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Librería: Los Doce Césares
Cayo Suetonio

Tercera parte Biografía de Octavio Augusto

LXXI. De todas estas acusaciones o calumnias, la de haberse prostituido fue la que refutó con más facilidad, por la pureza de su vida en aquella época y en lo sucesivo. Parece que también fue menos apasionado por el lujo de lo que se decía, puesto que después de la toma de Alejandría, de todas las riquezas de los reyes reservase sólo un vaso de arcilla, fundiendo todos los de oro de uso diario. Pero, no obstante, fue siempre muy inclinado a las mujeres, y dicen que con la edad deseó especialmente vírgenes; así es que las buscaban por todas partes, y hasta su propia esposa se las buscó. En cuanto a su fama de jugador, no le preocupó en lo más mínimo, y jugó siempre sin recato, considerándolo un solaz, sobre todo en la vejez; jugaba, por esto, tanto en diciembre como en cualquier otro mes, fuese o no día festivo. De esto no puede caber duda, pues aunque se conserva de él una carta que reza así: He cenado, mi querido Tiberio, con los que sabes. Vinicio y Lilio, el padre, han venido a aumentar el número de convidados. Los viejos hemos jugado a los dados, durante la cena, ayer y hoy. As y seis perdían, y pasaban al juego un dinero por dado, pero Venus se lo llevaba todo. En otra carta dice: Mi querido Tiberio; hemos pasado agradablemente las fiestas de Minerva, habiendo jugado sin descanso todos los días. Tu hermano se quejaba; pero, a fin de cuentas, sus pérdidas no han sido graves, y al fin cambió la suerte y se repuso de sus desastres. En cuanto a mí he perdido veinte mil sestercios, por culpa de mis liberalidades ordinarias, porque si hubiese querido hacerme pagar los golpes malos de mis adversarios o no dar nada a los que perdían, habría ganado más de cincuenta mil. Mas prefiero, esto, porque mi bondad me valdrá eterna gloria. A su hija le escribe: Te he enviado doscientos cincuenta dineros; he dado otro tanto a cada convidado, para que jueguen a los dados o a pares y nones durante la cena. Augusto fue, sin embargo, muy moderado en sus demás costumbres y estuvo al abrigo de toda censura.

LXXII. Habitó primero cerca del Foro antiguo, sobre la escalera anular, en una mansión que perteneció al orador Calvo. Ocupó después en el monte Palatino la casa, no menos modesta, de Hortensio, que ni era espaciosa ni estaba adornada, pues sus galerías eran estrechas y de piedra común, no habiendo mármol ni mosaicos en las habitaciones. Acostase durante más de cuarenta años, en invierno y verano, en la misma estancia, y pasó siempre el invierno en Roma, a pesar de tener experimentado que el aire de la ciudad era contrario a la salud en esta estación. Cuando tenía que tratar algún asunto secreto o quería trabajar sin que le interrumpiesen, se encerraba en la parte superior de su casa, en un gabinete que llamaba Siracusa o su museo, o bien se retiraba a una quinta inmediata, o a casa de cualquiera de sus libertos. Cuando se sentía enfermo iba a acostarse a casa de Mecenas. Los retiros que más le gustaban eran los inmediatos al mar, como las islas de la Campania, o bien los pueblecillos situados alrededor de Roma, como Lanuvio, Prenesto, Tibur, donde frecuentemente administró justicia bajo el pórtico del templo de Hércules. No le gustaban las casas de campo demasiado grandes y costosas, e hizo arrasar hasta los cimientos una quinta de su nieta Julia, cuya construcción había costado enormes cantidades. En las suyas, que eran muy sencillas, se cuidaba menos de las estatuas y pinturas que de las galerías, bosquecillos y cosas cuyo valor dependiese de su rareza o antigüedad, como los huesos de animales gigantes que se ven en Capri, y a los que se da el nombre de huesos de gigantes o armas de los héroes.

LXXIII. Puede juzgarse su economía en el menaje por los lechos y mesas que existen aún, y que apenas son dignos de un particular acomodado. Acostábase en un lecho muy bajo y vestido con la mayor sencillez. No usó nunca otras ropas que las que le confeccionaban en su casa su hermana, su esposa, su hija o sus nietas. Su toga no era estrecha ni ancha, y tampoco su lacticlavia era ancha ni estrecha. Usaba calzado un poco alto para aparentar mayor estatura; tenía siempre en su alcoba el traje y el calzado que llevaba en el Foro, para estar dispuesto a presentarse en caso de súbito acontecimiento.

LXXIV. Invitaba con frecuencia, pero en estas comidas, siempre regulares, distinguía cuidadosamente los rangos y las personas. Refiere Valerio Mesala que jamás admitió a su mesa a ningún liberto, exceptuando Menas, a quien había concedido todos los derechos inherentes al nacimiento libre, por haberle hecho entrega de la flota de Sexto Pompeyo. El propio Augusto nos dice que un día hizo comer con él a un antiguo soldado de su guardia, en cuya casa de campo se encontraba. Algunas veces se sentaba a la mesa después que los demás y se levantaba antes habiendo comenzado sus compañeros a comer antes de su llegada y continuando después de salir él. Sus comidas consistían habitualmente en tres servicios, y seis en las grandes solemnidades; cuanto más modesta era, tanto más alegre se mostraba. Trataba él mismo conversación con los que callaban o solamente hablaban en voz baja, y hacía acudir músicos, histriones, bufones y bailarines del Circo, y con más frecuencia pobres declamadores.

