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Librería: Los Doce Césares
Cayo Suetonio
Segunda parte Biografía de Octavio Augusto
XXXIII. Administró la justicia por si mismo con asiduidad, y algunas veces hasta por la noche. Cuando estaba enfermo juzgaba desde una litera colocada frente al tribunal, o en su casa y en el lecho. No sólo aplicaba gran cuidado al juicio de las causas, sino que, además, desplegaba suma dulzura. Queriendo librar a un acusado convicto de parricidio del honor de ser cosido en un saco de cuero (54), suplicio que sólo se aplicaba a los que se reconocían culpables, propuso, según dicen, la acusación en estos términos: ¿No es verdad que tú no has dado muerte a tu padre? En una acusación de falso testamento, en la que estaban complicados en virtud de la ley Cornelia todos los que lo habían armado, distribuyó a los jueces, además de las dos tablillas ordinarias de condenación y absolución, otra en que se perdonaba a aquellos cuya firma se hubiese obtenido por error o fraude. Todos los años eran entregados por él al prefecto de Roma las apelaciones interpuestas por los litigantes residentes en la ciudad; las de los habitantes de las provincias se entregaban a cada uno de los varones consulares encargados especialmente de los asuntos exteriores.
XXXIV. Revisó todas las leyes y restableció con carácter absoluto algunas de ellas, como la suntuaria y las que existían contra el adulterio, la inmoralidad, la intriga y el celibato. En cuanto a ésta, que hizo más severa aún que las otras, la violencia de las protestas que suscitó le impidió mantenerla, viéndose obligado a suprimir o dulcificar una parte de las penas, a conceder un plazo de tres años y hasta a aumentar las recompensas. Aunque reformada de esta forma la ley, los caballeros pidieron su abolición a gritos en pleno espectáculo; Augusto, entonces, llamando a los hijos de Germánico, que acudieron, los unos a sus brazos Y los otros a los de su padre, y mostrándolos al pueblo, los exhortó con la actitud y la mirada a no temer imitar el ejemplo de aquel joven príncipe. Advirtiendo más adelante que se burlaban las disposiciones de la ley, eligiendo desposadas que no podían casarse en mucho tiempo y cambiando frecuentemente de esposas, restringió la duración de los esponsales y limitó la libertad de los divorcios.
XXXV. El excesivo número de senadores había hecho de este cuerpo una extraña y confusa amalgama, pues había, en efecto, más de mil, de los que algunos eran completamente indignos de este rango, al que se habían visto elevados después de la muerte de César, por favor o por dinero, y a los cuales llamaba el pueblo Orcinos (55). Augusto, a través de dos elecciones, restituyó a este cuerpo sus proporciones y esplendor primitivos. La primera elección fue dejada a la discreción de los mismos senadores, de los que cada uno había de elegir a otro; la segunda la hizo Agripa. Cuando presidió este nuevo Senado, llevaba, según dicen, una coraza debajo de la toga y una espada al cinto: diez senadores robustos, amigos suyos, rodeaban su asiento. Refiere Cordo Cremucio que, en esta época, sólo admitía a su presencia los senadores de uno en uno y después de ser registrados. Augusto obligó a algunos a dimitir, y autorizó las insignias de su dignidad a los que se sometieron a su deseo, como también su puesto en la orquesta y en los solemnes festines ofrecidos a los dioses. En cuanto a los senadores nuevamente elegidos o conservados, dispuso, para que sus deberes les pareciesen a la vez más sagrados y menos penosos, que, antes de acomodarse, hiciese cada uno una libación de vino y de incienso a la divinidad del templo donde se sentara; dispuso también que el Senado no celebraría más que dos reuniones mensuales, en las calendas y en los idus; y que en los meses de septiembre y octubre ninguno estaría obligado a asistir a las sesiones, salvo los designados por la suerte para formar el número legal. Creó por sí mismo un Consejo, que se renovaba semestralmente por sorteo; con él deliberaba acerca de los negocios que debían presentarse al pleno del Senado. En los asuntos importantes no recogía los votos según el orden establecido, sino según su gusto, de suerte que cada senador tenía que estar dispuesto a emitir parecer en vez de limitarse a seguir el de otro.
XXXVI. Se le debieron aún otras muchas innovaciones, entre ellas la de prohibir la publicación de las actas del Senado, y de enviar a provincias magistrados cuyas funciones apenas acababan de terminar. Quiso que a los procónsules se les asignase indemnización fija para transporte y habitación, gastos que antes se adjudicaban en licitación pública. Retiró a los cuestores de la ciudad la custodia del Tesoro, confiándola a los pretores y a los ciudadanos que lo habían sido. Encargó a los decenviros las convocatorias del tribunal de centunviros, funciones hasta entonces encomendadas a los que habían recibido la dignidad do la cuestura.
XXXVII. Con el fin de hacer participar al mayor numero de ciudadanos en la administración de la República, creó nuevos oficios; la vigilancia de obras públicas (56), de caminos, de acueductos, del lecho del Tíber, de la distribución de trigo al pueblo; organizó una prefectura en Roma (57), un triunvirato para la elección de senadores y otro para revistar a los caballeros que desde hacia tiempo se había dejado de elegir, y aumentó el número de pretores. Pidió también que cuando fuese cónsul, se le diesen dos colegas en vez de uno, cosa que no consiguió, observando todos que ya se disminuía demasiado su majestad compartiendo con otro un honor de que podía gozar él solo.
