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El renacimiento comercial
Henry Pirenne: Las ciudades de la Edad Media

Se puede considerar el fin del siglo ix como el momento en que la curva descrita por la evolución económica de Europa Occidental, desde el cierre del Mediterráneo, al­canza su punto más bajo. Es también el momento en que el desorden social, provocado por el pillaje de las invasio­nes y por la anarquía política, llega al máximo. El siglo x fue, si no una época de restauración, al menos una época de estabilización y de paz relativa. La cesión de Norman-día a Rollón (912) marca en el oeste el fin de las grandes invasiones escandinavas, mientras que en el este, Enrique el Pajarero y Otón detienen de manera definitiva a los eslavos a lo largo del Elba y a los húngaros en el valle del Danubio (933-955). Al mismo tiempo, el régimen feudal, definitivamente vencedor frente a la realeza, se instala en Francia sobre los restos de la antigua constitución carolingia. Por el contrario, en Alemania, un progreso más lento en el desarrollo social permitió a los príncipes de la casa de Sajonia oponer a las injerencias de la aristocracia laica el poder de los obispos, a los que utilizan como apoyo para fortalecer el poder monárquico y amparándose en el título de emperadores romanos, pretender la autoridad universal que había ejercido Carlomagno.
Indudablemente, todo esto, si bien no pudo realizarse sin luchas, no por ello fue menos beneficioso. Europa dejó de ser oprimida sin piedad, recuperó la confianza en el porvenir y, con ella, el valor y el trabajo. Podemos consi­derar al siglo x como el momento en que el movimiento ascensional de la población sufre un nuevo empuje. Más claro se nos muestra que las autoridades sociales vuelven a desempeñar el papel que les incumbe. Tanto en los prin­cipados feudales compren los episcopales se puede apreciar desde entonces los primeros rastros de una organización que se esfuerza en mejorar la condición del pueblo. La necesidad primordial de esta época, que surge a duras penas de la anarquía, es la necesidad de paz, la más primitiva y esencial de todas las necesidades sociales. Recordemos que la primera paz de Dios fue proclamada en el 989. Las gue­rras privadas, el azote de esta época, fueron enérgicamente combatidas por los condes territoriales de Francia y por los prelados de la Iglesia imperial alemana.
Por sombrío que aún parezca, fue en el siglo x cuando se esbozó la estructura que nos presenta el siglo xi. La famosa leyenda de los terrores del año 1000 no carece, en este sentido, de significación simbólica. Indudablemente es falso que los hombres hayan esperado el fin del mundo en el año 1000, pero el siglo que arranca de esta fecha se caracteriza, en oposición al precedente, por un recrudeci­miento tan acusado de la actividad, que podría considerarse como el despertar de una sociedad atenazada largo tiempo por una pesadilla angustiosa. En todos los campos se observa la misma explosión de energía e incluso, yo diría, de optimismo. La Iglesia, reanimada por la reforma cluniacense, intenta purificarse de los abusos que se han deslizado en su disciplina y liberarse de la servidumbre a la que la tienen sometida los emperadores. El entusiasmo místico que le anima y que trasmite a sus fieles arroja a éstos a la grandiosa y heroica empresa de las Cruzadas, que enfrenta a la cristiandad occidental con el Islam. El espíritu militar del feudalismo le hace abordar y triunfar en empresas épicas. Caballeros normandos van a combatir, en el sur de Italia, a bizantinos y musulmanes y fundan allí los principados de los que pronto surgirá el reino de Sicilia. Otros normandos, a los que se unen los flamencos y los franceses del norte, conquistan Inglaterra a las órdenes del duque Guillermo. Al sur de los Pirineos, los cristianos obligan a retroceder a los sarracenos de España y se apoderan de Toledo y Valencia (1072-1109). Tales empresas nos dan fe no sólo de la energía y el vigor de los temperamentos, sino que también nos hablan de la salud social. Hubieran sido manifiestamente imposibles sin la abundante natalidad que es una de las características del siglo xi. La fecundidad de las familias se producía tanto entre la nobleza como entre el campesinado. Los segundones abundan por do­quier, sintiéndose limitados en el suelo natal e impacientes por intentar fortuna lejos. Por doquier se encuentran aventureros en busca de ganancias o de trabajo. Los ejér­citos están abarrotados de mercenarios coterelli o brabantiones, que alquilan sus servicios a quien les quiera contra­tar. De Flandes y de Holanda partirán, desde comienzos del siglo xii, grupos de campesinos para drenar los mooren de las orillas del Elba. En todas las regiones de Europa se ofrecen brazos en cantidad superabundante y esto cierta­mente explica los grandes trabajos de roturación y de cons­trucción de diques cuyo número aumenta desde entonces. Desde la época romana hasta el siglo xi no parece que haya aumentado sensiblemente la superficie del suelo cul­tivado. En este sentido, los monasterios apenas cambiaron, salvo en los países germánicos, la situación existente. Se instalaron casi siempre en antiguas tierras y no hicieron nada para disminuir la extensión de los bosques, de las malezas y de los pantanos existentes en sus dominios. Pero la situación cambió el día en que el aumento de la pobla­ción hizo posible recuperar estos terrenos improductivos. Aproximadamente a partir del año 1000, comienza un período de roturación que continuará, ampliándose siem­pre hasta fines del siglo xii. Europa se colonizó a sí misma merced al crecimiento de sus habitantes. Los prín­cipes y los grandes propietarios comenzaron a fundar nuevas ciudades donde afluyeron los segundones en busca de tierras cultivables1. Empezaron a aparecer claros en los grandes bosques. En Flandes, hacia el 1150, surgen los primeros polders2. La orden del Cister, fundada en 1098, se dedica inmediatamente a la labor de roturación y a la poda de árboles.
