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Reacción y revolución hasta el estallido de la guerra itálica.

En el Libro LUCHAS SOCIALES EN LA ANTIGUA ROMA
Profesor LEÓN BLOCH
Editorial Claridad. Buenos Aires
Revista de Arte, Crítica y Letras
Tribuna del Pensamiento Izquierdista Fundada el 20 de febrero de 1922

El poderío del Senado pareció restablecido. Pero justamente después de la represión sangrienta de los intentos reformadores resultó evidente para todo el mundo que la nobleza romana ya no estaba en condición de conservar su capacidad de gobierno. Si ella hubiera podido obedecer libremente a las inclinaciones de su corazón, habría eliminado ciertamente todas las odiadas innovaciones. Pero esto no lo consiguió sino en medida muy limitada. Así la ley agraria —la que por un lado ponía un freno nada grato, por la cláusula de la inalienabilidad, a la avidez de los grandes terratenientes y por el otro perjudicaba también la libertad personal de los nuevos propietarios—, no fue abrogada, pero se le quitó toda eficacia. Primeramente fue permitida la venta de los predios creados por aquella ley. Por lo demás, la inalienabilidad constituía un anacronismo para aquellos tiempos. Ya no era posible salvar un ideal sobrevivido, como el Estado campesino itálico, y así se produjo en breve de nuevo la suplantación y el empobrecimiento de los pequeños propietarios . Una segunda ley convirtió en propiedad privada todos los terrenos del Estado en posesión de particulares, con excepción de las grandes extensiones en la Campania, que siguieron arrendándose. Sólo un impuesto, cuya recaudación debía ser distribuida entre el proletariado romano bajo la forma de subsidios en mercaderías, debía recordar la anterior situación jurídica; pero pocos años después, y precisamente un decenio después del tribunado de Cayo Graco, también esa contribución fue suprimida.

Sin embargo, el partido del Senado tuvo que mantener las distribuciones de cereales. Cayo Graco por lo menos había hecho exigente al pueblo. Las distribuciones de granos se convirtieron pronto en manos de los gobernantes en un medio seguro de atracción y apaciguamiento. Alguna que otra vez el partido del Senado hasta tomaba la iniciativa para un aumento de la cuota por distribuir, mientras que esta generosidad podía encontrar, por lo sospechosa, la oposición de parte de los demócratas; un tribuno, que más tarde debía hacer hablar mucho de sí, Cayo Mario , inició dignamente su carrera política oponiéndose a semejantes maniobras de la nobleza.

También la clase de los caballeros afirmó sus nuevos privilegios, especialmente en lo referente a los jurados. En general, la reacción estaba esencialmente condicionada por la falta momentánea de jefes en las filas de sus adversarios. El resultado principal fue que el pueblo dejó nuevamente al Senado mano libre en los asuntos de gobierno, renovándose de este modo el viejo favoritismo de clase y de casta. Pero tal situación no debía durar largo tiempo.