XXXVIII. Recompensó generosamente el mérito militar; hizo conceder los honores del triunfo a más de treinta generales, y las insignias triunfales a un mayor número todavía (58). Para acostumbrar más pronto a los hijos de los senadores en el manejo de los negocios públicos, permitirles tomar la lacticlavia al mismo tiempo que la toga viril, y asistir desde aquel momento al Senado. Tras algún tiempo de servicio militar los nombraba tribunos de legión y hasta comandantes de cuerpos de caballería; para que nadie fuese ajeno a la vida de los campamentos, distribuía frecuentemente entre dos senadores el mando de un ala del ejército. Hizo frecuentes revistas de caballeros, restableciendo el uso, ya desde mucho abolido, de su solemne cabalgata. Prohibió también que ningún acusador obligase a bajar a cualquiera de su caballo, como sucedía antiguamente en medio de esta ceremonia. A los ancianos mutilados autorizó a enviar su caballo en lugar suyo, y a presentarse a contestar a pie por si los citaba; concedió, en fin, a los caballeros mayores de treinta y cinco años el favor de devolver el caballo si no querían conservarlo.
XXXIX. Habiendo pedido al Senado diez colegas, hizo dar a todos los caballeros cuenta rigurosa de su conducta; los que se encontraron en falta, fueron castigados con distintas penas, y algunos con nota de infamia; varios de ellos escaparon con represión más o menos rigurosa, consistiendo la más ligera en entregarles tablillas que debían leer en el acto y en voz baja; a algunos los castigó por haber prestado dinero con usura, después de haberlo conseguido para tal objeto a un interés muy reducido.
XL. Cuando en los comicios para la elección de tribunos no había suficiente número de candidatos senadores, los elegía entre los caballeros romanos, teniendo éstos derecho, al expirar su cargo, a permanecer en el orden que eligiesen. Como muchos caballeros, arruinados por las guerras civiles, no osaban sentarse en los juegos públicos en los bancos reservados para este orden, por temor de incurrir en las penas teatrales, declaró que bastaba para librarse de éstas haber figurado personalmente en el orden ecuestre, o tener parientes que figurasen en él. Estableció el censo del pueblo por barrios, y para que los repartos de trigo no apartasen con demasiada frecuencia a los plebeyos de sus ocupaciones, hizo entregar tres veces al año bonos por cuatro meses; viendo, sin embargo, que se echaba de menos el antiguo uso de las distribuciones mensuales, lo restableció. También restableció los antiguos reglamentos relativos a los comicios, e impuso penas multiplicadas a la coacción. El día de las elecciones, a las tribus Fabia y Scaptia, de las que era miembro, hacíales distribuir mil sestercios por cabeza, para que no tuviesen nada que solicitar a ningún candidato. Concediendo grandísima importancia a conservar al pueblo romano puro de toda mezcla de sangre extranjera o servil, concedió sólo el derecho de ciudadanía con extraordinaria reserva, y restringió la facultad de las manumisiones. A Tiberio, que pedía este derecho para un griego cliente suyo, escribió que no se lo concedería si él mismo no venía a probar la justicia de su petición. Livia, que solicitaba lo mismo para un galo tributario, se lo negó, ofreciendo libertar a su protegido del tributo, prefiriendo —como decía— quitar algo al fisco, a prostituir la dignidad del ciudadano romano. No se contentó con haber levantado multitud de obstáculos entre la esclavitud y la simple libertad, con haber opuesto más todavía a las manumisiones legítimas, cuyo número, condiciones y diferencias cuidó de arreglar, sino que prohibió también que el esclavo que hubiese llevado cadenas o sufrido el tormento pudiese jamás, y de cualquier manera que fuere, obtener los derechos de ciudadano (59). Tuvo también la intención de restablecer el antiguo traje propio de los romanos; viendo un día en una asamblea del pueblo gran número de mantos obscuros, exclamó indignado: He ahí, romanos, esos conquistadores del mundo y esos vencedores con toga, y encargó a los ediles que velasen para que nadie, en lo sucesivo, se presentase en el Foro ni en el circo con manto y sin la toga romana.
XLI. En cuantas ocasiones se presentaron dio testimonio a todos los órdenes de su liberalidad. Conducido a Roma por orden suyo el Tesoro real de Alejandría, derramó tal abundancia de numerario, que al punto bajó el interés del dinero y subió el precio de las tierras; más adelante, cuando el Tesoro público se vio aumentado con la confiscación de los bienes de los condenados, prestó gratuitamente, y por tiempo determinado, a los que podían responder por doble cantidad. Elevó el censo exigido para los senadores de ochocientos mil sestercios a un millón doscientos mil, completándolo; sin embargo, a aquellos que no lo poseían. Dio al pueblo frecuentes congiarios (60), pero sin que fuese siempre igual la cantidad; unas veces eran cuatrocientos sestercios por persona; otras, trescientos, y algunas doscientos o solamente cincuenta. De estas liberalidades no excluía ni a los niños de corta edad, aunque se acostumbraba no incluirlos en ellas hasta la edad de once años. En épocas de escasez se le vio también distribuir raciones de trigo, frecuentemente a precio muy bajo, y duplicar al mismo tiempo la distribución de dinero.
XLII. Lo que demuestra, sin embargo, que buscaba exclusivamente por este medio el bienestar del pueblo y no su favor, es que habiéndose suscitado quejas cierto día acerca del alto precio del vino, reprimió los gritos y dijo indignado: que al establecer su yerno Agripa muchos acueductos, había atendido suficientemente a que nadie tuviese sed. Otro día, habiendo recordado el pueblo la promesa que había hecho de un congiario, contestó que debían confiar en su palabra; pero como reclamase en otra ocasión la multitud algo que él no había prometido, censure en un edicto su bajeza y desvergüenza y declaró que no daría nada, aunque hubiese tenido antes intención de hacerlo. No mostró menor firmeza cuando, observando después del anuncio de un congiario que un gran número de libertos se habían hecho inscribir entre los ciudadanos, se negó a aceptarlos en una distribución que no se les había prometido, dando a los demás menos de lo que había prometido, para que pudiese bastar la cantidad destinada a este uso. una extraordinaria escasez obligóle, en cierta época, a echar de Roma a todos los esclavos en venta, a todos los gladiadores, a todos los extranjeros, exceptuando los médicos y los profesores, y hasta una parte de los esclavos en servicio. Cuando al fin tornó la abundancia, concibió, según él mismo confiesa, el osado proyecto de abolir para siempre las distribuciones de trigo, porque la esperanza de tales distribuciones hacía descuidar el cultivo de las tierras. Renunció a su idea, convencido de que no dejarían sus sucesores de restablecer este uso con miras, ambiciosas; pero desde entonces moderó el exceso, aunque conciliando el interés del pueblo con el de los cultivadores y negociantes.
