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EL FIN DEL MILENIO

ERIC HOBSBAWM
En el libro HISTORIA DEL SIGLO XX 1914-1991


Estamos en el principio de una nueva era, que se caracteriza por una gran inseguridad, por una crisis permanente y por la ausencia de cualquier tipo de statu quo... Hemos de ser conscientes de que nos encontramos en una de aquellas crisis de la historia mundial que describió Jakob Burckhardt. Ésta no es menos importante que la que se produjo después de 1945, aun cuando ahora las condiciones para remontarla parecen mejores, porque no hay potencias vencedoras ni vencidas, ni siquiera en la Europa oriental.

M. STÜRMER en Bergedorf (1993, p. 59).


Aunque el ideal terrenal del socialismo y el comunismo se haya derrumbado, los problemas que este ideal intentaba resolver permanecen: se trata de la descarada utilización social del desmesurado poder del dinero, que muchas veces dirige el curso de los acontecimientos. Y si la lección global del siglo XX no produce una seria reflexión, el inmenso torbellino rojo puede repetirse de principio a fin.

ALEXANDER SOLZHENITSYN, en New York Times,
28 de noviembre de 1993.


Para un escritor es un privilegio haber presenciado el final de tres estados: la república de Weimar, el estado fascista y la República Democrática Alemana. Creo que no viviré lo suficiente como para presenciar el final de la República Federal.

HEINER MÜLLER (1992, p. 361).


I

El siglo XX corto acabó con problemas para los cuales nadie tenía, ni pretendía tener, una solución. Cuando los ciudadanos de fin de siglo emprendieron su camino hacia el tercer milenio a través de la niebla que les rodeaba, lo único que sabían con certeza era que una era de la historia llegaba a su fin. No sabían mucho más.

Así, por primera vez en dos siglos, el mundo de los años noventa carecía de cualquier sistema o estructura internacional. El hecho de que después de 1989 apareciesen decenas de nuevos estados territoriales, sin ningún mecanismo para determinar sus fronteras, y sin ni siquiera una tercera parte que pudiese considerarse imparcial para actuar como mediadora, habla por sí mismo. ¿Dónde estaba el consorcio de grandes potencias que anteriormente establecían las fronteras en disputa, o al menos las ratificaban formalmente? ¿Dónde los vencedores de la primera guerra mundial que supervisaron la redistribución del mapa de Europa y del mundo, fijando una frontera aquí o pidiendo un plebiscito allá? (¿Dónde, además, los hombres que trabajaban en las conferencias internacionales tan familiares para los diplomáticos del pasado y tan distintas de las breves “cumbres” de relaciones públicas y foto que las han reemplazado?)

¿Dónde estaban las potencias internacionales, nuevas o viejas, al fin del milenio? El único estado que se podía calificar de gran potencia, en el sentido en que el término se empleaba en 1914, era los Estados Unidos. No está claro lo que esto significaba en la práctica. Rusia había quedado reducida a las dimensiones que tenía a mediados del siglo XVII. Nunca, desde Pedro el Grande, había sido tan insignificante. El Reino Unido y Francia se vieron relegados a un estatus puramente regional, y ni siquiera la posesión de armas nucleares bastaba para disimularlo. Alemania y Japón eran grandes potencias económicas, pero ninguna de ellas vio la necesidad de reforzar sus grandes recursos económicos con potencial militar en el sentido tradicional, ni siquiera cuando tuvieron libertad para hacerlo, aunque nadie sabe qué harán en el futuro. ¿Cuál era el estatus político internacional de la nueva Unión Europea, que aspiraba a tener un programa político común, pero que fue incapaz de conseguirlo —o incluso de pretender que lo tenía— salvo en cuestiones económicas? No estaba claro ni siquiera que muchos de los estados, grandes o pequeños, nuevos o viejos, pudieran sobrevivir en su forma actual durante el primer cuarto del siglo XXI.

