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La vida de ultratumba

En el libro Historia de los Egipcios de Isaac Asimov

Manetón dividía a los gobernantes egipcios en dinastías (de una palabra griega que significa «tener poder»). Cada dinastía estaba compuesta por miembros de una familia que gobernaba y tenía poder sobre todo Egipto. Manetón elaboró una lista de treinta dinastías que se sucedieron a lo largo de un período de tres mil años.
La lista de dinastías incluye tan sólo a los monarcas que reinaron después de la unificación, por lo que Menes es el primer rey de la I Dinastía. El período anterior a Menes se suele denominar «Egipto predinástico», lo que es casi sinónimo de «Egipto prehistórico».
Las dos primeras dinastías, cuyos reyes eran nativos de Tinis, se llaman dinastías tinitas. Y el período en el que reinaron suele denominarse Arcaico, y duró del 3100 al 2680 a. C, más de cuatro siglos.
Las tumbas nos proporcionan una valiosa información acerca de la creciente importancia de Menfis, incluso en los primeros tiempos del Egipto Arcaico. Y la especial utilidad de las tumbas para el conocimiento de la historia se deriva, a su vez, de la naturaleza de la religión egipcia.
La antigua religión de los egipcios se originó probablemente en los viejos tiempos de la caza, cuando la vida dependía de la suerte de encontrar un animal y de matarlo. De ahí que se diese la tendencia a adorar a una especie de dios animal, con la esperanza de que, al propiciarse a este dios, habría gran abundancia de los animales que el dios controlaba. Si los animales eran peligrosos, la adoración de un dios, en parte bajo la forma del animal en cuestión, evitaría que sus bestias hiciesen demasiado daño. Esta parece ser la razón por la que los dioses egipcios, aun en tiempos posteriores, llevaban cabezas de halcón, chacal, ibis e incluso de hipopótamo.
Sin embargo, cuando la agricultura se convirtió en la forma principal de vida, se injertaron nuevos dioses y nuevas creencias religiosas en las antiguas. Existía el culto natural al sol, que en el soleado Egipto era una poderosa fuerza y, evidentemente, el dador de luz y calor. Asimismo, debido a que las crecidas del Nilo sobrevenían siempre en el momento en que el sol alcanzaba cierta posición entre las demás estrellas, se acabó por atribuir al sol el control sobre todo el ciclo vital del río, y se le consideró el dador de toda vida. Bajo diversos nombres los egipcios adoraron al sol durante milenios. El nombre más conocido del dios sol era Re o Ra.
Es posible que el culto del sol condujera de forma natural a la noción del ciclo de vida, muerte y renacimiento. Cada tarde el sol se ponía por el Oeste, y cada mañana se elevaba de nuevo. Los egipcios imaginaban al sol como un infante que aparecía por el Este, crecía con rapidez, alcanzando el pleno desarrollo a mediodía, la madurez al ir cayendo hacia el Oeste, y la vejez y la muerte al irse poniendo y desaparecer. Pero tras realizar un peligroso viaje a través de las cavernas del mundo subterráneo, volvía a aparecer por el Este, a la mañana siguiente, con el aspecto fresco y joven de un muchacho, renovando así su vida.
En las comunidades agrícolas no es fácil dejar de constatar que también el grano sigue un ciclo semejante, aunque más lento. Madura y es segado y, aparentemente, muere; pero de sus semillas puede nacer nuevo grano en la siguiente estación de siembra.
Con el tiempo, este ciclo de nacimiento, muerte y renacimiento se incorporó a la religión egipcia. Esta se centraba en el dios de la vegetación, Osiris, al que siempre se representaba bajo una forma totalmente humana, sin atributos animales. Según el mito, había sido Osiris quien había enseñado a los egipcios las artes y los oficios, incluida la práctica de la agricultura. En otras palabras, era la civilización personificada.
Según la leyenda, Osiris fue muerto por su hermano menor, Set. (Es posible que Set sea la personificación del desierto árido y seco, siempre al acecho para acabar con la vegetación, si, por alguna razón, la crecida del Nilo llegase a faltar.) La leal y amorosa esposa de Osiris, Isis, representada también con forma humana, había recogido su cuerpo y lo había devuelto de nuevo a la vida; pero Set había descuartizado el cuerpo, y uno de los fragmentos se perdió. Incompleto, Osiris no pudo seguir gobernando sobre los hombres vivos y descendió al mundo subterráneo, donde reinó sobre el dominio de las almas de los hombres, que allí descendían también después de la muerte.