Como se ve,_ el aumento de población y la renovación de la actividad de la que aquélla es a la vez causa y efecto, evolucionó en provecho de la economía agrícola. Pero su influencia se dejó sentir también en el comercio, el cual inicia, ya antes del siglo xi, un período de renacimiento. Este renacimiento se desenvolvió bajo los auspicios de dos centros, uno situado en el sur y el otro en el norte de Europa: Venecia y la Italia meridional por un lado y la costa flamenca por el otro, lo cual hace suponer que es el resultado de un agente externo. Gracias al contacto que mantuvieron estos dos puntos con el comercio extranjero, este agente se pudo manifestar y propagar. Indudablemente hubiera sido posible que ocurriese de otra forma. La acti­vidad comercial hubiera podido reanimarse en virtud del funcionamiento de la vida económica general. La realidad, sin embargo, es que las cosas discurrieron de distinta forma. De la misma manera que el comercio occidental desapareció al cerrarse sus salidas al exterior, volvió a surgir con la apertura de éstas.
Sabemos que Venecia, que fue la primera que influyó en el comercio ocupa en la historia económica de Europa un lugar especial. Efectivamente, Venecia, como Tiro, posee un carácter exclusivamente comercial. Sus primeros habitantes, huyendo de la proximidad de los hunos, de los godos y de los lombardos, buscaron refugio en los islotes vírgenes de la laguna (siglos v y vi), en Rialto, Olivólo, Spinalunga y Dorsoduro3. Para sobrevivir tuvieron que discurrir y luchar contra la naturaleza. Faltaba todo, incluso el agua potable. Pero el mar es suficiente para quienes tienen iniciativa. La pesca y la salazón aseguraron inmediatamente la subsistencia de los venecianos, al proporcionarles al misrno tiempo la posibilidad de conseguir trigo, mediante intercambios de productos con los de los habitantes de la costa vecina.
De esta manera, el comercio se les impuso por las mismas condiciones de su medio, y tuvieron la energía y el talento de aprovechar las infinitas posibilidades que éste ofrece al espíritu emprendedor. Desde el siglo viii, el conjunto de islotes que ocupaban estaba ya lo suficientemente poblado como para ser la sede de una diócesis particular.
Cuando se fundó la ciudad, toda Italia pertenecía aún al Imperio Bizantino. Gracias a su situación insular se libró de la codicia de los conquistadores, que cayeron suce­sivamente sobre la península, los lombardos, primero, más tarde Carlomagno y, finalmente, los emperadores ger­mánicos. Permaneció, pues, bajo la soberanía de Constantinopla, constituyendo en el corazón del Adriático y al pie de los Alpes un refugio de la civilización bizantina. Mientras que Europa occidental se desvinculaba de Oriente, ella siguió perteneciéndole. Y este hecho es de una impor­tancia capital. La consecuencia fue que Venecia no dejó de gravitar en la órbita de Constantinopla. A través de los mares sufrió su atracción y creció bajo su influencia.