Si la naturaleza de los actores de la escena internacional no estaba clara, tampoco lo estaba la naturaleza de los peligros a que se enfrentaba el mundo. El siglo XX había sido un siglo de guerras mundiales, calientes o frías, protagonizadas por las grandes potencias y por sus aliados, con unos escenarios cada vez más apocalípticos de destrucción en masa, que culminaron con la perspectiva, que afortunadamente pudo evitarse, de un holocausto nuclear provocado por las superpotencias. Este peligro ya no existía. No se sabía qué podía depararnos el futuro, pero la propia desaparición o transformación de todos los actores —salvo uno— del drama mundial significaba que una tercera guerra mundial al viejo estilo era muy improbable.

Esto no quería decir, evidentemente, que la era de las guerras hubiese llegado a su fin. Los años ochenta demostraron, mediante el conflicto anglo-argentino de 1983 y el que enfrentó a Irán con Irak de 1980 a 1988, que guerras que no tenían nada que ver con la confrontación entre las superpotencias mundiales eran posibles en cualquier momento. Los años que siguieron a 1989 presenciaron un mayor número de operaciones militares en más lugares de Europa, Asia y África de lo que nadie podía recordar, aunque no todas fueran oficialmente calificadas como guerras: en Liberia, Angola, Sudán y el Cuerno de África: en la antigua Yugoslavia, en Moldavia, en varios países del Cáucaso y de la zona transcaucásica, en el siempre explosivo Oriente Medio, en la antigua Asia central soviética y en Afganistán. Como muchas veces no estaba claro quién combatía contra quién, y por qué, en las frecuentes situaciones de ruptura y desintegración nacional, estas actividades no se acomodaban a las denominaciones clásicas de “guerra” internacional o civil. Pero los habitantes de la región que las sufrían difícilmente podían considerar que vivían en tiempos de paz, especialmente cuando, como en Bosnia, Tadjikistán o Liberia, habían estado viviendo en una paz incuestionable hacía poco tiempo. Por otra parte, como se demostró en los Balcanes a principios de los noventa, no había una línea de demarcación clara entre las luchas internas regionales y una guerra balcánica semejante a las de viejo estilo, en la que aquéllas podían transformarse fácilmente. En resumen, el peligro global de guerra no había desaparecido; sólo había cambiado.

No cabe duda de que los habitantes de estados fuertes, estables y privilegiados (la Unión Europea con relación a la zona conflictiva adyacente; Escandinavia con relación a las costas ex soviéticas del mar Báltico) podían creer que eran inmunes a la inseguridad y violencia que aquejaba a las zonas más desfavorecidas del tercer mundo y del antiguo mundo socialista; pero estaban equivocados. La crisis de los estados-nación tradicionales basta para ponerlo en duda. Dejando a un lado la posibilidad de que algunos de estos estados pudieran escindirse o disolverse, había una importante, y no siempre advertida, innovación de la segunda mitad del siglo que los debilitaba, aunque sólo fuera al privarles del monopolio de la fuerza, que había sido siempre el signo del poder del estado en las zonas establecidas permanentemente: la democratización y privatización de los medios de destrucción, que transformó las perspectivas de conflicto y violencia en cualquier parte del mundo.

Ahora resultaba posible que pequeños grupos de disidentes, políticos o de cualquier tipo, pudieran crear problemas y destrucción en cualquier lugar del mundo, como lo demostraron las actividades del IRA en Gran Bretaña y el intento de volar el World Trade Center de Nueva York (1993). Hasta fines del siglo XX, el coste originado por tales actividades era modesto —salvo para las empresas aseguradoras—, ya que el terrorismo no estatal, al contrario de lo que se suele suponer, era mucho menos indiscriminado que los bombardeos de la guerra oficial, aunque sólo fuera porque su propósito, cuando lo tenía, era más bien político que militar. Además, y si exceptuamos las cargas explosivas, la mayoría de estos grupos actuaban con armas de mano, más adecuadas para pequeñas acciones que para matanzas en masa. Sin embargo, no había razón alguna para que las armas nucleares —siendo el material y los conocimientos para construirlas de fácil adquisición en el mercado mundial— no pudieran adaptarse para su uso por parte de pequeños grupos.

