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La insurrección del proletariado rural.

En el Libro LUCHAS SOCIALES EN LA ANTIGUA ROMA
Profesor LEÓN BLOCH
Editorial Claridad. Buenos Aires
Revista de Arte, Crítica y Letras
Tribuna del Pensamiento Izquierdista Fundada el 20 de febrero de 1922

La constelación política ofrecía en estas circunstancias un aspecto sumamente característico. Los candidatos a la regencia salían casi siempre de las filas de la alta nobleza y habían iniciado su carrera política bajo la protección del partido del Senado. Sus fines, en los que se mezclaban en un todo indisoluble ambición personal y convicciones políticas sinceras, no podían, por otra parte, realizarse más que al lado de la democracia, la cual solía acoger a estos "desertores" con los brazos abiertos . Era mucho más fácil agrupar al proletariado urbano alrededor de un nombre muy ilustre que alrededor del más generoso programa de un tribuno salido de la multitud anónima.

Además, la democracia no era, como la aristocracia, un partido basado en un programa unitario, sobre una comunión de intereses. Lo que la mantenía unida era algo negativo, la hostilidad hacia el Senado (grandes terratenientes y alta burocracia). Solamente así se puede explicar la alianza entre la caballería (capitalistas) y la multitud proletaria, alianza de la cual sacaba las principales y esenciales ventajas la primera en su lucha de competencia con la aristocracia de quien estaba íntimamente más cerca. De esta democracia burguesa, que indudablemente era más burguesía que democracia, el proletariado, si un día se debía llegar a la lucha decisiva, no tenía nada que esperar.

Sin embargo, la verdadera democracia, la social, no había muerto. El movimiento proletario había fermentado bastante tiempo en el pueblo, menos en la capital —donde a causa de las rencillas y diferencias personales dentro de los partidos, el voto como artículo de comercio tenía un precio más bien alto—, que en las campiñas itálicas. Aquí seguían vagando millares y millares de campesinos, expulsados de sus tierras por Sila, como bandidos sin pan y hogar, reforzados por los veteranos del mismo Sila, quienes habían suplantado antes a los primeros y que ahora debían sucumbir ante el latifundio que iba extendiéndose cada vez más. Mientras Pompeyo se encontraba aún en Asia en lucha contra Mitrídates , la crisis social estalló de nuevo en Italia y violentamente, perteneciendo también esta vez los conductores del movimiento a la alta aristocracia.

Ya a propósito de los intentos reformadores y revolucionarios de Sulpicio y Lépido hemos podido ver qué odiosas caricaturas sabe hacer una historiografía parcial de sus adversarios políticos. Mas ninguno aparece tan desfigurado en las exposiciones y representaciones de aquellos tiempos como el jefe principal del movimiento proletario estallado en el año 63. Su nombre provoca aún hoy casi generalmente una sensación de locura criminal: se trata de Lucio Sergio Catilina, representado con los colores más negros tanto en los tiempos antiguos como en los modernos. Retoño de una de las nobles y antiguas familias de Roma, se había adherido en la guerra civil a Sila como joven oficial y por cierto éste también habrá rendido su tributo al ciego furor partidario de aquella época. Muchas veces tuvo que dirigir ejecuciones punitivas y se puede, pues, admitir que tal vez haya rebasado en severidad y crueldad los límites de lo indispensable; pero el más grave de los reproches que se le hacen, el asesinato de su propio hermano, resulta probado demasiado débilmente para que se pueda repetirlo. El hecho es que, cuando fue acusado por tales ejecuciones conjuntamente con otros oficiales, él solo fue absuelto.

Lo que se nos refiere acerca, de la ulterior vida privada de Catilina, sería realmente espantoso si fuese cierto. Pero hay que observar que los reproches en su contra crecen en el transcurso del tiempo en gravedad y precisión. Cosas que los contemporáneos, a pesar de su encarnizada hostilidad hacia Catilina, no mencionan nunca o refieren sólo como suposiciones enteramente vagas, aparecen en los relatos posteriores como hechos incontrovertibles. Nunca fue llevado ante los tribunales por esos delitos —él habría asesinado a su primera esposa y a su hijastro—, mientras que por otra parte se intentaba, por cierto sin conseguirlo nunca, desacreditarlo con continuas acusaciones ante los jueces. Pero para los historiadores posteriores, la perversidad de Catilina se vuelve un tema obligado de declamación y cada cual se arroga el derecho de pintarlo tan honrrosamente como nadie lo hizo antes. Empero, la fama de Catalina no debió ser antes de su intentona revolucionaria tan mala, ni siquiera a los ojos de su enemigo más encarnizado, Marco Tulio Cicerón . Catilina y Cicerón presentaron su candidatura para el consulado del año 63. Como había también otros candidatos, Cicerón buscó un acuerdo con Catilina para presentarse juntos en una sola lista, pero Catilina rechazó el ofrecimiento, porque le era más simpático otro candidato. Más aún: Cicerón hasta había asumido poco antes la defensa de Catilina, cuando sus enemigos le habían acusado de haber esquilmado a la provincia de África, cuya gobernación tuvo después del desempeño de la pretura en Roma. El testigo de mayor confianza refiere que Cicerón sostuvo realmente la causa de Catilina, obteniendo con un discurso su absolución.