Constantinopla, aun en el curso del siglo xi, aparece no sólo como una gran ciudad, sino como la más grande de toda la cuenca del Mediterráneo. Su población no estaba lejos de alcanzar la cifra de un millón de habitantes y era singularmente activa4. No se contentaba, como lo había hecho la de la Roma republicana e imperial, en consumir sin producir nada. Por el contrario, se entregaba, con un celo dirigido fiscalmente sin llegar a ser asfixiado, tanto al comercio como a la industria. Era, además de una capital política, un gran puerto y un centro de manufacturas de primer orden. En ella se podían hallar todos los modos de vida y todas las formas de actividad social. Era la única en el mundo cristiano que presentaba un espectáculo análogo al de las grandes ciudades modernas, con todas las complicaciones y las taras, pero también con todos los refinamientos de una civilización esencialmente urbana. Una navegación ininterrumpida la vinculaba a las costas del Mar Negro, de Asia Menor, de la Italia Meridional y de los países bañados por el Adriático. Sus flotas de guerra le garantizaban el dominio del mar sin el que no habría po­dido subsistir. Mientras conservó su poder, consiguió mantener, frente al Islam, su dominio sobre todas las aguas del Mediterráneo oriental.
Fácilmente se puede comprender de qué manera apro­vechó Venecia la coyuntura de verse vinculada a un mundo tan diferente del occidente europeo. No solamente le debía la prosperidad de su comercio, sino que además la inició en aquellas formas superiores de civilización, aquella técnica perfeccionada, aquel espíritu de negocios, aquella organización política y administrativa, que le asignan un lugar aparte en la Europa medieval. Desde el siglo yiii, se consagra_ con éxito naciente al aprovisionamiento de Constantinopla. Sus barcos transportan allí los productos de las regiones que la rodean por el este y el oeste: trigo y vinos de Italia, madera de Dalmacia, sal de las lagunas y, a pesar de las prohibiciones del papa y del emperador, esclavos que consiguen fácilmente sus marinos en los pueblos eslavos de las costas del Adriático. En pago reciben los valiosos tejidos que fabrica la industria bizantina, así como especias que Constantinopla recibe de Asia. En el siglo x, el movimiento del puerto alcanza proporciones extraordi­narias, y con la extensión del comercio, el afán de lucro se manifiesta de manera irresistible. No existe ningún tipo de escrúpulo que afecte a los venecianos. Su religión es una religión propia de gentes de negocios. Les importa poco que los musulmanes sean los enemigos de Cristo, si el comercio con ellos puede ser rentable. En el curso del siglo ix consiguen relacionarse, cada vez más asiduamente, con Alepo, Alejandría, Damasco, Keruán y Palermo. Tratados, comerciales le garantizan una situación privilegiada en los mercados del Islam.
A comienzos del siglo xi, el poderío de Venecia ha progresado tan increíblemente como su riqueza. Durante el gobierno del dogo, Pedro II Orseolo, limpió el Adriático de piratas eslavos, sometió a Istria y consiguió en Zara, Veglia, Arbe. Trau, Spalato. Curzola y Lagosta, factorías o puestos militares. Juan Diácono celebra el esplendor y la gloria del áurea Venitia; Guillermo de Apuleya alaba la ciudad «rica en dinero, rica en hombres» y declara que «ningún pueblo en el mundo es más valeroso en las guerras navales, más sabio en el arte de guiar los barcos en el mar». Era imposible que el poderoso movimiento económico, cuyo centro era Venecia, no se comunicara a las regiones italianas de las que no estaba separada nada más que por una laguna. En ellas se aprovisionaba de trigo y de vinos para su consumo su exportación y trató naturalmente de crear allí un mercado para las mercancías orientales que los marinos desembarcaban cada vez en mayor número en sus muelles. A través del Po se puso en contacto con Pavía, a la que no tardó en contagiar su actividad5. Obtuvo de los emperadores germánicos el derecho de comerciar libremente, primero con las ciudades vecinas, más tarde _con toda Italia, y también el monopolio del transporte de todos los productos que llegasen a su puerto.
En el curso del siglo x Lombardía, gracias a su intervención se incorpora a la vida comercial. Desde Pavía se extiende rápidamente a las ciudades de los alrededores. Todos se apresuran a participar en el tráfico comercial cuyo ejemplo encarna Venecia, que, a su vez, estaba inte­resada en que este ejemplo cundiera en los demás. El espí­ritu de empresa se va desarrollando paulatinamente _y_ los productos agrícolas ya no serán los únicos que sustenten las relaciones comerciales con Venecia. La industria comienza a aparecer. Desde los primeros años del siglo xi a más tardar, Luca se dedica ya a la fabricación de telas, y sa­bríamos bastante más sobre los comienzos del renacimiento económico de Lombardía si los datos que poseemos no fueran de una escasez deplorable6.