Además, la democratización de los medios de destrucción hizo que los costes de controlar la violencia no oficial sufriesen un aumento espectacular. Así, el gobierno británico, enfrentado a las fuerzas antagónicas de los paramilitares católicos y protestantes de Irlanda del Norte, que no pasaban de unos pocos centenares, se mantuvo en la provincia gracias a la presencia constante de unos 20.000 soldados y 8.000 policías, con un gasto anual de tres mil millones de libras esterlinas. Lo que era válido para pequeñas rebeliones y otras formas de violencia interna, lo era más aún para los pequeños conflictos fuera de las fronteras de un país. En muy pocos casos de conflicto internacional los estados, por grandes que fueran, estaban preparados para afrontar estos enormes gastos.

Varias situaciones derivadas de la guerra fría, como los conflictos de Bosnia y Somalia, ilustraban esta imprevista limitación del poder del estado, y arrojaban nueva luz acerca de la que parecía estarse convirtiendo en la principal causa de tensión internacional de cara al nuevo milenio: la creciente separación entre las zonas ricas y pobres del mundo. Cada una de ellas tenía resentimientos hacia la otra. El auge del fundamentalismo islámico no era sólo un movimiento contra la ideología de una modernización occidentalizadora, sino contra el propio “Occidente”. No era casual que los activistas de estos movimientos intentasen alcanzar sus objetivos perturbando las visitas de los turistas, como en Egipto, o asesinando a residentes occidentales, como en Argelia. Por el contrario, en los países ricos la amenaza de la xenofobia popular se dirigía contra los extranjeros del tercer mundo, y la Unión Europea estaba amurallando sus fronteras contra la invasión de los pobres del tercer mundo en busca de trabajo. Incluso en los Estados Unidos se empezaron a notar graves síntomas de oposición a la tolerancia de facto de la inmigración ilimitada.

En términos políticos y militares, sin embargo, ninguno de los bandos podía imponerse al otro. En cualquier conflicto abierto entre los estados del norte y del sur que se pudiera imaginar, la abrumadora superioridad técnica y económica del norte le aseguraría la victoria, como demostró concluyentemente la guerra del Golfo de 1991. Ni la posesión de algunos misiles nucleares por algún país del tercer mundo —suponiendo que dispusiera de medios para mantenerlos y lanzarlos— podía tener efecto disuasorio, ya que los estados occidentales, como Israel y la coalición de la guerra del Golfo demostraron en Irak, podían emprender ataques preventivos contra enemigos potenciales mientras eran todavía demasiado débiles como para resultar amenazadores. Desde un punto de vista militar, el primer mundo podría tratar al tercero como lo que Mao llamada “un tigre de papel”.

Sin embargo, durante la segunda mitad del siglo XX cada vez quedó más claro que el primer mundo podía ganar batallas pero no guerras contra el tercer mundo o, más bien, que incluso vencer en las guerras, si hubiera sido posible, no le garantizaría controlar los territorios. Había desaparecido el principal activo del imperialismo: la buena disposición de las poblaciones coloniales para, una vez conquistadas, dejarse administrar tranquilamente por un puñado de ocupantes. Gobernar Bosnia-Herzegovina no fue un problema para el imperio de los Habsburgo, pero a principios de los noventa los asesores militares de todos los países advirtieron a sus gobiernos que la pacificación de ese infeliz y turbulento país requeriría la presencia de cientos de miles de soldados durante un período de tiempo ilimitado, esto es, una movilización comparable a la de una guerra.

Somalia siempre había sido una colonia difícil, que en una ocasión había requerido incluso la presencia de un contingente militar británico mandado por un general de división, pero ni Londres ni Roma pensaron que ni siquiera Muhammad ben Abdallah, el famoso “Mullah loco”, pudiese plantear problemas insolubles a los gobiernos coloniales británico e italiano. Sin embargo, a principios de los años noventa los Estados Unidos y las demás fuerzas de ocupación de las Naciones Unidas, compuestas por varias decenas de miles de hombres, se retiraron ignominiosamente de Somalia al verse ante la opción de una ocupación indefinida si un propósito claro. Incluso el poderío de los Estados Unidos reculó cuando se enfrentó en la vecina Haití —uno de los satélites tradicionales dependientes de Washington— a un general local del ejército haitiano, entrenado y armado por los Estados Unidos, que se oponía al regreso de un presidente electo que gozaba de un apoyo con reservas de los Estados Unidos, a quienes desafío a ocupar Haití. Los norteamericanos rehusaron ocuparla de nuevo, como habían hecho de 1915 a 1934, no porque el millar de criminales uniformados del ejército haitiano constituyesen un problema militar serio, sino porque ya no sabían cómo resolver el problema haitiano con una fuerza exterior.
En suma, el siglo finalizó con un desorden global de naturaleza poco clara, y sin ningún mecanismo para poner fin al desorden o mantenerlo controlado.