Mientras hasta entonces la política exterior había sido considerada por el partido popular como campo reservado a la clase senatorial, el nuevo jefe del proletariado, Cayo Mario, logró quebrantar, justamente en este campo, la autoridad y la reputación de la antigua nobleza. En el África del Norte, en la Numidia , un pretendiente al trono, Yugurta, había expulsado del país a los dominadores legítimos, quienes estaban bajo la protección de Roma, mientras desde el Norte de Italia amenazaba la existencia del Estado una invasión de razas germanas —los cimbros y teutones—, preludio de la gran transmigración de los pueblos. En la guerra contra Yugurta (111-105 a. d. C). los cónsules y generales salidos de la vieja nobleza habían rebasado, por corruptibilidad e incapacidad, todo límite imaginable. Con razón pudo exclamar Yugurta, en ocasión de una estada en Roma: "¡Oh ciudad venal, qué pronto te venderías si encontraras quién te comprase!". Y cuando dos generaciones después el historiador Salustio, amigo y ayudante de César, quiso mostrar con los colores más vivos la depravación del régimen aristocrático, escribió una historia de la guerra yugurtina. También en las guerras contra los germanos (113- 101 a. d. C. ) hubo negocios sucios, por ejemplo la sustracción del botín de guerra por el general en jefe; mas fue, ante todo, la ineptitud de los generales la que puso a Roma en el más grande de los peligros. Y de ambas guerras volvió a Roma, coronado con los laureles del triunfo, el nuevo hombre de confianza del pueblo, Cayo Mario, el mismo en cuya carrera política inicial se había saludado el retorno de los Gracos . ¡ Un hijo del pueblo, el retoño de una pobre familia de clientes, sobre el carro triunfal, hasta entonces considerado posesión exclusiva de las altas familias nobles! Aun cuando en la guerra numídica la victoria pudo haber sido más bien obra de la suerte y de su valiente predecesor, Quinto Cecilio Mételo, en aquellas contra los cimbros él había sido realmente el salvador de Roma, y con razón la gratitud popular lo saludó "tercer fundador de Roma".

Pero en los campamentos militares Mario había experimentado un cambio fatal. No había quedado nada del político hábil y reflexivo, tal como se reveló, en cambio, en el cargo de tribuno. El fuerte perfume de los laureles guerreros había anublado su clara inteligencia, a tal punto, que desde ahora en adelante no es posible encontrar en él rasgo alguno de ideas políticas. Olvidó su origen y sus deberes democráticos, derrochando sus energías en un culto vano y vacuo de su personalidad. Con júbilo el pueblo lo había llevado a las alturas del poder, demostrándole, con rara constancia, en tiempos peligrosos, su plena confianza con continuas reelecciones. En realidad, fue un caso inaudito el de verlo subir en el año 100, concluidas ya las guerras contra los germanos, por sexta vez, al consulado. Esta elección no era más que una exhortación del pueblo para que quebrantase el poderío del enemigo interno, del partido del Senado, como había ya hecho con el enemigo externo. Los jefes espirituales del partido popular, el tribuno Apuleyo Saturnino y el pretor Servilio Glaucia, confiaban poder realizar su gran programa al reflejo del esplendor que irradiaba la figura de Mario. Aun cuando faltaba a Mario casi todo lo que podía hacer de él un Graco, y precisamente el claro conocimiento de toda la maquinaria estatal, la visión profunda de los factores de la crisis social y la dedicación desinteresada a la función política, disponía, sin embargo, de medios más poderosos que los de sus predecesores. Bajo Mario se había efectuado completamente la transformación del ejército ciudadano en ejército mercenario; él había introducido, mediante comisarios especiales para las conscripciones, un sistema de enrolamiento bien estructurado, y con tal ejército Mario creía poder contar incondicional-mente también para sus planes de política interior. Su aspiración inmediata era la de asegurarse esa fuerza y, apoyado en ella, realizar también el sueño de su vanidad, el poder unipersonal, idea esta que ya flotaba en el aire como solución de las complicaciones políticas. Los jefes del partido popular, Saturnino y Glaucia, dotados de mucha capacidad política, no podían de ninguna manera contar con una posición como la de Mario y estaban por eso en un todo dispuestos a allanar el camino a aquél. Ellos sabían que Mario hubiera sido, como figura representativa, de un valor inapreciable, pero que en el terreno político - social habrían tenido que empujarle como a un títere.

Fue Saturnino el que comprendió en todo su alcance las ideas de los Gracos y que las creyó- realizables después de las victorias de Mario. Ya en su primer tribunado propuso que las tierras conquistadas en la guerra yugurtina fueran distribuidas a los conquistadores, los veteranos del ejército mariano, y precisamente en lotes de 25 hectáreas.

