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La victoria de los itálicos. Incapacidad de la democracia romana. Restablecimiento de la dominación del senado.

En el Libro LUCHAS SOCIALES EN LA ANTIGUA ROMA
Profesor LEÓN BLOCH
Editorial Claridad. Buenos Aires
Revista de Arte, Crítica y Letras
Tribuna del Pensamiento Izquierdista Fundada el 20 de febrero de 1922

Los Confederados estaban por fin cansados de tantas artimañas e incumplimientos. Su última esperanza había sido defraudada y el asesinato de Druso fue la señal para una insurrección general. En poco tiempo la guerra se encendió en todo el territorio itálico. Las alternativas de esa guerra, larga y violentísima (91 - 88), no interesan aquí; de ellas nos limitamos a destacar la conciencia que de sus derechos habían adquirido los itálicos. Roma pudo salvarse sólo gracias a un gran espíritu de condescendencia y el precio de la paz, al finalizar el primer año y medio de guerra, fue la concesión de la ciudadanía romana a todos los Confederados itálicos que desearen obtenerla dentro de un plazo determinado. No se llegó, naturalmente, a ese resultado sin un pequeño regateo, que recuerda la táctica de los patricios durante las luchas con los plebeyos. En efecto, se quiso distribuir a los nuevos ciudadanos entre un pequeño número de distritos (tribus), para impedir de este modo su prevalencia en las votaciones. Aunque gran parte de los itálicos aceptó la paz a pesar de tal limitación o imperfección, ésta tenía que dejar bastante materia inflamable. Con la concesión de los derechos civiles se daba sólo el primer paso hacia la solución del problema itálico.

La forma de la Ciudad - Estado, por la cual el ejercicio de los derechos políticos estaba subordinado a la presencia personal en Roma, habría asegurado siempre una posición predominante en el Estado a la metrópoli y a sus viejos ciudadanos . Eran particularmente los campesinos samnitas y lucanos , quienes no estaban absolutamente dispuestos a conformarse con esos derechos puramente exteriores, los que sólo les ataban aún más estrechamente a la política mundial, que costaba tantas cargas y sacrificios. Tendían, por eso, a separarse de un Estado en el cual el campesinado podía ser siempre siervo, pero nunca dueño. Sólo después de largas y graves luchas reconocieron también ellos al Estado itálico unificado (88). Mas su resistencia enseña que el otorgamiento de los derechos civiles había hecho entrar la cuestión en una nueva etapa, pero que de ninguna manera la había solucionado. La parte que aún quedaba y la más difícil era la de crear para Italia un gobierno, una constitución, una administración que satisfacieran las justas pretensiones de todos sus ciudadanos.

Pero también entre los ciudadanos romanos los contrastes se habían, mientras tanto, reagudizado profundamente. De la guerra itálica, conducida con extraordinaria exasperación, la situación económica había salido desquiciada en proporciones espantosas, y esta vez, lo que es comprensible, dada la existente repartición de las tierras, habían sido perjudicados enormemente en sus bienes y rebaños en primera línea los grandes terratenientes. Los grandes capitalistas, es decir, los caballeros, quienes habían invertido partes importantes de sus bienes en tierras itálicas, habían sufrido también muchos daños, pero podían compensar las pérdidas con las ganancias obtenidas en otros campos de actividad. Esta crisis económica puso de nuevo una frente a otra a la nobleza y a la caballería. Los capitalistas buscaban, por supuesto, sacar ventajas de la situación, exigiendo con despiadada severidad de los agricultores insolventes el pago de las amortizaciones e intereses. En su apremio los agricultores no supieron hacer más que recurrir a la exhumación de la vieja y absurda prohibición de cobrar intereses, la que, no obstante el cambio ocurrido en las relaciones económicas, aún no había sido suprimida. Al contrario, según la Ley de las Doce Tablas, los acreedores podían ser acusados ante el jurado por una suma cuádruple de los intereses cobrados. El pretor urbano, Aselio, quien debía intervenir en esos procesos, después de vanos esfuerzos de conciliación dio a conocer que habría aplicado a la letra la Ley de las Doce Tablas, así que el capital vino a encontrarse en una situación de grave apuro. De nuevo se pensó recurrir al medio ya usual, el asesinato. Mientras estaba celebrando un sacrificio en la plaza del mercado, Aselio fue muerto a puñaladas, y a pesar de la talla puesta sobre su cabeza, el asesino no fue nunca encontrado. En todo caso, los asesinos consiguieron su fin: nadie se atrevió más a poner en vigor la antigua prohibición de cobrar intereses. El proletariado no estaba directamente interesado en la cuestión de los créditos, podía eventualmente hacer mejores negocios con los caballeros que con la nobleza y, además, estaba disgustado con el gobierno, porque éste no había sido capaz de rechazar los pedidos de los itálicos.