II

La razón de esta impotencia no reside sólo en la profundidad de la crisis mundial y en su complejidad, sino también en el aparente fracaso de todos los programas, nuevos o viejos, para manejar o mejorar los asuntos de la especie humana.

El siglo XX corto ha sido una era de guerras religiosas, aunque las más militantes y sanguinarias de sus religiones, como el nacionalismo y el socialismo, fuesen ideologías laicas nacidas en el siglo XIX, cuyos dioses eran abstracciones o políticos venerados como divinidades. Es probable que los casos extremos de tal devoción secular, como los diversos cultos a la personalidad, estuvieran ya en declive antes del fin de la guerra fría o, más bien, que hubiesen pasado de ser iglesias universales a una dispersión de sectas rivales. Sin embargo, su fuerza no residía tanto en su capacidad para movilizar emociones emparentadas con las de las religiones tradicionales —algo que el liberalismo ni siquiera intentó—, sino en que prometía dar soluciones permanentes a los problemas de un mundo en crisis. Que fue precisamente en lo que fallaron cuando se acababa el siglo.

El derrumbamiento de la Unión Soviética llamó la atención en un primer momento sobre el fracaso del comunismo soviético: esto es, del intento de basar una economía entera en la propiedad estatal de todos los medios de producción, con una planificación centralizada que lo abarcaba todo y sin recurrir en absoluto a los mecanismos del mercado o de los precios. Como todas las demás formas históricas del ideal socialista que daban por supuesta una economía basada en la propiedad social (aunque no necesariamente estatal) de los medios de producción, distribución e intercambio, la cual implicaba la eliminación de la empresa privada y de la asignación de recursos a través del mercado, este fracaso minó también las aspiraciones del socialismo no comunista, marxista o no, aunque ninguno de estos regímenes o gobiernos proclamase haber establecido una economía socialista. Si el marxismo, justificación intelectual e inspiración del comunismo, iba a continuar o no, era una cuestión abierta al debate. Aunque por más que Marx perviviera como gran pensador, no era probable que lo hiciera, al menos en su forma original, ninguna de las versiones del marxismo formuladas desde 1890 como doctrinas para la acción política y aspiración de los movimientos socialistas.


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Por otra parte, la utopía antagónica a la soviética también estaba en quiebra. Ésta era la fe teológica en una economía que asignaba totalmente los recursos a través de un mercado sin restricciones, en una situación de competencia ilimitada; un estado de cosas que se creía que no sólo producía el máximo de bienes y servicios, sino también el máximo de felicidad y el único tipo de sociedad que merecía el calificativo de “libre”. Nunca había existido una economía de laissez-faire total. A diferencia de la utopía soviética, nadie intentó antes de los años ochenta instaurar la utopía ultraliberal. Sobrevivió durante el siglo XX como un principio para criticar las ineficiencias de las economías existentes y el crecimiento del poder y de la burocracia del estado. El intento más consistente de ponerla en práctica, el régimen de la señora Tatcher en el Reino Unido, cuyo fracaso económico era generalmente aceptado en la época de su derrocamiento, tuvo que instaurarse gradualmente. Sin embargo, cuando se intentó hacerlo para sustituir de un día al otro la antigua economía socialista soviética, mediante “terapias de choque” recomendadas por asesores occidentales, los resultados fueron económicamente desastrosos y espantosos desde un punto de vista social y político. Las teorías en las que se basaba la teología neoliberal, por elegantes que fuesen, tenían poco que ver con la realidad.

