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Antecedentes y carácter de la crisis del siglo III.

En el libro Historia de Roma de S. I. Kovaliov

El vergon­zoso fin del último representante de la dinastía de los Severos marcó el comienzo de una aguda crisis política que envolvió a todo el Imperio y se arrastró durante casi 50 años. Ya hemos indicado, más de una vez, los factores que prepararon esta crisis. Volveremos ahora al tema para abrazar el fenómeno en su conjunto. El Imperio Romano representaba el punto culminante del largo desarrollo histórico del Mediterráneo. Mucho antes del nacimiento de Roma, en los milenios II y III a. C, en la mitad oriental de esta cuenca existían ya las antiguas monarquías orientales egipcia y babi­lónica, el Estado del Asia Menor de los Hititas, las ciudades comerciales de Fenicia. A mediados del primer milenio, en el ángulo nor-occidental del Mediterráneo, al sur de la península balcánica, en las islas del mar Egeo y sobre la costa del Asia Menor, florecieron las pequeñas ciudades-estado griegas. En el curso de tres siglos los griegos desarrollaron una excepcional actividad comercial e industrial y cubrieron con sus colonias las orillas del Mediterráneo y del Mar Negro creando una alta civilización. A fines del siglo IV a.C, los griegos unidos a los macedonios, bajo la guía del gran Alejandro, conquistaron y colonizaron los estados del antiguo Oriente, hasta ese momento unidos a Persia. En los siglos IV-III surgieron, de las ruinas de la monarquía de Alejandro, los estados greco-orientales de los Tolomeos en Egipto, de los Seléucidas en el Asia anterior, el reino de los partos en el Asia menor, etc. En ese mismo tiempo creció y se consolidó en Italia la República Romana. Ya hemos visto cómo en el curso de tres siglos ésta creó una potencia mundial que reunía casi todos los centros de la antigua civili­zación mediterránea.

En esta larga evolución histórica, estos antiguos Estados se fundaban sobre la esclavitud. Siglo a siglo, la esclavitud iba desarrollándose: crecía el número de esclavos, se agudizaba su explotación, se ampliaban las zonas de la economía esclavista. Si en los antiguos estados orientales vemos aún formas de explotación esclavista poco desarrolladas y primitivas, en Gre­cia, y especialmente en Roma, la esclavitud abrazó toda la vida económica y penetró profundamente en las costumbres de toda la población. La esclavitud fue la causa del floreci­miento de la antigua civilización. "Sólo la esclavitud —dice Engels en el "Anti-Dühring"— hizo posible que la división del trabajo entre la agricultura y la industria alcanzase un nivel considerable y con esto hizo también posible la flor del mundo antiguo: la civilización helénica. Sin la esclavitud no habrían existido ni el Estado ni el arte ni la ciencia de Grecia; sin la esclavitud no habría existido el Imperio Romano.". Pero la esclavitud provocó también la ruina de esta civilización.

De las tres formas de explotación (esclavitud, feudalismo, capitalismo), la esclavitud es la más dura, cruel y rapaz. El esclavo no era considerado un hombre: era propiedad personal del amo, una cosa, una mercadería. El esclavo no tenía medios propios de su producción ni se le pagaba por su trabajo. Tra­bajaba bajo el bastón, bajo la amenaza de castigos inhumanos, en condiciones de vida de prisionero. Es natural por esas mis mas razones que su trabajo fuese extremadamente improductivo. El esclavo descuidaba los instrumentos, los rompía, maltrataba al ganado, aprovechaba cualquier ocasión para engañar al amo y sustraerse al trabajo. De ahí que con la esclavitud el nivel de la técnica era muy bajo: faltaban máquinas e instrumentos complejos, no había división técnica del trabajo. La esclavitud constituía un freno para el progreso de la técnica.