LXXV. Celebraba las fiestas y solemnidades con gran magnificencia, pero a menudo no buscaba en ello más que ocasión de burlas. Así, en las Saturnales y en otras épocas, a elección suya, enviaba a sus amigos regalos, consistentes en vestidos, oro, plata, monedas procedentes de todas partes, antiguas piezas del tiempo de los reyes o de fabricación extranjera, telas groseras, esponjas, pinzas, tijeras y otros objetos del mismo género, con inscripciones obscuras y de doble sentido. En sus comidas hacía sortear lotes de valor muy desigual, o bien ponía en venta cuadros vueltos al revés, dependiendo del azar que se realizaran o frustraran las esperanzas del comprador. Para cada cuadro existía una licitación, y los convidados se comunicaban unos a otros su buena o mala fortuna.

LXXVI. Comía muy poco (ni siquiera omitiré estos detalles) y siempre de cosas comunes. Gustaba especialmente de pan mezclado, de pescados pequeños, de quesos hechos a mano y de higos frescos, de la especie que madura dos veces al año; comía a menudo antes de la hora acostumbrada, en cualquier momento y parte, según las necesidades de su estómago. En una carta dice: He comido en el carruaje pan y dátiles, y en otra: Al regresar del palacio de Numa a mi casa, comí en la litera una onza de pan y algunas pasas. A Tiberio le escribía: No hay judío que observe con mayor rigor el ayuno en día de sábado de lo que yo lo he observado hoy; hasta la primera hora de la noche no he comido sino dos bocados en el baño antes de que me perfumasen. No siguiendo otra regla que la de su apetito, le sucedía algunas veces cenar solo, antes o después de la comida de los convidados, durante la cual permanecía sin probar nada.

LXXVII. Era también muy sobrio en el vino. Cornelio Nepote refiere que en su campamento frente a Módena bebía sólo tres veces durante la comida. Más adelante y en medio de sus grandes excesos bebía sólo seis copas; cuando las excedía, vomitaba. Tenía preferencia por el vino de Recia, pero era extraño que bebiese durante el día, tomando en vez de ello pan mojado en agua fría, o un trozo de cohombro, o bien un cogollo de lechuga, o también una fruta ácida y jugosa.

LXXVIII. Después de la comida de mediodía se entregaba un momento al descanso, vestido y calzado, cubiertos los pies y puesta la mano sobre los ojos. Después de la cena se retiraba a su lecho de trabajo, en el que velaba una parte de la noche hasta que terminaba, o dejaba por lo menos muy adelantado lo que le faltaba resolver de los asuntos del día. En seguida iba a acostarse, y nunca dormía más de siete horas, que ni siquiera eran continuas, pues en este espacio de tiempo despertaba tres o cuatro veces. Si, como suele suceder, no recobraba el sueño interrumpido, hacía que le leyesen o recitasen cuentos: volvía después a dormirse v permanecía ordinariamente en el lecho hasta después de amanecer. Nunca veló en la obscuridad sin que le acompañase alguien. No le gustaba madrugar, y cuando algún sacrificio o deber público le obligaba a levantarse temprano, procuraba, para no experimentar mucha molestia, acostarse en casa de algún criado suyo, cerca del sitio adonde tenía que ir; a pesar de esta precaución, muy a menudo se apoderó de él el sueño cuando le llevaban por las calles, y si ocurría algo que hiciese detener la litera, aprovechaba la ocasión para dormir.

LXXIX. Su aspecto era muy agradable sin que cambiase con la edad; pero no mostraba ninguna afición por adornarse; ningún cuidado se tornaba por el cabello, que hacía le cortasen apresuradamente varios barberos a la vez; en cuanto a la barba, unas veces se la hacía cortar muy poco, otras mucho, y mientras lo hacían leía o escribía. Era tan sereno su semblante, ya hablase, ya guardase silencio, que un galo, perteneciente a una de las principales familias del país, confesó un día a los suyos que al pasar con él los Alpes se le acercó con pretexto de hablarle, pero con intención de arrojarle a un precipio y que sólo su aspecto bastó para detenerle en su resolución. Sus ojos eran vivos y brillantes y quería incluso que se los considerase dotados de fuerza en cierto modo divina. Por esto cuando miraba fijamente a alguno, le gustaba que bajara los ojos como delante del sol; en su ancianidad perdió, sin embargos mucho la vista del ojo izquierdo. Tenia los dientes pequeños, claros y desiguales, el cabello ligeramente rizado y algo rubio, las cejas juntas, las orejas medianas, la nariz aguileña y puntiaguda, la tez morena, corta talla (aunque el liberto Julio Morato le atribuyera cinco pies y nueve pulgadas); pero tan proporcionados sus miembros, que para observar su corta estatua era necesario verle al lado de otro más alto que él.

LXXX. Tenia, dicen, el cuerpo cubierto de manchas, y en el pecho y vientre señales naturales ordenadas como las estrellas de la constelación de la Osa; intensas picazones, y el uso constante de un cepillo duro le llenaron también de callosidades, que habían degenerado en empedines. Tenia la cadera, el muslo y la pierna del lado izquierdo algo débiles, y a menudo cojeaba de este lado, pero remediaba esta debilidad por medio de vendajes y cañas. De tiempo en tiempo experimentaba tanta inercia en el dedo índice de la mano derecha, que, cuando hacía frío, para escribir tenia que rodearlo de un círculo de cuerno. Se quejaba también de dolores de vejiga, que sólo se calmaban cuando arrojaba piedras con la orina.

LXXXI. Padeció, durante su vida, varias enfermedades graves y peligrosas; sobre todo después de la sumisión de los cántabros, tuvo infartos en el hígado, perdiendo toda esperanza de curación. Por consejo de Antonio Musa siguió entonces el atrevido método de los contrarios; nada había conseguido con fomentos calientes, recurrió a los fríos, y sanó. Padecía aun otros males que le atacaban todos los años en día fijo, encontrándose casi siempre mal en el mes que había nacido: se le inflamaba el diafragma a principios de primavera y padecía fluxiones cuando soplaba viento del Mediodía.