El fracaso del modelo soviético confirmó a los partidarios del capitalismo en su convicción de que ninguna economía podía operar sin un mercado de valores. A su vez, el fracaso del modelo ultraliberal confirmó a los socialistas en la más razonable creencia de que los asuntos humanos, entre los que se incluye la economía, son demasiado importantes para dejarlos al juego del mercado. También dio apoyo a la suposición de economistas escépticos de que no existía una correlación visible entre el éxito o el fracaso económico de un país y la calidad académica de sus economistas teóricos. (1) Puede ser que las generaciones futuras consideren que el debate que enfrentaba al capitalismo y al socialismo como ideologías mutuamente excluyentes y totalmente opuestas no era más que un vestigio de las “guerras frías de religión” ideológicas del siglo XX. Puede que este debate resulte tan irrelevante para el tercer milenio como el que se desarrolló en los siglos XVI y XVII entre católicos y protestantes acerca de la verdadera naturaleza del cristianismo lo fue para los siglos XVIII y XIX.

Más grave aún que la quiebra de los dos extremos antagónicos fue la desorientación de los que pueden llamarse programas y políticas mixtos o intermedios que presidieron los milagros económicos más impresionantes del siglo. Éstos combinaban pragmáticamente lo público y lo privado, el mercado y la planificación, el estado y la empresa, en la medida en que la ocasión y la ideología local lo permitían. Aquí el problema no residía en la aplicación de una teoría intelectualmente atractiva o impresionante que pudiera defenderse en abstracto, ya que la fuerza de estos programas se debía más a su éxito práctico que a su coherencia intelectual. Sus problemas los causó el debilitamiento de este éxito práctico. Las décadas de crisis habían demostrado las limitaciones de las diversas políticas de la edad de oro, pero sin generar ninguna alternativa convincente. Revelaron también las imprevistas pero espectaculares consecuencias sociales y culturales de la era de la revolución económica mundial iniciada en 1945, así como sus consecuencias ecológicas, potencialmente catastróficas. Mostraron, en suma, que las instituciones colectivas humanas habían perdido el control sobre las consecuencias colectivas de la acción del hombre. De hecho, uno de los atractivos intelectuales que ayudan a explicar el breve auge de la utopía neoliberal es precisamente que ésta procuraba eludir las decisiones humanas colectivas. Había que dejar que cada individuo persiguiera su satisfacción sin restricciones, y fuera cual fuese el resultado, sería el mejor posible. Cualquier curso alternativo sería peor, se decía de manera poco convincente.

Si las ideologías programáticas nacidas en la era de las revoluciones y en el siglo XIX comenzaron a decaer al final del siglo XX, las más antiguas guías para perplejos de este mundo, las religiones tradicionales, no ofrecían una alternativa plausibe. Las religiones occidentales cada vez tenían más problemas, incluso en los países —encabezados por esa extraña anomalía que son los Estados Unidos— donde seguía siendo frecuente ser miembro de una Iglesia y asistir a los ritos religiosos (Kosmin y Lachmann, 1993). El declive de las diversas confesiones protestantes se aceleró. Iglesias y capillas construidas a principios de siglo quedaron vacías al final del mismo, o se vendieron para otros fines, incluso en lugares como Gales, donde habían contribuido a dar forma a la identidad nacional. De 1960 en adelante, como hemos visto, el declive del catolicismo romano se precipitó. Incluso en los países antes comunistas, donde la Iglesia gozaba de la ventaja de simbolizar la oposición a unos regímenes profundamente impopulares, el fiel católico poscomunista mostraba la misma tendencia a apartarse del rebaño que el de otros países. Los observadores religiosos creyeron detectar en ocasiones un retorno a la religión en la zona de la cristiandad ortodoxa postsoviética, pero a fines de siglo la evidencia acerca de este hecho, poco probable pero no imposible, resulta débil. Cada vez menos hombres y mujeres prestaban oídos a las diversas doctrinas de estas confesiones cristianas, fueran los que fuesen sus méritos.