Desgraciadamente, este discurso no está conservado; por él tendríamos un retrato del hombre a quien conocemos, por las fuentes existentes, sólo como un monstruo "a la Ravachol".

Si queremos conocer la causa de esa deformación de la personalidad de Catilina en todas nuestras fuentes, tenemos que tomar como punto de partida su candidatura para el consulado. El vástago de una antigua familia patricia y en el camino de una espléndida carrera, sucumbe en la elección justamente frente a Cicerón, un "parvenú" ambicioso, retoño de una familia de caballeros poco destacada. Este hecho extraño encuentra su explicación en los problemas de la política interna que estaban pendientes en aquella elección. Iba preparándose algo grande. La convicción de que la situación del proletariado urbano y rural requería urgentemente un remedio, había conducido a la preparación de un proyecto, por el cual se promovía la solución del problema de la manera más radical y más amplia.

El proyecto fue presentado por el tribuno Publio Servilio Rulo, un fanático y utopista, pero que tenía indudablemente intenciones muy serias y honestas. Rulo propuso la elección de un Colegio de diez ciudadanos, que debía quedar en función por un período mínimo de cinco años y someter a una revisión radical los títulos de propiedad y posesión en toda Italia. No solamente se debían repartir todos los terrenos del Estado entre los que nada poseían; esta Comisión debía tener también la disposición ilimitada de todos los recursos financieros del Estado para crear, con adquisiciones dentro y fuera de Italia, una gran cantidad de predios. Tratábase evidentemente de un retorno a las ideas graquianas, pero en una extensión mucho más amplia, por cuanto por la transferencia de toda la administración financiera del Estado a aquella Comisión, por el empleo de todos los recursos públicos para las necesidades del proletariado, éste se convertía de hecho, y no sólo en abstracto, en el pueblo soberano de Roma.

Senadores y caballeros estaban amenazados por igual por esta ley. Aunque estaban resguardados contra la venta forzosa y la confiscación, la multitud hubiera llegado por la ley servilla a tal grado de poder en el Estado que ya no habría sido posible gobernarla con carnada tan flaca como lo eran los subsidios en dinero a los clientes, los repartos de granos o los juegos públicos. Pero ante todo amenazaban aridecerse sus grandes fuentes de recursos. Aforos, décimas, botín de guerra, contribuciones, debían, de ahora en adelante, ser invertidos por aquella Comisión en provecho del proletariado. Hasta los generales y gobernadores de provincias, hasta ahora casi completamente independientes, debían en el futuro estar sometidos a un exacto control financiero de la Comisión. Y era evidente que, transcurridos los cinco años, la función de esta Comisión hubiera sido prolongada, de manera que, por la fuerza de la rutina, se habría formado un gobierno colateral permanente, frente al cual el Senado, despojado de la dirección financiera, no hubiera tenido más que una sombra de existencia.

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Las exigencias de Rulo estaban basadas en una concepción absolutamente justa y sana. Si se querían distribuir los éxitos materiales de la política imperialista romana lo más equitativamente posible entre todos, no quedaba otro camino que el indicado por Rulo. También en este plan, igual que en las leyes de colonización de Graco y Saturnino, estaba incluido el gran pensamiento político - estatal de la descentralización, entonces accesible a los menos y que lógicamente hubiera tenido que surgir de inmediato de la emancipación de los itálicos. Empero, era justamente la descentralización el punto más apropiado para el comienzo y la intensificación de la agitación de parte de los adversarios. Nobleza y caballería, coaligadas de nuevo frente al peligro común en un bloque tan sólido como nunca lo fueran antes, sabían muy bien que, para determinar "a priori" el destino del proyecto ruliano, bastaba presentarlo en aquella forma ante la plebe urbana, la que en definitiva hacía inclinar en las votaciones la balanza en uno u otro sentido. Cualquier consideración hacia la población no romana era mirada con malos ojos.

