Webhistoria.com.ar - Artículos de Historia


 
 
LAS DÉCADAS DE CRISIS

ERIC HOBSBAWM
En el libro HISTORIA DEL SIGLO XX 1914-1991


III

También fue alrededor de 1970 cuando empezó a producirse una crisis similar, desapercibida al principio, que comenzó a minar el “segundo mundo” de las “economías de planificación centralizada”. Esta crisis resultó primero encubierta, y posteriormente acentuada, por la inflexibilidad de sus sistemas políticos, de modo que el cambio, cuando se produjo, resultó repentino, como sucedió en China tras la muerte de Mao y, en 1983-1985, en la Unión Soviética, tras la muerte de Brezhnev (véase el capítulo 16). Desde el punto de vista económico, estaba claro desde mediados de la década de los sesenta que el socialismo de planificación centralizada necesitaba reformas urgentes. Y a partir de 1970 se evidenciaron graves síntomas de auténtica regresión. Este fue el preciso momento en que estas economías se vieron expuestas —como todas las demás, aunque quizá no en la misma medida— a los movimientos incontrolables y a las impredecibles fluctuaciones de la economía mundial transnacional. La entrada masiva de la Unión Soviética en el mercado internacional de cereales y el impacto de las crisis petrolíferas de los setenta representaron el fin del “campo socialista” como una economía regional autónoma, protegida de los caprichos de la economía mundial (véase la p. 374).

Curiosamente, el Este y el Oeste estaban unidos no sólo por la economía transnacional, que ninguno de ellos podía controlar, sino también por la extraña interdependencia del sistema de poder de la guerra fría. Como hemos visto en el capítulo VIII, este sistema estabilizó a las superpotencias y a sus áreas de influencia, pero había de sumir a ambas en el desorden en el momento en que se desmoronase. No se trataba de un desorden meramente político, sino también económico. Con el súbito desmoronamiento del sistema político soviético, se hundieron también la división interregional del trabajo y las redes de dependencia mutua desarrolladas en la esfera soviética, obligando a los países y regiones ligados a éstas a enfrentarse individualmente a un mercado mundial para el cual no estaban preparados. Tampoco Occidente lo estaba para integrar los vestigios del antiguo “sistema mundial paralelo” comunista en su propio mercado mundial, como no pudo hacerlo, aun queriéndolo, la Comunidad Europea. (11)

Finlandia, un país que experimentó uno de los éxitos económicos más espectaculares de la Europa de la posguerra, se hundió en una gran depresión debido al derrumbamiento de la economía soviética. Alemania, la mayor potencia económica de Europa, tuvo que imponer tremendas restricciones a su economía, y a la de Europa en su conjunto, porque su gobierno (contra las advertencias de sus banqueros, todo hay que decirlo) había subestimado la dificultad y el coste de la absorción de una parte relativamente pequeña de la economía socialista, los dieciséis millones de personas de la República Democrática Alemana. Estas fueron consecuencias imprevistas de la quiebra soviética, que casi nadie esperaba hasta que se produjeron.

En el intervalo, igual que en Occidente, lo impensable resultó pensable en el Este, y los problemas invisibles se hicieron visibles. Así, en los años setenta, tanto en el Este como en el Oeste la defensa del medio ambiente se convirtió en uno de los temas de campaña política más importantes, bien se tratase de la defensa de las ballenas o de la conservación del lago Baikal en Siberia. Dadas las restricciones del debate público, no podemos seguir con exactitud el desarrollo del pensamiento crítico en esas sociedades, pero ya en 1980 economistas de primera línea del régimen, antiguos reformistas, como János Kornai en Hungría, publicaron análisis muy negativos sobre el sistema económico socialista, y los implacables sondeos sobre los defectos del sistema social soviético, que fueron conocidos a mediados de los ochenta, se habían estado gestando desde hacía tiempo entre los académicos de Novosibirsk y de muchos otros lugares. Es difícil determinar el momento exacto en el que los dirigentes comunistas abandonaron su fe en el socialismo, ya que después de 1989-1991 tenían interés en anticipar retrospectivamente su conversión. Si esto es cierto en el terreno económico, aún lo es más en el político, como demostraría —al menos en los países socialistas occidentales— la perestroika de Gorbachov. Con toda su admiración histórica y su adhesión a Lenin, caben pocas dudas de que muchos comunistas reformistas hubiesen querido abandonar gran parte de la herencia política del leninismo, aunque pocos de ellos (fuera del Partido Comunista italiano, que ejercía un gran atractivo para los reformistas del Este) estaban dispuestos a admitirlo.

Lo que muchos reformistas del mundo socialista hubiesen querido era transformar el comunismo en algo parecido a la socialdemocracia occidental. Su modelo era más bien Estocolmo que Los Ángeles. No parece que Hayek y Friedman tuviesen muchos admiradores secretos en Moscú o Budapest. La desgracia de estos reformistas fue que la crisis de los sistemas comunistas coincidiese con la crisis de la edad de oro del capitalismo, que fue a su vez la crisis de los sistemas socialdemócratas. Y todavía fue peor que el súbito desmoronamiento del comunismo hiciese indeseable e impracticable un programa de transformación gradual, y que esto sucediese durante el (breve) intervalo en que en el Occidente capitalista triunfaba el radicalismo rampante de los ideólogos del ultraliberalismo. Éste proporcionó, por ello, la inspiración teórica a los regímenes poscomunistas, aunque en la práctica mostró ser tan irrealizable allí como en cualquier otro lugar.

