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LAS DÉCADAS DE CRISIS
ERIC HOBSBAWM
En el libro HISTORIA DEL SIGLO XX 1914-1991
El otro día me preguntaron acerca de la competitividad de los Estados Unidos, y yo respondí que no pienso en absoluto en ella. En la NCR nos consideramos una empresa competitiva mundial, que prevé tener su sede central en los Estados Unidos.
JONATHAN SCHELL, NY Newsday (1993)
Uno de los resultados cruciales (del desempleo masivo) puede ser el de que los jóvenes se aparten progresivamente de la sociedad. Según encuestas recientes, estos jóvenes siguen queriendo trabajo, por difícil que les resulte obtenerlo, y siguen aspirando también a tener una carrera importante. En general, puede haber algún peligro de que en la próxima década se dé una sociedad en la que no sólo “nosotros” estemos progresivamente divididos de “ellos” (representando, cada una de estas divisiones, a grandes rasgos, la fuerza de trabajo y la administración), sino en que la mayoría de los grupos estén cada vez más fragmentados, una sociedad en la que los jóvenes y los relativamente desprotegidos estén en las antípodas de los individuos más experimentados y mejor protegidos de la fuerza de trabajo.
El secretario general de la OCDE
(discurso de investidura, 1983, p. 15)
I
La historia de los veinte años que siguieron a 1973 es la historia de un mundo que perdió su rumbo y se deslizó hacia la inestabilidad y la crisis. Sin embargo, hasta la década de los ochenta no se vio con claridad hasta qué punto estaban minados los cimientos de la edad de oro. Hasta que una parte del mundo —la Unión Soviética y la Europa oriental del “socialismo real”— se colapsó por completo, no se percibió la naturaleza mundial de la crisis, ni se admitió su existencia en las regiones desarrolladas no comunistas. Durante muchos años los problemas económicos siguieron siendo “recesiones”. No se había superado todavía el tabú de mediados de siglo sobre el uso de los términos “depresión” o “crisis”, que recordaban la era de las catástrofes. El simple uso de la palabra podía conjurar la cosa, aun cuando las “recesiones” de los ochenta fuesen “las más graves de los últimos cincuenta años”, frase con la que se evitaba mencionar los años treinta. La civilización que había transformado las frases mágicas de los anunciantes en principios básicos de la economía se encontraba atrapada en su propio mecanismo de engaño. Hubo que esperar a principios de los años noventa para que se admitiese —como, por ejemplo, en Finlandia— que los problemas económicos del momento eran peores que los de los años treinta.
Esto resultaba extraño en muchos sentidos. ¿Por qué el mundo económico era ahora menos estable? Como han señalado los economistas, los elementos estabilizadores de la economía eran más fuertes ahora que antes, a pesar de que algunos gobiernos de libre mercado —como los de los presidentes Reagan y Bush en los Estados Unidos, y el de la señora Tatcher y el de su sucesor en el Reino Unido— hubiesen tratado de debilitar algunos de ellos (World Economic Survey, 1989, pp. 10-11). Los controles de almacén informatizados, la mejora de las comunicaciones y la mayor rapidez de los transportes redujeron la importancia del “ciclo de stocks” [inventory cycle] de la vieja producción en masa, que creaba grandes reservas de mercancías para el caso de que fuesen necesarias en los momentos de expansión, y las frenaba en seco en épocas de contracción, mientras se saldaban los stocks. El nuevo método, posible por las tecnologías de los años setenta e impulsado por los japoneses, permitía tener stocks menores, producir lo suficiente para atender al momento a los compradores y tener una capacidad mucho mayor de adaptarse a corto plazo a los cambios de la demanda. No estábamos en la época de Henry Ford, sino en la de Benetton. Al mismo tiempo, el considerable peso del consumo gubernamental y de la parte de los ingresos privados que procedían del gobierno (“transferencias” como la seguridad social y otros beneficios del estado de bienestar) estabilizaban la economía. En conjunto sumaban casi un tercio del PIB, y crecían en tiempo de crisis, aunque sólo fuese por el aumento de los costes del desempleo, de las pensiones y de la atención sanitaria. Dado que esto perdura aún a fines del siglo XX, tendremos tal vez que aguardar unos años para que los economistas puedan usar, para darnos una explicación convincente, el arma definitiva de los historiadores, la perspectiva a largo plazo.