Horus, hijo de Osiris y de Isis (representado por lo general como un dios con cabeza de halcón, por lo que tal vez constituya una supervivencia de los mitos primitivos incorporada a la nueva leyenda agrícola), completó la venganza matando a Set.
La narración encaja también en el ciclo del sol. Osiris representaba al sol poniente, muerto por la noche (Set). Horus es el sol naciente que, a su vez, mata a la noche. El sol agonizante desciende al mundo subterráneo, como Osiris.
Era natural que se llegase a asociar estos ciclos a la humanidad. Muy pocos aceptan la muerte, y a casi todos nos gustaría que la vida continuase de alguna manera más allá de la muerte, o que se «reavivase» después de morir, como sucede con el trigo y con Osiris.
Para garantizar este renacimiento del hombre hay que rendir el debido culto y propiciar a los dioses (en particular a Osiris), que tienen pleno poder sobre estos asuntos.
Los egipcios conservaban cuidadosamente los diferentes rituales, plegarias, himnos y cánticos que debían ser repetidos o cantados si se quería garantizar la supervivencia del alma después de la muerte. Tales rituales fueron acumulándose a lo largo de los siglos, como es lógico, pero en esencia provenían de los tiempos arcaicos e incluso, quizá, del Egipto predinástico.
Un documento que contiene una lista de estas fórmulas —una recopilación más bien heterogénea, sin una interrelación o un orden mucho mayor que el que puede hallarse en el Libro de los Salmos de la Biblia— fue publicado en 1842 por el egiptólogo alemán Karl Richard Lepsius. El escrito le había sido vendido por un individuo que lo había encontrado mientras saqueaba una vieja tumba.
El documento se suele denominar el Libro de los Muertos, aunque no es ése el nombre que le dieron los egipcios. La parte principal del libro es una lista de fórmulas y encantamientos para que el alma alcance y atraviese sana y salva la gran sala del juicio. Si era absuelta de todo mal (y la idea egipcia del bien y del mal se parece mucho a la de cualquier hombre honrado de hoy día), podía entrar en la gloria eterna con Osiris.
Parece ser que la salvación en la otra vida requería asimismo la presencia física del cadáver. Es probable que esta idea haya surgido del hecho de que en el suelo seco de Egipto los cuerpos se descomponen lentamente, de modo que los egipcios pensaron que la prolongación de la duración de la forma física del cuerpo era algo natural e incluso deseable, y buscaron medios para conseguirla.
Así, el Libro de los Muertos contiene instrucciones para la conservación de los cadáveres. Los órganos internos (que se descomponen mucho antes) se sacaban y se colocaban en jarras de piedra, si bien el corazón, como núcleo principal de la vida, volvía a ser metido en el cuerpo.
Posteriormente el cuerpo se trataba con productos químicos y se envolvía en vendas untadas con pez para hacerlas resistentes al agua. Los cadáveres embalsamados se llamaron momias, término derivado de la palabra persa para pez. (Pero ¿por qué persa? Pues porque los persas dominaron Egipto durante un tiempo en el siglo V a. C, y luego la palabra pasó a los griegos, y de los griegos a nosotros.)
El interés egipcio por la momificación derivaba quizá de la superstición, pero tuvo ciertos resultados muy útiles. Impulsó a los egipcios a estudiar los productos químicos y su comportamiento. De este modo se alcanzó un gran conocimiento práctico, y hay algunos que pretenden hacer derivar la palabra «química» de «Jem» o «Khem», la antigua denominación egipcia para su propio país.
Por si la conservación fallaba o la momia no era adecuada, se usaban además otros métodos para imitar la vida, a modo de «apoyo». Se colocaban en la tumba estatuas del muerto; numerosos objetos de los usados en vida por el muerto —instrumentos, adornos, modelos reducidos de muebles y de siervos, e incluso alimentos y bebidas— eran colocados en la tumba.
Luego, además, las paredes de la tumba se cubrían con inscripciones y pinturas que representaban escenas de la vida del difunto. Gracias a estas inscripciones y pinturas hemos obtenido muchos conocimientos sobre la vida cotidiana de los antiguos egipcios. Por ejemplo, en ella vemos escenas de caza de elefantes, de hipopótamos y de cocodrilos, y tenemos un ejemplo gráfico de la enorme riqueza del valle del Nilo en los tiempos antiguos.
Hay escenas de festines que nos informan sobre lo que comían los antiguos egipcios. Y contemplamos también pinceladas íntimas de la vida familiar y de niños jugando. Vemos que había calor y amor familiar; que las mujeres gozaban de una elevada posición en la sociedad (mucho más alta que entre los griegos); que a los niños se los mimaba a veces, y se era indulgente con ellos. Resulta más bien irónico que sepamos tanto sobre la vida de los egipcios gracias al interés de éstos por la muerte.