Sin embargo, aunque en muchos aspectos las crisis discurriesen por caminos paralelos en el Este y en el Oeste, y estuviesen vinculadas en una sola crisis global tanto por la política como por la economía, divergían en dos puntos fundamentales. Para el sistema comunista, al menos en la esfera soviética, que era inflexible e inferior, se trataba de una cuestión de vida o muerte, a la que no sobrevivió. En los países capitalistas desarrollados lo que estaba en juego nunca fue la supervivencia del sistema económico y, pese a la erosión de sus sistemas políticos, tampoco lo estaba la viabilidad de éstos. Ello podría explicar —aunque no justificar— la poco convincente afirmación de un autor estadounidense según el cual con el fin del comunismo la historia de la humanidad sería en adelante la historia de la democracia liberal. Sólo en un aspecto crucial estaban estos sistemas en peligro: su futura existencia como estados territoriales individuales ya no estaba garantizada. Pese a todo, a principios de los noventa, ni uno solo de estos estados-nación occidentales amenazados por los movimientos secesionistas se había desintegrado.

Durante la era de las catástrofes, el final del capitalismo había parecido próximo. La Gran Depresión podía describirse, como en el título de un libro contemporáneo, como This Final Crisis (Hutt, 1935). Pocos tenían ahora una visión apocalíptica sobre el futuro inmediato del capitalismo desarrollado, aunque un historiador y marchante de arte francés predijese rotundamente el fin de la civilización occidental para 1976 argumentando, con cierto fundamento, que el empuje de la economía estadounidense, que había hecho avanzar en el pasado al resto del mundo capitalista, era ya una fuerza agotada (Gimpel, 1992). Consideraba, por tanto, que la depresión actual “se prolongará hasta bien entrado el próximo milenio”. Para ser justos habrá que decir que, hasta mediados o incluso fines de los ochenta, tampoco muchos se mostraban apocalípticos respecto de las perspectivas de la Unión Soviética.

Sin embargo, y debido precisamente al mayor y más incontrolable dinamismo de la economía capitalista, el tejido social de las sociedades occidentales estaba bastante más minado que el de las sociedades socialistas, y por tanto, en este aspecto la crisis del Oeste era más grave. El tejido social de la Unión Soviética y de la Europa oriental se hizo pedazos a consecuencia del derrumbamiento del sistema, y no como condición previa del mismo. Allá donde las comparaciones son posibles, como en el caso de la Alemania Occidental y la Alemania Oriental, parece que los valores y las costumbres de la Alemania tradicional se conservaron mejor bajo la égida comunista que en la región occidental del milagro económico.

Los judíos que emigraron de la Unión Soviética a Israel promovieron en este país la música clásica, ya que provenían de un país en el que asistir a conciertos en directo seguía siendo una actividad normal, por lo menos entre el colectivo judío. El público de los conciertos no se había reducido allí a una pequeña minoría de personas de mediana o avanzada edad. (12)

Los habitantes de Moscú y de Varsovia se sentían menos preocupados por problemas que abrumaban a los de Nueva York o Londres: el visible crecimiento del índice de criminalidad, la inseguridad ciudadana y la impredecible violencia de una juventud sin normas. Había, lógicamente, escasa ostentación pública del tipo de comportamiento que indignaba a las personas socialmente conservadoras o convencionales, que lo veían como una evidencia de la descomposición de la civilización y presagiaban un colapso como el de Weimar.

Es difícil determinar en qué medida esta diferencia entre el Este y el Oeste se debía a la mayor riqueza de las sociedades occidentales y al rígido control estatal de las del Este. En algunos aspectos, este y oeste evolucionaron en la misma dirección. En ambos, las familias eran cada vez más pequeñas, los matrimonios se rompían con mayor facilidad que en otras partes, y la población de los estados —o, en cualquier caso, la de sus regiones más urbanizadas e industrializadas— se reproducía poco. En ambos también —aunque estas afirmaciones siempre deban hacerse con cautela— se debilitó el arraigo de las religiones occidentales tradicionales, aunque especialistas en la materia afirmaban que en la Rusia postsoviética se estaba produciendo un resurgimiento de las creencias religiosas, aunque no de la práctica. En 1989 las mujeres polacas —como los hechos se encargaron de demostrar— eran refractarias a dejar que la Iglesia católica dictase sus hábitos de emparejamiento como las mujeres italianas, pese a que en la etapa comunista los polacos hubiesen manifestado una apasionada adhesión a la Iglesia por razones nacionalistas y antisoviéticas. Evidentemente los regímenes comunistas dejaban menos espacio para las subculturas, las contraculturas o los submundos de cualquier especie, y reprimían las disidencias. Además, los pueblos que han experimentado períodos de terror general y despiadado, como sucedía en muchos de estos estados, es más probable que sigan con la cabeza gacha incluso cuando se suaviza el ejercicio del poder. Con todo, la relativa tranquilidad de la vida socialista no se debía al temor. El sistema aisló a sus ciudadanos del pleno impacto de las transformaciones sociales de Occidente porque los aisló del pleno impacto del capitalismo occidental. Los cambios que experimentaron procedían del estado o eran una respuesta al estado. Lo que el estado no se propuso cambiar permaneció como estaba antes. La paradoja del comunismo en el poder es que resultó ser conservador.
IV