La comparación de los problemas económicos de las décadas que van de los años setenta a los noventa con los del período de entreguerras es incorrecta, aun cuando el temor de otra Gran Depresión fuese constante durante todos estos años. “¿Puede ocurrir de nuevo?”, era la pregunta que muchos se hacían, especialmente después del nuevo y espectacular hundimiento en 1987 de la bolsa en Estados Unidos (y en todo el mundo) y de una crisis de los cambios internacionales en 1992 (Termin, 1993, p. 99). Las “décadas de crisis” que siguieron a 1973 no fueron una “Gran Depresión”, a la manera de la de 1930, como no lo habían sido las que siguieron a 1873, aunque en su momento se las hubiese calificado con el mismo nombre. La economía global no quebró, ni siquiera momentáneamente, aunque la edad de oro finalizase en 1973-1975 con algo muy parecido a la clásica depresión cíclica, que redujo en un 10 por 100 la producción industrial en las “economías desarrolladas de mercado”, y el comercio internacional en un 13 por 100 (Armstrong y Glyn, 1991, p. 225). En el mundo capitalista avanzado continuó el desarrollo económico, aunque a un ritmo más lento que en la edad de oro, a excepción de algunos de los “países de industrialización reciente” (fundamentalmente asiáticos), cuya revolución industrial había empezado en la década de los sesenta. El crecimiento del PIB colectivo de las economías avanzadas apenas fue interrumpido por cortos períodos de estancamiento en los años de recesión de 1973-1975 y de 1981-1983 (OCDE, 1993, pp. 18-19). El comercio internacional de productos manufacturados, motor del crecimiento mundial, continuó, e incluso se aceleró, en los prósperos años ochenta, a un nivel comparable al de la edad de oro. A fines del siglo XX los países del mundo capitalista desarrollado eran, en conjunto, más rico y productivos que a principios de los setenta y la economía mundial de la que seguían siendo el núcleo central era mucho más dinámica.
Por otra parte, la situación en zonas concretas del planeta era bastante menos halagüeña. En África, Asia occidental y América Latina, el crecimiento del PIB se estancó. La mayor parte de la gente perdió poder adquisitivo y la producción cayó en las dos primeras de estas zonas durante gran parte de la década de los ochenta, y en algunos años también en la ultima (World Economic Survey, 1989, pp. 8 y 26). Nadie dudaba de que en estas zonas del mundo la década de los ochenta fuese un período de grave depresión. En la antigua zona del “socialismo real” de Occidente, las economías, que habían experimentado un modesto crecimiento en los ochenta, se hundieron por completo después de 1989. En este caso resulta totalmente apropiada la comparación de la crisis posterior a 1989 con la Gran Depresión, y todavía queda por debajo de lo que fue el hundimiento de principios de los noventa. El PIB de Rusia cayó un 17 por 100 en 1990-1991, un 19 por 100 en 1991-1992 y un 11 por 100 en 1992-1993. Polonia, aunque a principios de los años noventa experimentó cierta estabilización, perdió un 21 por 100 de su PIB en 1988-1992; Checoslovaquia, casi un 20 por 100; Rumania y Bulgaria, un 30 por 100 o más. A mediados de 1992 su producción industrial se cifraba entre la mitad y los dos tercios de la de 1989 (Financial Times, 24-2-1994; EIB Papers, noviembre de 1992, p. 10).
No sucedió lo mismo en Oriente. Nada resulta más sorprendente que el contraste entre la desintegración de las economías de la zona soviética y el crecimiento espectacular de la economía en el mismo período. En este país, y en gran parte de los países del sureste y del este asiáticos, que en los años setenta se convirtieron en la región económica más dinámica de la economía mundial, el término “depresión” carecía de significado, excepto, curiosamente, en el Japón de principios de los noventa. Sin embargo, si la economía mundial capitalista prosperaba, no lo hacía sin problemas. Los problemas que habían dominado en la crítica al capitalismo de antes de la guerra, y que la edad de oro había eliminado en buena medida durante una generación —“la pobreza, el paro, la miseria y la inestabilidad” (véase la p. 270)— reaparecieron tras 1973. El crecimiento volvió a verse interrumpido por graves crisis, muy distintas de las “recesiones menores”, en 1974-1975, 1980-1982 y a fines de los ochenta. En la Europa occidental el desempleo creció de un promedio del 1,5 por 100 en los sesenta hasta un 4,2 por 100 en los setenta (Van der Wee, 1987, p. 77). En el momento culminante de la expansión, a finales de los ochenta, era de un 9,2 por 100 en la Comunidad Europea y de un 11 por 100 en 1993. La mitad de los desempleados (1986-1987) hacía más de un año que estaban en paro, y un tercio de ellos más de dos (Human Development, 1991, p. 184). Dado que —a diferencia de lo sucedido en la edad de oro— la población trabajadora potencial no aumentaba con la afluencia de los hijos de la posguerra, y que la gente joven —tanto en épocas buenas como malas— solía tener un mayor índice de desempleo que los trabajadores de más edad, se podía haber esperado que el desempleo permanente disminuyese. (1)
Por lo que se refiere a la pobreza y la miseria, en los años ochenta incluso muchos de los países más ricos y desarrollados tuvieron que acostumbrarse de nuevo a la visión cotidiana de mendigos en las calles, así como al espectáculo de las personas sin hogar refugiándose en los soportales al abrigo de cajas de cartón, cuando los policías no se ocupaban de sacarlos de la vista del público. En una noche cualquiera de 1993, en la ciudad de Nueva York, veintitrés mil hombres y mujeres durmieron en la calle o en los albergues públicos, y esta no era sino una pequeña parte del 3 por 100 de la población de la ciudad que, en un momento u otro de los cinco años anteriores, se encontró sin techo bajo el que cobijarse (New York Times, 16-11-1993). En el Reino Unido (1989), cuatrocientas mil personas fueron calificadas oficialmente como “personas sin hogar” (Human Development, 1992, p. 31). ¿Quién, en los años cincuenta, o incluso a principios de los setenta, hubiera podido esperarlo?