LXXXII. En invierno se ponía cuatro túnicas debajo de la gruesa toga; añadía camisa y jubón de lana, abrigándose también muslos y piernas. En verano dormía con las puertas de su cámara abiertas y a menudo bajo el peristilo de su palacio, en el que el aire era refrescado por varios surtidores de agua y donde tenía además un esclavo encargado de abanicarle. No podía soportar el sol ni aun en invierno, y nunca paseaba el aire, ni siquiera en su casa, sin tener cubierta la cabeza. Viajaba en litera, y frecuentemente de noche, avanzando lentamente y a cortas jornadas; empleaba dos días en ir a Prenesto o a Tubir y cuando era posible prefería hacerlo por mar. Cuidaba mucho de su débil salud y se bañaba muy raramente, prefiriendo frotarse con aceite y transpirar al calor, haciendo que vertiesen luego sobre él agua tibia o calentada al sol. Cuando a causa de los nervios necesitaba baños de mar, o los termales de Albula, se contentaba con sentarse en una pieza de madera, a la que daba el nombre español de dureta, y sumergía en el agua las manos y los pies alternativamente.

LXXXIII. Inmediatamente después de las guerras civiles renunció a los ejercicios a caballo y de armas en el campo de Marte, reemplazándolos primeramente con la pelota dura y de viento; muy pronto se limitó, sin embargo, a pasear a pie o en litera, y terminado el paseo, corría saltando, cubierto con ligero lienzo o gruesa manta, según la estación. Cuando quería dar algún descanso a su espíritu, pescaba con caña o jugaba a los dados, a la taba o a las nueces con niños que le gustaban y que le buscaban por todas partes, especialmente mauros y sirios. A los enanos, contrahechos y deformes los detestaba como burlas de la Naturaleza y objetos de malos presagios.

LXXXIV. Desde su infancia aplicase con tanto éxito como afán al estudio de la elocuencia y de las bellas letras. Durante la guerra muciense, y a pesar del gigantesco peso de los negocios, asegurase que leía todos los días, componía, y se ejercitaba en el dominio de la palabra. No habló nunca en el Senado, ni al pueblo o a los soldados sin haber meditado despacio y trabajado su discurso, aunque no carecía de la facultad de improvisar. Para no exponerse a olvidos y no perder tiempo aprendiendo de memoria, tomó la costumbre de leer todo lo que decía. Redactaba de antemano hasta sus conversaciones particulares, y cuando debían versar sobre asunto grave, se escribía incluso las que debía tener con Livia, y entonces hablaba leyendo, por temor de que la improvisación le hiciese mostrarse corto o excesivo. Tenía en la voz cierta dulzura peculiar, y tomaba asiduamente lecciones de un maestro de eufonía; pero a veces, por afecciones de la garganta, tuvo que recurrir a la voz de un pregonero para hablar al pueblo.

LXXXV. Compuso en prosa muchas obras de diferentes géneros, y recitó algunas en el círculo de sus amigos que le servían de auditorio; entre éstas se encuentran Respuestas a Bruto, concernientes a Cotón, de las que leyó él mismo la mayor parte, a pesar de ser ya viejo, pero tuvo que encargar a Tiberio terminase la lectura; compuso también las Exhortaciones a la filosofía y las Memorias de su vida, en trece libros que abrazan hasta la guerra de los cántabros y que dejó sin terminar. Ensayó también la poesía, conservándose de él una obrita en versos hexámetros, cuyo título y asunto es la Sicilia y una breve colección de Epigramas, en los que generalmente trabajaba en el baño. Comenzó con gran entusiasmo una tragedia de Ayax, pero no satisfecho del estilo, la destruyó; preguntándole un día sus amigos qué había sido de Ayax, contestó que su Ayax se había precipitado sobre una esponja.

LXXXVI. Adoptó un estilo sencillo y elegante a la vez, tan lejano de vana pompa como de afectada rudeza, o como él decía, compuesto de esas palabras viejas que tienen como olor de enfermas. Su principal cuidado era expresar el Pensamiento con claridad, y para conseguirlo mejor, para no dificultar o refrenar la inteligencia de los lectores, no economizaba las proposiciones que determinan el sentido de las palabras, ni las conjunciones que ligan las frases, y cuya supresión, si aumenta la gracia del estilo, es a costa de la claridad. Despreciaba por igual a los escritores que crean fastuosamente palabras nuevas y a los que quieren desterrar las antiguas, haciendo ruda oposición a estos dos defectos. Fijándose especialmente en Mecenas y parodiándole para corregirle, no cesaba de censurarle los perfumes de su florido estilo. Tampoco perdonó a Tiberio su afición a las palabras rebuscadas y enigmáticas. Reconviene, asimismo, en sus cartas a M. Antonio por su manía de escribir cosas que son más fáciles de admirar que de comprender, y burlándose porque ensayaba todos los estilos y no sabía en cuál fijarse, añadía: Hete en gran apuro: no sabes qué imitar de Cimber Annio, o de Veranio Flaco, ni si emplearás las palabras que Crispo Salustio ha sacado de los Orígenes de Catón, ni si harás pasar a nuestra lengua las vacías sentencias y volubilidad de palabras de los oradores del Asia. En otra carta dice a su nieta Agripina, celebrando su discreción: Guárdate sobre todo de escribir o hablar con énfasis.