Es prácticamente imposible hacer generalizaciones sobre la extensa área del tercer mundo (incluyendo aquellas zonas del mismo que estaban ahora en proceso de industrialización). En la medida en que sus problemas pueden estudiarse en conjunto, he procurado hacerlo en los capítulos VII y XII. Como hemos visto, las décadas de crisis afectaron a aquellas regiones de maneras muy diferentes. ¿Cómo podemos comparar Corea del Sur, donde desde 1970 hasta 1985 el porcentaje de la población que poseía un aparato de televisión pasó de un 6,4 por 100 a un 99,1 por 100 (Jon, 1993), con un país como Perú, donde más de la mitad de la población estaba por debajo del umbral de la pobreza —más que en 1972— y donde el consumo per cápita estaba cayendo (Anuario, 1989), por no hablar de los asolados países del África subsahariana? Las tensiones que se producían en un subcontinente como la India eran las propias de una economía en crecimiento y de una sociedad en transformación. Las que sufrían zonas como Somalia, Angola y Liberia eran las propias de unos países en disolución dentro de un continente sobre cuyo futuro pocos se sentían optimistas.

La única generalización que podía hacerse con seguridad era la de que, desde 1970, casi todos los países de esta categoría se habían endeudado profundamente. En 1990 se los podía clasificar, desde los tres gigantes de la deuda internacional (entre 60.000 y 110.000 millones de dólares), que eran Brasil, México y Argentina, pasando por los otro veintiocho que debían más de 10.000 millones cada uno, hasta los que sólo debían de 1.000 o 2.000 millones. El Banco Mundial (que tenía motivos para saberlo) calculó que sólo siete de las noventa y seis economías de renta “baja” y “media” que asesoraba tenían deudas externas sustancialmente inferiores a los mil millones de dólares —países como Lesotho y Chad—, y que incluso en éstos las deudas eran varias veces superiores a lo que habían sido veinte años antes. En 1970 sólo doce países tenían una deuda superior a los mil millones de dólares, y ningún país superaba los diez mil millones. En términos más realistas, en 1980 seis países tenían una deuda igual o mayor que todo su PNB; en 1990 veinticuatro países debían más de lo que producían, incluyendo —si tomamos la región como un conjunto— toda el África subsahariana. No resulta sorprendente que los países relativamente más endeudados se encuentren en África (Mozambique, Tanzania, Somalia, Zambia, Congo, Costa de Marfil), algunos de ellos asolados por la guerra; otros, por la caída del precio de sus exportaciones. Sin embargo, los países que debían soportar una carga mayor para la atención de sus grandes deudas —es decir, aquellos que debían emplear para ello una cuarta parte o más del total de sus exportaciones— estaban más repartidos. En realidad el África subsahariana estaba por debajo de esta cifra, bastante mejor en este aspecto que el sureste asiático, América Latina y el Caribe, y Oriente Medio.

Era muy improbable que ninguna de estas deudas acabase saldándose, pero mientras los bancos siguiesen cobrando intereses por ellas —un promedio del 9,6 por 100 en 1982 (UNCTAD)— les importaba poco. A comienzos de los ochenta se produjo un momento de pánico cuando, empezando por México, los países latinoamericanos con mayor deuda no pudieron seguir pagando, y el sistema bancario occidental estuvo al borde del colapso, puesto que en 1970 (cuando los petrodólares fluían sin cesar a la busca de inversiones) algunos de los bancos más importantes habían prestado su dinero con tal descuido que ahora se encontraban técnicamente en quiebra. Por fortuna para los países ricos, los tres gigantes latinoamericanos de la deuda no se pusieron de acuerdo para actuar conjuntamente, hicieron arreglos separados para renegociar las deudas, y los bancos, apoyados por los gobiernos y las agencias internacionales, dispusieron de tiempo para amortizar gradualmente sus activos perdidos y mantener su solvencia técnica. La crisis de la deuda persistió, pero ya no era potencialmente fatal. Este fue probablemente el momento más peligroso para la economía capitalista mundial desde 1929. Su historia completa aún está por escribir.

Mientras las deudas de los estados pobres aumentaban, no lo hacían sus activos, reales o potenciales. En las décadas de crisis la economía capitalista mundial, que juzga exclusivamente en función del beneficio real o potencial, decidió “cancelar” una gran parte del tercer mundo. De las veintidós “economías de renta baja”, diecinueve no recibieron ninguna inversión extranjera. De hecho, sólo se produjeron inversiones considerables (de más de 500 millones de dólares) en catorce de los casi cien países de rentas bajas y medias fuera de Europa, y grandes inversiones (de 1.000 millones de dólares en adelante) en tan sólo ocho países, cuatro de los cuales en el este y el sureste asiático (China, Tailandia, Malaysia e Indonesia), y tres en América Latina (Argentina, México y Brasil). (13)

La economía mundial transnacional, crecientemente integrada, no se olvidó totalmente de las zonas proscritas. Las más pequeñas y pintorescas de ellas tenían un potencial como paraísos turísticos y como refugios extraterritoriales offshore del control gubernamental, y el descubrimiento de recursos aprovechables en territorios poco interesantes hasta el momento podría cambiar su situación. Sin embargo, una gran parte del mundo iba quedando, en conjunto, descolgada de la economía mundial. Tras el colapso del bloque soviético, parecía que esta iba a ser también la suerte de la zona comprendida entre Trieste y Vladivostok. En 1990 los únicos estados ex socialistas de la Europa oriental que atrajeron alguna inversión extranjera neta fueron Polonia y Checoslovaquia (World Development, 1992, cuadros 21, 23 y 24). Dentro de la enorme área de la antigua Unión Soviética había distritos o repúblicas ricos en recursos que atrajeron grandes inversiones, y zonas que fueron abandonadas a sus propias y míseras posibilidades. De una forma u otra, gran parte de lo que había sido el “segundo mundo” iba asimilándose a la situación del tercero.