La reaparición de los pobres sin hogar formaba parte del gran crecimiento de las desigualdades sociales y económicas de la nueva era. En relación con las medias mundiales, las “economías desarrolladas de mercado” más ricas no eran —o no lo eran todavía— particularmente injustas en la distribución de sus ingresos. En las menos igualitarias (Australia, Nueva Zelanda, Estados Unidos, Suiza), el 20 por 100 de los hogares del sector más rico de la población disfrutaban de una renta media entre ocho y diez veces superiores a las del 20 por 100 de los hogares del sector bajo, y el 10 por 100 de la cúspide se apropiaba normalmente de entre el 20 y el 25 por 100 de la renta total del país; sólo los potentados suizos y neozelandeses, así como los ricos de Singapur y Hong Kong, disponían de una renta muy superior. Esto no era nada comparado con las desigualdades en países como Filipinas, Malaysia, Perú, Jamaica o Venezuela, donde el sector alto obtenía casi un tercio de la renta total del país, por no hablar de Guatemala, México, Sri Lanka y Botswana, donde obtenía cerca del 40 por 100, y de Brasil, el máximo candidato al campeonato de la desigualdad económica. (2) En este paradigma de la injusticia social el 20 por 100 del sector bajo de la población se reparte el 2,5 por 100 de la renta total de la nación, mientras que el 20 por 100 situado en el sector alto disfruta de casi los dos tercios de la misma. El 10 por 100 superior se apropia de casi la mitad (World Development, 1992, pp. 276-277; Human Development, 1991, pp. 152-153 y 186). (3)
Sin embargo, en las décadas de crisis la desigualdad creció inexorablemente en los países de las “economías desarrolladas de mercado”, en especial desde el momento en que el aumento casi automático de los ingresos reales al que estaban acostumbradas las clases trabajadoras en la edad de oro llegó a su fin. Aumentaron los extremos de pobreza y riqueza, al igual que lo hizo el margen de la distribución de las rentas en la zona intermedia. Entre 1967 y 1990 el número de negros estadounidenses que ganaron menos de 5.000 dólares (1990) y el de los que ganaron más de 50.000 crecieron a expensas de las rentas intermedias (New York Times, 25-9-1992). Como los países capitalistas ricos eran más ricos que nunca con anterioridad, y sus habitantes, en conjunto, estaban protegidos por los generosos sistemas de bienestar y seguridad social de la edad oro (véanse pp. 286-287), hubo menos malestar social del que se hubiera podido esperar, pero las haciendas gubernamentales se veían agobiadas por los grandes gastos sociales, que aumentaron con mayor rapidez que los ingresos estatales en economías cuyo crecimiento era más lento que antes de 1973. Pese a los esfuerzos realizados, casi ninguno de los gobiernos de los países ricos —y básicamente democráticos—, ni siquiera los más hostiles a los gastos sociales, lograron reducir, o mantener controlada, la gran proporción del gasto público destinada a estos fines. (4)
En 1970 nadie hubiese esperado, ni siquiera imaginado, que sucediesen estas cosas. A principios de los noventa empezó a difundirse un clima de inseguridad y de resentimiento incluso en muchos de los países ricos. Como veremos, esto contribuyó a la ruptura de sus pautas políticas tradicionales. Entre 1990 y 1993 no se intentaba negar que incluso el mundo capitalista desarrollado estaba en una depresión. Nadie sabía qué había que hacer con ella, salvo esperar a que pasase. Sin embargo, el hecho central de las décadas de crisis no es que el capitalismo funcionase peor que en la edad de oro, sino que sus operaciones estaban fuera de control. Nadie sabía cómo enfrentarse a las fluctuaciones caprichosas de la economía mundial, ni tenía instrumentos para actuar sobre ellas. La herramienta principal que se había empleado para hacer esa función en la edad de oro, la acción política coordinada nacional o internacionalmente, ya no funcionaba. Las décadas de crisis fueron la época en la que el estado nacional perdió sus poderes económicos.
Esto no resultó evidente enseguida, porque, como de costumbre, la mayor parte de los políticos, los economistas y los hombres de negocios no percibieron la persistencia del cambio en la coyuntura económica. En los años setenta, las políticas de muchos gobiernos, y de muchos estados, daban por supuesto que los problemas eran temporales. En uno o dos años se podrían recuperar la prosperidad y el crecimiento. No era necesario, por tanto, cambiar unas políticas que habían funcionado bien durante una generación. La historia de esta década fue, esencialmente, la de unos gobiernos que compraban tiempo —y en el caso de los países del tercer mundo y de los estados socialistas, a costa de sobrecargarse con lo que esperaban que fuese una deuda a corto plazo— y aplicaban las viejas recetas de la economía keynesiana. Durante gran parte de la década de los setenta sucedió también que en la mayoría de los países capitalistas avanzados se mantuvieron en el poder —o volvieron a él tras fracasados intermedios conservadores (como en Gran Bretaña en 1974 y en los Estados Unidos en 1976)— gobiernos socialdemócratas, que no estaban dispuestos a abandonar la política de la edad de oro.