_Por preponderante que fuera en Italia la influencia veneciana, no fue la única en hacerse notar. El sur de la península más allá de Spoleto y Benevento pertenecía aún, y seguirá perteneciendo hasta la llegada de los normandos en el siglo xi al Imperio Bizantino. Bari, Tarento, Nápoles pero principalmente Amalf, conservaban con Constantinopla relaciones análogas a las de Venecia. Eran emplaza­mientos comerciales de gran actividad y que, al igual que Venecia, no dudaban en comerciar con los puertos musul­manes7. Su navegación no podía dejar de encontrar, tarde o temprano, seguidores entre los habitantes de las ciudades costeras situadas más al norte. Y, en efecto, desde comien­zos del siglo xi, se puede comprobar cómo Génova en primer lugar y casi inmediatamente Pisa vuelcan sus esfuerzos hacia el mar. Todavía en el 935, los piratas sarracenos habían saqueado Génova, pero se acercaba el mo­mento en que la ciudad iba a pasar a la ofensiva. Para ella no era cuestión de firmar con los enemigos de su fe tratados comerciales, tal y como lo habían hecho Venecia o Amalfi. La religiosidad mística de occidente se lo tenía vedado y un gran odio se había ido acumulando secularmente contra ellos. El mar no podía ser abierto a la navegación sino a viva fuerza. En 1015-101 una expedición es dirigida por los genoveses de común acuerdo con Pisa, contra Cerdeña. Veinte años después, en 1034, se apoderaban temporal­mente de Bona en la costa Africana; los pisanos, por su parte, penetran victoriosamente, en 1062, en el puerto de Palermo, cuyo arsenal destruyen. En 1087, las flotas de las dos ciudades, arengadas por el papa Víctor III, atacan Mehdia8.
Todas estas expediciones se explican tanto por el entu­siasmo religioso como por el espíritu de empresa. Bastante diferentes a los venecianos, los genoveses y los pisanos se consideran, frente al Islam, como los soldados de Cristo y de la Iglesia. Creen ver al Arcángel Gabriel y a San Pedro conduciéndoles en el combate contra los infieles y hasta no haber masacrado a los «sacerdotes de Mahoma» y profanado la mezquita de Mehdia, no firman un ventajoso tratado comercial. La catedral de Pisa, construida después del triunfo, es un símbolo admirable del misticismo de los vencedores y de la riqueza que la navegación comienza a proporcionarles. Para su decoración son utilizadas colum­nas y mármoles preciosos traídos de África. Parece como si se hubiese querido dar testimonio, a través de su esplen­dor, de la revancha del cristianismo sobre aquellos sarra­cenos cuya opulencia era objeto de escándalo y de envidia.
Este es, al menos, el sentimiento que expresa un apasio­nado poema de la época9.
Unde tua in aeternum splendebit ecclesia
Auro, gemmis, margaritis et palliis splendida.
Así, ante el contraataque cristiano, el Islam retrocede poco a poco. Él desencadenamiento de la primera cruza­da (1096) señala su retroceso definitivo. Ya en el 1097. una flota genovesa ponía rumbo a Antioquía con la intención de llevar a los cruzados refuerzos y víveres. Dos años más tarde, Pisa enviaba barcos «por orden del papa»_para liberar Jerusalén. Desde entonces, todo el Mediterráneo se abre o, mejor dicho, se vuelve a abrir a la navegación occidental. Como en la época romana, se restablece el intercambio de un lado a otro de este mar esencialmente europeo.
El dominio islámico sobre el Mediterráneo ha terminado. Indudablemente, los resultados políticos y religiosos de la Cruzada fueron efímeros. E1 reino de Jerusalén y los prin­cipados de Edessa y Antioquía fueron reconquistados por los musulmanes en el siglo xii, pero el mar ha quedado en manos de los cristianos. Y son ellos los que ahora ejercen la preponderancia económica. Toda la navegación en las «escalas del levante» les pertenece. Sus establecimientos comerciales se multiplican con sorprendente rapidez en los puertos de Siria, Egipto y en las islas del mar Jónico. Mediante la conquista de Cerdeña (1022). Córcega (1091) y Sicilia (1058-1090) arrebatan a los sarracenos las bases dé operación que, desde el siglo ix, les habían permitido man­tener a occidente bloqueado. Los genoveses y los pisanos tienen la ruta libre para cruzar hacia esas costas orientales donde sé vuelcan los productos que «llegan del corazón de Asia a través de las caravanas o a través del mar Rojo y del golfo Pérsico, y para frecuentar a la vez el gran puerto de Bizancio. La conquista de Amalfi por los normandos (1073) al acabar con el comercio de esta ciudad, les desembarazó de su competencia.