El principal efecto de las décadas de crisis fue, pues, el de ensanchar la brecha entre los países ricos y los países pobres. Entre 1960 y 1987 el PIB real de los países del África subsahariana descendió, pasando de ser un 14 por 100 del de los países industrializados al 8 por 100; el de los países “menos desarrollados” (que incluía países africanos y no africanos) descendió del 9 al 5 por 100 (14) (Human Development, 1991, cuadro 6).

V

En la medida en que la economía transnacional consolidaba su dominio mundial iba minando una grande, y desde 1945 prácticamente universal, institución: el estado-nación, puesto que tales estados no podían controlar más que una parte cada vez menor de sus asuntos. Organizaciones cuyo campo de acción se circunscribía al ámbito de las fronteras territoriales, como los sindicatos, los parlamentos y los sistemas nacionales de radiodifusión, perdieron terreno, en la misma medida en que lo ganaban otras organizaciones que no tenían estas limitaciones, como las empresas multinacionales, el mercado monetario internacional y los medios de comunicación global de la era de los satélites.

La desaparición de las superpotencias, que podían controlar en cierta medida a sus estados satélites, vino a reforzar esta tendencia. Incluso la más insustituible de las funciones que los estados-nación habían desarrollado en el transcurso del siglo, la de redistribuir la renta entre sus poblaciones mediante las transferencias de los servicios educativos, de salud y de bienestar, además de otras asignaciones de recursos, no podía mantenerse ya dentro de los límites territoriales en teoría, aunque en la práctica lo hiciese, excepto donde las entidades supranacionales como la Comunidad o Unión Europea las complementaban en algunos aspectos. Durante el apogeo de los teólogos del mercado libre, el estado se vio minado también por la tendencia a desmantelar actividades hasta entonces realizadas por organismos públicos, dejándoselas “al mercado”.

Paradójica, pero quizá no sorprendentemente, a este debilitamiento del estado-nación se le añadió una tendencia a dividir los antiguos estados territoriales en lo que pretendían ser otros más pequeños, la mayoría de ellos en respuesta a la demanda por algún grupo de un monopolio étnico-lingüístico. Al comienzo, el ascenso de tales movimientos autonomistas y separatistas, sobre todo después de 1970, fue un fenómeno fundamentalmente occidental que pudo observarse en Gran Bretaña, España, Canadá, Bélgica e incluso en Suiza y Dinamarca; pero también, desde principios de los setenta, en el menos centralizado de los estados socialistas, Yugoslavia. La crisis del comunismo la extendió por el Este, donde después de 1991 se formaron más nuevos estados, nominalmente nacionales, que en cualquier otra época durante el siglo XX. Hasta los años noventa este fenómeno no afectó prácticamente al hemisferio occidental al sur de la frontera canadiense. En las zonas en que durante los años ochenta y noventa se produjo el desmoronamiento y la desintegración de los estados, como en Afganistán y en partes de África, la alternativa al antiguo estado no fue su partición sino la anarquía.

Este desarrollo resultaba paradójico, puesto que estaba perfectamente claro que los nuevos miniestados tenían los mismos inconvenientes que los antiguos, acrecentados por el hecho de ser menores. Fue menos sorprendente de lo que pudiera parecer, porque el único modelo de estado disponible a fines del siglo XX era el de un territorio con fronteras dotado de sus propias instituciones autónomas, o sea, el modelo de estado-nación de la era de las revoluciones. Además, desde 1918 todos los regímenes sostenían el principio de “autodeterminación nacional”, que cada vez más se definía en términos étnico-lingüísticos. En este aspecto Lenin y el presidente Wilson estaban de acuerdo. Tanto la Europa surgida de los tratados de paz de Versalles como lo que se convirtió en la Unión Soviética estaban concebidos como agrupaciones de tales estados-nación. En el caso de la Unión Soviética (y de Yugoslavia, que más tarde siguió su ejemplo), eran uniones de este tipo de estados que, en teoría —aunque no en la práctica— mantenían su derecho a la secesión. (15) Cuando estas uniones se rompieron, lo hicieron naturalmente de acuerdo con las líneas de fractura previamente determinadas.


[pagebreak]
No obstante, el nuevo nacionalismo separatista de las décadas de crisis era un fenómeno bastante diferente del que había llevado a la creación de estados-nación en los siglos XIX y principios del XX. De hecho, se trataba de una combinación de tres fenómenos. El primero era la resistencia de los estados-nación existentes a su degradación. Esto quedó claro en los años ochenta, con los intentos realizados por miembros de hecho o potenciales de la Comunidad Europea, en ocasiones de características políticas muy distintas como Noruega y la Inglaterra de la señora Tatcher, de mantener su autonomía regional dentro de la reglamentación global europea en materias que consideraban importantes. Sin embargo, resulta significativo que el proteccionismo, el principal elemento de defensa con que contaban los estados-nación, fuese mucho más débil en las décadas de crisis que en la era de las catástrofes. El libre comercio mundial seguía siendo el ideal y —en gran medida— la realidad, sobre todo tras la caída de las economías controladas por el estado, pese a que varios estados desarrollaron métodos hasta entonces desconocidos para protegerse contra la competencia extranjera.