XLIII. Sobrepujó a todos los que le habían precedido en él número, variedad y magnificencia de los espectáculos. Según su propio testimonio, dio cuatro veces juegos en su nombre, y veinte por magistrados ausentes o que no estaban en condiciones de sufragar el gasto. No era raro que diese espectáculos en diferentes barrios a la vez, en varios teatros, y que hiciese representar a actores de todos los países. Sus juegos se celebraban no sólo en el Foro y en el Anfiteatro, sino también en el Circo y en los Septos, limitándose algunas veces a combates de fieras. También combatieron atletas en el campo de Marte, que hacían circundar de gradas para este espectáculo; dio un combate naval cerca del Tíber, en paraje preparado al efecto, y donde hoy se levantan los bosques sagrados de los césares. En estos días cuidaba de establecer guardias en la ciudad, que quedaba despoblada, exponiéndola la soledad a las tentativas de los forajidos. También hizo actuar en el Circo a aurigas, corredores, cazadores que no tenían que hacer más que rematar las piezas, y algunas veces para representar estos papeles elegía jóvenes de las principales familias. Gustaba, sobre todo, de ver celebrar los Juegos troyanos a la juventud más distinguida de Roma, juzgando que era bello y digno de los tiempos antiguos ayudarla a mostrar desde muy temprano su esclarecida estirpe. A C. Nonio Asprenas, herido al caer en una de estas luchas, le regaló un collar de oro y autorizóle, así como a sus descendientes, a llevar el nombre de Torcuato (61). A consecuencia de las amargas e insidiosas quejas que dio en el Senado el senador Asinio Polión, cuyo sobrino Esernio se había roto una pierna, concluyó, sin embargo, por suprimir tales juegos. En algunas ocasiones hacía salir también a caballeros romanos en los juegos escénicos y en los combates de gladiadores, pero esto fue antes de la prohibición que se impuso por un senado-consulto. A partir de entonces no obligó ya a presentarse a nadie que ostentase distinguido nacimiento, exceptuando al joven Lucio, a quien lo hizo únicamente por exhibirlo, pues no llegaba a tener dos pies de estatura, no alcanzaba a pesar diecisiete libras y tenía fortísima voz. Deseando en un día de espectáculo mostrar al pueblo los rehenes de los primeros partos que había enviado a Roma, les hizo atravesar la arena y los colocó debajo de él en el segundo banco. Aunque no fuese día de representación, si habían traído a Roma algo que no se hubiese visto aún y que fuese digno de verse, lo mostraba en seguida al pueblo en todos los puntos de la ciudad; de esta manera exhibió un rinoceronte en el campo de Marte, un tigre en el teatro, y una serpiente de cincuenta codos en el Comicio. Habiéndose sentido enfermo un día que se celebraban juegos votivos en el Circo, siguió acostado en su litera, junto a los carros que conducían a los dioses. Otro día, durante los juegos con que acompaño la dedicación del teatro de Marcelo, cayó de espaldas, por haberse roto la suspensión de su silla curul, y durante una representación que daban sus nietos, no pudiendo por ningún medio contener ni calmar al pueblo, que temía se derrumbase el Anfiteatro, dejó su puesto y marchó a sentarse en el sitio que se creía más amenazado.
XLIV. Reinaba inmensa confusión entre los espectadores, que indistintamente se sentaban por todas partes; mas corrigió este abuso, movido por la injuria que recibió en Puzzula en unos juegos muy concurridos, un senador a quien nadie quiso dejar asiento encontrándose lleno el teatro; mandase, entonces, por decreto del Senado, que siempre que se diesen espectáculos públicos, la primera fila de asientos quedase reservada para los senadores. Prohibió que en Roma los embajadores de naciones libres o aliadas se sentasen en la orquesta, porque advirtió que muchos de ellos eran de raza de libertos. Separó al pueblo del soldado, y señaló asientos especiales para los plebeyos casados; a los que aún vestían la pretexta, señaló ciertas gradas, en las que tenían junto a sí a sus maestros, y prohibió la entrada a los que iban mal vestidos. Por lo que toca a las mujeres, que antes estaban confundidas con los espectadores, dispuso que tuviesen asientos separados, y que sólo asistiesen a los combates de gladiadores sentadas en las gradas más altas. Señaló a las vestales sitio especial en el teatro, junto a la tribuna del pretor. Prohibió, en fin, a todas las mujeres los espectáculos de atletas; así, durante los juegos que dio como pontífice máximo, habiéndole pedido el pueblo un pugilato, lo aplazó para la mañana siguiente, muy temprano, y declaró, en virtud de su autoridad, que no quería que las mujeres fuesen al teatro antes de la hora quinta.