Pero sus progresos suscitaron también los celos de Venecia, que no podía aguantar el tener que compartir con estos advenedizos un comercio cuyo monopolio pretendía conservar. A pesar de profesar la misma fe, pertenecer al mismo pueblo y hablar la misma lengua, desde que se convirtieron en competidores, no vio en ellos nada más que enemigos. En la primavera del año 1100, una escuadra veneciana emboscada ante Rodas acecha el retorno de la flota que Pisa ha enviado a Jerusalén, cae sobre ella de improviso y hunde sin piedad muchos de sus barcos10. De esta manera comienza entre las ciudades marítimas un conflicto que durará tanto tiempo como su prosperidad. El Mediterráneo no volverá a disfrutar esa paz romana que el Imperio de los cesares le había impuesto en otra época. La divergencia de intereses mantendrá, desde entonces, una hostilidad, a veces sorda y otras declarada, entre los rivales interesados.
Al desarrollarse, el comercio marítimo tuvo, natural­mente, que generalizarse. Desde comienzos del siglo xii llega hasta las costas de Francia y España. El viejo puerto de Marsella se reanima tras el largo letargo en el que había caído a finales del periodo merovingio. En Cataluña. Bar­celona se aprovecha a su vez de la apertura del mar. Sin embargo, Italia conserva indiscutiblemente la primacía de este primer renacimiento económico. Lombardía, donde confluye, al este por Venecia y al oeste por Pisa y Génova, todo el movimiento comercial del mediterráneo, se desarrolla con un vigor extraordinario. En esta llanura admirable, las ciudades crecen con la misma fecundidad que las cose­chas. La fertilidad del suelo le permite una expansión ili­mitada, mientras que la facilidad de accesos favorece tanto la importación de materias primas como la exportación de productos manufacturados. El comercio suscita la industria y, a medida que se desarrollan Bérgamo, Crémona, Lodi y Verona, todas las antiguas «ciudades», todos los antiguos «municipios» romanos recuperan una vida nueva y bas­tante más exuberante que la que conocieron en la antigüe­dad. Pronto, su superabundante actividad tiende a exten­derse más allá de sus fronteras. En el sur llega hasta Toscana; por el norte se abren nuevas rutas a través de los Alpes. Por los pasos de Splügen, San Bernardo y Brenner, trasmite al continente europeo aquella efervescencia benefactora que le llegó del mar11. Sigue las rutas naturales que marcan el curso de los ríos, el Danubio por el este, el Rhin por el norte y el Ródano por el oeste. Desde el 1074 se menciona en París a mercaderes italianos12, lombardos indudablemente; y desde comienzos del siglo xii, las ferias de Flandes atraen a un número considerable de sus compatriotas13.


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Nada más natural que esta irrupción de meridionales en la costa flamenca. Es consecuencia de la atracción que el comercio ejerce espontáneamente sobre el comercio.
Ya pusimos en evidencia cómo, durante la época carolingia, los Países Bajos manifestaron una vitalidad comer­cial sin posible comparación en el mundo de aquel entonces, lo cual se explica fácilmente por la gran cantidad de ríos que atraviesan su territorio y que confluyen sus cauces antes de desembocar en el mar: el Rhin. el Mosa y el Escalda. Inglaterra y las regiones escandinavas estaban demasiado próximas a estos países, de amplios y profundos estuarios, como para que sus marinos no los hubiesen frecuentado ya desde muy antiguo. A ellos es a quien se debe, como se ha visto anteriormente, el que los puertos de Duurstede y Quentovic conservaran su importancia. Pero esta importancia fue efímera, ya que no pudo sobrevivir _a las invasiones normandas. Cuanto más fácil era el acceso a la región más tentaba a los invasores y más debía sufrir sus devastaciones. La situación geográfica que en Venecia salvaguardó la prosperidad comercial, contribuía aquí a su desaparición.
Las invasiones normandas no fueron sino la primera manifestación de la necesidad expansiva que sentían los pueblos escandinavos. Su desbordante energía les había lanzado a la vez hacia Europa occidental y hacia Rusia, como aventureros dedicados al pillaje y como conquista­dores. Pero de ningún modo se les puede considerar como simples piratas, pues aspiraban, como en otro tiempo lo hicieron los germanos frente al imperio romano, a instalarse en regiones más ricas y fértiles que las de su patria y a crear en ellas emplazamientos para la superabundante población que no podían aumentar, finalmente obtuvieron éxito en esta empresa. Al este, los suecos se asentaron a lo largo de las vías naturales que. a través del Neva, el lago Ladoga, el Lowat, e1 Wolchow, el Dwina y el Dniéper, conducen del mar Báltico al mar negro. Al oeste, los daneses y no­ruegos colonizaron los reinos anglosajones situados al norte del Humber y consiguieron que Carlos el Simple les entregase en Francia, en las costas de la Mancha, el país que desde entonces, se conoce como Normandía.