Pero no es esto todo. El trabajo más económico de los escla­vos suplantó al trabajo libre de los pequeños productores, cam­pesinos y artesanos. Al no encontrarse en condiciones de soportar la competencia de la gran economía esclavista, se arruinaron y se transformaron en desocupados crónicos, en una masa desclasada de subproletarios que vivía de regalías de los ricos o servía en las tropas mercenarias. La esclavitud determinó en los libres una psicología parasitaria y de ocio: "Allí donde la esclavitud es la forma dominante de producción —dice Engels— convierte al trabajo en una actividad esclavista, es decir en algo deshonroso para las personas libres. Por esta razón no es posible librarse de tal sistema de producción, mientras por otra parte sería necesario, porque para el desarrollo de la producción la esclavitud es un impedimento. Toda producción fundada sobre la esclavitud y toda sociedad que sobre ella se funda están destinadas a perecer por esta contradicción"

La esclavitud agotó las fuerzas productivas también por otro camino. Cualquier ampliación de la economía esclavista exigía nuevos esclavos; éstos eran proporcionados sobre todo por la guerra y la piratería, ya que la reproducción natural se verificaba con mucha lentitud. Ya hemos visto que el flore­cimiento de la economía esclavista en los siglos II y I a.C. fue el resultado de las conquistas y del saqueo de las provincias. Pero este sistema de saqueo estaba destinado, finalmente, a minar las fuerzas productivas de la zona del Mediterráneo. Es cierto que el Imperio había mitigado el yugo que pesaba sobre las provincias y que en los siglos I y II d.C. esto había determi­nado un cierto mejoramiento de su situación, pero se trataba de un fenómeno provisorio y superficial. No era sino la trans­formación del sistema de explotación capaz en un nuevo siste­ma más ordenado. Los impuestos ya no eran recaudados por los contratistas, sino por funcionarios imperiales; se los estable­cía según un método más organizado, pero los resultados eran los mismos, por lo menos en lo que respecta a las grandes masas de la población provincial.

Cualquiera hubiese sido el mejoramiento introducido en la administración provincial, ya no era posible encaminar las cosas en un sentido mejor. Durante muchos siglos, la esclavitud había agotado al mundo antiguo y hacia comienzos del Im­perio se notaban sus consecuencias fatales. Ya hemos señalado cómo Italia, centro principal de la esclavitud y teatro de las desastrosas guerras civiles de los siglos II y I a.C, fue la primera en ser golpeada por la crisis; hemos visto también que las tentativas de luchar contra ella no dieron ningún resultado concreto. La crisis se extendió cada vez más y comenzó a abra­zar las provincias, dejando de ser un fenómeno local. Durante la República la economía agrícola fundamental era el latifun­dio, es decir la gran propiedad donde el trabajo se desenvolvía esencialmente con las fuerzas de los esclavos pertenecientes a un determinado latifundio. Solamente en el período de la cosecha —recolección de las olivas, vendimia, etc.— el propieta­rio reclutaba una determinada cantidad de trabajadores libres. A veces una pequeña parte de tierra era entregada en arriendo a los campesinos vecinos, los llamados "colonos". Tal era la situación en el período de florecimiento de la economía es­clavista.
El cuadro cambia a partir del siglo I del Imperio. Ya hemos presentado las observaciones de Columela sobre la improducti­vidad del trabajo de los esclavos. Los esclavistas más progresistas de su tiempo se daban cuenta perfectamente de las causas de la crisis agraria. El sistema más práctico para supe­rarla podía consistir solamente en la sustitución de las anti­guas formas de explotación por otras más avanzadas y más productivas. Con este fin, los propietarios empezaron a estable­cer a parte de los esclavos en pequeñas parcelas, dándoles los medios de producción. Estos esclavos "adscriptos a la tierra" (adscripticii o bien glebae adscripti), como empezaron a ser llamados, tuvieron el derecho de gozar de una parte de la cosecha, entregando la otra al amo. Por otro lado, los propie­tarios empezaron a ceder la tierra cada vez en mayor medida a. libres arrendatarios, es decir a colonos, Sin embargo libertad estaba muy condicionada: en primer lugar, los colonos se transformaban en deudores del propietario (los llamados obaemti), que estaban obligados a ganarse una suma igual al monto de la deuda y de los intereses, trabajando sobre la tierra del acreedor. En consecuencia, ya desde el principio estos colo­nos eran personas semidependientes. En segundo lugar, también los colonos que no estaban atados por las deudas se trasforma­ban pronto en deudores insolventes del propietario. Los arren­datarios eran, por lo general, pobres; no tenían ni medios de cambio ni suficientes herramientas, por lo mismo estaban forzados a recurrir a préstamos del patrón, que luego les era difícil reembolsar, lo que los convertía en deudores insolventes. El colono perdía de ese modo el derecho a cambiar de patrón y de hecho quedaba atado a su parcela.