El declive y caída de las religiones tradicionales, no se vio compensado, al menos en la sociedad urbana del mundo desarrollado, por el crecimiento de una religiosidad sectaria militante, o por el auge de nuevos cultos y comunidades de culto, y aún menos por el deseo de muchos hombres y mujeres de escapar de un mundo que no comprendían ni podían controlar, refugiándose en una diversidad de creencias cuya fuerza residía en su propia irracionalidad. La visibilidad pública de estas sectas, cultos y creencias no debe ocultarnos la relativa fragilidad de sus apoyos. No más de un 3 o 4 por 100 de la comunidad judía británica pertenecía a alguna de las sectas o grupos jasídicos ultraortodoxos. Y la población adulta estadounidense que pertenecía a sectas militantes y misioneras no excedía del 5 por 100 (Kosmin y Lachmann, 1993, pp. 15-16). (2)

La situación era diferente en el tercer mundo y en las zonas adyacentes, exceptuando la vasta población del Extremo Oriente, que la tradición confuciana mantuvo inmune durante milenios a la religión oficial, aunque no a los cultos no oficiales. Aquí se hubiera podido esperar que ideologías basadas en las tradiciones religiosas que constituían las formas populares de pensar el mundo hubiesen adquirido prominencia en la escena pública, a medida que la gente común se convertía en actor en esta escena. Esto es lo que ocurrió en las últimas décadas del siglo, cuando la elite minoritaria y secular que llevaba a sus países a la modernización quedó marginada (véase el capítulo XII). El atractivo de una religión politizada era tanto mayor cuanto las viejas religiones eran, casi por definición, enemigas de la civilización occidental que era un agente de perturbación social, y de los países ricos e impíos que aparecían ahora, más que nunca, como los explotadores de la miseria del mundo pobre. Que los objetivos locales contra los que se dirigían estos movimientos fueran los ricos occidentalizados con sus Mercedes y las mujeres emancipadas les añadía un toque de lucha de clases. Occidente les aplicó el erróneo calificativo de “fundamentalistas”; pero cualquier que fuera la denominación que se les diese, estos movimientos miraban atrás, hacia una época más simple, estable y comprensible de un pasado imaginario. Como no había camino de vuelta a tal era, y como estas ideologías no tenían nada importante que decir sobre los problemas de sociedades que no se parecían en nada, por ejemplo, a las de los pastores nómadas del antiguo Oriente Medio, no podían proporcionar respuestas a estos problemas. Eran lo que el incisivo vienés Karl Kraus llamaba psicoanálisis: síntomas de “la enfermedad de la que pretendían ser la cura”.

Este es también el caso de la amalgama de consignas y emociones —ya que no se les puede llamar propiamente ideologías— que florecieron sobre las ruinas de las antiguas instituciones e ideologías, como la maleza que colonizó las bombardeadas ruinas de las ciudades europeas después que cayeron las bombas de la segunda guerra mundial: una mezcla de xenofobia y de política de identidad. Rechazar un presente inaceptable no implica necesariamente proporcionar soluciones a sus problemas (véase el capítulo XIV, VI). En realidad, lo que más se parecía a un programa político que reflejase este enfoque era el “derecho a la autodeterminación nacional” wilsoniano-leninista para “naciones” presuntamente homogéneas en los aspectos étnico-lingüístico-culturales, que iba reduciéndose a un absurdo trágico y salvaje a medida que se acercaba el nuevo milenio. A principios de los años noventa, quizá por vez primera, algunos observadores racionales, independientemente de su filiación política (siempre que no fuese la de algún grupo específico de activismo nacionalista), empezaron a proponer públicamente el abandono del “derecho a la autodeterminación”. (3)
No era la primera vez que una combinación de inanidad intelectual con fuertes y a veces desesperadas emociones colectivas resultaba políticamente poderosa en épocas de crisis, de inseguridad y, en grandes partes del mundo, de estados e instituciones en proceso de desintegración. Así como los movimientos que recogían el resentimiento del período de entreguerras generaron el fascismo, las protestas político-religiosas del tercer mundo y el ansia de una identidad segura y de un orden social en un mundo en desintegración (el llamamiento a la “comunidad” va unido habitualmente a un llamamiento en favor de la “ley y el orden”) proporcionaron el humus en que podían crecer fuerzas políticas efectivas. A su vez, estas fuerzas podían derrocar viejos regímenes y establecer otros nuevos. Sin embargo, no era probable que pudieran producir soluciones para el nuevo milenio, al igual que el fascismo no las había producido para la era de las catástrofes. A fines del siglo XX corto, ni siquiera estaba claro si serían capaces de engendrar movimientos de masas nacionales similares a los que hicieron fuertes a algunos fascismos incluso antes de que adquiriesen el arma decisiva del poder estatal. Su activo principal consistía, probablemente, en una cierta inmunidad a la economía académica y a la retórica antiestatal de un liberalismo identificado con el mercado libre. Si los políticos tenían que ordenar la renacionalización de una industria, no se detendrían por los argumentos en contra, sobre todo si no eran capaces de entenderlos. Y además, si bien estaban dispuestos a hacer algo, sabían tan poco como los demás qué convenía hacer.