LXXXVII. Por sus cartas autógrafas se ve que en la conversación familiar se valía de muchas locuciones notables. Por ejemplo, al hablar de los malos pagadores, decía: Pagarán en las calendas griegas. Cuando aconsejaba soportar el destino presente, fuese el que fuese, escribía: Contentémonos con ese Catón. Para expresar la celeridad con que se había hecho una cosa, decía: Antes que se cuecen los espárragos. Casi siempre escribió baceolus por stultus (tonto), pulleiaceus por pullus (la cría de un animal), vacerrosus por cerritus (loco). Para decir estoy malo escribía me encuentro en estado vaporoso; en vez de la palabra lachanizare, con la que se expresa generalmente el estado de languidez, empleaba la de betizare; decía simas por sumus (somos) y domos, en el genitivo singular, por domus (de la casa); para demostrar que esto era en él principio y no ignorancia, nunca escribió de otra manera estas palabras. He observado asimismo en sus manuscritos que no dividía las palabras, y que en vez de colocar en el principio de la línea siguiente las letras que sobraban en un verso, las colocaba bajo las últimas de esta línea y las circundaba con un trazo.

LXXXVIII. No observó mucho la ortografía, es decir, la forma y razón establecidas por los gramáticos para escribir, y parece que opinaba como los que desean que se escriba como se habla. Error muy extendido es omitir o invertir letras y silabas, y no hablaría de ello si no hubiese leído con sorpresa, en algunos autores, que reemplazó como ignorante y ordinario a un legado consular por haber escrito ixi por ipsi. Cuando escribía en cifra ponía la b por a, c por b y así con las otras letras; por x ponía dos a.

LXXXIX. Era muy aficionado a la literatura griega. y adquirió en ella grande superioridad. Tuvo por maestro a Apolodoro de Pérgamo, que era ya anciano cuando su joven discípulo le llevó con él de Roma a Apolonia. Logró después variada erudición con el trato frecuente del filósofo Arens y de sus hijos Dionisio y Nicanor. No llegó nunca, sin embargo, a hablar correctamente el griego ni se atrevió a escribir nada en esta lengua. Cuando las circunstancias lo exigían escribía latín, encargando a otro que tradujese lo escrito. Era inteligente en poesía, y gozaba en especial con la comedia antigua, haciéndola representar frecuentemente en los espectáculos públicos. Lo que con más curiosidad buscaba en los escritores de ambas lenguas eran los preceptos y ejemplos útiles para la vida pública o privada; los copiaba palabra por palabra y los remitía ordinariamente a sus delegados, a los generales, a los gobernadores de las provincias y a los magistrados de Roma cuando necesitaban advertencias o consejos. Hubo libros que leyó íntegros al Senado, dándolos a conocer al pueblo por medio de edictos, como los discursos de Q. Metelo sobre la Propagación, y los de Rutilio sobre la manera de edificar; con este sistema se proponía demostrar que no había sido el primero en comprender la importancia de estos dos asuntos, sino que ya los antiguos romanos se habían ocupado en ellos. Favoreció por todos los medios a los ingenios de su siglo; escuchaba con paciencia y agrado la lectura de todas las obras, historias, versos, discursos, diálogos; pero no gustaba que se tomase por asunto su elogio, a menos que la obra fuese de estilo grave y célebre su autor; recomendaba a los pretores que no permitieran se prostituyese su nombre en los concursos literarias.

XC. Por lo que toca a sus supersticiones, he aquí lo que se dice: Temía de modo insensato a los truenos y relámpagos cuyos peligros creía conjurar llevando siempre consigo una piel de vaca marina. Al aproximarse la tempestad se escondía en paraje subterráneo y abovedado; este miedo procedía de haber victo en otro tiempo caer el rayo cerca de él durante un viaje nocturno, como al principio dijimos.

XCI. Le preocupaban en gran manera sus sueños y lo que se refería a él en los ajenos. El día de la batalla de Filipos había decidido, sintiéndose algo enfermo, no salir de su tienda; el sueño de un amigo suyo movióle a cambiar de resolución, e hizo bien, porque, tomado su campamento y cayendo los enemigos sobre su lecho, acribilláronlo a golpes, creyendo que se encontraba en él. Por la primavera tenía espantosas visiones, muy reiteradas, pero inciertas y sin efecto; en el resto del año las tenía menos frecuentes y también menos quiméricas. En un tiempo en que visitaba a menudo el templo dedicado a Júpiter Tonante en el Capitolio, soñó que Júpiter Capitolino se había quejado de esta vecindad que le quitaba sus adoradores, y le contestó que le había dado a Júpiter Tonante como portero; a la mañana siguiente hizo guarnecer la parte superior del templo de éste con campanillas como las que se ponen en las puertas. A consecuencia también de su sueño, todos los años en un día fijo pedía limosna al pueblo, y alargaba la mano a los transeúntes para recibir algunos ases.

XCII. Consideraba como ciertos algunos auspicios. Si por la mañana le ponían en el pie derecho el calzado del izquierdo, lo tenía a mal presagio; si cuando partía para un largo viaje por tierra o mar caía rocío, el presagio era bueno y anunciaba pronto y feliz regreso. Los prodigios despertaban mucho su atención. Trasplantó al patio de los dioses Penates de Roma e hizo cultivar con gran esmero una palmera que nació delante de su casa en los intersticios de las piedras. En la isla de Capri creyó advertir que una vieja encina, cuyas ramas caían desmayadas hasta el suelo, se había reanimado a su llegada, y tanto se regocijó por ello que, en vez de Capri, cedió Enaria a la República de Nápoles. Tenía también supersticiones especiales en determinados días; nunca, por ejemplo, se ponía en camino al día siguiente de los mercados, ni comenzaba ningún negocio importante el día de nonas, y esto para evitar, así lo escribía a Tiberio el mal influjo de los presagios unidos a su nombre.

XCIII. Por lo que toca a las ceremonias extranjeras, cuanto respetaba las antiguas y consagradas por el tiempo y las leyes, tanto despreciaba las otras. Se había hecho iniciar en los misterios de Atenas; más adelante, llevaba por los sacerdotes de la Antigua Ceres, ante su tribunal en Roma, una causa relativa a sus privilegios y en la que habían de revelarse cosas secretas, hizo salir a todos sus asesores y al público y juzgó por sí solo el asunto en presencia de las partes interesadas. Sin embargo, en Egipto no se digno siquiera desviarse un poco del camino para ver al buey Apis; y elogió mucho a su nieto Cayo porque al cruzar la Judea no practicó en Jerusalén ningún acto religioso.