No era tan fácil salir de ese caos. Solamente aficionados de la talla de Livio Druso podían imaginarse la manera de encontrar una salida antes de que el antiguo orden de cosas se hubiera desquiciado bastante. Un optimista honorable, pero un hombre de Estado poco práctico era el tribuno Publio Sulpicio Rufo, el orador más poderoso de su época.

Como Druso, de quien había sido amigo, también creía poder realizar plenamente sus proyectos basándose en el contenido ético de los mismos. También acariciaba la idea de la conciliación y, suprimiendo los motivos más evidentes de recriminación, trataba de encauzar la evolución por sendas tranquilas. Para combatir la corrupción de la burocracia, propuso que se destituyera de su cargo cualquier senador que tuviera una deuda de más de 2.000 denarios (cerca de 1. 500 marcos): una idea muy buena, por cierto, pero solamente un niño podía creerla realizable en las condiciones de entonces. Reclamó luego una amnistía para los amigos de Druso, condenados y deportados por ser amigos de los itálicos, sin darse cuenta de que con esto irritaba vivamente a los caballeros, quienes habían logrado con aquellos procesos alejar de Roma a sus adversarios políticos más aborrecidos. Y, finalmente, urgió una aplicación más seria de la igualdad civil y política, tanto respecto de los itálicos como de los libertos distribuidos entre las cuatro tribus urbanas: es decir, pidió su distribución en todos los distritos electorales, suscitando de este modo el disgusto de la multitud. En cambio, encontró para sus planes el apoyo de los ex confederados y de los libertos. Aunque fuese pequeño el alcance de los proyectos, éstos resultaron aprobados sólo gracias al empleo de la violencia, agregándose así nuevos motivos de lucha a los anteriores, cuya eliminación había estado en las intenciones de Sulpicio.

Parece que Sulpicio no contemplaba en su plan primitivo la idea monárquica; al contrario, la regeneración del Senado por él proyectada da más» bien la impresión de que Sulpicio pensaba todavía en el restablecimiento del antiguo régimen senatorial. La noticia de que había agrupado en torno suyo 3. 000 mercenarios y constituido con hijos de familias de caballeros un contra - senado a él devoto, se encuentra en las memorias de su enemigo mortal, Sila, quien en aquel año (88) ocupaba el consulado y se había hallado a menudo en situaciones muy difíciles y humillantes ante el proceder impetuoso de Sulpicio. Pero en el curso del año Sulpicio comprendió que sin un brazo fuerte que convirtiera en hechos las buenas intenciones, se habría gastado inútilmente inteligencia y valor. Hacían falta el puño de hierro de un hombre de guerra, un nombre célebre, y un ejército acostumbrado a la victoria. No porque Sulpicio desesperara de encontrar una solución pacífica, pero era menester que los recalcitrantes y opositores supieran que el nuevo orden estaría suficientemente respaldado también por reales factores de fuerza. En el campo de la gloria militar nadie podía competir con el viejo Cayo Mario. El vencedor de Yugurta en África y de los cimbros y teutones en las Galias, había conquistado nuevos laureles en la guerra itálica, y aunque como político se había portado bastante mal con su partido, llegando hasta a traicionarlo, como jefe de un ejército era el aliado más precioso. Por estas razones Sulpicio escogió a Mario como protector de su obra.

