ha señalado que el fascismo dinamizó y modernizó las economías industriales, aunque no obtuvo tan buenos resultados como las democracias occidentales en la planificación científico-tecnológica a largo plazo.
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