Con el correr del tiempo, la diferencia entre los esclavos vinculados a la tierra y los colonos "libres" desapareció: unos y otros estaban vinculados a la tierra; unos y otros pagaban el "arriendo" y tenían la obligación de cumplir corvées; tanto para los unos como para los otros, las obligaciones contraídas con el patrón pasaban a los hijos. Fue así que en el Imperio romano se formó, durante los siglos I y II, una clase única de agricultores dependientes. La explotación de las personas en la economía agrícola tomó la nueva forma colonística, en la cual había ya elementos de la futura servidumbre de la gleba medioeval.
Fenómenos similares se produjeron en el campo de la pro­ducción artesanal. También en esto el trabajo de los esclavos de la época del Imperio empezó a sofocar al trabajo semidependiente de los libertos. La liberación voluntaria de los esclavos había aumentado, como ya hemos visto, a partir del siglo I d.C. Este fenómeno era también característico de la crisis del sistema esclavista, Al recibir la libertad, el ex esclavo no se sustraía en nada a todas las obligaciones que tenía hacia el amo: el liberto estaba obligado a hacer regalos a su ex amo (ahora patrón), a mantenerlo en caso de ruina, a prestarle varios servicios; en caso de muerte del liberto el amo recibía la mitad de sus bienes, etc. Al liberar al esclavo, se consideraba el hecho de que con eso disminuían los gastos para la manu­tención, y por otra parte los productos que luego se recibían del liberto no eran inferiores, sino por el contrario muchas veces superiores, gracias al aumento en la productividad del trabajo provocado por la libertad. He aquí por qué las leyes de Augusto que limitaban la liberación de los esclavos no dieron ningún resultado y el número de libertos continuó cre­ciendo durante los siglos I y II d.C

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De modo que el desarrollo del sistema de los colonos en la agricultura y del número de los libertos en el artesanado y en la economía doméstica determinaron la crisis de la esclavitud. De este modo los esclavistas pensaban aumentar la productivi­dad del trabajo y mantener su propio dominio económico y político. Sin embargo, el paso a una forma más blanda de explotación (el sistema de los colonos y de los libertos era precisamente una forma de esclavitud atenuada) no significaba en absoluto un mejoramiento de la condición de los trabajado­res. Al contrario, si para los esclavos la subordinación a la tierra aportó una cierta consolidación de su independencia económica, y un mejoramiento del nivel de vida, para los libres el paso al estado de colonos significaba la servidumbre. Pero lo principal tampoco es esto. El paso al sistema de los colonos y de los libertos, siendo, como ya lo hemos dicho antes, un tránsito a una forma más atenuada de explotación, aumen­taba al mismo tiempo la intensidad de la explotación, es decir que empeoraba el estado general de la población trabajadora del Imperio: de los esclavos, colonos y libertos y de los campe­sinos y artesanos que seguían siendo libres.