XLV. En cuanto a él, presenciaba los juegos del Circo desde la casa de algún amigo o liberto suyo, y algunas veces desde un lecho, semejante al de los dioses, en el que se sentaba acompañado de su esposa y sus hijos. No era raro que se ausentara del espectáculo durante muchas horas y hasta días enteros, en cuyo caso pedía permiso, designando a alguno para que presidiese en su lugar. Pero cuando asistía se mostraba muy atento. Ya sea para evitar los murmullos con que recordaba había advertido frecuentemente el pueblo a César su padre, que se ocupaba en medio del espectáculo en leer cartas o memoriales y en contestarlos; ya sea porque, en efecto, le agradasen en sumo grado tales representaciones, como más de una vez confesó francamente. Así se le vio con frecuencia dar de su dinero corona y recompensas cuantiosas hasta en juegos y fiestas no ofrecidas por él; y no asistió nunca a las luchas griegas sin premiar a cada concurrente con galardón proporcionado a su mérito. Experimentaba cierta pasión por los pugilatos, especialmente entre latinos; entre éstos no gustaba de ver solamente a los atletas de profesión, ejercitados en batirse con los griegos, sino también a los que sin reglas y sin arte luchaban en el estrecho espacio de los callejones. Sin excepción, todos aquellos que dedicaban su industria a los espectáculos públicos, le parecían dignos de su cuidado. Mantuvo los privilegios de los atletas y concluyó por aumentarlos, prohibió que se hiciese combatir a los gladiadores hasta la muerte; limitó al recinto de los juegos y del teatro la autoridad coercitiva que una ley antigua daba a los magistrados sobre los cómicos, en todo tiempo y lugar, lo cual no le impidió someter a muy severas reglas las luchas de los atletas y los combates de los gladiadores. Reprimió la licencia de los histriones, hasta hacer azotar en tres teatros y desterrar en seguida al actor Estefanión por haberse hecho servir por una mujer de condición libre llevando los cabellos cortados como las esclavas; al bufón Hilas, por quejas del pretor, le mandó azotar en el vestíbulo de su palacio, donde todos pudieron verlo, y echo de Roma e Italia al cómico Pilades, por haber señalado con el dedo, mostrándolo al público, a un espectador que le silbaba.
XLVI. Después de arreglar en Roma las cosas de este modo pobló a Italia con veintiocho colonias nuevas y contribuyó de muchas maneras a su esplendor por medio de trabajos y rentas públicas; la hizo igual en cierta manera a Roma en derechos y dignidad, pues estableció en ella un género de sufragio que los decuriones de las colonias se encargaban de recoger en cada una de ellas para la elección de los magistrados de la capital, y que enviaban cerrados para los días de los comicios. Con el fin de alentar por todas partes en las familias el honor y la propagación, admitía en el orden de caballeros a aquellos cuya petición venía recomendada por su ciudad, y cuando revistaba las secciones premiaba a aquellos plebeyos que habían tenido hijos de uno y otro sexo, con mil sestercios a cada uno.
XLVII. Se encargó personalmente de la administración de las provincias más importantes, por no parecerle fácil ni seguro entregarlo a la autoridad de magistrados anuales; dejó que los procónsules se repartiesen las demás por sorteo; algunas veces, sin embargo, introdujo cambios y visitó frecuentemente la mayor parte de estas provincias, perteneciesen o no a su departamento. Privó de su libertad a algunas ciudades aliadas, a las que la licencia amenazaba arruinar; alivió a las que se hallaban abrumadas; volvió a construir las destruidas por terremotos, y concedió los privilegios del Lacio o los derechos de la ciudad, a algunas por el mérito que con sus servicios habían contraído ante el pueblo romano. Exceptuando el Africa y la Cerdeña, no hubo, a mi parecer, parte del Imperio que no visitase; se preparaba a hacerlo a estas provincias tras su victoria sobre Sexto Pompeyo en Sicilia, pero se vio impedido de hacerlo por violentas y continuas tempestades, no teniendo luego ocasión ni motivo para visitarlas.
XLVIII. En cuanto a los reinos que por derecho de guerra pasaron a su poder, los restituyó casi todos a los mismos a quienes se los había arrebatado, o hizo presente de ellos a extranjeros. Unió entre ellos, por lazos de sangre, a los reyes aliados de Roma, mostrándose infatigable negociador y protector asiduo de todas las uniones de familia o de amistad entre estos reyes, a los cuales consideraba y trataba como miembros y partes integrantes del Imperio; de tal modo, que él mismo dio tutores a los hijos menores o dementes de ellos, hasta la mayoría de edad o hasta su curación, e hizo educar también e instruir con sus propios hijos a muchos de los de estos reyes.
XLIX. Por lo que toca al ejército, distribuyó las legiones romanas y las tropas auxiliares por provincias; organizó una flota en Misena y otra en Ravena con la misión de vigilar los dos mares. Mantuvo en Roma cierto número de tropas escogidas para la seguridad de la ciudad y para la suya, porque había licenciado el cuerpo de los calagurritanos, con quienes había formado su guardia hasta su victoria sobre Antonio, y el de los germanos, que le sirvió después hasta la derrota de Varo. Sin embargo, no consintió que hubiese jamás en Roma más de tres cohortes, y éstas sin acampar; las demás las dejaba en cuarteles de invierno en las inmediaciones de las ciudades vecinas. Estableció una regla invariable para la paga y recompensas para los soldados, dondequiera que estuviesen, y determinó para cada grado el tiempo de servicio y los premios unidos a la licencia definitiva, Por temor de que la necesidad los convirtiese, después de prematuro retiro, en instrumentos de sedición. Con el fin de proveer sin dificultad a los gastos continuos de este mantenimiento y de estas pensiones, estableció un fondo militar con los productos de nuevos impuestos. Dispuso también en todos los caminos militares, y a cortas distancias, jóvenes correos, y carros después, para que se le informase con rapidez de lo que aconteciese en provincias; además de la ventaja que proporcionó esta medida, hoy se tiene la de poder, cuando lo exigen las circunstancias, recibir prontas nuevas por los que llevan las cartas de una parte a otra del Imperio.