Estos éxitos tuvieron como resultado el orientar en un nuevo sentido la actividad de los escandinavos. En el curso del siglo x, abandonan la guerra para dedicarse al comercio14. Sus barcos surcan todos los mares del norte y nada tienen que temer porque son los únicos navegantes entre los pueblos de aquellas costas. Basta recorrer las sa­brosas narraciones de las Sagas, donde se relatan sus aven­turas y hazañas, para hacerse una idea de la astucia y de la inteligencia de los marineros bárbaros. Cada primavera, una vez que el mar se ha deshelado, se lanzan mar adentro. Se les puede encontrar en Islandia, en Irlanda, en Inglaterra, en Flandes, en las desembocaduras del Elba, del Weser, del Vístula, en las islas del mar Báltico, al fondo del golfo de Botnia y del de Finlandia. Poseen emplazamientos en Dublín. en Hamburgo, en Schwerin y en la isla de Gotlan­dia. Gracias a ellos la corriente comercial que, partiendo de Bizancio y Bagdad atraviesa Rusia pasando por Kiev y Novgorod, se prolonga hasta las costas del mar del Norte y hace sentir en ellas su bienechora influencia. Apenas se puede encontrar en la historia un fenómeno más curioso que esta acción ejercida sobre la Europa septentrional por las civilizaciones superiores del imperio griego y del árabe y cuyos intermediarios fueron los escandinavos. Su papel en este sentido, a pesar de las diferencias de clima, medio y cultura, aparece como absolutamente análogo al que Venecia jugó en el sur de Europa. Al igual que ella, resta­blecieron el contacto entre Oriente y Occidente. Y al igual también que el comercio veneciano no tardó en implicar en su tráfico a Lombardía, la navegación escandinava pro­dujo el renacer económico de la costa flamenca.
En efecto, la situación geográfica de Flandes favorecía maravillosamente el que se convirtiese en la etapa occidental del comercio con los mares del norte. Constituye el tér­mino natural del rumbo de los barcos que llegan de Ingla­terra o que, habiendo franqueado el Sund a la salida del Báltico, se dirigen hacia el mediodía. Ya dijimos que los puertos de Quentovic y de Duurstede eran frecuentados por los normandos antes de la época de sus invasiones. Ambos desaparecieron durante la tormenta. Quentovic no conseguirá levantarse de sus ruinas y fue Brujas, cuyo emplazamiento al fondo del Zwin era privilegiado, la
que le sucedió. En lo que se refiere a Duurstede, los marinos escandinavos aparecieron de nuevo a comienzos del siglo x. A pesar de todo, su prosperidad no se mantuvo durante largo tiempo. A medida que el comercio crecía se iba concentrando progresivamente en Brujas, más cer­cana a Francia y donde los condes de Flandes mantenían una seguridad de la que no disfrutaba la región de Duurs­tede. De cualquier forma, es cierto que Brujas atrajo cada vez más hacia su puerto el comercio septentrional y que la desaparición de Duurstede, durante el siglo xi, aseguró definitivamente su porvenir. El hecho de que hayan sido descubiertas en cantidad considerable monedas de los condes de Flandes, Amoldo II y Balduino IV (965-1035) en Dinamarca, Prusia y hasta en Rusia, evidencia, a falta de documentos escritos, las relaciones que mantenía Flan­des desde aquel entonces con aquellos países a través de los marinos escandinavos15. Las relaciones con la costa inglesa que tenía enfrente debieron ser aún más frecuentes. Sabe­mos que fue en Brujas donde se refugió, hacia el 1030, la reina anglosajona Emma. Ya en el 991-1002, la tarifa del telonio de Londres menciona a los flamencos a la cabeza de los extranjeros que negocian con la ciudad16.