Catilina —como resulta de su programa electoral, que nos fue trasmitido, por cierto deformado, por Cicerón y Salustio—, compartía enteramente el punto de vista proletario, es decir, de Rulo. Ambas clases privilegiadas desarrollaron contra la elección de Catilina la más violenta agitación. Su candidato común era justamente el "parvenú" Cicerón, quien fue elegido como representante del "cartel del orden", como él mismo lo llamaba, contra el candidato del proletariado revolucionario o rural. El segundo cónsul, Cayo Antonio, era un correligionario de Rulo y Catilina, pero incapaz, indeciso y ni siquiera seguro, estando más bien inclinado a pasar al campo adversario, si sus intereses personales lo hubieran requerido. En realidad, Antonio no hizo nada en favor del proyecto de Rulo una vez que Cicerón le hubo hecho brillar ante los ojos la promesa de una abundante provisión para el año siguiente. Tanto más fervientemente trabajaba Cicerón. En sus discursos inaugurales ante el Senado y la Asamblea popular combatió el proyecto de Rulo en la forma más resuelta, lo que se explica por el grave peligro que amenazaba los intereses del cartel del orden.

Humillante para la gran masa de la población urbana es, empero, el llamamiento que Cicerón dirigió a los más bajos instintos de la misma.
"¡No vayáis —decía la amonestación de Cicerón— a las colonias de Rulo! Vosotros no sacrificaréis, por cierto, por los duros trabajos de los campos, las ventajas que sólo aquí podéis gozar, vuestra influencia sobre los ciudadanos distinguidos, la vida libre, vuestros derechos electorales, vuestra consideración, la vista de la ciudad y del Foro, los juegos, las fiestas y todo lo que hay de bello en Roma". Se debería pensar que estas palabras son una pérfida deformación o invención de un adversarlo político; pero ellas se encuentran en el discurso pronunciado y publicado por Cicerón en contra de Rulo, y nosotros tenemos aquí un testimonio auténtico de la altura política de aquel "cartel del orden".

A Cicerón no se le puede hacer reproches ni desde su punto de vista fundamental, ni desde el de su táctica, y tanto menos se le puede acusar de inconsecuencia. Por cierto, había ido emergiendo como demócrata y al asumir el consulado se pone a la cabeza del partido del Senado. Pero Cicerón había sido demócrata sólo en cuanto la caballería se había unido por un cierto tiempo al proletariado para la lucha contra la dominación del Senado. Cuanto más innatural había sido esta alianza, tanto más natural fue la coalición del Senado y la caballería, el "cartel del orden", frente a las nuevas ideas social-revolucionarias. Cicerón, el más grande parlamentario de Roma, quien con sus magníficos discursos, llenos de temperamento, espíritu y humor, se embriagaba a sí mismo y a los demás, no era, sin embargo, un hombre de Estado genial. Igual que casi todos sus contemporáneos, tampoco comprendía el nuevo partido, el que, a su vez, era apenas consciente de su homogeneidad. No se encontraba muy bien en la nueva agrupación, la demócrata, considerándola como una anormalidad morbosa y criminal, tal como hace pocos decenios se usaba tratar a la socialdemocracia y especialmente a sus dirigentes salidos de los círculos burgueses. Por lo demás, Cicerón tuvo suerte con sus discursos. El proyecto de ley de Rulo cayó antes aun de la votación y el proletariado itálico se encontraba de nuevo ante la tumba de una esperanza.

Empero, Catilina no se dio por vencido, y al año siguiente se presentó de nuevo como candidato al consulado sobre la base de su programa proletario. En masa llegaron a Roma de todas partes de Italia los proletarios para la elección de los cónsules, pero también esta vez inútilmente, siendo elegidos dos ardientes enemigos de toda reforma. La agitación electoral fue intensísima y la compra de votos no solamente fue consumada, sino hasta aprobada. Pero justamente esta salvaje agitación de los enemigos de la reforma sirvió de lección a los partidarios de Catilina, a quienes también las clases poseedoras, y hasta senadores y caballeros, llevaron ahora un contingente numeroso de "socialmente despertados". Ahora era evidente que nada podía conseguirse por los medios constitucionales y que un cambio podía obtenerse sólo por el camino de la violencia. Para una sublevación armada no faltaban fuerzas. Por doquier vagaban bandas de proletarios, amenazando la vida y los bienes de los habitantes.