L. El sello que imprimía en las actas públicas, instrucciones y cartas fue primeramente una esfinge, después la cabeza de Alejandro Magno, y últimamente su propia efigie, grabada por Dioscórides, sirviéndose de este sello los príncipes sus sucesores. En sus cartas indicaba siempre la hora en que las escribía, fuese de día o de noche.
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LI. Dio brillantes y numerosas pruebas de su clemencia y afabilidad. No nombraré a todos sus adversarios a quienes concedió gracia de la vida y hasta dejó llegar a las primeras dignidades del Estado; citaré sólo a los dos plebeyos Junio Novato y Casio de Padua, a quienes castigó al uno con simple multa y al otro con breve destierro, a pesar de que el primero había escrito contra él y publicado bajo el nombre del joven Agripa una carta violentísima, y el segundo hubiese exclamado en pleno banquete que para matarle no carecía ni de deseo ni de valor. Un tal Emilio Eliano, de Córdoba, comparecía ante el tribunal, y acusándole entre otros delitos de hablar mal del emperador, Augusto se volvió hacia el acusador y le dijo con emoción: Quisiera que pudieses probarme lo que dices del acusado, porque entonces demostraría a Eliano que yo también tengo lengua, y diría más de él que ha dicho él de mi. Y ni entonces ni después volvió a ocuparse en el asunto. Habiéndosele quejado de esta moderación, Tiberio, en una carta, con suma amargura, él le contestó: No te dejes llevar, mi querido Tiberio, de la viveza de tu edad, y no te indignes demasiado si hablan mal de mi. Mucho es va que no puedan hacernos nada.
LII. Sabía que, de ordinario, se dedicaban templos hasta a los procónsules, pero no los aceptó en ninguna provincia, a menos que no fuese a nombre de Roma y al suyo. Desestimó siempre el honor de tenerlos en esta ciudad y hasta ordenó fundir todas las estatuas de plata que le habían erigido en otro tiempo; con el dinero que obtuvo dedicó trípodes de oro a Apolo Palatino. Ofrecióle el pueblo la dictadura con grandes instancias, pero la rechazó poniendo una rodilla en tierra, bajándose la toga y mostrando el pecho desnudo.
LIII. Tuvo siempre horror al título de señor, como si comportase oprobio o injuria. Estaba un día en el teatro, y habiendo dicho un actor: ¡Oh, señor bondadoso y justiciero!, todos los espectadores, aplicándole estas palabras, aplaudieron con entusiasmo; contuvo en seguida con la mano y la mirada estas bajas adulaciones, y a la mañana siguiente publicó un severo edicto censurándolas. No permitió tampoco que sus hijos y nietos le diesen jamás este nombre, ni seriamente ni en broma, prohibiéndoles además entre ellos este género de lisonja. Procuraba no entrar en Roma o en cualquier otra ciudad, ni salir de ellas, sino por la tarde o por la noche, para no molestar a nadie con vanas ceremonias. Siendo cónsul iba ordinariamente a pie; cuando no lo era se hacía llevar en litera descubierta. Los días de recepción admitía hasta a las gentes del pueblo, y recibía con la mayor afabilidad las solicitudes que se le dirigían; cierto día reconvino jovialmente a uno que temblaba al darle un memorial, diciéndole que empleaba tanta precaución como para presentar una moneda a un elefante. Los días de sesión en el Senado no saludaba a los senadores sino en su sala y hasta sentados, nombrando a cada uno y sin que nadie ayudase su memoria, y al marcharse se despedía de ellos de la misma manera. Mantenía con muchos ciudadanos asiduo comercio de favores, y no dejó de asistir a sus fiestas de familia hasta la vejez, después de haberle molestado mucho un día la multitud en una fiesta de esponsales. El senador Galo Tirrino, con quien no le unía ninguna amistad íntima, habiendo quedado ciego de repente, quería dejarse morir de hambres fue él a verle, le consoló y le reconcilió con la vida.
LIV. Cierto día, mientras hablaba en el Senado, le interrumpieron, uno diciéndole: No he comprendido; y otro: Te refutaría si tuviese libertad. Ocurrirle salir de la sala bruscamente, irritado por los violentos e interminables incidentes que se promovían. y entonces le dijeron algunos: Los senadores tienen derecho a hablar de los asuntos públicos. Usando Antiscio Labón del derecho de elegir un senador en el tiempo en que se reformó el Senado, eligió al triunviro Lépido, enemigo de Augusto en otro tiempo y desterrado a la sazón; preguntando por el si no conocía a otros más dignos, me contestó que cada cual tenía su opinión. No obstante este atrevimiento, no perjudico a ninguno de los dos.
LV. Los injuriosos libelos que se repartieron contra el en el Senado no despertaron en él cuidado alguno ni deseo de refutarlos; ni siquiera buscó a los autores, contentándose con disponer para lo sucesivo que se persiguiera a los que publicasen bajo nombre prestado libelos o versos difamatorios contra cualquiera. Viéndose objeto de muchas burlas amargas e insolentes, contestó a ellas por medio de un edicto, oponiéndose siempre a que se tomase medida alguna para reprimir la licencia de lenguaje en los testamentos.