La única alternativa que se ofrecía era la propugnada por la minoría de los teólogos ultraliberales. Incluso antes de la crisis, la aislada minoría de creyentes en el libre mercado sin restricciones había empezado su ataque contra la hegemonía de los keynesianos y de otros paladines de la economía mixta y el pleno empleo. El celo ideológico de los antiguos valedores del individualismo se vio reforzado por la aparente impotencia y el fracaso de las políticas económicas convencionales, especialmente después de 1973. El recientemente creado (1969) premio Nobel de Economía respaldó el neoliberalismo después de 1974, al concederlo ese año a Friedrich von Hayek (véase la p. 273) y, dos años después, a otro defensor militante del ultraliberalismo económico, Milton Friedman. (5) Tras 1974 los partidarios del libre mercado pasaron a la ofensiva, aunque no llegaron a dominar las políticas gubernamentales hasta 1980, con la excepción de Chile, donde una dictadura militar basada en el terror permitió a los asesores estadounidesnes instaurar una economía ultraliberal tras el derrocamiento, en 1973, de un gobierno popular. Con lo que se demostraba, de paso, que no había una conexión necesaria entre el mercado libre y la democracia política. (Para ser justos con el profesor Von Hayek, éste, a diferencia de los propagandistas occidentales de la guerra fría, no sostenía que hubiese tal conexión).
La batalla entre los keynesianos y los neoliberales no fue simplemente una confrontación técnica entre economistas profesionales, ni una búsqueda de maneras de abordar nuevos y preocupantes problemas económicos. (¿Quién, por ejemplo, había pensado en la imprevisible combinación de estancamiento económico y precios en rápido aumento, para la cual hubo que inventar en los años setenta el término de “estanflación”?) Se trataba de una guerra entre ideologías incompatibles. Ambos bandos esgrimían argumentos económicos: los keynesianos afirmaban que los salarios altos, el pleno empleo y el estado del bienestar creaban la demanda del consumidor que alentaba la expansión, y que bombear más demanda en la economía era la mejor manera de afrontar las depresiones económicas. Los neoliberales aducían que la economía y la política de la edad de oro dificultaban —tanto al gobierno como a las empresas privadas— el control de la inflación y el recorte de los costes, que habían de hacer posible el aumento de los beneficios, que era el auténtico motor del crecimiento en una economía capitalista. En cualquier caso, sostenían, la “mano oculta” del libre mercado de Adam Smith produciría con certeza un mayor crecimiento de la “riqueza de las naciones” y una mejor distribución posible de la riqueza y las rentas; afirmación que los keynesianos negaban. En ambos casos, la economía racionalizaba un compromiso ideológico, una visión a priori de la sociedad humana. Los neoliberales veían con desconfianza y desagrado la Suecia socialdemócrata —un espectacular éxito económico de la historia del siglo XX— no porque fuese a tener problemas en las décadas de crisis —como les sucedió a economías de otro tipo—, sino porque este éxito se basaba en “el famoso modelo económico sueco, con sus valores colectivistas de igualdad y solidaridad” (Financial Times, 11-11-1990). Por el contrario, el gobierno de la señora Tatcher en el Reino Unido fue impopular entre la izquierda, incluso durante sus años de éxito económico, porque se basaba en un egoísmo asocial e incluso antisocial.
Estas posiciones dejaban poco margen para la discusión. Supongamos que se pueda demostrar que el suministro de sangre para usos médicos se obtiene mejor comprándola a alguien que esté dispuesto a vender medio litro de su sangre a precio de mercado. ¿Debilitaría esto la fundamentación del sistema británico basado en los donantes voluntarios altruistas, que con tanta elocuencia y convicción defendió R. M. Titmuss en The Gift Relationship? (Titmuss, 1970). Seguramente no, aunque Titmuss demostró también que el sistema de donación de sangre británico era tan eficiente como el sistema comercial y más seguro. (6) En condiciones iguales, muchos de nosotros preferimos una sociedad cuyos ciudadanos están dispuestos a prestar ayuda desinteresada a sus semejantes, aunque sea simbólicamente, a otra en que no lo están. A principios de los noventa el sistema político italiano se vino abajo porque los votantes se rebelaron contra su corrupción endémica, no porque muchos italianos hubieran sufrido directamente por ello —un gran número, quizá la mayoría, se habían beneficiado—, sino por razones morales. Los únicos partidos políticos que no fueron barridos por la avalancha moral fueron los que no estaban integrados en el sistema. Los paladines de la libertad individual absoluta permanecieron impasibles ante las evidentes injusticias sociales del capitalismo de libre mercado, aun cuando éste (como en Brasil durante gran parte de los ochenta) no producía crecimiento económico. Por el contrario, quienes, como este autor, creen en la igualdad y la justicia social agradecieron la oportunidad de argumentar que el éxito económico capitalista podría incluso asentarse más firmemente en una distribución de la renta relativamente igualitaria, como en Japón (véase la p. 357). (7) Que cada bando tradujese sus creencias fundamentales en argumentos pragmáticos —por ejemplo, acerca de si la asignación de recursos a través de los precios de mercado era o no óptima— resulta secundario. Pero, evidentemente, ambos tenían que elaborar fórmulas políticas para enfrentarse a la ralentización económica.