Se decía que japoneses y franceses eran los especialistas en estos métodos, pero probablemente fueron los italianos quienes tuvieron un éxito más grande a la hora de mantener la mayor parte de su mercado automovilístico en manos italianas (esto es, de la Fiat). Con todo, se trataba de acciones defensivas, aunque muy empeñadas y a veces coronadas por el éxito. Eran probablemente más duras cuando lo que estaba en juego no era simplemente económico, sino una cuestión relacionada con la identidad cultural. Los franceses, y en menor medida los alemanes, lucharon por mantener las cuantiosas ayudas para sus campesinos, no sólo porque éstos tenían en sus manos unos votos vitales, sino también porque creían que la destrucción de las explotaciones agrícolas, por ineficientes o poco competitivas que fuesen, significaría la destrucción de un paisaje, de una tradición y de una parte del carácter de la nación.

Los franceses, con el apoyo de otros países europeos, resistieron las exigencias estadounidenses en favor del libre comercio de películas y productos audiovisuales, no sólo porque se habrían saturado sus pantallas con productos estadounidenses, dado que la industria del espectáculo establecida en Norteamérica —aunque ahora de propiedad y control internacionales— había recuperado un monopolio potencialmente mundial similar al que detentaba la antigua industria de Hollywood. Quienes se oponían a este monopolio consideraban, acertadamente, que era intolerable que meros cálculos de costes comparativos y de rentabilidad llevasen a la desaparición de la producción de películas en lengua francesa. Sean cuales fueren los argumentos económicos, había cosas en la vida que debían protegerse. ¿Acaso algún gobierno podría considerar seriamente la posibilidad de demoler la catedral de Chartres o el Taj Mahal, si pudiera demostrarse que construyendo un hotel de lujo, un centro comercial o un palacio de congreso en el solar (vendido, por supuesto, a compradores privados) se podría obtener una mayor contribución al PIB del país que la que proporcionaba el turismo existente? Basta hacer la pregunta para conocer la respuesta.

El segundo de los fenómenos citados puede describirse como el egoísmo colectivo de la riqueza, y refleja las crecientes disparidades económicas entre continentes, países y regiones. Los gobiernos de viejo estilo de los estados-nación, centralizados o federales, así como las entidades supranacionales como la Comunidad Europea, habían aceptado la responsabilidad de desarrollar todos sus territorios y, por tanto, hasta cierto punto, la responsabilidad de igualar cargas y beneficios en todos ellos. Esto significaba que las regiones más pobres y atrasadas recibirían subsidios (a través de algún mecanismo distributivo central) de las regiones más ricas y avanzadas, o que se les daría preferencia en las inversiones con el fin de reducir las diferencias. La Comunidad Europea fue lo bastante realista como para admitir tan sólo como miembros a estados cuyo atraso y pobreza no significasen una carga excesiva para los demás; un realismo ausente de la Zona de Libre Comercio del Norte de América (NAFTA) de 1993, que asoció a los Estados Unidos y Canadá (con un PIB per cápita de unos 20.000 dólares en 1990) con México, que tenía una octava parte de este PIB per cápita. (16) La resistencia de las zonas ricas a dar subsidios a las pobres es harto conocida por los estudiosos del gobierno local, especialmente en los Estados Unidos. El problema de los “centros urbanos” habitados por los pobres, y con una recaudación fiscal que se hunde a consecuencia del éxodo hacia los suburbios, se debe fundamentalmente a esto. ¿Quién quiere pagar por los pobres? Los ricos suburbios de Los Ángeles, como Santa Mónica y Malibú, optaron por desvincularse de la urbe, por la misma razón que, a principios de los noventa, llevó a Staten Island a votar en favor de segregarse de Nueva York.

Algunos de los nacionalismos separatistas de las décadas de crisis se alimentaban de este egoísmo colectivo. La presión por desmembrar Yugoslavia surgió de las “europeas” Eslovenia y Croacia; y la presión para escindir Checoslovaquia, de la vociferante y “occidental” República Checa. Cataluña y el País Vasco eran las regiones más ricas y “desarrolladas” de España, y en América Latina los únicos síntomas relevantes de separatismo procedían del estado más rico de Brasil, Rio Grande do Sul. El ejemplo más nítido de este fenómeno fue el súbito auge, a fines de los ochenta, de la Liga Lombarda (llamada posteriormente Liga del Norte), que postulaba la secesión de la región centrada en Milán, la “capital económica” de Italia, de Roma, la capital política. La retórica de la Liga, con sus referencias a un glorioso pasado medieval y al dialecto lombardo, era la retórica habitual de la agitación nacionalista, pero lo que sucedía en realidad era que la región rica deseaba conservar sus recursos para sí.

El tercero de estos fenómenos tal vez corresponda a una respuesta a la “revolución cultural” de la segunda mitad del siglo: esta extraordinaria disolución de las normas, tejidos y valores sociales tradicionales, que hizo que muchos habitantes del mundo desarrollado se sintieran huérfanos y desposeídos. El términos “comunidad” no fue empleado nunca de manera más indiscriminada y vacía que en las décadas en que las comunidades en sentido sociológico resultaban difíciles de encontrar en la vida real (la “comunidad de las relaciones públicas”, la “comunidad gay”, etc.).

En los Estados Unidos, país propenso a autoanalizarse, algunos autores venían señalando desde finales de los sesenta el auge de los “grupos de identidad”: agrupaciones humanas a las cuales una persona podía “pertenecer” de manera inequívoca y más allá de cualquier duda o incertidumbre. Por razones obvias, la mayoría de éstos apelaban a una “etnicidad” común, aunque otros grupos de personas que buscaban una separación colectiva empleaban el mismo lenguaje nacionalista (como cuando los activistas homosexuales hablaban de “la nación de los gays”).