III

Ni lo sabe, por supuesto, el autor de este libro. Pese a todo, algunas tendencias del desarrollo a largo plazo estaban tan claras que nos permiten esbozar una agenda de algunos de los principales problemas del mundo y señalar, al menos, algunas de las condiciones para solucionarlos.

Los dos problemas centrales, y a largo plazo decisivos, son de tipo demográfico y ecológico. Se esperaba generalmente que la población mundial, en constante aumento desde mediados del siglo XX, se estabilizaría en una cifra cercana a los diez mil millones de seres humanos —o, lo que es lo mismo, cinco veces la población existente en 1950— alrededor del año 2030, esencialmente a causa de la reducción del índice de natalidad del tercer mundo. Si esta previsión resultase errónea, deberíamos abandonar toda apuesta por el futuro. Incluso si se demuestra realista a grandes rasgos, se planteará el problema —hasta ahora no afrontado a escala global— de cómo mantener una población mundial estable o, más probablemente, una población mundial que fluctuará en torno a una tendencia estable o con un pequeño crecimiento (o descenso). (Una caída espectacular de la población mundial, improbable pero no inconcebible, introduciría complejidades adicionales). Sin embargo los movimientos predecibles de la población mundial, estable o no, aumentarán con toda certeza los desequilibrios entre las diferentes zonas del mundo. En conjunto, como sucedió en el siglo XX, los países ricos y desarrollados serán aquellos cuya población comience a estabilizarse, o a tener un índice de crecimiento estancado, como sucedió en algunos países durante los años noventa.

Rodeados por países pobres con grandes ejércitos de jóvenes que claman por conseguir los trabajos humildes del mundo desarrollado que les harían a ellos ricos en comparación con los niveles de vida de El Salvador o de Marruecos, esos países ricos con muchos ciudadanos de edad avanzada y pocos jóvenes tendrían que enfrentarse a la elección entre permitir la inmigración en masa (que produciría problemas políticos internos), rodearse de barricadas para que no entren unos emigrantes a los que necesitan (lo cual sería impracticable a largo plazo), o encontrar otra fórmula. La más probable sería la de permitir la inmigración temporal y condicional, que no concede a los extranjeros los mismos derechos políticos y sociales que a los ciudadanos, esto es, la de crear sociedades esencialmente desiguales. Esto puede abarcar desde sociedades de claro apartheid, como las de Suráfrica e Israel (que están en declive en algunas zonas del mundo, pero no han desaparecido en otras), hasta la tolerancia informal de los inmigrantes que no reivindican nada del país receptor, porque lo consideran simplemente como un lugar donde ganar dinero de vez en cuando, mientras se mantienen básicamente arraigados en su propia patria. Los transportes y comunicaciones de fines del siglo XX, así como el enorme abismo que existe entre las rentas que pueden ganarse en los países ricos y en los pobres, hacen que esta existencia dual sea más posible que antes. Si este tipo de existencia podrá lograr, a largo o incluso a medio plazo, que las fricciones entre los nativos y los extranjeros sean menos incendiarias, es una cuestión sobre la que siguen discutiendo los eternos optimistas y los escépticos desilusionados.

Pero no cabe duda de que estas fricciones serán uno de los factores principales de las políticas, nacionales o globales, de las próximas décadas.