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En este aspecto los defensores de la economía de la edad de oro no tuvieron éxito. Esto se debió, en parte, a que estaban obligados a mantener su compromiso político e ideológico con el pleno empleo, el estado del bienestar y la política de consenso de la posguerra. O, más bien, a que se encontraban atenazados entre las exigencias del capital y del trabajo, cuando ya no existía el crecimiento de la edad de oro que hizo posible el aumento conjunto de los beneficios y de las rentas que no procedían de los negocios, sin obstaculizarse mutuamente. En los años setenta y ochenta Suecia, el estado socialdemócrata por excelencia, mantuvo el pleno empleo con bastante éxito gracias a los subsidios industriales, creando puestos de trabajo y aumentando considerablemente el empleo estatal y público, lo que hizo posible una notable expansión del sistema de bienestar. Una política semejante sólo podía mantenerse reduciendo el nivel de vida de los trabajadores empleados, con impuestos penalizadores sobre las rentas altas y a costa de grandes déficits. Si no volvían los tiempos del gran salto hacia adelante, estas medidas sólo podían ser temporales, de modo que comenzó a hacerse marcha atrás desde mediados de los ochenta. A finales del siglo XX, el “modelo sueco” estaba en retroceso, incluso en su propio país de origen.
Sin embargo, este modelo fue también minado —y quizás en mayor medida— por la mundialización de la economía que se produjo a partir de 1970, que puso a los gobiernos de todos los estados —a excepción, tal vez, del de los Estados Unidos, con su enorme economía— a merced de un incontrolable “mercado mundial”. (Por otra parte, es innegable que “el mercado” engendra muchas más suspicacias en los gobiernos de izquierdas que en los gobiernos conservadores). A principios de los ochenta incluso un país tan grande y rico como Francia, en aquella época bajo un gobierno socialista, encontraba imposible impulsar su economía unilateralmente. A los dos años de la triunfal elección del presidente Mitterrand, Francia tuvo que afrontar una crisis en la balanza de pagos, se vio forzada a devaluar su moneda y a sustituir el estímulo keynesiano de la demanda por una “austeridad con rostro humano”.
Por otra parte, los neoliberales estaban también perplejos, como resultó evidente a finales de los ochenta. Tuvieron pocos problemas para atacar las rigideces, ineficiencias y despilfarros económicos que a veces, conllevaban las políticas de la edad de oro, cuando éstas ya no pudieron mantenerse a flote gracias a la creciente marea de prosperidad, empleo e ingresos gubernamentales. Había amplio margen para aplicar el limpiador neoliberal y desincrustar el casco del buque de la “economía mixta”, con resultados beneficiosos. Incluso la izquierda británica tuvo que acabar admitiendo que algunos de los implacables correctivos impuestos a la económica británica por la señora Tatcher eran probablemente necesarios. Había buenas razones para esa desilusión acerca de la gestión de las industrias estatales y de la administración pública que acabó siendo tan común en los ochenta.
Sin embargo, la simple fe en que la empresa era buena y el gobierno malo (en palabras del presidente Reagan, “el gobierno no es la solución, sino el problema”) no constituía una política económica alternativa. Ni podía serlo en un mundo en el cual, incluso en los Estados Unidos “reaganianos”, el gasto del gobierno central representaba casi un cuarto del PNB, y en los países desarrollados de la Europa comunitaria, casi el 40 por 100 (World Development, 1992, p. 239). Estos enormes pedazos de la economía podían administrarse con un estilo empresarial, con el adecuado sentido de los costes y los beneficios (como no siempre sucedía), pero no podían operar como mercados, aunque lo pretendiesen los ideólogos. En cualquier caso, la mayoría de los gobiernos neoliberales se vieron obligados a gestionar y a dirigir sus economías, aun cuando pretendiesen que se limitaban a estimular las fuerzas del mercado. Además, no existía ninguna fórmula con la que se pudiese reducir el peso del estado. Tras catorce años en el poder, el más ideológico de los regímenes de libre mercado, el Reino Unido “tatcherista”, acabó gravando a sus ciudadanos con una carga impositiva considerablemente mayor que la que habían soportado bajo el gobierno laborista.