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Enamorado de su idea, no respetó ni el veto de otro tribuno; por el contrarío, instigó contra éste al pueblo, que en un tumulto callejero lo mató a pedradas. En general, Saturnino fue un revolucionario en el verdadero y completo sentido de la palabra. También su segunda elección a tribuno la consiguió sólo mediante el asesinato del candidato adversario. En su segundo tribunado Saturnino presentó un proyecto de colonización mucho más radical. Propuso el establecimiento de colonias en Grecia, Macedonia, Sicilia y, ante todo, en la Galia, de donde las tribus germanas acababan de ser desalojadas a raíz de las victorias de Mario y donde, además, ya existía desde hacía 18 años una colonia romana, Narbona (la actual Narbonne). Los implementos necesarios (utensilios, víveres, semillas) debían ser adquiridos con los bienes confiscados a los aristócratas condenados por malversación y peculado. Como la ejecución de este gigantesco proyecto tenía que ser confiada a Mario, tanto más cuanto que la mayor parte de los colonos debían ser viejos soldados suyos —ciudadanos romanos y confederados—, aquél hubiera podido convertirse por largo tiempo en dueño de Roma o, mejor dicho, por su intermedio el partido! demócrata revolucionario, cuyo fin más esencial era la descentralización del poder.

El error principal cometido por Saturnino fue de carácter táctico. Sus intenciones se manifestaron en su ley de colonización tan abiertamente, que hasta los círculos que acompañaran a Cayo Graco empezaron a vacilar. Realmente seguros eran sólo los veteranos del ejército mariano, quienes debían gozar preferentemente de las ventajas inmediatas de la nueva ley y a los cuales no podía desagradar en lo más mínimo la eventual posición predominante del general tan venerado por ellos. Mas los caballeros y los proletarios urbanos estaban poco conformes con el plan de Saturnino. La equiparación de las provincias hubiera perjudicado gravemente los espléndidos y pingües negocios de los caballeros. Por otra parte, el proletariado de la capital prestaba demasiada atención a los oradores de la nobleza, cuando éstos le pintaban la vida ociosa en Roma, con sus repartos de granos y sus juegos en los circos ("panem et circenses"), como el ideal digno de un ciudadano romano soberano y, al contrario, la vida rural en las provincias lejanas como miserable y oscura. En su plan, Saturnino se había acordado también de los Confederados itálicos, y esto era suficiente para excitar en sumo grado la nerviosidad de la plebe, a la que sus adversarios supieron explotar como el mejor medio de agitación. Saturnino, como ya antes Graco, intentó captarse el favor de las masas con una nueva ley demagógica, reduciendo el precio del grano por repartir entre los necesitados a cerca de 1115 del precio del mercado . Por lo demás, sobre este punto los aristócratas estaban siempre dispuestos a tratar y transigir.

Cuando se debía pasar en la Asamblea popular a la votación sobre las leyes de colonización y granos y desde varias partes se presentó el veto, Saturnino hizo caso omiso de todas las protestas. Se produjeron peleas y escenas tumultuosas. Saturnino anunció la aceptación de la ley y para completar la victoria se impuso al Senado jurar la nueva ley "pro capite", nominalmente. Un solo senador, el predecesor de Mario en la guerra numídica, Quinto Cecilio Mételo, tuvo el valor de rehusar este juramento y prefirió el destierro, a pesar de que algunas cláusulas restasen a aquel acto casi toda su eficacia. Las cláusulas —hecho muy significativo para la situación— provenían del mismo Mario.