LVI. Siempre que asistía a los comicios para la elección de magistrados, recorría las tribus con sus candidatos, pidiendo para ellos los sufragios en la forma habitual, y él mismo votaba después en su puesto como un simple ciudadano. Siendo testigo en justicia, se dejaba interrogar y contradecir con suma paciencia. Construyó un Foro mucho más reducido de lo que deseaba, para no obligar a los dueños de las casas inmediatas y derruirlas. Nunca recomendó a sus hijos al pueblo sin añadir: si lo merecen. Un día se mostró profundamente apenado porque al entrar en el teatro todos los espectadores se levantaron y los aplaudieron, aunque llevaban todavía la pretexta. Quiso que sus amigos gozaran de poder en el Estado, pero que viviesen sometidos a las mismas leyes que los demás y justiciables por los mismos tribunales. Habiendo sido acusado de envenenamiento Asprenas Nonio, intimo amigo suyo, por Casio Severo, Augusto consultó al Senado sobre lo que debía hacer en aquella ocasión, temiendo —dijo— que al acompañarle al tribunal se interpretara como un deseo suyo de arrancar al culpable a la vindicta de leyes, o que el no hacerlo significara abandonar al amigo y condenarle ante los jueces. Por parecer unánime del Senado fue a sentarse durante algunas horas en el banco de los defensores; pero guardó silencio y hasta se abstuvo de los elogios llamados judiciales. Asistió siempre a sus clientes, por ejemplo, a un tal Sentario, antiguo soldado suyo, perseguido por injurias. El único acusado que arrebató al imperio de la ley fue Castricio, por quien tuvo conocimiento de la conjuración de Nurena, y aun esto lo hizo suplicando al acusador delante de los jueces un desistimiento que se le concedió.
LVII. Es fácil comprender cuánto se haría querer con semejante conducta. No hablaré de los senado-consultos dados en favor suyo, y que podrían atribuirse a temor o adulación. Mas, por voluntad propia, todos los caballeros romanos celebraron cada año, durante dos días, el aniversario de su nacimiento. Todos los órdenes del Estado, en cumplimiento de voto solemne, arrojaban anualmente en el lago de Curcio monedas de plata por su salud; cuando estaba ausente, le dedicaban, en las calendas de enero, regalos en el Capitolio, con cuyo importe compraba preciosas estatuas de dioses que hacía colocar en los diferentes barrios de la ciudad, como el Apolo Sandalitario, el Júpiter Tragediano y otras. Cuando un incendio destruyo su casa del monte Palatino, los veteranos, las decurias, las tribus y multitud de particulares contribuyeron voluntariamente, y cada uno según sus posibilidades, para reconstruirla; pero apenas se atrevió a tocar a aquellos montones de riqueza, y de nadie aceptó más de un dinero. Cuando regresaba de alguna provincia, se salía a su encuentro haciendo votos por su felicidad y entonando versos en alabanza suya. Se procuraba que sus entradas en Roma no coincidieran con ninguna ejecución.
LVIII. El título de Padre de la Patria se le confirió por unánime e inesperado consentimiento: en primer lugar por el pueblo, a cuyo efecto le mandó una diputación a Antium; a pesar de su negativa, se le dio por segunda vez en Roma, saliendo a su encuentro, con ramos de laurel en la mano, un día que iba al teatro; después en el Senado, no por decreto o aclamación, sino por voz de Valerio Massala, quien le dijo, en nombre de todos sus colegas: Te deseamos, César Augusto, lo que puede contribuir a tu felicidad y la de tu familia, que es como desear la eterna felicidad de la República y la prosperidad del Senado, que, de acuerdo con el pueblo romano, te saluda, PADRE DE LA PATRIA. Augusto, con lágrimas en los ojos, contestó en estos términos, que refiero textualmente como los de Massala: Llegado al colmo de mis deseos, padres conscriptos, ¿qué podéis pedir ya a los dioses inmortales, sino que prolonguen hasta el fin de mi vida este acuerdo de vuestros sentimientos hacia mí?.
LIX. Por subscripciones fue elevada una estatua, próxima a la de Esculapio, a su médico Antonio Musa, que le había curado de una peligrosa dolencia. Muchos padres de familia impusieron a sus herederos en el testamento que ofreciesen en el Capitolio un solemne sacrificio, el motivo del cual, anunciado públicamente. sería dar gracias al cielo, en su nombre, POR HABER CONSERVADO LA SALUD A AUGUSTO. Algunas ciudades de Italia comenzaron a contar el año por el día en que los había visitado por primera vez. La mayoría de las provincias, además de templos y altares, fundaron en honor suyo juegos quinquenales en casi todas las ciudades.
LX. Los reyes amigos y aliados de Roma fundaron, cada cual en su reino, ciudades llamadas Cesáreas, y decidieron unidos hacer terminar a expensas comunes el templo de Júpiter Olímpico, comenzado desde muy antiguo en Atenas, para dedicarlo al genio de Augusto. A menudo dejaron sus Estados para ir a verle, no sólo en Roma, sino también en las provincias que visitaba; entonces se los veía saludarle diariamente, despojados de sus insignias reales y vistiendo la toga romana, como simples clientes.
LXI. Ahora que le he mostrado así como era en el mando y las magistraturas, al frente de los ejércitos, en el gobierno de la República y del mundo, en la guerra y en la paz, me referiré a su vida íntima y privada; diré cuáles fueron, desde su juventud hasta sus últimos días, sus costumbres, su tacto con los suyos, su suerte en su familia. Perdió a su madre durante su primer consulado y a su hermana Octavia cuando tenía cincuenta y cuatro años; en vida tuvo para ellos todas las atenciones y tributóles grandes honores después de su muerte.
LXII. Siendo adolescente, estuvo desposado con la hija de P. Servilio Isáurico, pero tras su primera reconciliación con Antonio, pidiendo los soldados de ambos partidos una alianza de familia entre sus jefes, se unió con la cuñada de Antonio, Claudia, a la que Fulvia había tenido de P. Clodio y que apenas era núbil. Disgustado en seguida con su suegra Fulvia, repudió a Claudia, a la que dejó virgen. Casó poco después con Scribonia, viuda de dos varones consulares y que tenía hijos del segundo, pero separase también de ella, indignado por sus costumbres perversas. Contrajo en seguida matrimonio con Livia Drusila, la que había arrebatado a su marido Tiberio Nerón, de quien estaba encinta; a ésta la amó exclusivamente y la estimó con arraigada perseverancia.