De hecho, no hubo nunca una política económica neoliberal única y específica, excepto después de 1989 en los antiguos estados socialistas del área soviética, donde —con el asesoramiento de jóvenes leones de la economía occidental— se hicieron intentos condenados previsiblemente al desastre de implantar una economía de mercado de un día a otro. El principal régimen neoliberal, los Estados Unidos del presidente Reagan, aunque oficialmente comprometidos con el conservadurismo fiscal (esto es, con el equilibrio presupuestario) y con el “monetarismo” de Milton Friedman, utilizaron en realidad métodos keynesianos para intentar salir de la depresión de 1979-1982, creando un déficit gigantesco y poniendo en marcha un no menos gigantesco plan armamentístico. Lejos de dejar el valor del dólar a merced del mercado y de la ortodoxia monetaria, Washington volvió después de 1984 a la intervención deliberada a través de la presión diplomática (Kuttner, 1991, pp. 88-94). Así ocurrió que los regímenes más profundamente comprometidos con la economía del laissez-faire resultaron algunas veces ser, especialmente los Estados Unidos de Reagan y el Reino Unido de Tatcher, profunda y visceralmente nacionalistas y desconfiados ante el mundo exterior. Los historiadores no pueden hacer otra cosa que constatar que ambas actitudes son contradictorias. En cualquier caso, el triunfalismo neoliberal no sobrevivió a los reveses de la economía mundial de principios de los noventa, ni tal vez tampoco al inesperado descubrimiento de que la economía más dinámica y de más rápido crecimiento del planeta, tras la caída del comunismo soviético, era la de la China comunista, lo cual llevó a los profesores de las escuelas de administración de empresas occidentales y a los autores de manuales de esta materia —un floreciente género literario— a estudiar las enseñanzas de Confucio en relación con los secretos del éxito empresarial.
Lo que hizo que los problemas económicos de las décadas de crisis resultaran más preocupantes —y socialmente subversivos— fue que las fluctuaciones coyunturales coincidiesen con cataclismos estructurales. La economía mundial que afrontaba los problemas de los setenta y los ochenta ya no era la economía de la edad de oro, aunque era, como hemos visto, el producto predecible de esa época. Su sistema productivo quedó transformado por la revolución tecnológica, y se globalizó o “transnacionalizó” extraordinariamente, con unas consecuencias espectaculares. Además, en los años setenta era imposible intuir las revolucionarias consecuencias sociales y culturales de la edad de oro —de las que hemos hablado en capítulos precedentes—, así como sus potenciales consecuencias ecológicas.
Todo esto se puede explicar muy bien con los ejemplos del trabajo y el paro. La tendencia general de la industrialización ha sido la de sustituir la destreza humana por la de las máquinas; el trabajo humano, por fuerzas mecánicas, dejando a la gente sin trabajo. Se supuso, correctamente, que el vasto crecimiento económico que engendraba esta constante revolución industrial crearía automáticamente puestos de trabajo más que suficientes para compensar los antiguos puestos perdidos, aunque había opiniones muy diversas respecto a qué cantidad de desempleados se precisaba para que semejante economía pudiese funcionar. La edad de oro pareció confirmar este optimismo. Como hemos visto (en el capítulo 10) el crecimiento de la industria era tan grande que la cantidad y la proporción de trabajadores industriales no descendió significativamente, ni siquiera en los países más industrializados. Pero las décadas de crisis empezaron a reducir el empleo en proporciones espectaculares, incluso en las industrias en proceso de expansión. En los Estados Unidos el número de telefonistas del servicio de larga distancia descendió un 12 por 100 entre 1950 y 1970, mientras las llamadas se multiplicaban por cinco, y entre 1970 y 1990 cayó un 40 por 100, al tiempo que se triplicaban las llamadas (Technology, 1986, p. 328). El número de trabajadores disminuyó rápidamente en términos relativos y absolutos. El creciente desempleo de estas décadas no era simplemente cíclico, sino estructural. Los puestos de trabajo perdidos en las épocas malas no se recuperaban en las buenas; nunca volverían a recuperarse.
Esto no sólo se debe a que la nueva división internacional del trabajo transfirió industrias de las antiguas regiones, países o continentes a los nuevos, convirtiendo los antiguos centros industriales en “cinturones de herrumbre” o en espectrales paisajes urbanos en los que se había borrado cualquier vestigio de la antigua industria, como en un estiramiento facial. El auge de los nuevos países industriales es sorprendente: a mediados de los ochenta, siete de estos países tercermundistas consumían el 24 por 100 del acero mundial y producían el 15 por 100, por tomar un índice de industrialización tan bueno como cualquier otro. (8) Además, en un mundo donde los flujos económicos atravesaban las fronteras estatales —con la excepción del de los emigrantes en busca de trabajo—, las industrias con uso intensivo de trabajo emigraban de los países con salarios elevados a países de salarios bajos: es decir, de los países ricos que componían el núcleo central del capitalismo, como los Estados Unidos, a los países de la periferia. Cada trabajador empleado a salarios tejanos en El Paso representaba un lujo si, con sólo cruzar el río hasta Juárez, en México, se podía disponer de un trabajador que, aunque fuese inferior, costaba varias veces menos.
Pero incluso los países preindustriales o de industrialización incipiente estaban gobernados por la implacable lógica de la mecanización, que más pronto o más tarde haría que incluso el trabajador más barato costase más caro que una máquina capaz de hacer su trabajo, y por la lógica, igualmente implacable, de la competencia del libre comercio mundial. Por barato que resultase el trabajo en Brasil, comparado con Detroit o Wolfsburg, la industria automovilística de Sao Paulo se enfrentaba a los mismos problemas de desplazamiento del trabajo por la mecanización que tenían en Michigan o en la Baja Sajonia; o, por lo menos, esto decían al autor los dirigentes sindicales brasileños en 1992. El rendimiento y la productividad de la maquinaria podían ser constante y —a efectos prácticos— infinitamente aumentados por el progreso tecnológico, y su coste ser reducido de manera espectacular. No sucede lo mismo con los seres humanos, como puede demostrarlo la comparación entre la progresión de la velocidad en el transporte aéreo y la de la marca mundial de los cien metros lisos. El coste del trabajo humano no puede ser en ningún caso inferior al coste de mantener vivos a los seres humanos al nivel mínimo considerado aceptable en su sociedad, o, de hecho, a cualquier nivel. Cuanto más avanzada es la tecnología, más caro resulta el componente humano de la producción comparado con el mecánico.