Mario no era un hombre consecuente y se había vuelto un egoísta ambicioso. Equilibrándose entre los dos partidos, esperaba llegar más seguramente a la meta. Su conducta ambigua en el asunto del juramento había turbado muy sensiblemente las relaciones entre él y sus aliados Saturnino y Glaucia. Sin embargo, se llegó a un acuerdo acerca de las candidaturas para el año siguiente, haciéndose, como, por lo demás, era ya costumbre, caso omiso de la Constitución. El pretor Glaucia presentó, contrariamente a las disposiciones de la ley, su candidatura para el consulado, mientras Saturnino debía ocupar de nuevo el tribunado. A cuáles expedientes tuviera que recurrir Saturnino para levantar su crédito ante el pueblo, lo demuestra la aparición del "falso Graco", que se presentó como hijo de Cayo Graco. No obstante haber la familia de los Gracos rechazado con indignación al impostor, la multitud acogió con entusiasmo indescriptible el nombre querido y eligió tribunos a Saturnino y al falso Graco. Mas el candidato opositor de Glaucia, un demócrata moderado, Cayo Memio, tenía mayores probabilidades de éxito y, no pudiendo ser eliminado de otro modo, Glaucia lo hizo matar en el Foro el mismo día de la elección. Este, por cierto, no era el camino que debía conducir al triunfo de la revolución. El Senado declaró el estado de sitio y llamó a los ciudadanos a las armas. Mario mismo, en su calidad de cónsul, tenía que tomar las medidas contra sus propios aliados, a no ser que se declarase solidario con sus actos de violencia. El 10 de diciembre (100 a. d. C), día en que los tribunos recién electos debían entrar en función, estalló una lucha violentísima en las calles de Roma. Por la revolución combatieron principalmente los veteranos, pero faltó una dirección eficiente, por lo cual triunfaron los partidos burgueses coaligados. La plebe urbana no estaba inclinada a tomar partido por la revolución, porque tampoco esta vez los dirigentes creían poder alcanzar su fin sin las necesarias concesiones a los Confederados.

Saturnino, Glaucia, el "falso Graco" y muchos otros perecieron, mientras que Mario, por haber abandonado a sus viejos amigos, se vio expuesto al desprecio general y cayó en la impotencia política. Las leyes de Saturnino —desde el punto de vista constitucional ciertamente impugnables—, fueron abrogadas, aduciéndose que eran producto de la violencia.

Senado y caballería estaban convencidos de haber triunfado otra vez definitivamente contra la revolución. Mario estaba considerado como muerto, los demás jefes lo estaban realmente, y los enemigos de la reforma tenían la sensación tranquilizadora de que el problema de los Confederados, ligado indisolublemente a la transformación del Estado, no habría perdido nunca su impopularidad ante el proletariado urbano de Roma, el cual constituía el factor decisivo en las luchas callejeras. La vieja camarilla volvió a posesionarse de la administración y, con excepción del poder judicial conferido a los caballeros en las condiciones y límites que hemos expuesto, muy poco resultaba cambiado en relación a la época anterior a los Gracos. Alguno que otro miembro perspicaz de entre los nobles, que algo había aprendido en los días de terror de la revolución, intentaba obtener un ejercicio más moderado del poder político; pero para la mayoría los sucesos revolucionarios habían transcurrido sin dejar rastro alguno, y eran principalmente los caballeros (capitalistas) quienes mantenían esa situación morbosa con su insaciable avidez de lucro. La Cámara en lo Criminal, instituida para la protección de los provincianos, se había convertido, por obra de los caballeros, en instrumento del despiadado sistema de expoliación.

Una apreciable tentativa de establecer la paz social fue hecha unos diez años después también por un miembro de la más alta aristocracia romana, Marco Livio Druso, cuyo padre se había alzado como tribuno contra Cayo Graco. Como toda su época, también él advertía que sólo el poder unipersonal podía aportar una solución a los problemas. Con sentimiento mezclado de vanidad e idealismo, se consideraba como el más noble de los ciudadanos y como tal llamado a ocupar una posición predominante.