Los problemas ecológicos, aunque son cruciales a largo plazo, no resultan tan explosivos de inmediato. No se trata de subestimarlos, aun cuando desde la época en que entraron en la conciencia y en el debate públicos, en los años setenta, hayan tendido a discutirse erróneamente en términos de un inminente apocalipsis. Sin embargo, que el “efecto invernadero” pueda no causar un aumento del nivel de las aguas del mar que anegue Bangladesh y los Países Bajos en el año 2000, o que la pérdida diaria de un desconocido número de especies tenga precedentes, no es motivo de satisfacción. Un índice de crecimiento económico similar al de la segunda mitad del siglo XX, si se mantuviese indefinidamente (suponiendo que ello fuera posible), tendría consecuencias irreversibles y catastróficas para el entorno natural de este planeta, incluyendo a la especie humana que forma parte de él. No destruiría el planeta ni lo haría totalmente inhabitable, pero con toda seguridad cambiaría las pautas de la vida en la biosfera, y podría resultar inhabitable para la especie humana tal como la conocemos y en su número actual. Además, el ritmo a que la tecnología moderna ha aumentado nuestra capacidad de modificar el entorno es tal que —incluso suponiendo que no se acelere— el tiempo del que disponemos para afrontar el problema no debe contarse en siglos, sino en décadas.

Como respuesta a la crisis ecológica que se avecina sólo podemos decir tres cosas con razonable certidumbre. La primera es que esta crisis debe ser planetaria más que local, aunque ganaríamos tiempo si la mayor fuente de contaminación global, el 4 por 100 de la población mundial que vive en los Estados Unidos, tuviera que pagar un precio realista por la gasolina que consume. La segunda, que el objetivo de la política ecológica debe ser radical y realista a la vez. Las soluciones de mercado, como la de incluir los costes de las externalidades ambientales en el precio que los consumidores pagan por sus bienes y servicios, no son ninguna de las dos cosas. Como muestra el caso de los Estados Unidos, incluso el intento más modesto de aumentar el impuesto energético en ese país puede desencadenar dificultades políticas insuperables. La evolución de los precios del petróleo desde 1973 demuestra que, en una sociedad de libre mercado, el efecto de multiplicar de doce a quince veces en seis años el precio de la energía no hace que disminuya su consumo, sino que se consuma con mayor eficiencia, al tiempo que se impulsan enormes inversiones para hallar nuevas —y dudosas desde un punto de vista ambiental— fuentes de energía que sustituyan el irreemplazable combustible fósil. A su vez estas nuevas fuentes de energía volverán a hacer bajar los precios y fomentarán un consumo más derrochador. Por otra parte, propuestas como las de un mundo de crecimiento cero, por no mencionar fantasías como el retorno a la presunta simbiosis primitiva entre el hombre y la naturaleza, aunque sean radicales resultan totalmente impracticables. El crecimiento cero en la situación existente congelaría las actuales desigualdades entre los países del mundo, algo que resulta mucho más tolerable para el habitante medio de Suiza que para el de la India. No es por azar que el principal apoyo a las políticas ecológicas proceda de los países ricos y de las clases medias y acomodadas de todos los países (exceptuando a los hombres de negocios que esperan ganar dinero con actividades contaminantes). Los pobres, que se multiplican y están subempleados, quieren más “desarrollo”, no menos.

En cualquier caso, ricos o no, los partidarios de las políticas ecológicas tenían razón. El índice de desarrollo debe reducirse a un desarrollo “sostenible” (un término convenientemente impreciso) a medio plazo, mientras que a largo plazo se tendrá que buscar alguna forma de equilibrio entre la humanidad, los recursos (renovables) que consume y las consecuencias que sus actividades producen en el medio ambiente. Nadie sabe, y pocos se atreven a especular acerca de ello, cómo se producirá este equilibrio, y a qué nivel de población, tecnología y consumo será posible. Sin duda los expertos científicos pueden establecer lo que se necesita para evitar una crisis irreversible, pero no hay que olvidar que establecer este equilibrio no es un problema científico y tecnológico, sino político y social. Sin embargo, hay algo indudable: este equilibrio sería incompatible con una economía mundial basada en la búsqueda ilimitada de beneficios económicos por parte de unas empresas que, por definición, se dedican a este objetivo y compiten una contra otra en un mercado libre global. Desde el punto de vista ambiental, si la humanidad ha de tener un futuro, el capitalismo de las décadas de crisis no debería tenerlo.

 



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