La tragedia histórica de las décadas de crisis consistió en que la producción prescindía de los seres humanos a una velocidad superior a aquella en que la economía de mercado creaba nuevos puestos de trabajo para ellos. Además, este proceso fue acelerado por la competencia mundial, por las dificultades financieras de los gobiernos que, directa o indirectamente, eran los mayores contratistas de trabajo, así como, después de 1980, por la teología imperante del libre mercado, que presionaba para que se transfiriese el empleo a formas de empresa maximizadoras del beneficio, en especial a las privadas, que, por definición, no tomaban en cuenta otro interés que el suyo en términos estrictamente pecuniarios. Esto significó, entre otras cosas, que los gobiernos y otras entidades públicas dejaron de ser contratistas de trabajo en última instancia (World Labour, p. 48). El declive del sindicalismo, debilitado tanto por la depresión económica como por la hostilidad de los gobiernos neoliberales, aceleró este proceso, puesto que una de las funciones que más cuidaba era precisamente la protección del empleo. La economía mundial estaba en expansión, pero el mecanismo automático mediante el cual esta expansión generaba empleo para los hombres y mujeres que accedían al mercado de trabajo sin una formación especializada se estaba desintegrando.
Para plantearlo de otra manera. La revolución agrícola hizo que el campesinado, del que la mayoría de la especie humana formó parte a lo largo de la historia, resultase innecesario, pero los millones de personas que ya no se necesitaban en el campo fueron absorbidas por otras ocupaciones intensivas en el uso de trabajo, que sólo requerían una voluntad de trabajar, la adaptación de rutinas campesinas, como las de cavar o construir muros, o la capacidad de aprender en el trabajo. ¿Qué les ocurriría a esos trabajadores cuando estas ocupaciones dejasen a su vez de ser necesarias? Aun cuando algunos pudiesen reciclarse para desempeñar los oficios especializados de la era de la información que continúan expandiéndose (la mayoría de los cuales requieren una formación superior), no habría puestos suficientes para compensar los perdidos (Technology, 1986, pp. 7-9 y 335). ¿Qué les sucedería, entonces, a los campesinos del tercer mundo que seguían abandonando sus aldeas?
En los países ricos del capitalismo tenían sistemas de bienestar en los que apoyarse, aun cuando quienes dependían permanentemente de estos sistemas debían afrontar el resentimiento y el desprecio de quienes se veían a sí mismos como gentes que se ganaban la vida con su trabajo. En los países pobres entraban a formar parte de la amplia y oscura economía “informal” o “paralela”, en la cual hombres, mujeres y niños vivían, nadie sabe cómo, gracias a una combinación de trabajos ocasionales, servicios, chapuzas, compra, venta y hurto. En los países ricos empezaron a constituir, o a reconstituir, una “subclase” cada vez más segregada, cuyos problemas se consideraban de facto insolubles, pero secundarios, ya que formaban tan sólo una minoría permanente. El gueto de la población negra nativa (9) de los Estados Unidos se convirtió en el ejemplo tópico de este submundo social. Lo cual no quiere decir que la “economía sumergida” no exista en el primer mundo. Los investigadores se sorprendieron al descubrir que a principios de los noventa había en los veintidós millones de hogares del Reino Unido más de diez millones de libras esterlinas en efectivo, o sea un promedio de 460 libras por hogar, una cifra cuya cuantía se justificaba por el hecho de que “la economía sumergida funciona por lo general en efectivo” (Financial Times, 18-10-1993).
II
La combinación de depresión y de una economía reestructurada en bloque para expulsar trabajo humano creó una sorda tensión que impregnó la política de las décadas de crisis. Una generación entera se había acostumbrado al pleno empleo, o a confiar en que pronto podría encontrar un trabajo adecuado en alguna parte. Y aunque la recesión de principios de los ochenta trajo inseguridad a la vida de los trabajadores industriales, no fue hasta la crisis de principios de los noventa que amplios sectores de profesionales y administrativos de países como el Reino Unido empezaron a sentir que ni su trabajo ni su futuro estaban asegurados; casi la mitad de los habitantes de las zonas más prósperas del país temían que podían perder su empleo. Fueron tiempos en que la gente, con sus antiguas formas de vida minadas o prácticamente arruinadas (véanse los capítulos X y XI), estuvieron a punto de perder el norte. ¿Fue un accidente que “ocho de los diez asesinatos en masa más importantes de la historia de los Estados Unidos... se produjeran a partir de 1980”, y que fuesen acciones realizadas por hombres blancos de mediana edad, de treinta o cuarenta años, “tras un prolongado período de soledad, frustración y rabia”, acciones precipitadas muchas veces por una catástrofe en sus vidas, como la pérdida de su trabajo o un divorcio? (10) La creciente “cultura del odio que se generó en los Estados Unidos” y que tal vez contribuyó a empujarles ¿fue quizá un accidente? (Butterfield, 1991). Este odio estaba presente en la letra de muchas canciones populares de los años ochenta, y en la crueldad manifiesta de muchas películas y programas de televisión.