LXIII. De Scribonia tuvo una hija llamada Julia. Livia no le dio hijos, a pesar del vivo deseo de el; estuvo encinta una sola vez, y dio a luz antes de tiempo. Augusto casó primeramente a Julia con Marcelo, hijo de su hermana Octavia y que apenas había salido de la infancia; muerto Marcelo, la dio en matrimonio a M. Agripa, habiendo obtenido de su hermana que le cediese este yerno, porque Agripa estaba casada entonces con una de las hijas de Marcelo y tenía hijos. Muerto también Agripa, después de buscar Augusto por mucho tiempo esposo para su hija, hasta en el orden de los caballeros, eligió por fin a su yerno Tiberio, obligándole antes a repudiar a su esposa, encinta entonces, y a la que había ya devuelto a su padre. M. Antonio ha escrito que Augusto tenía destinada a Julia para su hijo Antonio; después para Cotisón, rey de los getas, en un tiempo en que él mismo pedía para esposa la hija de este rey.
LXIV. De Agripa y Julia tuvo tres nietos, Cayo, Lucio y Agripa, y dos nietas, Julia y Agripina. Casó a Julia con L. Paulo hijo del censor, y a Agripina con Germánico, nieto de su hermana. Adoptó a Cayo y Lucio, comparándolos a su padre Agripa en su propia casa por medio del as y la balanza; acostumbrólos desde muy jóvenes a la práctica de los negocios públicos, y los destinó cónsules designados a las provincias y a los ejércitos. Educó a su hija y a sus nietas con gran sencillez, haciéndolas aprender, incluso a trabajar la lana; prohibióles decir o hacer nada sino delante de otras persona y que pudiese constar en los anales diarios de su casa. Retúvolos en absoluto de toda relación con extraños, hasta el punto de escribir a L. Vinicio, joven muy digno y distinguido, que no se había mostrado muy prudente yendo a Baias a saludar a su hija. Él mismo enseñó a sus nietos a leer, escribir y contar, y puso un cuidado especial en que imitasen su letra. Sentábanse en un mismo lecho para comer, y en viaje iban delante de su carruaje o cabalgaban en torno a él.
LXV. La desgracia destruyó, sin embargo, la confianza y alegría que le inspiraban una familia numerosa y educada con tanto esmero. Se vio obligado a desterrar a las dos Julias, su hija y su nieta, manchadas con toda clase de infamias; perdió a Cayo y Lucio en el espacio de dieciocho meses; el primero en Livia, y el segundo en Marsala. Entonces adoptó en el Foro en virtud de la ley Curiata, a su tercer nieto Agripa y a su yerno Tiberio; poco tiempo después tuvo que echar a Agripa de su familia a causa de la bajeza y ferocidad de su carácter, desterrándole a Sorrento. Era más sensible al oprobio de los suyos que a la muerte. Las de Cayo y Lucio no le abatieron; pero cuando desterró a su hija, dio a conocer los motivos al Senado en un escrito que el cuestor quedó encargado de leer en su ausencia; y tanto le avergonzaron sus desórdenes, que estuvo mucho tiempo separado del trato de los hombres y hasta deliberó si se daría la muerte. De un liberto llamado Febo, cómplice de su hija en sus desórdenes, que se ahorcó en esta ocasión, dijo que preferiría ser su padre a serlo de Julia. Prohibió a ésta en su destierro el uso del vino y todas las comodidades de la vida, y mandó que ningún hombre, libre o esclavo, se acercase a ella sin autorización suya, y sin que conociese su edad, estatura, color y hasta las señales y cicatrices que tuviese en el cuerpo. Pasados cinto años, le permitió al fin volver de la isla donde estaba al continente, y le impuso condiciones menos rigurosas. Pero nunca consintió en que viviese a su lado; como el pueblo romano pidiese frecuentemente y con insistencia su regreso, le deseó, en plena asamblea, hijas y esposas parecidas a ella. En cuanto a la otra Julia, su nieta, le prohibió reconocer y criar al niño que dio a luz poco tiempo después de su destierro. Trasladó a una isla a Agripa, que lejos de mejorar, de día en día se hacia más intratable, y le hizo custodiar por soldados, consiguiendo un senadoconsulto que lo confinaba a perpetuidad en aquella isla. Cuando hablaban en su presencia de Agripa o de algunas de las Julias, exclamaba siempre suspirando: Dichoso el que vive y muere sin esposa v sin hijos (62); y llamaba siempre a los suyos sus tres tumores o sus tres cánceres.