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XCIV. Puesto que nos ocupamos en este asunto, referiré ahora los presagios que precedieron, acompañaron o siguieron a su nacimiento, y que parecieron anunciar su futura grandeza y su permanente felicidad. En tiempo antiguo había caído un rayo sobre las murallas de Vélitres, y el oráculo había declarado que un ciudadano de la ciudad llegaría a poseer algún día el poder soberano. Con esta confianza, los habitantes de Vélitres emprendieron acto seguido encarnizada guerra contra los romanos, que reprodujeron muchas veces y que amenazó con ser la causa de su ruina. Hasta pasado mucho tiempo no comprendieron, y esto por el acontecimiento, que aquel presagio era el poder de Augusto. Refiere Julio Marato que, pocos meses antes de su nacimiento, acaeció en Roma un prodigio del que fueron testigos todos sus habitantes y que significaba que la Naturaleza preparaba un rey para el pueblo romano. El Senado asustado prohibió criar a los niños que naciesen en el año; pero aquellos cuyas esposas estaban encinta, esperando cada cual que la predicción le favoreciese, consiguieron impedir que llevasen el senadoconsulto a los archivos. Leo en Asclepiades Mendetos, en sus tratados Sobre lo divino, que Acia, la madre de Augusto, había acudido a medianoche al templo de Apolo para un sacrificio solemne, quedando dormida en la litera mientras se iban las otras mujeres; dice aún que se deslizó a su lado una serpiente, retirándose poco después; que al despertar, se purificó como si hubiese salido de los brazos de su esposo, y que desde aquel momento le quedó siempre en el cuerpo la imagen de una serpiente, imagen que nunca pudo borrar, por lo cual no quiso mostrarse nunca en los baños públicos; Augusto nació diez meses después, y por esta razón pasó por hijo de Apolo. Soñó también Acia, antes de dar a luz, que sus intestinos ascendían hacia los astros y cubrían toda la extensión de la tierra y de los cielos. Asimismo Octavio, el padre de Augusto, soñó que salía un rayo de sol del vientre de su esposa. El día en que nació, deliberábase en el Senado acerca de la conjuración de Catilina, y habiendo llegado tarde Octavio a causa del parto de su esposa, es cosa sabida que P. Nigidio, enterado de la causa de aquel retraso y de la hora del parto, declaró que había nacido un dueño del Universo. Más adelante, llevando Octavio un ejército por la parte más retirada de la Tracia, hizo alto en un bosque consagrado a Baco; allí consultó al dios acerca de los destinos de su hijo, con todas las ceremonias particulares de los bárbaros, prediciéndole los sacerdotes las mismas cosas, ya que, después de las libaciones de vino hechas sobre el altar del dios, elevase la llama hasta la parte superior del templo y desde allí hasta el cielo, prodigio que sólo había ocurrido hasta entonces para Alejandro Magno cuando sacrificó sobre los mismos altares. Desde la siguiente noche le pareció a Octavio ver a su hijo más grande lo que son los mortales, armado con el rayo y el cetro, revestido con las insignias de Júpiter Optimo Máximo, coronado de rayos, y sentado entre laureles en un carro tirado por doce caballos de deslumbrante blancura. En las memorias de C. Druso se lee que habiendo la nodriza de Augusto colocado al niño una noche en su cuna, en una habitación del piso bajo, no le encontró a la mañana siguiente; y que después de haberle estado buscando un largo rato, terminó por hallarle en lo más alto de una torre, y con la cara vuelta hacia el sol saliente. Apenas comenzaba a hablar, cuando importunándole el canto de las ranas en la casa de campo de su abuelo, las mandó callar, y se dice que no cantan desde entonces. Cierto día que estaba comiendo en un bosque situado a cuatro millas de Roma, en el camino de Campania, un águila le arrebató el pan, remontóse hasta perderse de vista, y descendió luego suavemente a devolvérselo. Después de haber Q. Catulo dedicado el Capitolio, tuvo de Augusto, durante dos noches, los siguientes sueños. En el primero vio un grupo de niños que jugaban alrededor del altar de Júpiter, quien cogió uno de ellos, poniéndole en el pecho la estatuita de la República que llevaba en la mano. Vio en el segundo al mismo niño sentado sobre las rodillas de Júpiter Capitolino; quiso arrancarlo de allí, pero se opuso el dios, diciendo que le educaba para sostén de la República. A la mañana siguiente encontró Catulo a Augusto, a quien nunca había visto, y le llamo la atención su parecido con el niño que viera en sus sueños. Otros refieren, sin embargo, de diferente manera el sueño de Catulo según éstos, varios niños pedían un tutor a Júpiter; el dios les designó uno a quien debían encomendar todos sus peticiones; toco después con la mano los labios del pequeño y en seguida se la llevó a la boca. M. Cicerón, acompañando a C. César al Capitolio, refería a sus amigos un sueño que había tenido la noche anterior; en él había visto, según explicaba, un niño de distinguido rostro bajar del cielo al extremo de una cadena de oro, y detenerse delante de las puertas del Capitolio, donde, de manos de Júpiter, recibió un látigo; después, viendo de pronto a Augusto, desconocido todavía para la mayor parte de ellos, y a quien César había llevado consigo para el sacrificio, declaró que aquél era el niño cuyo rostro había visto en su sueño. El día en que Augusto vistió la toga viril, se le descosió por ambos lados su lacticlavia, y le cayó a los pies, deduciendo de ello algunas personas que algún día le quedaría sometido el orden de que era distintivo aquel traje. Cuando César, cerca de Munda, elegía el paraje de su campamento, hizo cortar un bosque en el que encontró una palmera, que mandó respetar como presagio de victoria; de la palmera brotaron al punto retoños, que no sólo igualaron rápidamente al tallo, sino que lo cubrieron por completo, anidando en ellos palomos, aves que huyen del follaje áspero y duro de este árbol. Se dice que este prodigio fue uno de los principales motivos que determinaron a César a no querer otro sucesor que el nieto de su hermana. Durante su permanencia en Apolonia, subió Augusto con Agripa al observatorio del astrólogo Teógenes; consultado éste por Agripa, en primer lugar le predijo una serie de prosperidades tan grandes, tan maravillosas, que Augusto no quiso manifestar el día ni las particularidades de su nacimiento, temiendo tener que avergonzarse delante de él por el vaticinio de un destino menos brillante. Vencido al fin por los ruegos del astrólogo, se los declaró, y Teógenes, levantándose en seguida, le acaloró como a un dios. Augusto cobró en seguida tal confianza en su destino, que publicó un horóscopo e hizo acuñar una medalla de plata con la efigie de Capricornio, constelación bajo la cual había nacido.