En efecto, en un estado de crisis, en un estado de disolución de la sociedad esclavista, el yugo que pesaba sobre los produc­tores directos se hacía cada vez mayor. Esto está demostrado también sólo por el aumento de los impuestos estatales. En las páginas anteriores hemos visto cómo, durante los dos pri­meros siglos del Imperio, los aumentos en los impuestos se producían continuamente. Éste no era un fenómeno casual. Estaba determinado por el empeoramiento general de la situa­ción económica del Imperio, por el refuerzo de la presión en sus fronteras, por el crecido aparato burocrático-militar. El Imperio romano luchó encarnizadamente por su propia exis­tencia; en esta lucha los impuestos fueron el último y único recurso, ya que desde la primera mitad del siglo II se habían vuelto imposibles las nuevas conquistas.
Pero si el Estado, como órgano de toda la clase de los esclavistas, presionaba cada vez con mayor fuerza sobre el con­tribuyente, cada propietario lo hacía sobre las personas que de él dependían. Justamente con este yugo colectivo e insopor­table se explican esos fenómenos de empobrecimiento creciente de las masas, contra los cuales trataron de luchar en vano los emperadores del siglo II. A su vez el empobrecimiento de los estratos medios y bajos de la población profundizaba la crisis: disminuyó el número de los pequeños propietarios, y aumentó en consecuencia la concentración de la propiedad agraria; dis­minuyó el poder adquisitivo de la población, y por lo mismo se redujeron el comercio y el artesanado. El Imperio se encon­tró en un círculo cerrado cuya única vía de salida era la re­volución.

Hacia comienzos del siglo ni existían todas las premisas para un nuevo cambio social. Los antagonismos de clase, tal cual había sucedido 350 años antes, estaban agudizados al má­ximo. Sin embargo el carácter de estos antagonismos era total­mente distinto. Entonces, a mediados del siglo II a. C, los dos principales adversarios que se encontraban frente a frente eran los esclavos y los propietarios. Los campesinos romanos y los ítalos, los democráticos romanos y provinciales participaron, es cierto, en la lucha; pero cada grupo presentaba exigencias propias independientemente de los otros y muchas veces con­trarias. Entonces el ejército se componía en su mayor parte de subproletarios, y se lo utilizó para reprimir el movimiento re­volucionario. Por fin, a mediados del siglo II a. C, la sociedad esclavista romana se encontraba en la cima de su desarrollo.

En el siglo III d. C. los esclavos no ocupaban ya el antiguo puesto en la producción. La economía agrícola se apoyaba so­bre todo en las espaldas de los colonos. El número de esclavos ciudadanos había disminuido fuertemente. En la producción artesanal el trabajo semilibre reemplazaba cada vez más al de los esclavos. Con respecto a la época de las guerras civiles, habían cambiado también las relaciones entre todos estos gru­pos. Antes los libres se oponían a los esclavos, los ciudadanos romanos a los no ciudadanos; ahora un puñado de grandes propietarios rurales y un restringido grupo de la nobleza del dinero y del comercio, apoyados por el aparato burocrático-militar del Imperio, se encontraba frente a una masa de tra­bajadores más o menos homogénea. Los antiguos contrastes entre esclavo y pobre pero libre, entre romanó e ítalo, entre italo y provincial, habían desaparecido casi por completo. To­dos llevaban sobre sí el intolerable peso de la sociedad agoni­zante y odiaban por igual a la clase dirigente.