Como sugiere la aparición de este fenómeno en el más multiétnico de los estados, la política de los grupos de identidad no tiene una conexión intrínseca con la “autodeterminación nacional”, esto es, con el deseo de crear estados territoriales identificados con un mismo “pueblo” que constituía la esencia del nacionalismo. Para los negros o los italianos de Estados Unidos, la secesión no tenía sentido ni formaba parte de su política étnica. Los políticos ucranianos en Canadá no eran ucranianos, eran canadienses. (17)

La esencia de las políticas étnicas, o similares, en las sociedades urbanas —es decir, en sociedades heterogéneas casi por definición— consistía en competir con grupos similares por una participación en los recursos del estado no étnico, empleando para ello la influencia política de la lealtad de grupo. Los políticos elegidos por unos distritos municipales neoyorquinos que habían sido convenientemente arreglados para dar una representación específica a los bloques de votantes latinos, orientales y homosexuales, querían obtener más de la ciudad de Nueva York, no menos.

Lo que las políticas de identidad tenían en común con el nacionalismo étnico de fin de siglo era la insistencia en que la identidad propia del grupo consistía en alguna característica personal, existencial, supuestamente primordial e inmutable —y por tanto permanente— que se compartía con otros miembros del grupo y con nadie más. La exclusividad era lo esencial, puesto que las diferencias que separaban a una comunidad de otra se estaban atenuando. Los judíos estadounidenses jóvenes se pusieron a buscar sus “raíces” cuando los elementos que hasta entonces les hubieran podido caracterizar indeleblemente como judíos habían dejado de ser distintivos eficaces del judaísmo, comenzando por la segregación y discriminación de los años anteriores a la segunda guerra mundial.

Aunque el nacionalismo quebequés insistía en la separación porque afirmaba ser una “sociedad distinta”, la verdad es que surgió como una fuerza significativa precisamente cuando Quebec dejó de ser “una sociedad distinta”, como lo había sido, con toda evidencia, hasta los años sesenta (Ignatieff, 1993, pp. 115-117). La misma fluidez de la etnicidad en las sociedades urbanas hizo su elección como el único criterio de grupo algo arbitrario y artificial. En los Estados Unidos, exceptuando a las personas negras, hispanas o a las de origen inglés o alemán, por lo menos el 60 por 100 de todas las mujeres norteamericanas, de cualquier origen étnico, se casaron con alguien que no pertenecía a su grupo (Lieberson y Waters, 198, p. 173). Hubo que construir cada vez más la propia identidad sobre la base de insistir en la no identidad de los demás. De otra forma, ¿cómo podrían los skinheads neonazis alemanes, con indumentarias, peinados y gustos musicales propios de la cultura joven cosmopolita, establecer su “germanidad” esencial, sino apaleando a los turcos y albaneses locales? ¿Cómo, si no es eliminando a quienes no “pertenecen” al grupo, puede establecerse el carácter “esencialmente” croata o serbio de una región en la que, durante la mayor parte de su historia, han convivido como vecinos una variedad de etnias y de religiones?

La tragedia de esta política de identidad excluyente, tanto si trataba de establecer un estado independiente como si no, era que posiblemente no podía funcionar. Sólo podía pretenderlo. Los italoamericanos de Brooklyn, que insistían (quizá cada vez más) en su italianidad y hablaban entre ellos en italiano, disculpándose por su falta de fluidez en la que se suponía ser su lengua nativa, (18) trabajaban en una economía estadounidense en la cual su italianidad tenía poca importancia, excepto como llave de acceso a un modesto segmento de mercado. La pretensión de que existiese una verdad negra, hindú, rusa o femenina inaprehensible y por tanto esencialmente incomunicable fuera del grupo, no podía subsistir fuera de las instituciones cuya única función era la de reforzar tales puntos de vista. Los fundamentalistas islámicos que estudiaban física no estudiaban física islámica; los ingenieros judíos no aprendían ingeniería jasídica; incluso los franceses o alemanes más nacionalistas desde un punto de vista cultural aprendieron que para desenvolverse en la aldea global de los científicos y técnicos que hacían funcionar el mundo, necesitaban comunicarse en un único lenguaje global, análogo al latín medieval, que resultó basarse en el inglés. Incluso un mundo dividido en territorios étnicos teóricamente homogéneos mediante genocidios, expulsiones masivas y “limpiezas étnicas” volvería a diversificarse inevitablemente con los movimientos en masa de personas (trabajadores, turistas, hombres de negocios, técnicos) y de estilos y como consecuencia de la acción de los tentáculos de la economía global. Esto es lo que, después de todo, sucedió de los países de la Europa central, “limpiados étnicamente” durante y después de la segunda guerra mundial. Esto es lo que inevitablemente volvería a suceder en un mundo cada vez más urbanizado.

Las políticas de identidad y los nacionalismos de fines del siglo XIX no eran, por tanto, programas, y menos aún programas eficaces, para abordar los problemas de fines del siglo XX, sino más bien reacciones emocionales a estos problemas. Y así, a medida que el siglo marchaba hacia su término, la ausencia de mecanismos y de instituciones capaces de enfrentarse a estos problemas resultó cada vez más evidente. El estado-nación ya no era capaz de resolverlos. ¿Qué o quién lo sería?