La situación exterior contribuía muchísimo a agravar la caótica situación interna. Mientras en Italia ardía la guerra con los Confederados, en Oriente el genial y enérgico Mitridates, rey del Ponto , ponía en peligro las posesiones de Roma, habiéndose ya apoderado de la provincia romana Asia (ex reino de Pérgamo). A raíz de una orden por él dada, todos los itálicos radicados en aquella provincia fueron muertos. La población acogió a Mitridates como libertador: la administración romana cosechaba lo que habían sembrado sus ávidos funcionarios, empresarios y arrendatarios. Ya Mitridates empezaba a confiscar también las posesiones provinciales romanas en Grecia. Mientras tanto los ejércitos romanos permanecían aún en Italia, no habiéndose todavía logrado la sumisión del Samnio y de las Apulias. El cónsul Lucio Cornelio Sila debía salir cuanto antes para el Oriente con las tropas necesarias, Pero su partida quedó nuevamente aplazada.

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El mando supremo en Asia era de máxima importancia también para la situación interior, para la nobleza y para la caballería. El general, una vez terminada felizmente la guerra, hubiera tenido que reformar la constitución y reorganizar la administración del país, completamente arruinado. Los caballeros (capitalistas) tenían todos los motivos para desconfiar de Sila, conocido como ultraconservador y que no habría tenido consideración alguna por sus intereses. Importaba, pues, enviar contra Mitridates a un general que no sólo aniquilara al poderoso enemigo, sino que también sirviera dócilmente los intereses de los caballeros. También las miradas de éstos se fijaron en Mario, tanto más cuanto que ya no era de temerse su política proletaria. ¿No había dado Mario en su sexto consulado pruebas de total incapacidad política? Sulpicio, por su parte, podía secundar los deseos de los caballeros, por más repugnancia que éstos le inspiraran. El prestigio de Mario no podía ser acrecentado más que por los probables éxitos en la guerra de Oriente, y la alianza con él, aunque ausente, adquiría por eso mismo mayor valor. Sulpicio propuso, pues, en la Asamblea popular que se entregara a Mario, en lugar de Sila, la dirección de la guerra contra Mitridates, y la Asamblea aprobó la propuesta.

Empero, ahora se hizo manifiesto el cambio que se había producido en la situación. Mario mismo, más que ningún otro, había contribuido a la transformación del ejército ciudadano en ejército mercenario, para el cual el general en jefe reemplazaba a la patria. Las legiones, a quienes Sila condujo a la victoria en la guerra itálica, rehusaron la obediencia a la ley, y los tribunos que les comunicaron el nombramiento de Mario, fueron despedazados. Sila no hizo más que secundar las inclinaciones de sus soldados al marchar con ellos desde la Campania contra la capital. Roma fue expugnada por romanos y en seguida Sila restableció en toda su amplitud el poder del Senado. Se restringieron las atribuciones del tribunado y hasta se reemplazó con la vieja la constitución reformada de las centurias. En el terreno social no se hizo nada, excepto la fijación de un tipo máximo de interés, con el cual se ayudaba prevalentemente a los terratenientes nobles, que necesitaban créditos. Las leyes de Sulpicio quedaron abrogadas; Sulpicio, Mario y otros jefes del partido popular fueron desterrados. Y si Mario logró salvar su vida después de una fuga larga y accidentada, Sulpicio, en cambio, cayó víctima de su ingenuidad política (88 a. d. C).

Sila creía haber impuesto el orden de una manera radical y definitiva sólo porque los opositores guardaban silencio a consecuencia de los usuales "métodos militares". Se sintió tan fuerte y seguro en su posición, que acogió tranquilamente la elección a cónsul de un adversario político, Lucio Cornelio Ciña, limitándose a exigirle que jurara las nuevas leyes. Mas, apenas salido Sila para el Asia, los caballeros, quienes habían sido despojados por él de toda su influencia política, sintiéronse librados de un gran peso y de inmediato abrieron las hostilidades. El proletariado, que había sido tratado por Sila sólo como enemigo, se unió a los caballeros. Mario, que se encontraba refugiado en África, fue llamado a Roma y nuevamente se desencadenó la lucha dentro y fuera de las murallas de Roma. La revolución triunfó. Mario y Ciña entraron en la capital a la cabeza de su ejército victorioso. Mario volvió a ocupar, por séptima vez, el consulado (86 a. d. C).