También el ejército tenía ahora una función distinta. En él el porcentaje de bárbaros era muy grande: tracios, ilirios, panonios, mauritanos, etc. La guardia pretoriana a partir del siglo II no fue más una excepción en este aspecto. Por otro lado, el ejército había perdido en gran medida su antiguo ca­rácter profesional. Las unidades de guarnición en las provin­cias se completaban frecuentemente con hombres reclutados en el lugar. La legalización de las familias de los soldados y el permiso para trabajar la tierra a los soldados que se encon­traban en los campamentos permanentes habían favorecido también el acercamiento del ejército a la población local. Esto, como es lógico, no significó la transformación de todo el ejér­cito romano del siglo ni en unidades territoriales, y de los sol­dados romanos en colonos militares; la soldadesca profesional con sus intereses específicos continuó prevaleciendo en el ejér­cito aún durante mucho tiempo. De ahí que en la gran crisis del siglo ni las revueltas de soldados desvinculadas del movi­miento revolucionario de los esclavos, los colonos y los arte­sanos (a veces dirigidas contra ellos) tuvieron una enorme importancia. Pero contemporáneamente también se fueron ma­nifestando cada vez más en estos movimientos ciertas tenden­cias sociales. A veces se dirigieron contra la misma categoría de ricos y nobles de la sociedad romana contra los cuates se dirigían también los estratos sociales bajos. No siempre los sol­dados se vieron impulsados por la sed de botín. El yugo que pesaba sobre todo el Imperio no podía dejar de hacerse sentir en el ejército, cualquiera fuese la situación privilegiada en la cual éste se encontraba con respecto a los colonos y a los es­clavos. Por eso sucedía que un movimiento iniciado con carác­ter de puro motín militar se convertía en una rebelión revolu­cionaria del pueblo y por ende en una conmoción social.

Finalmente, para comprender las particularidades de la crisis del siglo ni hay que hacer notar aún un factor impor­tante: la situación externa del Imperio. Durante las guerras civiles de los siglos II y I, Roma no se había encontrado una sola vez frente a una amenaza militar seria (salvo la agresión de los cimbrios y los teutones a fines del siglo II). En el si­glo ni d. C. el cuadro que se presenta es totalmente distinto: la actividad de las tribus bárbaras que vivían del otro lado de las fronteras había aumentado muchísimo. Esto se debía en primer lugar al hecho de que la crisis había debilitado nota­blemente la fuerza de resistencia de Roma. Y lo sabían muy bien todos sus vecinos, que odiaban demasiado al opresor secu­lar y demasiado atraídos se sentían por sus riquezas como para poder quedarse tranquilos. En segundo lugar, en el siglo II muchas tribus bárbaras (especialmente las que estaban en con­tacto directo con las fronteras romanas) habían pasado por un rápido proceso de disgregación de los vínculos familiares. En este aspecto, había comenzado la diferenciación de un rico estrato de nobles interesados en la conquista de nuevas tierras y riquezas. Los jefes de las tribus más grandes habían empezado a reunir alrededor suyo alianzas que caían, con todo su peso, sobre las fronteras romanas. Hemos visto que ya en la segunda mitad del siglo II estas fronteras no estuvieron en condiciones de soportar la presión y fueron traspasadas en muchos puntos. En el siglo m la situación se volvió mucho más seria. A mediados de este siglo la presión se había hecho tan fuerte que las fronteras ya no estaban en condiciones de resistir. Ava­lanchas de bárbaros penetraron en el interior del territorio del Imperio. Siria, el Asia Menor, la península balcánica, África, España, Galia, fueron invadidas más de una vez. Las invasio­nes de los bárbaros agudizaron y favorecieron las luchas in­ternas en el Imperio. Por una parte la población de las pro­vincias trataba de luchar contra las incursiones que devastaban sus territorios y, sin esperar la ayuda del poder central, en aquel tiempo totalmente ausente, organizaba la defensa, a veces con ciertos éxitos. Por otra parte, la población de las provin­cias distaba mucho de mostrarse unánime en este aspecto. En la lucha contra los bárbaros estaban interesados sobre todo los estratos poderosos, mientras que a las masas trabajadoras no les importaba mucho, pues no tenían nada que perder. Además, muchos esclavos y colonos provenían precisamente de esos bár­baros que amenazaban el Imperio desde el exterior y no se sentían para nada propensos a combatir contra sus compatrio­tas. Esto explica que los bárbaros pudieron penetrar profun­damente en el imperio con toda facilidad.
Hasta aquí los antecedentes, las fuerzas motoras y el cuadro general de la situación de la crisis del siglo III. De todo lo; que hemos dicho se deduce que el nuevo estallido revolucionario debía ser para las clases poderosas mucho más espantoso que las guerras civiles de los siglos II y I.
 





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