Se han ideado diversas fórmulas para este propósito desde la fundación de las Naciones Unidas en 1945, creadas con la esperanza, rápidamente desvanecida, de que los Estados Unidos y la Unión Soviética seguirían poniéndose de acuerdo para tomar decisiones globales. Lo mejor que puede decirse de esta organización es que, a diferencia de su antecesora, la Sociedad de Naciones, ha seguido existiendo a lo largo de la segunda mitad del siglo, y que se ha convertido en un club la pertenencia al cual como miembro demuestra que un estado ha sido aceptado internacionalmente como soberano. Por la naturaleza de su constitución, no tenía otros poderes ni recursos que los que le asignaban las naciones miembro y, por consiguiente, no tenía capacidad para actuar con independencia.

La pura y simple necesidad de coordinación global multiplicó las organizaciones internacionales con mayor rapidez aún que en las décadas de crisis. A mediados de los ochenta existían 365 organizaciones intergubernamentales y no menos de 4.615 no gubernamentales (ONG), o sea, más del doble de las que existían a principios de los setenta (Held, 1988, p. 15). Cada vez se consideraba más urgente la necesidad de emprender acciones globales para afrontar problemas como los de la conservación y el medio ambiente. Pero, lamentablemente, los únicos procedimientos formales para lograrlo —tratados internacionales firmados y ratificados separadamente por los estados-nación soberanos— resultaban lentos, toscos e inadecuados, como demostrarían los esfuerzos para preservar el continente antártico y para prohibir permanentemente la caza de ballenas. El mismo hecho de que en los años ochenta el gobierno de Irak matase a miles de sus ciudadanos con gas venenoso —transgrediendo así una de las pocas convenciones internacionales genuinamente universales, el protocolo de Ginebra de 1925 contra el uso de la guerra química— puso de manifiesto la debilidad de los instrumentos internacionales existentes.
Sin embargo, se disponía de dos formas de asegurar la acción internacional, que se reforzaron notablemente durante las décadas de crisis. Una de ellas era la abdicación voluntaria del poder nacional en favor de autoridades supranacionales efectuada por estados de dimensiones medianas que ya no se consideraban lo suficientemente fuertes como para desenvolverse por su cuenta en el mundo. La Comunidad Económica Europea (que en los años ochenta cambió su nombre por el de Comunidad Europea, y por el de Unión Europea en los noventa) dobló su tamaño en los setenta y se preparó para expandirse aún más en los noventa, mientras reforzaba su autoridad sobre los asuntos de sus estados miembros.

El hecho de esta doble extensión era incuestionable, aunque provocase grandes resistencias nacionales tanto por parte de los gobiernos miembros como de la opinión pública de sus países. La fuerza de la Comunidad/Unión residía en el hecho de que su autoridad central en Bruselas, no sujeta a elecciones, emprendía iniciativas políticas independientes y era prácticamente inmune a las presiones de la política democrática excepto, de manera muy indirecta, a través de las reuniones y negociaciones periódicas de los representantes (elegidos) de los diversos gobiernos miembros. Esta situación le permitió funcionar como una autoridad supranacional efectiva, sujeta únicamente a vetos específicos.

El otro instrumento de acción internacional estaba igualmente protegido —si no más— contra los estados-nación y la democracia. Se trataba de la autoridad de los organismos financieros internacionales constituidos tras la segunda guerra mundial, especialmente el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial (véanse pp. 277 y ss.). Estos organismos, respaldados por la oligarquía de los países capitalistas más importantes —progresivamente institucionalizada desde los años setenta con el nombre de “Grupo de los Siete”—, adquirieron cada vez más autoridad durante las décadas de crisis, en la medida en que las fluctuaciones incontrolables de los cambios, la crisis de la deuda del tercer mundo y, después de 1989, el hundimiento de las economías del bloque soviético hizo que un número creciente de países dependiesen de la voluntad del mundo rico para concederles préstamos, condicionados cada vez más a la adopción de políticas económicas aceptables para las autoridades bancarias mundiales.

En los años ochenta, el triunfo de la teología neoliberal se tradujo, en efecto, en políticas de privatización sistemática y de capitalismo de libre mercado impuestas a gobiernos demasiado débiles para oponerse a ellas, tanto si eran adecuadas para sus problemas económicos como si no lo eran (como sucedió en la Rusia postsoviética). Es interesante, pero del todo inútil, especular acerca de lo que J.M. Keynes y Harry Dexter White hubiesen pensado sobre esta transformación de unas instituciones que ellos crearon teniendo en mente unos objetivos muy distintos, como el de alcanzar el pleno empleo en los países respectivos.

Sin embargo, estas resultaron ser autoridades internacionales eficaces, por lo menos para imponer las políticas de los países ricos a los pobres. A fines de este siglo estaba por ver cuáles serían las consecuencias y los efectos de estas políticas en el desarrollo mundial.

Dos extensas regiones del mundo las están poniendo a prueba. Una de ellas es la zona de la Unión Soviética y de las economías europeas y asiáticas asociadas a ella, que están en la ruina desde la caída de los sistemas comunistas occidentales. La otra zona es el polvorín social que ocupó gran parte del tercer mundo. Como veremos en el capítulo siguiente, desde los años cincuenta esta zona ha constituido el principal elemento de inestabilidad política del planeta.