Esta sensación de desorientación y de inseguridad produjo cambios y desplazamientos significativos en la política de los países desarrollados, antes incluso de que el final de la guerra fría destruyese el equilibrio internacional sobre el cual se asentaba la estabilidad de muchas democracias parlamentarias occidentales. En épocas de problemas económicos los votantes suelen inclinarse a culpar al partido o régimen que está en el poder, pero la novedad de las décadas de crisis fue que la reacción contra los gobiernos no beneficiaba necesariamente a las fuerzas de la oposición. Los máximos perdedores fueron los partidos socialdemócratas o laboristas occidentales, cuyo principal instrumento para satisfacer las necesidades de sus partidarios —la acción económica y social a través de los gobiernos nacionales— perdió fuerza, mientras que el bloque central de sus partidarios, la clase obrera, se fragmentaba (véase el capítulo X). En la nueva economía transnacional, los salarios internos estaban más directamente expuestos que antes a la competencia extranjera, y la capacidad de los gobiernos para protegerlos era bastante menor. Al mismo tiempo, en una época de depresión los intereses de varias de las partes que constituían el electorado socialdemócrata tradicional divergían: los de quienes tenían un trabajo (relativamente) seguro y los que no lo tenían; los trabajadores de las antiguas regiones industrializadas con fuerte sindicación, los de las nuevas industrias menos amenazadas, en nuevas regiones con baja sindicación, y las impopulares víctimas de los malos tiempos caídas en una “subclase”. Además, desde 1970 muchos de sus partidarios (especialmente jóvenes y/o de clase media) abandonaron los principales partidos de la izquierda para sumarse a movimientos de cariz más específico —especialmente los ecologistas, feministas y otros de los llamados “nuevos movimientos sociales”—, con lo cual aquéllos se debilitaron. A principios de la década de los noventa los gobiernos socialdemócratas eran tan raros como en 1950, ya que incluso administraciones nominalmente encabezadas por socialistas abandonaron sus políticas tradicionales, de grado o forzadas por las circunstancias.
Las nuevas fuerzas políticas que vinieron a ocupar este espacio cubrían un amplio espectro, que abarcaba desde los grupos xenófobos y racistas de derechas a través de diversos partidos secesionistas (especialmente, aunque no sólo, los étnico-nacionalistas) hasta los diversos partidos “verdes” y otros “nuevos movimientos sociales” que reclamaban un lugar en la izquierda. Algunos lograron una presencia significativa en la política de sus países, a veces un predominio regional, aunque a fines del siglo XX ninguno haya reemplazado de hechos a los viejos establishments políticos.
Mientras tanto, el apoyo electoral a los otros partidos experimentaba grandes fluctuaciones. Algunos de los más influyentes abandonaron el universalismo de las políticas democráticas y ciudadanas y abrazaron las de alguna identidad de grupo, compartiendo un rechazo visceral hacia los extranjeros y marginados y hacia el estado-nación omnicomprensivo de la tradición revolucionaria estadounidense y francesa. Más adelante nos ocuparemos del auge de las nuevas “políticas de identidad”.
Sin embargo, la importancia de estos movimientos no reside tanto en su contenido positivo como en su rechazo de la “vieja política”. Algunos de los más importantes fundamentaban su identidad en esta afirmación negativa; por ejemplo la Liga del Norte italiana, el 20 por 100 del electorado estadounidense que en 1992 apoyó la candidatura presidencial de un tejano independiente o los electores de Brasil y Perú que en 1989 y 1990 eligieron como presidentes a hombres en los que creían poder confiar, por el hecho de que nunca antes habían oído hablar de ellos. En Gran Bretaña, desde principios de los setenta, sólo un sistema electoral poco representativo ha impedido en diversas ocasiones la emergencia de un tercer partido de masas, cuando los liberales —solos o en coalición, o tras la fusión con una escisión de socialdemócratas moderados del Partido Laborista— obtuvieron casi tanto, o incluso más, apoyo electoral que el que lograron individualmente uno u otro de los dos grandes partidos.
Desde principios de los años treinta —en otro período de depresión— no se había visto nada semejante al colapso del apoyo electoral que experimentaron, a finales de los ochenta y principios de los noventa, partidos consolidados y con gran experiencia de gobierno, como el Partido Socialista en Francia (1990), el Partido Conservador en Canadá (1993), y los partidos gubernamentales italianos (1993). En resumen, durante las décadas de crisis las estructuras políticas de los países capitalistas democráticos, hasta entonces estables, empezaron a desmoronarse. Y las nuevas fuerzas políticas que mostraron un mayor potencial de crecimiento eran las que combinaban una demagogia populista con fuertes liderazgos personales y la hostilidad hacia los extranjeros. Los supervivientes de la era de entreguerras tenían razones para sentirse descorazonados.
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