Hay que tener en cuenta, entre las causas de la importancia comercial que alcanzó Flandes en época tan tempra­na, la existencia en este país de una industria indígena, suficiente para proporcionar a los barcos que allí llegaban un abundante flete de vuelta. Desde época romana, y pro­bablemente incluso antes, los morinos y los menapios con­feccionaban paños de lana. Esta industria primitiva debió perfeccionarse por influencia de los progresos técnicos introducidos tras la conquista romana. La especial calidad de los vellones de los corderos, criados en las húmedas praderas de la costa, garantizó su éxito. Se sabe que las
sayas (sagae) y las capas (birrí) que producían eran expor­tadas allende los Alpes y que existió en Tournai, a finales del Imperio, una fábrica de uniformes militares. La inva­sión germánica no acabó con esta industria. Los francos, que invadieron Flandes en el siglo v, continuaron traba­jando en ella como lo habían hecho antes sus antiguos habi­tantes. No hay duda que los tejidos frisones, de los que habla la historiografía del siglo ix, se fabricaron en Flandes17. Parece que fueron los únicos productos manufacturados que, en época carolingia, eran objeto de una cierta comercialización. Los frisones los transportaban a lo largodel Escalda, del Most del Rhin y, cuando Carlomagno quiso corresponder con regalos a las atenciones del califa Harun al-Raschid no encontró nada mejor que ofrecerle
que los ,pallia fresonica. Hay que admitir que estas telas, famosas tanto por sus colores como por su suavidad, de­bieron atraer inmediatamente la atención de los navegantes
escandinavos del siglo x. En ninguna parte de la Europa septentrional se pueden hallar productos más cotizados y ciertamente ocuparon un lugar entre los objetos de expor­tación más buscados junto con las pieles del norte y las telas de seda árabes y bizantinas. Todas las apariencias parecen indicar que los paños de los que se habla, hacia el año 1000, en el mercado de Londres, eran flamencos.
Las nuevas posibilidades que les ofrecía ahora la navega­ción dieron un nuevo empuje a su fabricación. De esta manera, el comercio y la industria, ésta practi­cada in si tu y aquél procedente del exterior, se unieron para proporcionar a la región flamenca, a partir del siglo x, una actividad económica que no cesó de desarrollarse. En el siglo xi, los progresos realizados son ya sorprendentes. Flandes trafica desde entonces con el norte de Francia, cuyos vinos intercambia con sus paños. La conquista de Inglaterra por Guillermo de Normandía, al vincular al continente este país que hasta entonces había gravitado en la órbita de Dinamarca, multiplicó las relaciones que Brujas mantenía ya con Londres. Al lado de Brujas apare­cen otros emplazamientos comerciales: Gante, Ypres, Lille, Douai, Arras y Tournai. Los condes convocan ferias en Thourout, Messines, Lille e Ypres.
Flandes no fue el único en disfrutar los efectos saludables de la navegación con el norte. Las repercusiones se hicieron notar a lo largo de todos los ríos que desembocan en los Países Bajos. Cambrai y Valenciennes sobre el Escalda; Lieja, Huy y Dinant sobre el Mosa, son conocidas ya en el siglo x como centros comerciales. Igual ocurre con Colonia y Maguncia sobre el Rhin. Las costas de la Mancha y del Atlántico, más alejadas del centro de actividad del mar del Norte, no poseen la misma importancia. En aquel lugar, apenas si se menciona algo más que Rúan, evidentemente en relaciones con Inglaterra, y más al sur, Burdeos y Bayona, cuyo desarrollo es más tardío. El interior de Fran­cia o el de Alemania no empiezan a agitarse sino muy len­tamente y a instancias de la penetración económica que se propaga paulatinamente en aquellos lugares, bien su­biendo desde Italia, bien descendiendo desde los Países Bajos.