Catilina quería evitar, hasta tanto fuera posible, aquel camino. Eran los adversarios quienes deseaban ardientemente el estallido de la revolución, para poder librarse de esta fracción de sus adversarios ya antes del regreso de Pompeyo de Asia. Cicerón llegó al extremo de la provocación y tuvo al fin éxito. Catilina, después que hubo organizado en Roma el partido revolucionario, abandonó la capital y se puso, en Etruria (Toscana), a la cabeza de las más fuertes de aquellas bandas. Intentó convertirlas en un ejército bien ordenado y ponerse de acuerdo con los insurrectos de las otras regiones para un ataque general contra Roma. Mientras tanto se proclamó en la capital el estado de sitio y se armaron varios ejércitos, los que se apresuraron a marchar hacia las regiones amenazadas. Al mismo tiempo se procedió contra los adherentes de Catilina en Roma con encarcelamientos y ejecuciones del todo ilegales . La guerra estalló antes de que Catilina hubiera podido efectuar los preparativos necesarios. Una vez más el "cartel del orden" logró triunfar. Sobre las alturas de Fiésole,. cerca de Florencia, el ejército de los insurgentes quedó destruido (62 a. d. C. ); Catilina cayó y de nuevo el movimiento proletario se encontraba sin conductores.

Catilina, es cierto, se había vuelto revolucionario, impulsado por las circunstancias y por las provocaciones de sus adversarios; pero la revolución violenta había ya llegado a ser un instrumento indispensable de la evolución política. Si quiso llevar un ejército contra Roma, no hizo más que lo que hicieron, antes de él, Sila y Mario y lo que poco después haría Julio César. Por esto no se puede, por cierto, ver en Catilina un criminal. Lo que él emprendió, estaba al servicio de una causa buena, la que le preocupaba más que su propia carrera política. Pero sus adversarios fraguaron las leyendas más estúpidas y más espantosas para desacreditar, una vez por todas, al movimiento proletario, para marcar a fuego el partido del proletariado como el partido de la anarquía, para hacer aparecer su propia lucha contra la reforma social como una lucha contra la subversión. El que quiere aceptar como moneda pura todo lo que Cicerón, su hermano Quinto Cicerón y Salustio, representante de la democracia "burguesa", han recogido e inventado para ese fin, lógicamente tendría que juzgar también a Cayo Graco según las manifestaciones de Cicerón o a Napoleón según las de Volfango Menzel. Empero, si el arte político de Catilina hubiese consistido en asesinar e incendiar, sus partidarios no se hubieran reunido, por años y años, en el aniversario de su muerte alrededor de su tumba para honrar píamente la memoria del caído glorioso, del cual tanto habían esperado. Y muy difícilmente en las elecciones para el año 63 hubieran votado tantos ciudadanos al mismo tiempo por Catilina, el amigo de la reforma, y por Cicerón, el representante del "cartel del orden".

La así llamada "Conjuración de Catilina", cuyo único fin era la elección del jefe del partido para cónsul, nos ha ocupado largamente, por cuanto este hecho constituye la única explosión real de la fermentación proletaria en la época post-silana. Que el éxito faltara, hay que atribuirlo sólo en parte a la imperfección de la organización; en realidad, el movimiento no tuvo el hombre idóneo que supiera tomar las riendas del gobierno con mano firme, con sentido práctico y con amplias perspectivas, en oposición a los poderes dominantes. Ni Rulo ni Catilina tenían esas condiciones. Más aún: desconocieron la situación hasta el punto de considerar la reforma social conciliable con un imperio mundial republicano. Tampoco gozaban del crédito entre la multitud, para poder destacarse con alardes de aspiraciones monárquicas. A una multitud en general y al proletariado romano en particular se imponía al fin y al cabo sólo el hombre de guerra. Si ellos hubieran tenido en sus filas a Pompeyo, el éxito habría sido posible. Tenían lo que faltaba a Pompeyo para erigirse en dueño de Roma: ideas políticas positivas y arrolladuras, mientras que aquél poseía lo de que ellos carecían: los medios del poder, familiaridad con su uso y la fama de irresistible a raíz de sus éxitos militares. Aun cuando la aristocracia temiera una estrecha unión de Pompeyo y el partido de la reforma, este último no quería tener vinculación alguna con aquél justamente a causa de sus veleidades monárquicas, buscando, en cambio, convertir el "Colegio de los diez" en un poder que debía contener no solamente a la camarilla aristocrática, sino también las aspiraciones monárquicas.

 



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