1 Entre 1960 y 1975 la población de quince a veinticuatro años creció en unos veintinueve millones en las “economías desarrolladas de mercado”, pero entre 1970 y 1990 sólo aumentó en unos seis millones. El índice de desempleo de los jóvenes en la Europa de los ochenta era muy alto, excepto en la socialdemócrata Suecia y en la Alemania Occidental. Hacia 1982-1988 este índice alcanzaba un 20 por 100 en el Reino Unido, hasta más de un 40 por 100 en España y un 46 por 100 en Noruega (World Economic Survey, 1989, pp. 15-16).
2 Los verdaderos campeones, esto es, los que tienen un índice de Gini superior al 0,6, eran países mucho más pequeños, también en el continente americano. El índice de Gini mide la desigualdad en una escala que va de 0,0 —distribución igual de la renta— hasta un máximo de desigualdad de 1,0. En 1967-1985 el coeficiente para Honduras era del 0,62; para Jamaica, del 0,66 (Human Development, 1990, pp. 158-159).
3 No hay datos comparables en relación con algunos de los países menos igualitarios, pero es seguro que la lista debería incluir también algún otro estado africano y latinoamericano y, en Asia, Turquía y Nepal.
4 En 1972, 13 de estos estados distribuyeron una media del 48 por 100 de los gastos del gobierno central en vivienda, seguridad social, bienestar y salud. En 1990 la media fue del 51 por 100. Los estados en cuestión son: Australia y Nueva Zelanda, Estados Unidos y Canadá, Austria, Bélgica, Gran Bretaña, Dinamarca, Finlandia, Alemania (Federal), Italia, Países Bajos, Noruega y Suecia (calculado a partir de UN World Development, 1992, cuadro 11).
5 El premio fue instaurado en 1969, y antes de 1974 fue concedido a personajes significativamente no asociados con la economía del laissez-faire.
6 Esto quedó confirmado a principios de los noventa, cuando los servicios de transfusión de sangre de algunos países —pero no los del Reino Unido— descubrieron que algunos pacientes habían resultado infectados por el virus de la inmunodeficiencia adquirida (SIDA), mediante transfusiones realizadas con sangre obtenida por vías comerciales.
7 En los años ochenta el 20 por 100 más rico de la población poseía 4,3 veces el total de renta del 20 por 100 más pobre, una proporción inferior a la de cualquier otro país (capitalista) industrial, incluyendo Suecia. El promedio en los ocho países más industrializados de la Comunidad Europea era 6; en los Estados Unidos, 8,9 (Kidron y Segal, 1991, pp. 36-37). Dicho en otros términos: en 1990 en los Estados Unidos había noventa y tres multimillonarios —en dólares—; en la Comunidad Europea, cincuenta y nueve, sin contar los treinta y tres domiciliados en Suiza y Liechtenstein. En Japón había nueve (ibid.).
8 China, Corea del Sur, India, México, Venezuela, Brasil y Argentina (Piel, 1992, pp. 286-289).
9 Los emigrantes negros que llegan a los Estados Unidos procedentes del Caribe y de la América hispana se comportan, esencialmente, como otras comunidades emigrantes, y no aceptan ser excluidos en la misma medida del mercado de trabajo.
10 “Esto es especialmente cierto... para alguno de los millones de personas de mediana edad que encontraron un trabajo por el cual tuvieron que trasladarse de residencia. Cambiaron de lugar y, si perdían el trabajo, no encontraban a nadie que pudiese ayudarlos”.
11 Recuerdo la angustiosa intervención de un búlgaro en un coloquio internacional celebrado en 1993: “¿Qué quieren que hagamos? Hemos perdido nuestros mercados en los antiguos países socialistas. La Comunidad Europea no quiere absorber nuestras exportaciones. Como miembros leales de las Naciones Unidas ahora ni siquiera podemos vender a Serbia, a causa del bloqueo bosnio. ¿A dónde vamos a ir?”
12 En 1990 se consideraba que en Nueva York, uno de los dos mayores centros musicales del mundo, el público de los conciertos se circunscribía a veinte o treinta mil personas, en una población total de diez millones.
13 El otro país que atrajo inversiones, para sorpresa de muchos, fue Egipto.
14 La categoría de “naciones menos desarrolladas” es una categoría establecida por las Naciones Unidas. La mayoría de ellas tiene menos de 300 dólares por año y PIB per cápita. El “PIB real per cápita” es una manera de expresar esta cifra en términos de qué puede comprarse localmente, en lugar de expresarlo simplemente en términos de tipos de cambio oficial, según una escala de “paridades internacionales de poder adquisitivo”.
15 En esto divergían de los estados de los Estados Unidos que, desde el final de la guerra civil norteamericana en 1865, no tuvieron el derecho a la secesión, excepto, quizá, Texas.
16 El miembro más pobre de la Unión Europea, Portugal, tenía en 1990 un PIB de un tercio del promedio de la Comunidad.
17 Como máximo, las comunidades inmigrantes locales podían desarrollar el que se ha denominado “nacionalismo a larga distancia” en favor de sus patrias originarias o elegidas, representando casi siempre las actitudes extremas de la política nacionalista en aquellos países. Los irlandeses y los judíos norteamericanos fueron los pioneros en este campo, pero las diásporas globales creadas por la migración multiplicaron tales organizaciones; por ejemplo, entre los sijs emigrados de la India. El nacionalismo a larga distancia volvió por sus fueros con el derrumbamiento del mundo socialista.
18 He oído este tipo de conversaciones en unos grandes almacenes neoyorquinos. Es muy probable que los padres o abuelos inmigrantes de estas personas no hablasen italiano, sino napolitano, siciliano o calabrés.
 



Alojamiento en Gualeguaychú, Cabañas, Bungalows - Fotos de Mar del Plata - Imágenes de Mar del Plata
Latin Chat - Postales - Displays MSN - Ringtones - Amistades