Sólo en el siglo xii es cuando esta penetración, al ir progresando, consigue transformar definitivamente la Euro­pa occidental. Logra vencer la inmovilidad tradicional a que la condenaba una organización social dependiente únicamente de los vínculos del hombre con la tierra. El comercio y la industria no se constituyen solamente al margen de la agricultura, sino que, por el contrario, ejer­cen su influencia sobre ella. Sus productos ya no están destinados exclusivamente al consumo de los propietarios y de los trabajadores agrícolas: son insertados en la circula­ción general como objetos de cambio o materias primas. Se rompen las estructuras del sistema señorial que, hasta entonces, habían encerrado la actividad económica, y toda la sociedad adquiere un carácter más dúctil, activo y variado. Nuevamente, como en la Antigüedad, el campo se orienta hacia las ciudades. Bajo la influencia del comercio, las anti­guas ciudades romanas se revitalizan y se repueblan, enjam­bres de mercaderes se agrupan al pie de los burgos y se establecen a lo largo de las costas marítimas, al borde de los ríos, en las zonas de su confluencia, y en las encrucijadas de las vías naturales de comunicación. Cada una de éstas constituyen un mercado cuya atracción, en proporción a su importancia, se ejerce en el país circundante o llega hasta zonas alejadas. Grandes o pequeñas, se las puede hallar por todas partes, en una proporción de una por cinco leguas cuadradas de terreno. Y es que se han hecho indis­pensables para la sociedad, al haber introducido en su organización una división del trabajo de la que ya no se podrá prescindir. Entre ellas y el campo se establece un intercambio reciproco de servicios. Les une una solidaridad cada vez más estrecha, el campo atendiendo al aprovisionamiento de las ciudades y las ciudades proporcionando a su vez productos comerciales y objetos manufacturados. La subsistencia física del burgués depende del campesino, pero la subsistencia social del campesino depende a su vez del burgués, porque éste le descubre un género de existen­cia más confortable, más refinado y que, al excitar sus de­seos, multiplica sus necesidades y modifica su standard of' life. Pero la aparición de las ciudades ha promovido vigorosa­mente el progreso social; sólo en este aspecto no fue menos importante el que difundiesen a través del mundo una nueva concepción del trabajo que, en épocas anteriores, era servil y que ahora se transformó en libre; las consecuencias de este hecho, sobre el qué tendremos ocasión de volver, fueron incalculables. Añadamos finalmente que el rena­cimiento económico, cuya expansión presenció el siglo xii, reveló el poder del capital y habremos dicho lo suficiente para demostrar cómo sólo contadas épocas han ejercido una repercusión tan profunda en la sociedad.
Vivificada, transformada y proyectada hacia el progreso, la nueva Europa recuerda, en suma, más a la Europa anti­gua que a la carolingia. Ya que de esta primera recuperó aquel carácter esencial de ser una región urbana. Incluso se podría afirmar que si, en la organización política, el papel de las ciudades fue más importante en la antigüedad que en la Edad Media, sin embargo, su influencia económica sobrepasó considerablemente en ésta lo que habla sido en aquélla. En realidad, las grandes ciudades comerciales fueron relativamente escasas en las provincias occidentales del Imperio Romano. Únicamente se pueden citar a Napó­les, Milán, Marsella y Lyon. No existe nada parecido a puertos como los de Venecia, Pisa, Génova o Brujas, o a centros industriales como Milán, Florencia, Ypres y Gante. En la Galia parece evidente que la importancia conseguida, en el siglo xii, por antiguas ciudades como Orleáns, Bur­deos, Colonia, Nantes, Rúan, etc., sobrepasó considerable­mente a la que tenían bajo los Césares. En resumen, el desarrollo económico de la Europa medieval franqueó los límites que había alcanzado en la época romana. En lugar de detenerse a lo largo del Rhin y del Danubio, se extiende ampliamente por la Germania y llega hasta el Vístula.
Regiones que no habían sido recorridas, al comienzo de la era cristiana, sino por contados mercaderes en ámbar y en pieles, y que parecían tan inhóspitas como podía parecerles a nuestros padres el centro de África, se recubren ahora por una floración de ciudades. El Sund, que jamás fue fran­queado por ningún navío comercial romano, está animado ahora por una constante circulación marítima. Se navega por el Báltico y por el mar del Norte, como por el Medite­rráneo. Hay casi tantos puertos en las costas de uno como de otro. En ambos lados, el comercio utiliza los recursos que la naturaleza a puesto a su disposición. Domina los dos mares interiores que encierran las costas, tan admirable­mente recortadas, del continente europeo. Del mismo modo que las ciudades italianas expulsaron a los musulmanes del Mediterráneo, las ciudades alemanas, en el curso del si­glo xii, desalojaron también a los escandinavos del mar del Norte y del Báltico, en los cuales se despliega ahora la navegación de la hansa teutónica.
De esta manera, la expansión comercial, que comenzó por los dos puntos por los que Europa se hallaba en con­tacto con el mundo oriental, Venecia y Flandes, se difundió como una beneficiosa epidemia por todo el conti­nente18. Al propagarse por el interior, los movimientos procedentes del norte y el del sur acabaron por encontrarse. El contacto entre ellos se efectuó a medio camino de la vía natural que va desde Brujas a Venecia, en la llanura de Champagne, donde, desde el siglo xii, se situaron las famo­sas ferias de Troyes, Lagny, Provins y Barsur-Aube que, hasta fines del siglo xii jugaron, en la Eurorpa_medieyal, los papeles de bolsa y de clearing house.
 





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