XCV. Poco después del asesinato de César, cuando entraba en Roma, de regreso a Apolonia, estando el cielo despejado, se vio de pronto aparecer en él un circulo, parecido al arco iris, rodeando el disco del sol, y poco después caía un rayo en el monumento elevado a Julia, hija del dictador. Cierto día en que consultaba a los augures, durante su primer consulado, aparecieron a su vista doce buitres, como en otro tiempo aparecieron a Rómulo, y durante su sacrificio se abrieron ante sus ojos los hígados de todas las victimas, quedando al descubierto hasta la última fibra, lo cual, según declararon todos los arúspides, era presagio para él de grandes y felices destinos.

XCVI. Tuvo también presentimientos de victoria en todas las guerras. Cerca de Bolonia, donde se habían reunido las tropas de los triunviros, un águila, posada sobre su tienda, se lanzó contra dos cuervos que la importunaban, y los derribó en tierra. Todo el ejército vio en aquella lucha el presagio de las discordias que un día habían de dividir a los tres jefes y hasta el desenlace de la lucha. Antes de la batalla de Filipos, un tesaliano le anunció la victoria de parte de J. César, cuya imagen dijo que se la había aparecido en un camino extraviado. Un día sacrificaba bajo los muros de Perusa y no siendo satisfactorio el sacrificio, mandó traer nuevas victimas; estando en ello, los enemigos, con repentino ataque, arrebataron todos los preparativos, y los arúspides manifestaron que los peligros y reveses anunciados al sacrificador caerían sobre aquellos que se habían apoderado de las entrañas de las victimas; los sucesos posteriores confirmaron la predicción. La víspera del combate naval que libró en Sicilia, mientras paseaba por la playa, saltó un pez del mar, viniendo a caer a sus pies. En el momento en que se dirigía hacia su flota para tomar posición, antes de la batalla de Actium, encontró un borriquillo con su conductor; se llamaba éste Eutychus, que significa Dichoso, y el borrico Nicón, o sea Vencedor. Más adelante, en el templo que hizo erigir en el lugar de su campamento, les dedicó una estatua de bronce.

XCVII. Presagios certísimos anunciaron también su muerte, de la que hablaré en seguida, y su apoteosis. Cuando cerraba el lustro en el campo de Marte, ante una innumerable multitud, un águila voló repetidamente en derredor suyo; dirigióse después al frontispicio de un templo inmediato, donde estaba grabado el nombre de Agrisas y se posó sobre la primera letra. En virtud de este presagio, Augusto encargó a Tiberio, colega suyo, que hiciese los votos acostumbrados para el lustro siguiente, aunque él mismo los había preparado ya y escrito en sus tablillas, pues no quería pronunciar votos que no había de ver realizados. Por la misma época, un rayo borró la primera letra de su nombre de la inscripción de una de sus estatuas. Consultado sobre ello el oráculo, contestó que no viviría más de cien días, número marcado por la letra C, pero que sería colocado entre los dioses, porque AESAR, es decir, lo que quedaba de su nombre, significa dios en lengua etrusca. Había dado a Tiberio un mando en Iliria, y deseaba acompañarle hasta Benevento, pero retrasado constantemente por las causas que llevaban ante su tribunal, exclamó (y estas palabras se consideraron también presagio): que nada podría detenerle va más en Roma. Se puso en camino, llegó hasta Astura, y aprovechando allí un viento favorable, se embarcó de noche contra su costumbre, comenzando su postrera enfermedad por una diarrea.

XCVIII. Recorrió las costas de la Campania y de las alas vecinas, y pasó cuatro días en Capri descansando y con excelente disposición de ánimo. Navegaba cerca de la bahía de Puzzola, cuando los pasajeros y marineros de un buque de Alejandría que estaba en rada, fueron a saludarle vestidos con trajes blancos y ceñidas coronas, quemando ante él incienso, le colmaron de alabanzas, y haciendo votos por su prosperidad, exclamaron: que por él vivían, y que le debían la libertad de la navegación y todos sus bienes. Tan alegre le pusieron estas aclamaciones, que mandó distribuir a todos los de su comitiva cuarenta piezas de oro, haciéndoles prometer, bajo juramento, que emplearían el dinero en comprar mercancías en Alejandría. En los días que siguieron repartió también, además de otros pequeños regalos togas romanas y mantos griegos, haciendo vestir a los griegos el traje romano, y a los romanos, el griego, cambio que extendió hasta al lenguaje. Durante los días que pasó en Capri le complacía en extremo ver los ejercicios de un grupo de jóvenes griegos, restos de la antigua institución. Les hizo servir en presencia suya su comida, y les dio permiso y hasta orden de entregarse a todas las locas libertades de su edad y entrar a saco las frutas, postres y hasta la plata que les llevaron en su nombre. No hubo, en fin, clase de distracción a que no se entregara en aquel viaje. A causa de la alegre vida que llevaban los de su comitiva en la isla vecina a Capri, le dio el nombre griego de lugar de ociosidad. Un tal Masgaba, a quien había querido mucho y a quien, por chanza, llamaba a menudo el fundador de la isla, había muerto el año anterior, y los habitantes del país, todos con antorchas encendidas, visitaban en grupos su sepulcro. Viéndolos un día desde su mesa, improvisó este verso griego:

“Veo del fundador la tumba en llamas.”

y volviendo hacia Trasillo, compañero de Tiberio, que ignoraba de qué se trataba, le preguntó de qué poeta era aquel verso. Vaciló aquél en contestar, y Augusto añadió entonces este otro:

“¿No veis a Masgaba rodeado de antorchas?”

y repitió la pregunta; respondiendo al fin el interrogado que cualquiera que fuese el autor, los versos eran excelentes; Augusto prorrumpió en risa y bromeó durante largo rato. Pasó después a Nápoles, continuando más o menos atormentado por dolores de vientre. Asistió en esta ciudad a los juegos gimnásticos y quinquenales establecidos en su honor, y acompañó a Tiberio hasta el lugar de su destino. Pero al retorno, sintiéndose peor, tuvo que detenerse en Nola; hizo regresar a Tiberio, tuvo con él una conversación secreta que duró largo rato, y ya no se ocupó más en asuntos graves.

XCIX. El día de su muerte preguntó repetidas veces si su estado producía algún alboroto en el exterior; y pidió un espejo, y se hizo arreglar el cabello para disimular el enflaquecimiento de su rostro. Cuando entraron sus amigos, les dijo: ¿Os parece que he representado bien esta farsa de la vida? Y añadió en griego la sentencia con que terminan las comedias:

“Si os ha gustado, batid palmas y aplaudid al autor.”

Mandó después retirarse a todos; inquirió todavía acerca de la enfermedad de la hija de Druso a algunos que llegaban de Roma, y expiró de súbito entre los brazos de Livia, diciéndole: Livia, vive v recuerda nuestra misión; adiós. Su muerte fue tranquila y como siempre la había deseado; porque cuando oía decir que había muerto alguno rápidamente y sin dolor, exponía al punto su deseo de morir él y todos los suyos de esta manera, lo que exponía con la palabra griega correspondiente, gritando, como asaltado de repentino temor, que le arrastraban cuarenta jóvenes; sin embargo, fue más bien presagio que prueba de debilidad de razón, puesto que cuarenta soldados pretorianos llevaron su cuerpo al paraje donde se le expuso.

C. Murió en la misma habitación que su padre Octavio, bajo el consulado de Sexto Pompeyo y de Sexto Apuleyo, el 14 de las calendas de septiembre, en la novena hora del día (63), a los setenta y seis años menos treinta y cinco días. Trasladaron su cuerpo de Nola a Bobilas, llevándole los decuriones de los municipios y de las colonias y viajando de noche a causa de la estación. En Bobilas fue entregado a los caballeros, que lo condujeron a Roma, depositándolo en el vestíbulo de su casa. El Senado quiso honrar su memoria, celebrando sus funerales con pompa extraordinaria; presentáronse al objeto numerosas proposiciones: unos querían que el cortejo pasara por el arco de triunfo, precedido por la estatua de la Victoria que está en el Senado, y por los jóvenes nobles de ambos sexos cantando himnos fúnebres; otros, que en día de las exequias se llevasen anillos de hierro, en vez de anillos de oro; proponían algunos que se encargase de recoger sus huesos a los sacerdotes de los colegios superiores. Uno propuso también que se trasladase del mes de agosto al de septiembre el nombre de Augusto, porque había nacido en el último y muerto en el primero; otro, que el tiempo transcurrido desde su nacimiento hasta su muerte se llamase siglo de Augusto y con este nombre se designase en los fastos. Se pusieron, sin embargo, límites a tales proposiciones. Sobre sus restos fueron pronunciados dos elogios fúnebres: uno por Tiberio, delante del templo de J. César, y otro por Druso, hijo de Tiberio, cerca de la antigua tribuna de las arengas; fue llevado en hombros por los senadores hasta el campo de Marte, donde le colocaron sobre la pira. Un antiguo pretor aseguró allí que había visto elevarse de entre las llamas hasta el cielo la imagen de Augusto. Los más distinguidos del orden ecuestre, descalzos y vistiendo sencillas túnicas, recogieron sus cenizas, depositándolas en el mausoleo hecho construir por él durante su sexto consulado entre el Tíber y la Vía Flaminia; habíalo rodeado de bosque, quedando desde aquella época convertido en paseo público.