LXVI. No hacia amistades con facilidad, pero una vez otorgada la suya, lo era para siempre. Sabia apreciar en cada amigo el mérito y la virtud, y sabía también soportar los pequeños defectos y las faltas ligeras. Solo pueden citarse dos hombres que incurrieron en su odio, después de otorgarle él su amistad. Salvidieno Rufo y Cornelio Galo, a quienes elevo desde la condición mas humilde, al uno hasta el consulado, al otro hasta la prefectura de Egipto. Al primero, en castigo de su ingratitud y maldad, le prohibió la entrada en su casa y en las provincias que mandaba; en cuanto al segundo, que intentaba promover disturbios, lo entregó a la justicia del Senado; y cuando los cargos de sus acusadores y los decretos de sus jueces le determinaron a darse la muerte, Augusto alabó el celo que habían desplegado en vengarle, pero derramó lágrimas, y, quejándose de su grandeza, que era el único al que no estaba permitido dominar su cólera contra sus amigos. Ricos y poderosos, los demás amigos de Augusto fueron hasta el fin de su vida los primeros de su orden, a pesar de algunos disgustos que mediaron entre ellos. Así, por no citar muchos ejemplos, M. Agripa perdió una vez la paciencia, y Mecenas la discreción: el primero, por leve sospecha de frialdad y bajo el pretexto de que le prefería a Marcelo, lo abandonó todo y se retiró a Mitilena; el otro reveló a su esposa Terencia un secreto de Estado: el descubrimiento que acababa de hacerse de la conjuración de Murena. En cambio de su amistad exigía Augusto una adhesión que ni siquiera terminase en la tumba. En efecto, aunque fuese muy poco ávido de herencias y que nunca las aceptase de quien no era íntimo suyo, consideraba con gran cuidado las últimas disposiciones de sus amigos, y no disimulaba su disgusto cuando le trataban con poco honor y liberalidad, ni su contento cuando respondían a su esperanza los testimonios de gratitud y afecto. Por lo que toca a los legados y partes de herencia que le dejaban los padres de familia, acostumbraba a renunciarlos en seguida a favor de los hijos, y si eran menores reintegrárselos, añadiendo un regalo el día en que vestían la toga viril o se casaban.
LXVII. Como señor y como jefe supo combinar adecuadamente la severidad con la dulzura y la clemencia, y honró con su confianza a muchos libertos suyos, como Licinio Encelado y otros. Limitase a poner cadenas a Cosmos, esclavo suyo, que había murmurado contra él. Paseaba un día con su intendente Diomedes, y éste, con un impulso de terror, le empujó delante de un jabalí que se precipitaba sobre ellos; Augusto prefirió tacharle de cobarde a considerarle malvado, y como no había traición, fue el primero en burlarse del peligro cierto que había corrido. Este mismo príncipe hizo matar a Próculo, liberto suyo, a quien amaba profundamente, cuando estuvo convencido de sus adulterios con matronas; mandó quebrar las piernas a Talo, su secretario, que había percibido quinientos dineros por comunicar una carta, e hizo arrojar a un río con una piedra al cuello al preceptor y a los esclavos de su hijo Cayo, que, aprovechando su enfermedad y muerte, cometieron en su gobierno actos de avaricia y tiranía.
LXVIII. Varios oprobios mancharon desde joven su reputación. Sex. Pompeyo le trató de afeminado. M. Antonio le censuraba haber comprado a precio de su deshonra la adopción de su tío; Lucio, el hermano de Marco Antonio, pretendía que después de haber entregado a César la flor de su juventud, la vendió otra vez en España a A.Hircio por trescientos mil sestercios, añadiendo que acostumbraba a quemarse el vello de las piernas con cáscara de nuez ardiendo, con objeto de tenerlas más suaves. El pueblo, un día en el teatro, le aplicó con transportes de maligno regocijo, este verso que designaba a un sacerdote de Cibeles tocando el tamboril:
Miden, ut cinoedus orbem digito temperat? (62bis).
LXIX. Nadie, ni sus propios amigos, niega que cometiere muchos adulterios, y únicamente procuran excusarle, diciendo que no era tanto por pasión como por política y con objeto de enterarse, por medio de las mujeres, de los secretos de sus adversarios. M. Antonio, no contento con reprocharle la precipitación de sus bodas con Livia, le acusa aun de que en un festín hizo pasar de la mesa del banquete a una habitación inmediata a la esposa de un consular, estando presente el marido, y cuando la trajo de nuevo, tenia ella las orejas encarnadas y el cabello en desorden. Añade que reprendió a Scribonia por no poder ella soportar las altiveces de una concubina; que sus amigos le buscaban mujeres casadas y doncellas núbiles que debían poseer ciertas condiciones, y él las examinaba como esclavas en venta en el mercado Toranio. En una época en que no era aún su enemigo declarado, Antonio le escribía familiarmente:
¿Qué te ha cambiado? ¿Que sea mi amante una reina? Es mi esposa, y no de ayer, sino ya desde hace nueve años. ¿Tienes tú sólo a Livia? Estoy seguro que en el momento en que leas mi carta habrás gozado ya de Tertula, o de Terentila, o de Rufila, o de Salvia Titiscuria, o tal vez de todas ellas. ¿Qué importa el lugar o la mujer a quién deseas?
LXX. Se habló mucho también de las casas secretas, llamadas vulgarmente “El banquete de las doce divinidades”; en ellas los comensales vestían de dioses y diosas, y Augusto representaba a Apolo. Antonio en sus cartas nombró y criticó acerbamente a todos los que figuraban en tales festines, acerca de los cuales hizo un autor anónimo estos conocidos versos:
Quum, primum istorum conduxit mensa choragum,
Sexque deos vidit Mallia, sexque deas;
Impia dum phoebi Caesar mendacia ludit,
Dum nova divorum coenat adulteria:
Omnia se a terris tunc numina declinarunt,
Fugit et auratos Juppiter ipse thronos (623).
La escasez que reinaba entonces en Roma hizo más escandalosa una de estas orgías, diciéndose en público a la mañana siguiente que los dioses se habían comido todo el trigo y que César era verdaderamente Apolo, pero Apolo atormentador, con cuyo nombre se veneraba a este dios en un barrio de la ciudad. Censurase también el afán de Augusto por los muebles antiguos y por los vasos de Corinto, y su pasión por el juego. Por este motivo, en el tiempo de sus proscripciones, escribieron al pie de su estatua:
Pater argentarios, ego Corinthiarius (624);
porque se le acusaba de haber proscrito a muchos ciudadanos para apoderarse de sus vasos de Corinto; durante la guerra de Sicilia se hizo correr este epigrama:
Postquam bis classe rictus naves perdidit,
Aliquando ut vineat, ludit asidue aleam (625).
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