Para la perplejidad de los círculos políticos es característico que se diera entonces gran importancia a este aficionado del arte político. Apenas elegido tribuno bajo la protección de la nobleza, presentó en seguida a la Asamblea popular una variada cantidad de leyes que debían llevar algo a cada ciudadano. El resultado fue, naturalmente, que al final casi todos los ciudadanos, con excepción de algunos doctrinarios liberal - conservadores bien intencionados, se pusieron en su contra. Druso pensó poder conciliar la nobleza y la caballería, restituyendo al Senado los jurados, de los cuales lo había despojado Cayo Graco, pero agregándole 300 nuevos miembros escogidos entre los caballeros. Empero, ni la antigua clase de los senadores —los grandes terratenientes— estaba dispuesta a aceptar esa gran competencia, ni los caballeros querían dejarse paralizar en sus negocios por el ingreso en el Senado. Al proletariado Druso le proporcionó una ley de colonización y otra de granos. Todas las tierras del Estado que aún quedaban en Italia y Sicilia debían ser repartidas.

La limitación a ese conjunto-de terrenos prueba que Livio Druso no había comprendido el pensamiento central de Cayo Graco y de Saturnino. También en este punto su aspiración principal era tener en cuenta los sentimientos y apetitos momentáneos. El pueblo estaba, por supuesto, más inclinado hacia las colonias ítalo - sículas que hacía las ultramarinas. Por lo que se refiere a la distribución de granos, Druso propuso convertirla en gratuita, lo cual hubiera requerido con el tiempo enormes sumas de dinero y hasta arruinado las finanzas, mientras la medida era, en cambio, muy grata y atrayente para el oído de la multitud. Con el apoyo de ésta, Druso logró realmente hacer aprobar sus proyectos, pero no sin que también en esta ocasión se violentara la Constitución.

Pero también Livio Druso tuvo que reconocer que su obra habría sido sin valor e irrealizable si al mismo tiempo no se hubiera conseguido una solución del problema itálico, que se volvía cada vez más apremiante. Cuanto más iba cristalizándose en él el pensamiento de su regencia personal, tanto más se veía obligado a poner el dedo en la llaga. La ley de colonización agravaba sensiblemente la situación, temiendo, con razón, los Confederados que el costo de la ejecución hubiera debido ser soportado por ellos. Druso, sintiéndose muy seguro de su posición ante la multitud, se atrevió a proponerle la medida más radical: la incorporación de todos los itálicos en la ciudadanía romana. La moción no estaba exenta de egoísmo. Druso exigía de los Confederados el juramento siguiente: "Considerar como amigos y enemigos a aquellos a quienes Livio Druso considerare como sus amigos y enemigos, respectivamente; abandonar vida, padres e hijos, si esto fuere ventajoso para Druso y sus Confederados; si los derechos civiles fueren logrados conforme al proyecto de Druso, considerar a Roma como patria y a Druso como el más grande benefactor". Con esto Druso expresaba sin ambages que quería asegurarse en los itálicos una fuerza de apoyo para su poder personal.

Los itálicos estaban completamente de acuerdo con los planes de Druso, del cual esperaban su salvación, y cuando durante el año de su función cayó enfermo, se elevaron en todas partes plegarias y votos públicos para su salud. Pero antes de que el proyecto se convirtiera en ley, Druso cayó asesinado (91 a. d, C). La plebe romana no lloró la muerte del tribuno, a pesar de sus leyes demagógicas, y el gobierno ni siquiera reputó necesario buscar al asesino. Asesinato y homicidio aparecían ya como medios usuales y permitidos en las luchas políticas.

La nobleza y el capital hasta pusieron de manifiesto en forma inequívoca que habían aguardado el momento oportuno para acabar con toda la obra de Druso. Las leyes del asesinado fueron anuladas a causa de los sucesos anticonstitucionales ocurridos en el acto de su aprobación y, para apaciguar a la multitud, los tribunales procedieron contra los amigos de Druso, acusándolos de haber instigado a los Confederados contra la metrópoli, lo que producía siempre el efecto deseado, por cuanto la plebe urbana consideraba a los amigos de aquéllos como sus más encarnizados enemigos.
 



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