Los métodos para garantizar la vida después de la muerte llegaron a ser muy elaborados y muy caros. Quizá se debió esto a que en un primer momento se aplicaban tan sólo a los reyes. El rey (como solía ser el caso en muchas sociedades antiguas) era considerado representación de todo el pueblo en su relación con los dioses, por lo que, así, gozaba de los atributos de la propia divinidad.
Si el rey entraba en relación con los dioses de acuerdo con las fórmulas adecuadas, el Nilo se desbordaría y las cosechas crecerían, en tanto que la enfermedad y los enemigos humanos serían mantenidos a distancia. El rey lo era todo, pues el rey era Egipto.
Como era natural, cuando el rey moría ningún otro ritual era tan elaborado ni tan bello como el que se le dedicaba, pues se trataba de enterrar a Egipto, y todos los egipcios que habían muerto durante el reinado alcanzarían la vida eterna junto con el rey.
Con el paso del tiempo, sin embargo, y a medida que la riqueza de Egipto aumentaba, los distintos funcionarios importantes de la corte y los gobernadores provinciales —la nobleza— aspiraron también a un trato semejante.
Ellos también quisieron tumbas y exigieron ser momificados; desearon alcanzar una supervivencia personal, y no una ligada a la supervivencia del rey. Esto dio a la religión una base más amplia, pero contribuyó a desviar un peligroso porcentaje del esfuerzo nacional egipcio hacia un campo más bien estéril, el de los enterramientos. Esto, además, aumentó el poder de la nobleza hasta límites a veces muy peligrosos.
Dado que los ricos y poderosos tenían enterramientos costosos, era natural que surgiese la tendencia a «no ser menos que el vecino». Cada uno trató de superar a los demás, y las familias intentaron obtener prestigio a través de la magnificencia con que enterraban a sus difuntos.
Las riquezas enterradas con los muertos, bajo forma de metales preciosos, atrajeron naturalmente a los ladrones de tumbas. Los mejores métodos de preservar estos tesoros, de esconderlos, de cegar los accesos, de protegerlos con el poder de la ley y la invisible amenaza de la venganza de los dioses no bastaban para salvaguardar los tesoros, y son pocas las tumbas que han sobrevivido mínimamente intactas hasta nuestros días.
Nuestro primer impulso es, naturalmente, el de rechazar con horror a los ladrones de tumbas; primero, porque robar con miras a la ganancia personal es reprobable, y hacerlo a un muerto indefenso lo es aún más; y segundo, porque los arqueólogos se han visto privados, de este modo, de restos valiosísimos sobre el antiguo Egipto.
Por otro lado, tengamos presente que los egipcios, al enterrar tan insensatamente grandes cantidades de oro en una época en que no existía nada que, como el papel moneda, lo sustituyese, estaban descabalando innecesariamente su economía. Los ladrones de tumbas, cualesquiera hayan sido sus motivaciones, fueron útiles al menos para que las ruedas de la sociedad egipcia continuaran girando, al volver a poner en circulación el oro y la plata.
Son las tumbas, además, las que nos hablan de la creciente importancia de Menfis en la época Arcaica. Es una mera cuestión de números, pues hay una enorme cantidad de tumbas antiguas que horadan la piedra caliza de las lomas desérticas que bordean el valle del Nilo al oeste del antiguo emplazamiento de la ciudad de Menfis. Hoy en aquel lugar se alza una aldea llamada Sáqqara, y las tumbas se conocen por este nombre.
Las primeras tumbas eran estructuras oblongas, cuya forma se parece a la de los poyos rectangulares construidos en el exterior de las casas egipcias. Estos poyos se llaman mastabas en árabe moderno, y el mismo nombre se da a estas tumbas antiguas.
Las antiguas mastabas se construyeron de ladrillo. La cámara mortuoria, que albergaba los restos del difunto en un féretro protector, a veces hecho de piedra, estaba debajo, y solía estar, por razones de seguridad, cerrada. Por encima se hallaba una habitación abierta al público en la que se veían pinturas sobre la vida del muerto, y a la cual la gente solía acudir para rezar plegarias rituales por el muerto.
Algunas de las más antiguas tumbas de Sáqqara pertenecen al parecer a varios reyes de la I y II Dinastías. Si esto es así, ello quiere decir que Menfis fue su capital, al menos durante parte del tiempo.
 





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