No obstante haber esta así llamada democracia afirmado, bajo la dirección de Ciña, por el espacio de cuatro años su poder en Roma, las ideas democráticas — prescindiendo del restablecimiento de las leyes sulpicias y de la abolición de las de Sila— no indican el más mínimo progreso. Todo lo que Ciña y sus adherentes hicieron —Mario estaba espiritualmente deshecho y falleció el 179 día de su séptimo consulado— fueron meros expedientes. Pequeños repartos de granos, alguna distribución de tierras, una reducción de todas las deudas, de los alquileres, etc., en 75 %: con tales medidas se creía poner de nuevo en movimiento la economía profundamente desquiciada. No podían, por lo demás, faltar las venganzas contra el partido del Senado. Sila había dado un mal ejemplo desterrando a sus enemigos y confiscando sus bienes, aunque limitara esas medidas a los jefes principales. Mario y Ciña contestaron con verdadero furor. Casi todos los miembros destacados del partido del Senado, excepto los que lograron huir, fueron muertos y sus bienes sirvieron para proveer de tierras a los veteranos de Mario y para cubrir los gastos de las distribuciones de cereales entre los proletarios. Los caballeros, a quienes tal subversión de las relaciones de propiedad no era ciertamente simpática, tenían forzosamente que seguir apoyando al partido revolucionario, para evitar que éste se volviera también contra ellos. Cómo se haya procedido en este baño de sangre, se desprende del hecho de que el más valiente entre los oficiales de Mario, Quinto Sertorio, condujo sus tropas contra las bandas asesinas, haciendo matar en un solo día a 4.000 "marianos".

Semejante régimen, que ni tenía idea de lo qué quería, ni sabía cómo se quiere algo, no era apto para conducir la lucha contra un sistema, por más impopular que fuera. Por cierto, Sila tenía poco terreno en Italia, como lo demostró la victoria conseguida por los marianos con poca dificultad. Mas ese pretendido régimen democrático se desmoronó rápidamente, como rápidamente había surgido, no bien Sila hubo regresado a Italia del Asia con su ejército victorioso (83 a. d. C). Si no hubiese sido por los samnitas y otras estirpes itálicas, quienes estaban aún en armas desde las guerras de los Confederados y no querían saber nada de la unidad itálica, los enemigos romanos de Sila no hubieran podido detener por largo tiempo su entrada en la capital. Pero como aquellas poblaciones, con sus tropas campesinas vigorosas, aunque defectuosamente dirigidas, le cortaron el camino, una nueva guerra asoló por casi dos años (83-82) al pobre país, logrando por fin Sila entrar en la capital, evacuada por sus enemigos después de una última y sangrienta batalla bajo los muros de la misma
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Que el régimen de esta democracia, puramente destructora, no haya tenido larga duración, debe considerarse como una fortuna para la cultura humana en general y para la democracia en particular. También Sila se mostró feroz hacia sus enemigos. Como ya Mario y Ciña, aseguró tierras y bienes a sus fíeles, matando, desterrando y despojando a los vencidos. Los caballeros tuvieron que pagar muy cara su innatural alianza con el proletariado. Sus enormes riquezas, mobiliarias e inmobiliarias, fueron el principal objeto de la codicia adversaria, y, al leer los relatos de tantas monstruosidades, uno se pregunta si toda la táctica de aquella época sólo consistía en el asesinato y el robo. Hay, sin embargo, que tener en cuenta que Sila debía ejercer represalias por la matanza de sus compañeros de clase y de partido y que según los conceptos éticos de entonces la represalia no podía efectuarse de otra manera. Satisfecho ese deber de venganza, Sila no dio por terminada su misión con esto, sino que hizo con su constitución una tentativa sincera y seria, aunque insuficiente, de dejar un orden de cosas vital.
 



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