CI. Había hecho Augusto su testamento bajo el consulado de L. Plauco y C. Silio, el 3 de las nonas de abril, un año y cuatro meses antes de morir; le añadió dos codicilos, escritos en parte de su puño y en parte de sus libertos Polibio e Hilarión. Este testamento, depositado en el Colegio de las Vestales, lo presentaron estas mismas en tres cuadernos con idénticos sellos. Abriese en el Senado y se le dio lectura. Instituía por herederos principales a Tiberio y a Livia, al primero en la mitad más un sexto, y a la otra en un tercio, disponiendo que llevaran su nombre. A falta de éstos, llamaba a la sucesión a Druso, hijo de Tiberio, en un tercio, y a Germánico y sus tres hijos en el sexto. Por último, nombraba herederos en tercer lugar a considerable número de parientes y amigas. Legaba al pueblo romano cuarenta millones de sestercios; a cada soldado de la guardia pretoriana, mil sestercios; a las cohortes urbanas, quinientos y a las legiones, trescientos. Estas cantidades debían ser pagadas en el acto, cosa no difícil, puesto que estaban reservadas en el Tesoro imperial. Hacía también otros legados, algunos de los cuales se elevaban hasta dos millones de sestercios; señalaba un año para pagarlos, dando por excusa la modestia de su fortuna, pues declaraba que sus herederos no obtendrían de la sucesión más de ciento cincuenta millones de sestercios (64) a pesar de que en los veinte últimos años de su vida sus amigos le habían legado por testamento cuatro mil millones, por haberlos empleado todos en el Estado, así como sus dos patrimonios paternos y demás herencia de familia. Nombraba sólo a las dos Julias. su hija y nieta, para prohibir que las sepultasen con él en la misma tumba. De los tres pliegos que habían legado por testamento cuatro mil millones, para hacer funerales; otro un sumario de su vida, que debía grabarse en planchas de bronce delante de su mausoleo, y el tercero era una exposición de la situación de todo el Imperio, con relación de los soldados que había bajo las banderas del dinero en el Tesoro del emperador, en las cajas del Estado, y de los tributos o impuestos que se adeudaban aún. Cuidó asimismo de añadir los nombre de los libertos y esclavos a quienes podía pedirse cuentas.

Notas

(41) Por ejemplo, el decenvirato y la edilidad, llamado por los romanos magisteria; la palabra magistratus tiene más alta significación.
(42) 23 de septiembre
(43) Colocabase en tierra al recién nacido invocando a Ops para que le acogiese favorablemente; llamábase a esta diosa Levana porque presidía esta ceremonia levandis de erra pueris.
(44) Cuando Roma se alzo movida por faustos augurios.
(45) Significa elevar y a la vez hacer desaparecer.
(46) Este testamento había sido depositado por Antonio en el colegio de las vestales. Según Dión la existencia de este documento había sido revelada a Augusto por Ticio y Glauco, que habían figurado como testigos.
(47) Pueblo antiguo de Africa; gozaba de gran celebridad, porque se creía que sus cuerpos tenían la virtud de matar las serpientes, adormeciendolas con sólo su olor. Al nacerles un hijo, para asegurarse de que sus mujeres no habían tenido comercio con extraños, presentaban al recién nacido una serpiente; si esta no huía, el niño era legitimo.
(48) De la palabra latina vallum, atrincheramiento, muralla.
(49) Turip, Panicio, v. 612.
(50) El Senado le decreto el poder tribunicio en 724, después de la derrota de Antonio; no tomó, sin embargo, posesión hasta 731, lo conservó treinta y seis años y algunos meses, es decir hasta su muerte, ocurrida en 767.
(51) Estas funciones se le otorgaron primero por cinco años en 735, luego, en 742, por otros cinco años. Acaso Suetonio las llama perpetuas porque siempre se le renovaron.
(52) Del nombre de Augusto se deriva, por corrupción, nuestro agosto.
(53) Se establecía una especie de conscripción entre las niñas de seis a diez años; la que había ingresado en este sacerdocio, libraba de el a sus hermanas, existía asimismo dispensa para las hijas de los quindecenviros, de los flamines y de los salianos.
(54) La ley Pompeya dispone que el que hubiese cometido o intentado un parricidio, si lo confesaba, fuese azotado con varas ensangrentadas, y cosido luego en un saco con un perro, un gato, una víbora y un mono y arrojado al mar.
(55) Se llamaban Orcini, o libertos del Orcus, de Plutón, los que eran por el testamento de sus dueños; pues parecía así que éstos les daban la libertad desde lo profundo del Averno. Por la misma razón se llamaba Orcini a los senadores de que aquí se trata. César, según, Antonio, los había designado en sus Memorias, y era necesario respetar su voluntad.
(56) Estos magistrados estaban encargados de examinar el estado de los templos y de los edificios públicos, y de vigilar para que se los reparase.
(57) La jurisdicción de estos magistrados era muy extensa, pues abarcaba las atribuciones judiciales y las de policía; juzgaban por ejemplo, en las dificultades entre amos y esclavos, faltas de los tutores, fraudes de los banqueros: reprimían las asociaciones ilícitas; vigilaban los espectáculos, etc.
(58) Estos adornos eran una corona de laurel el manto triunfal, un cetro, una estatua, acciones de gracias a tos dioses, el titulo de imperator, todo, en fin, exceptuando la marcha solemne y el carro del triunfador.
(59) Las manumisiones databan el derecho de ciudadanía, pero ejercida únicamente en las cuatro tribus urbanas, que eran las menos importantes. La ley Aelia Leutia impone una restricción que es la que aquí señala Suetonio. Existió aún otra restricción aplicable a los que habían sido manumitidos con menos solemnidad, los cuales sólo adquirían el derecho de los latinos.
(60) Distribuciones extraordinarias en dinero o géneros.
(61) De torgues, collar.
(62) Ilíada, III, 4.
(62bis) ¿No ves cómo ese petimetre rige su disco con el dedo? La alusión estriba en el doble sentido de la palabra orbis, que significa a la vez el circulo (aquí el tamboril? y el universo.
(623) Desde que esta reunión sacrílega hubo contratado al maestro del coro, y Malia vio seis dioses y seis diosas cuando César, en su impiedad, osó parodiar a Febo, cuando agasajo a sus invitados renovando los adulterios de los dioses. Entonces todas las divinidades se alejaron de la tierra y el mismo Júpiter huyó lejos de su trono de oro.
(624) Mi padre era cambista; yo vendo vasos.
(625) Perdidos en el mar sus novios a causa de dos tempestades logró salvarse jugando día y noche a los dados.
(63) El 19 de agosto a las tres y media de la tarde.
(64) Algo mas de veintinueve millones de pesetas oro.

 



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